Tres
Puse Valencia. Puse Ruzafa. Puse alojamiento entero. Aparecieron doscientos sesenta pisos.
Doscientos sesenta pisos en mi barrio. En las calles donde compro el pan. Donde Alba aprendió a ir en bici. Donde mi madre se paraba a hablar con todo el mundo y tardaba una hora en volver del mercado. Doscientas sesenta puertas con un código en la cerradura.
Añadí terraza. Bajaron a setenta y dos.
Empecé a mirarlos uno por uno. Lofts con ladrillo visto.
Bajos con patio. Áticos con hamacas y guirnaldas de luces.
Todos tenían las mismas fotos. Rocío tenía razón.
Sofás grises con cojines mostaza. Una planta de hojas grandes en una esquina.
Una bandeja con dos copas de vino y un racimo de uvas que nadie se iba a comer.
Nombres como Ruzafa Dreams o Sunny Loft Valencia o Casa Azahar.
Fotos hechas con un objetivo que agranda las habitaciones y las vacía de vida.
El piso número cuarenta y uno se llamaba Ático luminoso en Ruzafa.
La primera foto era la terraza al atardecer.
Mi buganvilla. La buganvilla que plantó mi madre en una jardinera de obra y que ahora trepa por la pared de la escalera de incendios hasta el tejado.
Mis dos sillas de forja. La mesa de mosaico que hizo mi tío Vicente con trozos de platos rotos.
Al fondo la cúpula azul de la iglesia de San Valero y los tejados del barrio con la luz naranja de las ocho de la tarde.
Me tapé la boca con la mano.
Fui pasando las fotos. Despacio. Muy despacio. Como cuando reconoces a alguien en una lista de pacientes y no quieres llegar a la cama.
El salón. Mi sofá verde. Encima tenía cojines que yo no tengo.
Mostaza. Con borlas. Una manta de cuadros doblada en el brazo con una precisión de tienda.
Mi mesa baja con un libro de fotografía de Valencia que yo no he visto nunca y un jarrón con flores secas.
En la pared la estantería de mi padre. Sin mis libros.
Con libros de colores ordenados por tonos como los ponen las revistas.
El dormitorio. Mi cama. Con un edredón blanco que no era mío y cuatro almohadas y un cojín pequeño de terciopelo.
Dos toallas enrolladas a los pies con una ramita de romero encima.
La lámpara de mi mesilla. La de cerámica de Manises que me regaló Dani el primer año.
En mi mesilla no había nada. Ni mis gafas.
Ni el libro que llevo meses sin terminar. Ni el bote de crema de manos. Nada.
La habitación de Alba. Convertida en un despacho. Una mesa. Una silla. Un flexo. La cama de Alba con una colcha gris. Ni rastro de los peluches. Ni de las pegatinas fosforescentes del techo. Las pegatinas no se veían en la foto porque era de día. Pero yo sabía que estaban.
La cocina.
En la cocina se habían descuidado.
La foto estaba hecha desde la puerta. Se veía la encimera con una cafetera de cápsulas que no era nuestra y un frutero con limones. Y al fondo a la izquierda se veía la nevera. Desenfocada. Como un fondo blanco con manchas de colores.
Amplié la imagen. Las manchas se convirtieron en cuadrados. Los cuadrados se convirtieron en dibujos. Un sol amarillo. Algo morado. Y en la esquina de arriba una mujer de pelo naranja con los brazos muy largos.
Ese dibujo tenía casi dos años. Con las esquinas todavía blancas.
La última foto era el baño.
Mis baldosas. Mi espejo con el rayo pequeño. Mi vaso azul. Toallas blancas nuevas dobladas sobre un taburete de madera que tampoco era mío. Una vela. Un bote de jabón de lujo con etiqueta en francés.
La ducha con todas sus baldosas.
* * *
Ático luminoso en Ruzafa
Alojamiento entero · 2 habitaciones · 1 baño · Terraza privada
★ 4,9 · 47 reseñas · Superanfitrión
Anfitrión: Casa Lucía Valencia · 31 alojamientos · Anfitrión desde hace 6 años
¡Bienvenidos a vuestro hogar en el corazón de Ruzafa!
Un ático lleno de luz con una terraza espectacular con vistas a la cúpula de San Valero.
Decorado con mucho cariño. Suelos hidráulicos originales.
A dos minutos del mercado y de los mejores bares y restaurantes del barrio.
Entrada autónoma con cerradura inteligente. ¡Os va a encantar!
Número de registro: VT 48213 V
Ubicación aproximada: Ruzafa, Valencia
Debajo había un mapa. Un círculo azul difuminado sobre el barrio. El círculo no estaba encima de mi calle. Estaba tres manzanas más al sur. Alrededor de la calle Literato Azorín.
Leí la descripción otra vez. Decorado con mucho cariño.
Yo había decorado aquel piso con mucho cariño. Durante años. Con lo que heredé de mi madre y con lo que fui encontrando y con lo que Dani y yo podíamos permitirnos. Cada cosa tenía una historia. Ahora era un producto con cojines mostaza.
Bajé a las reseñas.
Sophie · septiembre de 2025 ★★★★★ Absolutamente perfecto. La terraza es un sueño. Nos pasamos las noches allí con una botella de vino. El suelo del baño es precioso. Repetiremos seguro.
Matteo · septiembre de 2025 ★★★★★ Casa molto bella e pulita. Comunicación excelente con el anfitrión. Check in muy fácil con el código.
Laura y Jordi · agosto de 2025 ★★★★★ Se nota que es una casa de verdad y no un piso de inversión. Tiene alma. Volveremos.
Thomas · agosto de 2025 ★★★★☆ Very nice flat. Great location. Only problem was some noise from the street on Saturday night. And the shower floor is a bit slippery so be careful.
Una casa de verdad. Tiene alma.
Me reí. No sé por qué me reí. Era una risa que no tenía nada que ver con la gracia. Se me escapó por la nariz como un estornudo.
Conté las reseñas. Cuarenta y siete. La primera era de abril del año pasado. De una pareja de Lyon que daba las gracias por las recomendaciones de restaurantes. Abril del año pasado. Dieciocho meses.
Dieciocho meses atrás yo había empezado a ir a Teruel cada dos fines de semana. Mi padre tuvo el ictus en enero. Lo ingresaron en la residencia en marzo. En abril empecé a ir. Dani me dijo que no me preocupara. Que él se quedaba con Alba. Que me lo merecía. Que mi padre me necesitaba más que ellos.
Que se quedaba con Alba.
Abrí el calendario de disponibilidad.
Era un calendario mensual con los días disponibles en negro y los días bloqueados tachados en gris.
Octubre estaba casi todo gris. Todos los lunes.
Todos los martes. Todos los miércoles. Todos los jueves.
Gris, gris, gris. Solo había dos fines de semana en negro.
Del viernes 17 al domingo 19. Y del viernes 31 al domingo 2 de noviembre.
Fui a la nevera. Junto a los dibujos de Alba hay un calendario de papel del Clínico. Lo uso para apuntar mis turnos y mis viajes. Con rotulador rojo apunto Teruel.
Viernes 17. Teruel.
Viernes 31. Teruel.
Me quedé de pie en la cocina con el portátil en una mano y el rotulador rojo en la otra.
El fin de semana anterior también estaba marcado en mi calendario. Viernes 3. Teruel. En el calendario de la plataforma ya no se podía ver. Era pasado. Los días pasados desaparecen. Pero yo sabía qué había pasado ese fin de semana en mi casa.
Una chica rubia se había pintado los labios en mi espejo.
* * *
Hice capturas de todo. De cada foto. De cada reseña. Del calendario. Del número de registro. Del mapa. Las guardé en una carpeta del móvil con un nombre que no significaba nada. Recetas. No sé por qué elegí ese nombre. Supongo que pensé que nadie abre una carpeta que se llama recetas.
Luego busqué el número de registro en la web de la Generalitat.
Hay un registro público de viviendas turísticas.
Lo sé porque hace dos años hubo una polémica en el barrio y la asociación de vecinos repartió octavillas.
Tardé veinte minutos en encontrar la página.
La web era fea y lenta y se colgó dos veces.
VT 48213 V.
Calle Literato Azorín. Número 14. Tercera planta. Puerta seis.
Esa no era mi dirección.
Busqué el número 14 de Literato Azorín en el mapa. Un edificio de los años setenta. Ladrillo marrón. Una farmacia en el bajo. Lo conocía. Había pasado por delante mil veces. Estaba a cinco minutos andando de mi casa.
Volví a leer el artículo del periódico. El apartamento cuenta con licencia turística en vigor.
Me senté.
Si aquella chica murió en el apartamento de Literato Azorín, ¿qué hacía en mi espejo la noche antes? ¿Y por qué la ducha que salía en su foto era la mía? ¿Y por qué faltaba una baldosa en la mía?
Tenía una teoría. La tuve en ese momento. Entera. Como cuando ves una radiografía y sabes lo que hay antes de que el médico diga una palabra. Pero no quise mirarla todavía. La aparté. La dejé en un rincón de la cabeza boca abajo.
Eran las once menos cuarto de la mañana. Llevaba veintiséis horas despierta. Me tumbé en el sofá verde vestida y con los zapatos puestos. El sofá olía a un suavizante que no era el mío.
Lo había notado antes. Varias veces. Volvía de Teruel y los cojines olían distinto. Las toallas olían distinto. Lo achacaba a Dani. Pensaba que había cambiado de marca para ahorrar. Pensaba que había hecho limpieza a fondo para darme una sorpresa.
Pensaba muchas cosas.
Me dormí con el móvil en el pecho.