La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 25
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Capítulo 25

A l llegar al embarcadero, Macleod solo vio un pequeño bote auxiliar amarrado junto al muelle, con un único motor fueraborda de aspecto raquítico.

Tendrían que arreglarse con eso. Hope buscó a toda prisa algún chaleco salvavidas, pero no podían perder tiempo.

Subieron al bote y le indicaron a un agente cercano que avisara a su sargento para coordinar el envío de más embarcaciones al barco fondeado a poca distancia de la costa.

Por suerte, el mar estaba en calma. Hope se sentó a proa mientras Macleod gobernaba el bote rumbo a la embarcación.

Era una motora grande y sencilla, ideal para recorrer las islas sin llamar la atención: quien la llevara pasaría por un turista más.

Bajo cubierta parecía haber espacio de sobra y no se veía a nadie a bordo.

La luz de fondeo estaba encendida y por algunos portillos del costado se filtraba luz, pero por lo demás todo parecía tranquilo.

¿No habían visto lo ocurrido en tierra? ¿Por qué seguían allí? ¿Habían decidido no moverse y confiar en que nadie los relacionara con la red de trata? ¿O Fiske había conseguido subir a bordo y por eso estaba todo tan silencioso?

Macleod acercó el bote a la popa de la motora.

Hope agarró el cable de seguridad que cruzaba la popa de la embarcación y amarró el bote a él.

Subieron en silencio a la cubierta de popa y Macleod indicó por señas que debían entrar por la puerta que tenían delante.

Desde allí veían el primer salón: a ambos costados había bancos ornamentados con cojines azul marino y, a un lado, un pequeño mueble bar.

Todo estaba meticulosamente ordenado e intacto.

Si Fiske había subido a bordo, lo había hecho con mucho cuidado y sigilo.

O quizá todos se habían escondido abajo.

Una vez dentro, Hope tomó la delantera y señaló la escalera que descendía a la cubierta inferior. No había luz. Macleod asintió. Hope sacó una linterna de bolsillo y empezó a bajar.

Desde atrás, Macleod la vio adentrarse en la oscuridad y distinguió salpicaduras de sangre en las paredes.

Al pie de la escalera podían ir hacia proa o hacia popa.

Las paredes de aquel corredor estaban cubiertas de cuadros.

A ambos lados se alineaban varias puertas de madera que debían de dar a camarotes.

Macleod señaló hacia popa: era el tramo más corto.

En aquel tramo había dos puertas. Hope abrió la primera.

La linterna apenas iluminó un baño. Mostraba señales de uso, pero no había nada fuera de lo normal.

Tampoco manchas de sangre como las del pasillo.

Hope abrió de golpe la puerta del fondo y soltó un grito ahogado.

La habitación era un desastre. Debía de ser un dormitorio elegante, pero los armarios estaban abiertos y había ropa desparramada por el suelo.

Las pocas sillas estaban volcadas y un espejo se había hecho añicos.

Lo más espantoso era el hombre empapado en sangre que yacía sobre la cama.

Tenía el cuerpo destrozado y, a la escasa luz de la linterna, Hope no alcanzaba a distinguir la magnitud de las heridas. Pero debía de haber sufrido mucho.

Macleod vio la conmoción de su compañera y, al pasar a su lado, sintió el mismo escalofrío.

Había aprendido a endurecerse ante una brutalidad así, pero aun así le calaba hasta los huesos.

Se acercó a la cabecera, le giró la cabeza y le limpió parte de la sangre del rostro para tratar de identificarlo.

—Creo que es Magnus Digman —susurró Macleod—. Ten cuidado. Puede que Fiske siga a bordo.

Pasó junto a Hope y volvió por el pasillo principal.

Más allá de la escalera quedaban al menos cinco puertas por abrir.

Esta vez, Macleod tomó la delantera. Avanzó sin hacer ruido y se colocó a un lado antes de abrir cada puerta.

La primera daba a un pañol intacto. La siguiente, a un pequeño camarote con dos literas.

Dos hombres yacían muertos, uno en cada litera.

Los habían matado deprisa y sin ensañamiento.

Los habían eliminado porque estorbaban, no porque los odiaran.

La tercera puerta daba a otro camarote, vacío e intacto.

La cuarta estaba cerrada con llave. Macleod indicó a Hope que no la perdiera de vista mientras abría la quinta y última, al fondo del pasillo.

La hoja chocó con algo. Macleod la empujó con fuerza y apartó lo que obstruía el paso.

Algo se balanceó hacia él, lo golpeó y quedó colgando junto a su cabeza.

Ajustó el haz de la linterna. Vio un par de pies junto a la cara y retrocedió.

Cuando se rehízo, iluminó el cuerpo brutalizado de un hombre al que le faltaban algunas partes externas del cuerpo.

Estaba cubierto de sangre; el suelo bajo él, empapado de orina, heces y sangre.

Al iluminarle el rostro, Macleod lo reconoció por las fotografías de los soldados daneses.

Era Oscar Borgen. Colgaba de una soga que le rodeaba el cuello. Entonces el hombre respiró.

Macleod le agarró los pies e intentó alzarlo.

—¡Hope, ayúdame!

Silencio. Hope no se movió.

—Apártese y suéltelo o le romperé el cuello a su compañera —dijo una voz de mujer, serena y controlada—. Hablo en serio, señor policía. Después tendré que matarlo también. Pero déjelo morir y no mataré a su compañera. Solo faltan unos minutos. Ha sufrido de sobra. Deje que se complete.

Macleod volvió la cabeza. Hope estaba inmovilizada por detrás, con un brazo ceñido a la garganta. La presión la asfixiaba y no estaba en condiciones de defenderse. Se quedó mirando a su compañera, a su amiga, mientras luchaba por respirar.

Como para ayudarlo a decidir, se encendió la luz del camarote.

Macleod reconoció a la misma mujer que había acuchillado a la agente Ross.

En su rostro no había ira, sino algo parecido a la satisfacción.

Mientras seguía alzando las piernas del hombre, Fiske negó con la cabeza y apretó la presa en torno al cuello de Hope.

De la garganta de Hope escapó un gorgoteo breve antes de que empezara a forcejear con desesperación.

Macleod pensó en soltarle las piernas y abalanzarse sobre Fiske, pero ella negó de nuevo con la cabeza.

—Dé un paso más y le romperé el cuello a su compañera. Será rápido. Luego me ocuparé de usted. Estoy entrenada para esto, así que, por favor, no lo intente, señor policía. Suelte las piernas y déjelo morir. Dudo que pueda salvarlo ya, pero, por mi madre, necesito estar segura.

Por dentro, Macleod se sentía zarandeado en un mar de dudas sobre el bien y el mal.

Su integridad le exigía enfrentarse a aquella mujer, que pisoteaba la ley.

Estaba salvando a un ser humano, aunque no lo mereciera: un despojo que había cometido crímenes atroces.

Borgen merecía su castigo, pero no le correspondía a Fiske imponérselo.

No tenía derecho a erigirse en juez, jurado y verdugo.

Y entonces se la imaginó muerta. Hope tenía el cuello torcido hacia un lado y la cabeza ladeada en un ángulo que debería arrancarle gritos. Pero no gritaba. La coleta caía a un lado; el pelo permanecía pulcramente inmóvil, como si la hubieran preparado para un funeral.

Dios me perdone por no intentarlo. Dios me perdone por poner una vida por encima de otra, pero ella vale más que él.

No voy a sacrificar su vida por esta escoria.

Macleod se imaginó a todas las mujeres de la casa de la costa golpeando y acuchillando a Borgen con toda clase de armas.

Dios me perdone, pero no hay alternativa.

Y aun así sabía que siempre había una elección.

A veces las opciones no eran nada agradables; a veces, todas eran malas.

Pero, al final, siempre se podía elegir.

Le soltó las piernas. Cayeron los pocos centímetros que había logrado elevarlas.

Mantuvo la mirada fija en Fiske, que no aflojaba la presa.

—Ha ganado —escupió Macleod—. Ha ganado. Está muerto.

—Todavía no —dijo Fiske, aunque aflojó un poco la presión sobre el cuello de Hope.

Macleod vio que empezaba a respirar mejor.

Hope abrió mucho los ojos y se limitó a mirarlo.

Los pies del hombre se balanceaban detrás de Macleod y le daban suaves golpecitos en los hombros mientras Borgen moría.

No hubo grandes espasmos ni estertores. Fiske había sido demasiado eficaz; las heridas eran demasiado graves.

Durante todo aquel tiempo, Macleod mantuvo la mirada en Hope.

Ella se la sostuvo con los ojos llenos de lágrimas, ya fuera por la violencia del estrangulamiento o por la frustración de ver morir al hombre.

Al cabo de lo que pareció una eternidad, Fiske apartó los brazos del cuello de Hope. Se volvió sin más y ofreció las manos a la espalda. Macleod echó mano de las esposas, pero ya las había usado en la casa.

—Las esposas, McGrath —ordenó.

—¿Señor? —respondió Hope, con la mirada clavada en el cadáver que se balanceaba.

—Tus esposas. Ponle las esposas a la señorita Fiske.

Hope tardó un momento en reaccionar. Después negó con la cabeza y Macleod comprendió que ella también había usado las suyas en las casas de la costa.

—Vamos a la cubierta superior.

Macleod le sujetó un brazo y se lo llevó a la espalda. La obligó a subir la escalera hasta la cubierta de popa, aunque más por aparentar control que por necesidad. No quería alterar nada de a bordo que pudiera servir como prueba. Mientras subía, sintió un vacío por dentro.

Macleod había visto morir a gente: iba con el oficio.

Casi siempre ya estaban muertos cuando llegaba.

Aun así, conocía la muerte de un modo que pocos de fuera de la policía entendían.

Por lo general, intentaba impedirla o llegaba demasiado tarde.

Nunca había tenido que quedarse mirando a una joven satisfecha, sabiendo que había cumplido su tarea y que él era impotente para hacer cumplir la ley, aunque la víctima mereciera una muerte así.

En la cubierta de popa, Fiske se arrodilló y dejó que Macleod le atara las manos con una cuerda.

Por cómo había actuado hasta entonces, Macleod sabía que no pensaba huir.

De hecho, dudaba que siguiera vivo si ella hubiese querido escapar.

Mientras custodiaba a su prisionera, vio acercarse una pequeña embarcación: otro bote auxiliar con unas tres personas a bordo.

—Ya he acabado, señor policía. No se preocupe. No le causaré más problemas. Se acabó. Puede interrogarme. Se lo contaré todo, ahora que he cumplido mi cometido. Mi hermana está libre y ellos han pagado por lo que le hicieron a mi madre.

—¿Quiere ver a su hermana? —preguntó Macleod—. Creo que no ha tenido ocasión. Estaba en el primer edificio, el más cercano a la carretera principal. Conseguí apartarla de un hombre que estaba… usándola para entretenerse.

—Ellos no estaban en ese edificio —respondió Fiske—. No podía arriesgarme a que escaparan. No me vieron alejarme a nado y necesitaba tiempo. Tenían que sufrir. Hicieron sufrir a mi madre.

—¿Y su hermana?

—Seguro que ustedes la ayudarán. Tienen psicólogos y cosas así. Centros de acogida para mujeres.

—Pero ¿quiere verla? —preguntó Macleod, sorprendido por el desapego con que Fiske hablaba del tema.

—No. No significa nada para mí. Era el orgullo de mi madre, no el mío.

Diez minutos después, Macleod observó cómo se alejaba la pequeña embarcación con Fiske ya debidamente esposada y rodeada de dos agentes corpulentos. Sabía que no daría problemas. Había algo definitivo en su forma de hablar. Un final frío y brutal, pero un final al fin y al cabo.

En vez de regresar a tierra en el bote auxiliar, Macleod pidió a los agentes que volvieran a recogerlos.

Cuando la embarcación con Fiske estuvo lo bastante lejos para que sus ocupantes no pudieran oírlos, miró a su compañera y reparó en los moratones del cuello.

Alargó la mano, le deshizo la coleta y le dejó caer el pelo, extendiéndoselo sobre el cuello para ocultar los moratones.

Hope se dejó hacer, sin decir nada. Macleod vio que empezaban a temblarle los hombros.

—Por muy poco, Seoras. Joder, por muy poco.

Macleod se acercó y la abrazó. Se aferraron el uno al otro y contuvieron el llanto a duras penas.

—Pensé que lo salvarías. Pensé que lucharías por salvarlo. Habría sido lo correcto. Lo que había que hacer.

—Dios me perdone, Hope, pero tu vida vale cien veces más que la de esa escoria de ahí abajo.

Hope se apartó.

—Pero toda vida es valiosa. Tú mismo lo dijiste una vez. Pensé que siempre salvarías a todos. O que, al menos, lo intentarías.

Macleod le sostuvo la mirada y después la recorrió de arriba abajo con los ojos.

—Antes yo también lo creía.

En el aire nocturno volvió a sentir aquel par de pies que, al balancearse contra su espalda, le daban suaves golpecitos en el hombro. Una y otra vez.