Capítulo 24
— Q uédate con ella —dijo Macleod—. Quédate hasta que lleguen los refuerzos. Voy a ver si consigo llegar hasta unas cuantas más. Estos tipos podrían matar a esas mujeres si creen que van a hablar.
—Pero no puedes ir solo —protestó Hope—. Ella está ahí fuera. Si detienes a los soldados, podría quitarte de en medio para llegar hasta ellos.
—Voy a pedir que entren todos los refuerzos disponibles. Ya deberían estar de camino. Ven conmigo en cuanto puedas. Solo observaré y actuaré si hace falta.
Hope lo miró como si aquella última frase fuera la mayor mentira que le hubiera oído jamás.
Y tenía razón. ¿Cómo iba a limitarse a observar?
En cuanto viese a una de aquellas mujeres en peligro, reaccionaría.
Hope habría hecho lo mismo de estar en su lugar.
Macleod cogió el móvil y llamó a su base temporal en Tarbert.
Ya estaban desviando todos los efectivos hacia allí.
Macleod les ordenó que entrasen en silencio, pero sin demorarse.
Sonrió a Hope, volvió sobre sus pasos y salió de la casa.
Las demás casas estaban tan a oscuras como la primera.
Macleod se encaminó hacia la casa contigua a la que acababan de entrar.
Era otra vivienda corriente, probablemente de tres dormitorios.
Con el mayor sigilo posible, se acercó a un tramo de pared exterior sin ventanas.
Aguzó el oído. Nada. Bordeó el edificio a la carrera, medio agachado, hasta dar con una entrada.
La puerta era de PVC y tenía una pequeña ventana en la parte superior.
Alzó la cabeza y miró por ella. Dentro había un recibidor a oscuras con los muebles habituales: un espejo en la pared, una pequeña cajonera con un teléfono encima y unas escaleras.
Probó la manilla. Cedió con facilidad y la puerta se abrió.
Entró de puntillas y volvió a aguzar el oído, pero solo oyó un ronquido.
Después de tantos años en el cuerpo, Macleod se movía con un sigilo que desmentía su edad y su peso.
Sabía dónde pisar para no hacer ruido y, sobre la moqueta, avanzaba casi en silencio.
Registró la planta baja: la cocina, el salón y el comedor.
Nadie. Quizá la casa estuviese vacía. Pero arriba había oído roncar a alguien.
Macleod regresó a las escaleras y subió con sigilo, pegado a la pared.
Hacia la mitad, un peldaño crujió bajo su peso pese a que pisaba junto al borde.
En vez de quedarse clavado, siguió hasta arriba.
Lo esperaba un recodo ciego que, supuso, daba al rellano.
Se detuvo y procuró que no se le oyera jadear.
Se inclinó hacia delante e intentó recuperar el aliento sin hacer ruido tras registrar la planta baja. Entonces oyó un crujido en el rellano. Era sutil, quizá imperceptible entre los ruidos del día, pero en la quietud de la noche un oído atento podía captarlo. Macleod se agazapó.
La barra de hierro golpeó la pared sobre su cabeza.
El yeso cayó sobre la espalda de Macleod.
Sin esperar a ver quién era, se lanzó hacia arriba, embistió a la figura en el vientre desprotegido y siguió avanzando a fuerza de piernas hasta estrellarla contra la pared de enfrente.
Cayeron los dos, pero Macleod había previsto la caída y se incorporó antes que su atacante.
Le propinó un puñetazo en la cara. Después otro.
Y un tercero. Solo entonces se dio por satisfecho: el hombre no volvería a levantarse en un buen rato.
Su atacante era un hombre y no precisamente el más agraciado que había visto.
Más atrás, en el suelo, había quedado la barra de hierro que podría haberle desfigurado la cara.
El ronquido había cesado; ya no se oía aquella cadencia suave y regular.
Macleod dudaba que procediera del hombre tendido a sus pies. Miró por el pasillo. Tres puertas.
La primera daba a un cuarto de baño a oscuras.
Tras la segunda encontró un dormitorio con dos camas individuales hechas y apenas muebles.
Macleod supuso que probablemente servía para los guardias de turno.
Al acercarse a la tercera, le pareció oír crujir los muelles de una cama.
Abrió de golpe. Horrorizado, vio a una mujer tendida en una cama.
Tenía el cuerpo cubierto de moratones y temblaba al verlo.
Al fondo, en una cama de matrimonio, había otras cuatro mujeres, y por el suelo se veían varias colchonetas.
Al dar un paso, Macleod vio cómo la mujer que tenía delante se llevaba las manos a la cara para protegerse mientras las demás se encogían y se apartaban.
Las edades iban de los dieciocho o diecinueve años a los cincuenta y tantos, quizá más.
Una rubia de la edad de Jane estaba de pie, desnuda, contra la pared del fondo. Todas estaban aterrorizadas al verlo.
—Policía —dijo Macleod—. Tranquilas. Soy de la policía.
No parecieron entenderlo. Las mujeres siguieron echándose hacia atrás.
—Police, gendarmerie, Polizei, polizia.
Macleod no era lingüista, pero en el cuerpo se aprendía alguna palabra suelta. Hasta ahí llegaba su repertorio en las principales lenguas europeas. En vez de entrar en la habitación —lo que, a su juicio, solo provocaría más terror y pánico—, se limitó a decir:
—Tranquilas. Todo irá bien. Soy policía.
Cerró la puerta.
Se le revolvieron las tripas, pero se recompuso.
No podía dejarlas sin protección con un sospechoso tendido en el rellano.
Necesitaba refuerzos. Ya. Había querido interceptar a Fiske antes de que recorriese las casas, pero estaba perdiendo tiempo.
Las emociones lo desbordaban. Aun así, sabía que debía proteger a aquellas mujeres antes de seguir.
Oyó pasos en la puerta principal y avanzó hasta la esquina del rellano, junto a la escalera. Se asomó. Un agente uniformado subía despacio. Detrás del hombre corpulento venía una agente.
—Bien, suban los dos. Esta casa está asegurada. Sus nombres, por favor.
Macleod había visto antes a aquellos agentes, pero con tantos efectivos desplegados en la búsqueda de la sospechosa no había tenido tiempo de averiguar cómo se llamaban todos.
—Mackenzie. La de detrás es Harris, señor.
Mackenzie era robusto y estaba claro que su corpulencia lo había situado entre los primeros en entrar. Su compañera tampoco era pequeña; de hecho, tenía una complexión más fuerte que la media. Aun así, el hombre la empequeñecía, igual que al propio Macleod.
—Mackenzie, espose al tipo que está ahí detrás y manténgalo callado.
Harris, detrás de esa puerta hay un grupo de mujeres aterrorizadas.
Parecen llevar tiempo sufriendo abusos. Manténgalas a salvo y tan tranquilas como pueda.
Mackenzie, no entre en la habitación a menos que sea imprescindible.
Los hombres las aterrorizan. Les he dicho que soy policía y aun así se han echado atrás.
Quédense aquí y protéjanlas hasta que aseguremos la zona y podamos llevarlas a un sitio mejor.
Macleod ya bajaba las escaleras antes de que a los agentes les diera tiempo a responder «sí, señor».
Al salir, vio a agentes entrando en otras casas.
Quedaban tres que no había registrado. Detrás de una se extendía una nave del tamaño de un granero.
Vio a Hope entrar en ella y la siguió. Los agentes ya estaban por todas partes.
Al entrar en la nave, oyó algún que otro «señor» de boca de los agentes que sacaban a unos hombres con cara de circunstancias. En la zona del granero vio en la pared un cartel que decía FANTASYLAND. A cada lado de la palabra aparecía una mujer en una postura muy sexualizada.
La nave constaba de dos plantas con habitaciones individuales, decoradas para determinados gustos.
Macleod nunca había visto nada parecido.
Trató de no pensar en ello y se centró en el trabajo.
Mientras recorría deprisa las habitaciones, Hope salió de una de ellas y llamó a una agente.
Al ver a Macleod, le hizo señas para que se acercara también.
Dentro había una colección de aparatos que parecían pensados para causar dolor.
Era como una mazmorra de los horrores. Una mujer estaba acurrucada en el suelo y la agente la tapaba.
Entonces Macleod miró al otro lado y vio a un hombre clavado a la pared.
Se le subió la bilis a la garganta, pero también entendió el motivo.
Era Felix Nyman, o lo que quedaba de él.
Macleod salió de la habitación. Hope lo siguió cuando la agente y la mujer angustiada se marcharon.
—Le ha hecho sufrir de verdad —dijo Hope en voz baja—. Y se lo merecía, el muy cabrón.
Macleod miró las habitaciones que los rodeaban. Le volvieron a la cabeza las enseñanzas de sus primeros años en la escuela dominical.
—Toda vida es valiosa, Hope. Toda vida. Pero sí. Me cuesta admitirlo, pero después de ver todo esto quizá le habría rajado las tripas yo mismo.
Macleod vio el estupor en la mirada de Hope y se encogió de hombros. ¿Qué esperaba?
Aquellos no eran hombres. Eran animales. Demonios. Sabía que Dios perdonaba, pero a él le costaría hacerlo. Lo perseguía la imagen de aquella mujer, de la edad de Jane, aterrorizada al verlo en la puerta. Vamos, Seoras, el día aún no ha terminado.
—Fuera, McGrath. Tenemos que localizar a nuestros soldados. Solo hemos localizado a uno.
Tardaron otros diez minutos en reunir los datos.
Los otros dos soldados daneses, aún vivos, seguían desaparecidos.
Solo seis personas llevaban la operación en las casas, pero había más de veinte supuestos «invitados» y casi treinta mujeres cautivas.
De los cuatro responsables del recinto, tres estaban muertos: los habían matado deprisa, sin torturarlos como a Nyman.
Ocho invitados también estaban muertos, asesinados deprisa.
Ni rastro de Fiske. Había venido y se había ido.
—¿Dónde están los otros dos? —bramó Macleod.
Fiske se les había escapado. Liberar a aquellas mujeres era un triunfo. Macleod se alegraba de corazón, pero la matanza ya se había prolongado demasiado. ¿Adónde llevaría ahora Fiske aquel reguero de muerte?
—¿Y la embarcación que está mar adentro, señor? Tenemos que llegar hasta allí. Sigue en el mismo sitio.
—¿Por qué sigue ahí? A estas alturas tienen que haber visto todo el despliegue, McGrath. Aunque no llevemos los rotativos encendidos, hay luces y actividad por todas partes.
Macleod dejó atrás las casas y miró hacia el mar.
Veía las luces de la embarcación, pero le costaba distinguir su tamaño y su forma.
Debía de estar a cosa de media milla de la costa.
Pero Hope tenía razón: tenían que ir a inspeccionarla.
Que siguiera allí le hacía replantearse su teoría.
Aun así, para cerrar aquello como era debido, tenían que asegurarse de que no estuviera implicada.
—Yo podría llegar nadando —dijo Hope.
—Buscaremos una lancha y saldremos a comprobarlo —dijo Macleod.
—No estaba diciendo que fuera a desnudarme y nadar hasta allí para echar un vistazo. Digo que podría nadar hasta allí. Quizá ella también. Lo que de verdad quiere son esos tipos: los que destrozaron a su madre y, ahora, también a su media hermana. No vino a llevarse a su hermana. Vino a por ellos.
—Y cuando no los encuentra, piensa en el barco y sale nadando —dijo Macleod.
—O quizá conoce la embarcación. Quizá la vio, igual que nosotros. Y, si sabe que están por la zona, pensará que están ahí fuera.
—Y querrá hacerles lo mismo que a Nyman.
Macleod volvió a ver el cuerpo de Nyman clavado a la pared.
Le habían mutilado partes externas del cuerpo y tenía la agonía grabada en el rostro.
Por mucho que la imagen lo horrorizara, seguía costándole sentir compasión.
Durante un instante pensó incluso que deberían dejar que Fiske terminara el trabajo.
La idea lo horrorizó. Se obligó a recordar que era policía y un hombre de fe.
—Que Dios se encargue de perdonarlos. Nosotros nos limitaremos a detenerlos. Vamos a ver si hay alguna lancha en el embarcadero, McGrath.
La mirada de Hope le indicó que había dicho la primera parte en voz alta.
No le importó. Actuaba por puro automatismo, incapaz de asimilar lo que había visto.
Mientras regresaban por la carretera hacia el embarcadero, Macleod vio que trasladaban a algunas mujeres a otras casas, lejos de «Fantasyland». Eran libres. Tenía que aferrarse a eso.