Capítulo 23
M acleod intentó actuar como si nada hubiera cambiado y se sentó en el escalón de la casa, de cara a la puerta.
Todo acababa de complicarse mucho más. Tenía que pensar cómo afrontar aquello.
Pero antes necesitaba más información. Ahora entendía por qué Fiske había elegido aquella casa: desde las colinas, con unos prismáticos, se distinguía a kilómetros de distancia.
Quizá llevara al niño consigo y pudiera cumplir su amenaza.
Aunque lo más probable era que lo hubiera escondido en algún sitio mientras iba a por los soldados, si sabía dónde estaban.
Pero tenía que saberlo. De lo contrario, ¿para qué montar todo aquello?
—Mantenga la calma, señor. No voy a abrir la puerta. Pero necesito que hable conmigo, ¿de acuerdo? —Macleod esperaba sonar firme y dejar claro que tenía presente la seguridad del niño—. ¿Se llevó algo de la casa al marcharse?
—Sí, creo que se llevó las llaves del coche. Iain tiene una sillita y ella no paraba de preguntar si el coche tenía una.
—Y su coche, señor: descríbamelo, por favor.
—Rojo oscuro. Un Vauxhall Astra de un modelo antiguo, de cinco puertas. —Dio la matrícula, pero Macleod tuvo que pedírsela cinco veces hasta que el hombre dejó de confundir los números y las letras.
—Bien. ¿Se marchó en alguna dirección concreta?
—Hacia Rodel. Apenas pude verla. No fue hacia la tienda; en eso me fijé bien. Así que tuvo que ir hacia Rodel. Tiene que recuperar a Iain. Mi mujer está fatal… Ya no habla. Creo que se ha desplomado.
—De acuerdo, dentro de un minuto podrá ir con ella —dijo Macleod. Necesitaba más detalles antes de que el hombre se internara en la casa y resultara difícil seguir hablando con él.
—¡Pero se ha desplomado!
—¿Cómo iba vestida la mujer?
—De negro. Toda de negro. Cogió algunas cosas de mi mujer.
Habíamos salido a pasear con Iain en el cochecito y se nos acercó cuando entrábamos en casa.
Me puso un cuchillo en la espalda y nos obligó a entrar.
Tengo que ir con ella. Chris-Anne está fatal.
—El hombre parecía a punto de venirse abajo, y no era de extrañar: su hijo estaba en manos de una asesina.
La prensa había informado del asesinato anterior a bordo del barco, y la propia policía había difundido un comunicado pidiendo a todo el mundo que permaneciera en casa. Pero la gente nunca hace caso.
Macleod se levantó y regresó con calma hasta la tapia exterior del jardín. Hope y el sargento se acercaron.
—Se ha llevado al bebé y afirma que vigila la casa. Le ha ordenado a MacIver que nos diga que Fiske sigue dentro. Desde las alturas se domina toda la zona. Podría estar a media ladera de esa colina y seguir viéndonos.
—Pero ¿por qué? —preguntó Hope—. Si busca a los soldados, ¿para qué montar esta farsa?
—Porque la última vez estuvimos a punto de atraparla.
Teme que se lo impidamos, así que ha montado todo esto.
¿Podemos marcharnos? Claro que no mientras no sepamos dónde está el niño.
El grueso de nuestros efectivos tendrá que quedarse.
De lo contrario, sabrá que MacIver nos ha contado lo ocurrido y quizá mate al niño.
—Entonces mantenemos el circo aquí y solo hacemos salir unos cuantos coches —dijo Hope—. Que parezca que nos lo hemos tragado.
—Sí, pero solo saldrá un coche. A los demás los desviaremos, y tendrán que ir sin distintivos. Nada de rotativos que puedan asustarla y hacer que cometa una estupidez. Sargento, búsqueme un agente que se me parezca.
El sargento miró a Macleod con extrañeza, lo evaluó de arriba abajo y desapareció entre el barullo.
—Montaremos un señuelo. Después tú y yo iremos en coche hacia Rodel —dijo Macleod—.
No usaremos el coche en el que hemos venido, por si lo reconoce.
Búscanos otro mientras me cambio, McGrath.
Ponte también en contacto con todas las unidades que no hayamos enviado aquí.
Si tienen coches sin distintivos, que tomen la carretera que baja por la costa este de Harris, pero diles que mantengan las distancias.
No hay mucho tráfico y, si la llenamos de coches, se dará cuenta.
Hope asintió, pero se quedó pensativa antes de preguntar:
—¿Seguro que está por ese lado? ¿No será otra treta?
—No estoy seguro de nada, McGrath. Pero va vestida de negro y creo que ha encontrado a quienes busca.
Teme que nosotros también hayamos dado con ellos; por eso ha montado todo esto.
Creo que esta noche va a ir a por ellos.
Tenemos que localizar el coche de los MacIver, un Vauxhall Astra rojo oscuro de cinco puertas, y comprobar qué edificios hay cerca.
Hope se volvió. Macleod alcanzó a verle la cara preocupada antes de que se alejara. Entonces reparó en un agente que se había plantado delante de él. Era más joven, de estatura similar, hombros anchos y pelo oscuro.
—Excelente. Creo que va a necesitar mi abrigo, agente.
Unos minutos después, el agente llevaba el abrigo de Macleod y este vestía la chaqueta del agente.
Macleod le había ordenado ir y venir ante la puerta cada diez minutos, más o menos, y fingir que mantenía una conversación seria con quien estuviera dentro.
Debía repetir la maniobra hasta nuevo aviso.
Con una chaqueta oscura con la palabra «POLICE» en la espalda, Macleod encontró a Hope y ambos se marcharon en otro coche sin distintivos. Dejó que Hope condujera para poder otear los alrededores. Conocía la zona mejor que ella porque se había criado en las islas.
—En cuanto pasas Rodel, hay un montón de carreterillas que llevan a edificios junto a la costa… Calas en las que se puede entrar navegando de noche, casas casi ocultas. Sería perfecto para montar su negocio de turismo sexual.
Hope encaró la subida, con una montaña alta a un lado y, al otro, una loma que les ocultaba el mar camino de Rodel.
En la oscuridad apenas se veía nada salvo alguna luz aislada en una casa.
Pero Macleod estaba convencido de que aquel no era el lugar: no había más acceso que la carretera.
Debían de desembarcar a sus clientes en barco. Era lo más seguro.
Pasaron la iglesia de Rodel y desviaron el coche para inspeccionar el antiguo desembarcadero real, con su muelle de hormigón cubierto de hierba.
No había nada, así que siguieron por la carretera sinuosa, que subía y bajaba más que una atracción de feria.
De vez en cuando divisaban la luz de alguna casa junto al mar, pero nada sospechoso. Macleod empezaba a impacientarse.
—Métete por el próximo desvío. Será un estudio de artista o algo parecido, pero tenemos que empezar a revisar esas casas. Cualquier sitio con una furgoneta sería una buena pista.
Durante la hora siguiente recorrieron todos los caminos que bajaban hacia la costa, pero ninguna de las casas levantó sospechas.
No había furgonetas ni nada fuera de lo común.
De vuelta en aquella carretera de locos que serpenteaba por la costa este, casi habían llegado otra vez a la iglesia de Rodel cuando Macleod alzó la vista hacia la ladera rocosa de la derecha.
Vio una antena grande y un edificio viejo en ruinas.
Era pequeño, más bien un almacén o una caseta de equipos.
Le pareció distinguir algo detrás, entre las sombras.
Apenas un atisbo, pero se aferró a él como a un clavo ardiendo.
—Hope, sube por la siguiente pista a la derecha.
—Creía que habías dicho que estaría en la costa.
—Eso dije —admitió Macleod—, pero me ha parecido ver algo.
La pista que salía de la carretera era accidentada y tenía un firme de piedras grandes.
El coche dio tumbos al tomar una curva amplia y ascendente.
En lo alto había dos emplazamientos con antenas.
Uno era el gran mástil solitario que Macleod había visto desde la carretera.
Más allá se alzaba el mástil más pequeño de una red de telefonía móvil, rematado por una caja rectangular.
Hope llevó el coche hacia el mástil grande.
A la sombra del edificio destartalado estaba el Vauxhall Astra rojo.
Lo habían sacado de la pista y metido entre los desniveles del terreno para ocultarlo.
Parecía haberse quedado atascado. Macleod comprobó la matrícula: pertenecía al señor Donald MacIver, de Leverburgh.
Fiske estaba allí o había pasado por allí.
—Cuidado —dijo Macleod al salir del vehículo.
—No hace falta que lo digas. Todavía me duele el cuello al menor roce —dijo Hope.
Junto al mástil grande había un edificio de hormigón, más pequeño que la construcción en ruinas.
Era de un blanco sucio y tenía una puerta de madera en un lateral.
Macleod se acercó y la empujó con cuidado.
Al abrirse, vio que el mecanismo de cierre estaba reventado y retrocedió por si alguien salía de un salto.
Como no apareció nadie, entró. A la derecha había una escoba y una vieja silla de plástico.
Delante tenía un armario eléctrico y varios bastidores de equipos, seguramente relacionados con la antena.
Unas luces bañaban la pequeña sala en un resplandor inquietante.
Al pasar detrás de uno de los bastidores, vio una mesa con varias carpetas, muchas rotuladas como registros de algún tipo.
En el hueco oscuro al fondo, el pie chocó con algo sólido.
Aquello se movió y quedó meciéndose hacia delante y hacia atrás.
Cuando la vista se le acostumbró a la penumbra, Macleod se agachó y se encontró cara a cara con un bebé grande, de quizá un año.
—Creo que he encontrado al bebé, Hope. Llama y pide que suba otro coche sin distintivos para llevárselo. Pero diles que no llamen la atención con las luces. Puede que Fiske siga por aquí, aunque lo dudo.
—¿Lo llevamos al coche? —preguntó Hope.
—No, está dormido. Déjalo donde está hasta que llegue el coche. Esperemos fuera.
Macleod salió con Hope hasta un lateral del pequeño edificio y contempló la noche de Harris mientras examinaba el terreno que se extendía ante ellos.
—No se llevó el coche, así que el lugar que buscamos está aquí delante, Hope. Una de esas casas es la que buscamos. Pero ¿cuál?
—Allí —dijo Hope—. ¿Ves el embarcadero?
Macleod no lo veía; no distinguía bien las cosas a tanta distancia.
—Hay un embarcadero. Y mira, Seoras: como a una milla mar adentro hay un barco.
—Podría ser cualquier barco. Solo se distinguen las luces.
—Es verdad —dijo Hope—, pero tú dijiste que buscábamos un barco, un lugar para desembarcar y una casa.
—Sí —dijo Macleod—, pero mira las casas de ahí abajo. ¿Cuántas hay, seis? Debe de ser la zona más poblada de este lado de Harris. Nadie podría moverse a escondidas a plena vista de todos los vecinos.
—Joder —masculló Hope—. Pero tiene que estar aquí, en algún sitio. Es el único embarcadero que veo.
Desde aquella altura tenían una vista excelente, y tampoco Macleod distinguía otro embarcadero o muelle en el que pudiera atracar un barco.
Quizá Fiske hubiera montado todo aquello para desviarlos por completo y se hubiera largado de vuelta al otro lado de la isla.
En realidad, todo se reducía a una teoría. Y entonces cayó en la cuenta.
—Hope, ¿y si todas esas casas pertenecieran a los traficantes? ¿Y si no tuvieran vecinos?
—Entonces sería perfecto —dijo Hope al ver los faros de un coche que subía por la pista rocosa—. Podrían fingir que no se conocen. Incluso podrían vivir allí parejas de verdad, encargadas de llevar el negocio.
Macleod echó a correr hacia el coche mientras el otro vehículo aparcaba junto al suyo.
—El bebé de los MacIver está dormido en el edificio blanco. Llévenlo con sus padres y desmonten el dispositivo en torno a la casa. Que todas las unidades se dirijan a esas casas —ordenó Macleod, señalando el pequeño grupo—. Esperemos no llegar demasiado tarde.
Acto seguido, subió al coche y Hope se sentó al volante. Dio media vuelta y bajó a toda velocidad por la pista rocosa, tan deprisa que Macleod se mareó un poco, como si lo zarandeara un mar picado.
Al llegar a la carretera principal, Hope tomó el desvío hacia el pequeño grupo de casas y pasó de largo el camino de acceso al embarcadero que había visto.
Las casas no formaban una ordenada calle sin salida, sino que estaban desperdigadas junto a la carretera.
No se veía movimiento, así que Macleod le indicó que parara ante la primera.
La casa parecía estar a oscuras. Macleod inspeccionó el exterior por un lado mientras Hope hacía lo mismo por el otro.
Se detuvo ante una ventana grande con las cortinas corridas y aguzó el oído.
Oyó los gruñidos de un hombre que ordenaba a una «zorra» que le diera más.
Se le revolvió el estómago: en aquella voz no había placer, solo afán de dominio.
Cuando se reunió con Hope detrás de la casa, Macleod probó la puerta trasera: no estaba cerrada con llave. ¿De verdad eran tan descarados? ¿Tan seguros estaban de su tinglado que se escondían a plena vista?
Entró en la cocina. Se encendió una luz. Una mujer esbelta y atractiva, de unos cuarenta años, le preguntó si podía ayudarlo.
—Policía. Apártese.
Vio el cuchillo en cuanto la mujer lo sacó de detrás de la espalda y la estampó contra la pared.
La cabeza le rebotó contra el muro y la mujer cayó al suelo, al parecer inconsciente.
Macleod avanzó por la casa. Una luz tenue iluminaba el pasillo interior.
Seguía oyendo los gritos del hombre, que parecía recrearse en lo que para la mujer que estaba con él debía de ser un infierno.
Entonces sonó una bofetada seca y brutal.
No era una palmadita juguetona de las que podían gustarles a algunos fetichistas.
Macleod abrió una puerta de una patada. Un hombre desnudo se volvió hacia él.
—¡Lárgate de una puta vez! He pagado por esta.
—Policía —dijo Macleod. El hombre intentó agarrarlo.
Macleod le sujetó un brazo y se lo retorció a la espalda.
Lo esposó, primero una muñeca y luego la otra, antes de obligarlo a arrodillarse.
Hope pasó corriendo a su lado y se dirigió hacia una joven desnuda que estaba en el rincón más alejado de la habitación.
Tenía la cara magullada y retrocedió cuando Hope se acercó.
Hope cogió una sábana de la cama, envolvió con cuidado a la joven y le habló con suavidad para tranquilizarla.
Le ayudó a alzar la cabeza y gritó a Macleod:
—Señor, es la joven de la fotografía de Amundsen. La hija de Anna Fiske.