La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 22
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Capítulo 22

E l tiempo había cambiado por completo en menos de un día.

Nubes densas, bajas y grises se habían extendido sobre las islas como un edredón enorme, y había empezado a caer una llovizna que ensombrecía una investigación ya de por sí frustrante.

Macleod estaba furioso consigo mismo por haber dejado escapar a Fiske, aunque también sabía que había estado a punto de perder a su compañera.

La falta de sueño y el desgaste del caso lo tenían dando vueltas, hecho una furia, por la base provisional de Tarbert, como el consabido oso con dolor de muelas. Y, para colmo, de un humor de perros.

Los sanitarios habían examinado a Hope y le habían pedido que, en cuanto pudiera, fuera al hospital para que la atendieran de nuevo.

Macleod le había dicho que podía ir entonces mismo.

Pero, con la tozudez a la que él ya estaba acostumbrado, Hope se había quedado pese a los fuertes hematomas del cuello.

El hematoma se había extendido deprisa y había adquirido un tono púrpura intenso; bajo el cuello de la blusa, parecía una extraña bufanda.

El mal tiempo había dificultado las operaciones de los helicópteros y empezaba a formarse un haar —la espesa niebla que llega del mar— en las ensenadas de Harris.

La visibilidad era mínima. Los rastreos continuaban.

Agentes uniformados paraban a residentes y turistas para preguntarles si habían visto algo fuera de lo normal.

Casi todos respondían que no, pero a Macleod le llegaron dos datos cuando el día empezaba a oscurecer, menos de veinticuatro horas después del incidente de Hushinish.

—Leverburgh. La han visto en Leverburgh, Hope. Hace menos de seis horas. Y no una sola vez, sino seis.

—Debe de estar cansada y hambrienta. Una de las veces la vieron en la tienda del pueblo.

La imagen de las cámaras debería llegarnos dentro de unos minutos, pero ya he reunido efectivos para rastrear la zona.

Estoy intentando cotejar los puntos donde la han visto con los lugares en los que se ha informado de minibuses o furgonetas.

También estaba por la zona aquel barco procedente de Ullapool.

Hope se llevó una mano al cuello y preguntó:

—¿Cuál era el otro avistamiento?

—En la carretera que recorre la costa oriental de Harris.

Una carretera infernal, llena de subidas y bajadas, que debería formar parte del Campeonato Mundial de Ralis, no de una ruta turística.

Pero no hemos tenido más avistamientos allí.

Los tiempos no cuadran: cuesta creer que haya estado en las dos zonas.

Además, la vieron en la costa oriental entre dos de los avistamientos de Leverburgh.

Macleod se quedó de pie, con las manos apoyadas en la mesa.

—¿Qué pasa? —preguntó Hope.

—¿Qué opinas de esos avistamientos en Leverburgh?

Han aparecido todos de golpe. Nos ha costado horrores seguirla: un aviso aquí, otro allá, algún avistamiento al azar, y aun así siempre íbamos a remolque.

Y ahora tenemos un avistamiento tan claro como cabría esperar tratándose de una fugitiva. Es demasiado fácil, Hope.

—Solo estás cansado, señor. Y ella también. Está cometiendo errores. Puede que anoche me dejara hecha polvo, pero ella tampoco salió indemne. Ha ido a buscar comida y un poco de respiro, y para eso ha salido de la zona de Tarbert.

Hope lo miró como si le dijera que se equivocaba y que debían actuar de una vez. Tal vez tuviera razón, pero a Macleod algo no le cuadraba. Si al menos hubiera algo más sólido…

Volvió a sentarse y bebió un sorbo de café.

¿Por qué las imágenes, las declaraciones, todo lo que podía confirmar una sospecha, llegaban siempre más tarde de lo necesario?

Observó a Hope hablar por radio con sus compañeros y organizar los equipos de búsqueda que cubrirían Leverburgh.

Seguía tan resuelta como siempre, pero se la veía agotada.

Y con razón. Aquel era el momento peligroso.

El momento en que se pasaba algo por alto.

La experiencia se lo había enseñado. La juventud le daba a Hope una confianza que él ya no tenía; a cambio, los años le habían enseñado a cuestionarlo todo, incluso cuando los indicios parecían concluyentes.

Le plantaron una imagen delante.

—Una captura de las cámaras de seguridad, señor.

Es Fiske, sin duda, en la tienda del pueblo.

Los otros avistamientos la sitúan entre la tienda y la terminal del ferri.

Hemos hablado con la tripulación del ferri de Leverburgh.

No ha sido fácil, porque pasa la noche atracado en la otra isla.

No recuerdan haber visto a nadie como ella.

Macleod asintió.

—No ha salido de la isla, Hope. Cuando dé con los soldados, dejará su mensaje. ¿Ya se han desplegado los equipos? ¿Saben que no deben intervenir?

—Todo listo, señor. Ya están en Leverburgh y empiezan a batir la zona.

—Bien. Mantenme al tanto.

Al cabo de una hora, Macleod salió un momento a tomar el aire y despejarse.

La carretera de la costa este no dejaba de rondarle la cabeza.

La habían visto más o menos a mitad del recorrido.

Había infinidad de escondrijos por allí, casas ante las que la gente pasaba sin fijarse.

Nadie recorría aquella carretera salvo por necesidad o para contemplar las formaciones rocosas de aspecto lunar de la costa.

Leverburgh no era lugar para montar un burdel clandestino.

No era grande, ni mucho menos, pero sí el núcleo de población más importante de la zona.

La carretera costera ofrecía más discreción.

Además, una embarcación podía acercarse de noche a aquella costa sin que nadie la viera.

En Leverburgh había demasiados ojos en el puerto.

Mejor usar una cala apartada y llevar a los clientes en una embarcación habitual en aquellas aguas, como uno de los barcos de recreo que llegaban a menudo de tierra firme, para desembarcarlos de noche en el burdel que tuvieran montado.

Ahora pienso como ella. Ahora sí voy por buen camino.

Bastaría con sentarse a vigilar y esperar a que apareciera esa embarcación.

Siempre que vigilara la zona correcta. Quizá supiera cómo operaban, pero no dónde, y estuviera recorriendo uno por uno todos los lugares posibles.

Pero ahora ha conseguido ponernos tras su pista. Quizá…

Las reflexiones de Macleod se interrumpieron cuando Hope salió disparada por la puerta y corrió hacia él.

—La tenemos acorralada. Se ha atrincherado con una familia y los tiene amenazados con un cuchillo. Voy a por el coche.

Hope echó a correr. Macleod tardó un instante en dejar atrás sus deducciones y centrarse en la emergencia. Entró a por la chaqueta y volvió a salir para reunirse con Hope en el coche.

Avanzaron a toda prisa por las difíciles carreteras que llevaban a Leverburgh, pero el trayecto fue lento y tardaron media hora en llegar.

El pueblo ocupaba un llano al pie de las colinas y sus casas se agrupaban en torno a la terminal del ferri, que daba al estrecho de Harris, un paso traicionero entre North Uist y Harris.

Algunas luces estaban encendidas, pero Macleod supo adónde se dirigían por un circo de luces: destellos azules de los rotativos y faros blancos.

Cuando se detuvieron frente a una pequeña casa independiente, se les acercó un sargento.

—Señor, está dentro y tiene un cuchillo contra el cuello de un niño.

Solo se comunica con nosotros por medio del padre, Donald MacIver, que habla desde el recibidor.

El padre asegura que la puerta principal está cerrada con llave.

Nosotros mantenemos la distancia, tal como ordenó, y no hemos intervenido.

Macleod observó la casa, bañada en luz.

—¿Cuántos hay dentro?

—Solo el padre, la madre, el niño y la sospechosa.

—¿Ha pedido algo?

—Aún no, señor. Creo que la hemos pillado por sorpresa. El padre gritó desde el otro lado de la puerta cuando el equipo de búsqueda se acercó a la casa —dijo el sargento.

—¿Y qué hacía el equipo allí?

—Un rastreo rutinario del jardín: los muros, los posibles escondites y demás. Lo habitual, por si estaba oculta allí. Hay muchos lugares donde esconderse, y estaban barriendo la zona con las linternas cuando el padre los llamó.

Aquello no le gustaba a Macleod. Algo no cuadraba.

—¿Hemos visto a la sospechosa?

—Solo hemos visto al padre a través del pequeño cristal de la puerta. Pero hemos oído llorar a la madre, señor, y, por momentos, gritar por su hijo.

—¿Sabemos qué edad tiene el niño? —preguntó Hope.

—Un año.

—Gracias, sargento. De momento mantenga a todo el mundo en el perímetro. Que nadie se acerque hasta que yo lo diga.

Macleod se quedó junto al murete que rodeaba la parcela. La casa estaba a la vista de al menos otras ocho y, para llegar hasta allí a pie desde el centro del pueblo, había que pasar ante otras veinte viviendas como mínimo.

—¿Cómo lo planteamos? —preguntó Hope.

—No nos precipitaremos. Hablaremos con el padre. Negociaremos y, llegado el caso, irrumpiremos en la casa si creemos que el niño corre peligro inmediato. Prepara un equipo para la entrada, por favor, McGrath.

Hope se dio la vuelta. Macleod se quedó solo, mirando la casa.

¿Por qué se ha dejado acorralar ahí dentro?

Nunca la hemos cogido desprevenida. En Hushinish dieron con ella por casualidad, pero reaccionó y escapó.

Agresiva. Sin negociar. En el yate de Tarbert volvió a actuar con violencia: se ocupó de sus problemas antes incluso de que nos desplegáramos.

Cuando la teníamos acorralada, salió a por mí y a por la agente Ross.

Esto no encaja. Ella no reacciona así. Pero hay un niño de por medio. Tengo que estar seguro. Maldita sea.

Macleod buscó a Hope con la mirada y la llamó.

—Voy a acercarme a la puerta principal y hablar con el padre. Quiero que rodees la casa, bajes a la playa y te acerques por detrás. Acércate todo lo que puedas a una ventana e intenta ver el interior. Quiero una identificación inequívoca de la sospechosa.

—¿Te parece prudente, señor? Puede que me vea acercarme y les haga daño.

—Entonces ten listo el equipo que has reunido. Lo usaremos si la cosa se tuerce.

—¿Que si la cosa se tuerce? —repitió Hope, sin apenas contener la rabia—. Esto es una locura. ¿Qué estás haciendo? Nosotros no actuamos así.

—Hope —dijo Macleod—, aquí falla algo. ¿Cómo se ha dejado acorralar ahí dentro?

Mira este sitio: está huyendo, por el amor de Dios, y elige un lugar donde sabe que estaremos.

Después de escurrírsenos una y otra vez, de pronto se deja ver por todas partes.

Es absurdo. Esto es un ardid, una forma de mantenernos entretenidos mientras ella caza a su presa.

—La teoría está muy bien y puede que tengas razón, pero estás apostando por tu intuición. Ahí dentro hay un bebé. No puedes hacer semejante apuesta con su vida. No podemos actuar así.

—Tenemos que hacerlo. Si no, habrá un baño de sangre en la casa donde estén los soldados.

—Y, si te equivocas, lo habrá aquí mismo. Seoras, no puedes hacer esto por una corazonada.

—Es más que eso.

—¿Y qué nos impide buscarla en otra parte y dejar esto como está? —Hope se irguió en toda su estatura y Macleod se sintió pequeño frente a ella. Pero tenía razón. Tenía que estar en lo cierto.

—Porque necesitamos averiguar qué saben los padres de ahí dentro para encontrarla. Y, si esperamos, matará a los demás.

—Me parece demasiado arriesgado.

—Tomo nota —dijo Macleod—, pero seguimos adelante. Ve a la parte de atrás y, dentro de tres minutos, acércate a la casa. Mantente agachada y no corras riesgos innecesarios.

—Creo que quien está corriendo riesgos innecesarios eres tú.

Hope se marchó furiosa. Macleod la vio alejarse del dispositivo y luego bajar con disimulo hacia la playa, detrás de la casa. Informó al sargento de que se acercaría a la puerta principal, subió los escalones a zancadas y llamó al padre a través de la puerta.

—Donald, soy el inspector Macleod. Solo voy a sentarme aquí y hablar con usted. ¿Siguen todos bien?

—Sí —respondió enseguida—, pero tiene a nuestro hijo. Tiene a Iain. No haga nada.

—Tranquilo, Donald. Solo me voy a sentar en el escalón para hablar con usted.

Macleod se sentó. El escalón estaba frío. Quería asegurarse de no parecer una amenaza, por si se equivocaba.

—¿Puede preguntarle a Freja qué quiere?

—No —respondió enseguida—. No puedo. Me ha dicho que me quede aquí, en el recibidor, y no haga preguntas.

—Pero ¿cómo sabemos que su familia sigue a salvo?

—Ha dicho que lo estarán si me quedo aquí y les digo que no se acerquen. No quiere hablar.

Macleod midió sus siguientes palabras. No quería presionarlo demasiado, pero necesitaba saber qué ocurría dentro.

—¿Podemos hacerles llegar algo de comer? Quizá podría abrir la puerta y recogerlo. Si no, la noche se hará larga. Pregúnteselo a Freja de mi parte, Donald.

—¡No puedo!

—Está en la habitación de al lado, ¿no? Seguro que le oye.

—¡No puedo! —gritó el hombre—. ¡Los matará!

—¿Por hacer una pregunta? Lo dudo. Está rodeada y necesita salir. Puede preguntárselo, Donald. Si no lo hace, tendré que preguntárselo yo.

Macleod oyó el pánico al otro lado de la puerta. Donald susurraba con alguien. Miró hacia los coches y los agentes desplegados al otro lado del muro del jardín y vio a Hope en primera fila, bien visible. Articuló una palabra sin voz. Hope negó con la cabeza. No había visto a la sospechosa.

—Bueno, Donald, ¿se lo ha preguntado? Le he oído susurrar.

—No. No estaba susurrando.

—Pues pregúntele, porque, si no, lo haré yo. De hecho, voy a entrar.

El hombre apareció de pronto tras el pequeño cristal de la puerta. En un susurro atropellado, dijo:

—No lo haga. Tiene a Iain, a mi hijo. Se lo contaré todo, pero, por el amor de Dios, no abra la puerta. Lo matará. Estoy seguro de que nos vigila; dijo que lo haría.