La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

—¿A por quién va? Sé que quiere matarlos. Sé lo de la época de su madre en el ejército.

En la oscuridad, Macleod solo distinguía aquellos ojos clavados en él. La mujer siguió acercándose.

—Sé que Malthe Amundsen la ayudó a venir aquí. Sé que tiene una hermana.

En sus ojos apareció un leve destello de reconocimiento.

—Quiero que ella también esté a salvo. Dígame adónde debo ir y entraré ahora mismo para sacarla. Meteré a los demás en la cárcel. Dígame dónde tengo que buscar.

Macleod levantó las manos y se quedó expuesto.

—Déjeme encontrarla. Confíe en mí.

Por un instante creyó ver en los ojos de la mujer un atisbo de comprensión, quizá incluso cierta calma. Pero la furia regresó. Macleod supo que aquello pintaba mal.

Al ver una sombra detrás de la mujer, Macleod comprendió que Hope se había movido.

Mantuvo las manos en alto mientras la mujer avanzaba y fingió que no pensaba defenderse.

Así consiguió que se acercara más deprisa.

Cuando llegó hasta él, Macleod oyó un grito.

Una fuerte patada en la espalda lanzó a la mujer contra él y ambos cayeron al suelo.

El rostro pálido de Freja Fiske quedó pegado al suyo, pero Hope tiró de ella para incorporarla e intentó esposarla mientras le forzaba los brazos a la espalda.

Forcejearon hasta que Freja logró liberar un brazo y golpeó a Hope, haciéndola retroceder.

Macleod estaba acostumbrado a la violencia, pero rara vez había visto tanta ferocidad.

Cuando Freja volvió a abalanzarse sobre Hope, Macleod corrió hacia la mujer menuda y la embistió con el hombro, derribándola.

Los dos se estrellaron contra las rocas y Macleod se golpeó las piernas con fuerza.

Freja se levantó antes que Macleod, pero Hope ya había vuelto a enzarzarse con ella.

Macleod las vio intercambiar golpes hasta que Freja alcanzó a Hope en la mandíbula con un puñetazo que debió de dolerle lo suyo.

Hope cayó hacia atrás, pero, para alivio de Macleod, Fiske echó a correr.

Entonces oyó más sirenas y vio destellos azules que se aproximaban por la carretera.

Hope ya estaba otra vez en pie y corría con todas sus fuerzas tras Fiske, que desapareció hacia las casas que habían visto antes.

Allí solo las alumbraba la luna. Macleod vio a Hope doblar la esquina de una vivienda y corrió tras ella.

Oyó un grito antes de girar la misma esquina.

Las dos mujeres estaban enzarzadas y Hope llevaba claramente la peor parte.

Fiske le atenazaba la garganta con las manos mientras Hope intentaba apartarle los brazos y romper la presa.

Macleod no sabía si Fiske lo había visto.

Se quitó la chaqueta y avanzó deprisa pero en silencio por detrás de ella, manteniendo cierta distancia.

Oyó los gritos ahogados de Hope, pero mantuvo la disciplina hasta quedar justo a la espalda de Fiske.

Entonces se acercó. Rezó para no tropezar con una piedra suelta ni pisar en falso y delatar su presencia.

Abrió la chaqueta y se la echó rápidamente por encima de la cabeza.

Aprovechando la sorpresa, le dio una fuerte patada por detrás de las rodillas y la derribó.

Fiske soltó a Hope y alzó los brazos para quitarse de encima la chaqueta. Cuando Macleod intentó agarrarla, ella rodó hacia delante y se volvió para encararlo.

—¡Puedo ponerla a salvo! ¡Dígame dónde está, por favor!

Fiske lo miró fijamente. Por un momento, el frenesí del combate se disipó y volvió a imponerse el estruendo de las olas. Negó con la cabeza.

—Madre dijo que tenían que pagar. No irán a la cárcel. No habrá clemencia para ellos. Destrozaron a mi madre y ahora destrozan a mi hermana una y otra vez. Malthe tenía que cuidar de ella, encontrarle un hogar. Lo único que le dio fue el infierno.

Ya se oían gritos y voces. Macleod supo que los refuerzos estaban llegando en masa.

—Los encontraré —dijo Fiske— y dejaré a las mujeres bajo su protección. Pero pagarán por lo que le hicieron a mi familia. No se interponga en mi camino, señor policía.

Macleod dio un paso hacia ella, dispuesto a ofrecerle algo más con tal de mantenerla hablando, pero Fiske se volvió y corrió hacia el mar, por detrás de las casas.

Hope ya estaba en pie y logró agarrarla del brazo, pero recibió un golpe en la cara.

En la oscuridad, Macleod distinguió la silueta de una pequeña barca con un motor fueraborda a popa.

Corrió tras ella, pero las piernas empezaban a fallarle, maltrechas después de los golpes contra las rocas.

Cuando llegó a la playa, vio a Fiske poner en marcha el motor y empujar la barca hacia el oleaje. Enseguida no quedó de ella más que el ruido del motor en la oscuridad. Macleod cayó de rodillas. Maldita sea. Tan cerca. Se volvió hacia Hope y la vio acercarse tambaleándose.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—No —respondió ella, arrodillándose a su lado—. Casi me mata… Casi acaba conmigo, Seoras.

La voz de Hope temblaba, algo impropio de ella. Se apoyó en el hombro de Macleod.

—Pero no lo hizo. Me alegro muchísimo de que no lo consiguiera.