Capítulo 21 #2
Hope entró disparada en el aparcamiento y frenó junto al coche patrulla, que tenía una abolladura enorme en la parte delantera.
Macleod bajó, pero no vio a nadie dentro.
Miró a su alrededor. En la oscuridad, solo se oía el estruendo de las olas.
Salvo por el resplandor de los vehículos, la luna era la única luz.
Más allá del coche siniestrado, todo parecía en calma.
—Comprobaremos primero el edificio —dijo Macleod—, pero cierra el coche con llave.
Oyó el pitido del cierre centralizado y se acercó a la verja. Había mucha sangre en el suelo, pero el rastro terminaba en mitad del aparcamiento, no junto al coche patrulla. Le indicó a Hope que entrara en el edificio por la puerta abierta.
Dentro estaba oscuro. Hope sacó la linterna y alumbró el pasillo.
No había más que sangre. Un rastro salía de una puerta abierta, recorría el pasillo y llegaba hasta el aparcamiento.
Hope abrió con cuidado una puerta tras otra, pero solo encontró aseos y cuartos vacíos.
Al salir de nuevo, preguntó a su jefe cómo debían proceder.
—Si sigue aquí, puede estar detrás de cualquiera de esos montículos o rocas, o en la playa.
O quizá haya echado a correr y esté en las colinas que hemos dejado atrás.
También hay unas construcciones ahí detrás y otras más allá.
¿Y nuestro agente? Si lo ha matado, ¿para qué esconderlo?
Revisaremos la playa y luego seguiremos hacia las casas que hay más allá del edificio. Puede que esté escondido, quizá herido.
Bajaron juntos hasta el murete que daba a la playa y empezaron a batir la zona. Miraron detrás de numerosas rocas grandes en un extremo y después avanzaron hasta el otro lado, más allá del edificio. Mientras barrían la oscuridad con las linternas, una voz débil les llegó con el viento.
—¡Ayuda! Está aquí. Muy cerca. No podía decir nada por si daba conmigo antes que ustedes.
Macleod dio un paso a la derecha y miró detrás de una roca grande. Allí había un agente sentado en el suelo, hecho un ovillo y temblando.
—Dios mío. Gracias.
Davidson sorbía por la nariz, luchaba por contener las lágrimas de alivio y temblaba como si tuviera fiebre.
Macleod lo dejó sentado donde estaba mientras Hope registraba los alrededores en busca de la mujer.
Como no encontró a nadie, Macleod ayudó al agente a ponerse en pie y comprobó si estaba herido.
Solo encontró unos arañazos, aunque el uniforme estaba empapado de sudor.
—Bien, agente, ¿puede volver al coche? Le daré las llaves para que se encierre dentro.
—No… no… No pienso hacerlo. Necesito a alguien conmigo. La última vez estaba… dentro del coche.
—¿Cómo se llama, agente? —preguntó Macleod.
—Davidson, señor.
La formalidad pareció calmarlo un poco, aunque estaba lejos de controlar sus emociones.
—McGrath, tenemos que llevar a Davidson al coche y esperar refuerzos.
—Iré yo sola a registrar esta parte, señor —dijo Hope—. Puede escaparse.
—¡No! Volvemos.
—Pero se escapará, señor.
Hope empezó a enfadarse y se alejó de Macleod.
—He dicho que no, McGrath. Es una asesina y sabe muy bien lo que hace. No nos arriesgamos. Esperaremos refuerzos. Nadie va solo.
Macleod llevó a Davidson de vuelta al aparcamiento.
Hope los siguió caminando de espaldas casi todo el trayecto, sin apartar la vista de la oscuridad que los rodeaba ni de la zona aún sin registrar.
Al llegar al coche, apareció el primer coche patrulla.
Macleod ordenó a uno de los agentes que fuera con él y dejó a Davidson dentro del vehículo.
Hope ya se encontraba unos cincuenta metros por delante de Macleod y corría hacia el lugar donde habían encontrado a Davidson.
Quedaban más rocas por registrar, pero, más allá, el terreno volvía a estar cubierto de hierba tupida y arena, y una carretera discurría hasta unas casas.
Todas estaban a oscuras. A Macleod no le hacía ninguna gracia registrar aquella zona.
—Quédate cerca, McGrath —ordenó. El otro agente registraba las rocas próximas al agua; Hope, las cercanas a la carretera. Poco a poco, ella se alejaba de Macleod. Él volvió a comprobar dónde estaba el agente del lado del mar y entonces oyó a Hope soltar un gruñido.
Alguien la había agarrado por detrás y le rodeaba el cuello con los brazos, como si quisiera partírselo. La presa era incómoda: por la altura de Hope, su atacante tenía que ponerse de puntillas y, durante el forcejeo, Hope había conseguido levantarla del suelo.
Macleod echó a correr entre las rocas. Resbaló, cayó con estrépito y se cortó la rodilla con una piedra afilada.
El otro agente pasó junto a él a toda velocidad y se lanzó contra la atacante de Hope, haciendo que los tres cayeran al suelo.
Desaparecieron detrás de las rocas y Macleod dejó de verlos, pero oyó que Hope empezaba a toser.
Macleod se puso en pie como pudo y corrió hacia la refriega. Vio al agente levantarse y encarar a la atacante. La mujer le asestó varios puñetazos en el pecho y luego un par en la cabeza. El hombre cayó; parecía inconsciente. Macleod se acercó y vio a Hope en el suelo, todavía tosiendo.
—Estoy aquí —le gritó Macleod a la mujer—. Justo delante de usted. Eso es, venga a por mí.
Macleod no se sentía valiente. Estaba asustado.
Pero tenía que apartar de McGrath la atención de aquella mujer mientras su compañera seguía tendida en el suelo.
Sabía que no era rival para ninguna de las dos.
Eran jóvenes y sabían pegar. Tendría que recurrir a la astucia si quería salir de allí por su propio pie.