La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 21
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Capítulo 21

D avidson vio a su compañera retroceder, agarrándose la cara, y apartarse de la entrada del cuarto.

Cuando corrió a ayudarla, una mano salió disparada del interior y agarró a Denny por el pelo.

Movido tanto por el instinto como por el entrenamiento, Davidson agarró el tirador de la puerta corredera y la cerró de golpe.

Una segunda mano asomó empuñando un cuchillo.

Al cerrarse, la puerta atrapó ambos brazos y el cuchillo cayó al suelo.

Davidson no aflojó. Empujó con todas sus fuerzas para mantener la puerta cerrada sobre los brazos pálidos que sobresalían. Quien estuviera dentro forcejeaba por liberarse, y él no sabía si su compañera estaba en condiciones de reaccionar.

—¡Sargento! ¡Sargento! ¿Está bien?

—No —gritó Denny—. Dios mío, mire la sangre. Davidson, la sangre.

—¡Salga! Vaya al coche.

—¿Y usted?

—Voy detrás, sargento. Coja la radio y salga de aquí. Saque también a los extranjeros. Aguantaré todo lo que pueda.

Denny no vaciló. Con una mano apretada contra la cara, avanzó a trompicones por el pasillo hasta el aparcamiento.

Una vez cruzada la verja, fue hacia la autocaravana y aporreó la puerta lateral con todas sus fuerzas.

La puerta se abrió y apareció el joven de la playa.

La sangre goteó dentro del vehículo. El joven empezó a gritarle.

—¡Conduzca, imbécil! ¡Póngase al volante y conduzca!

El hombre seguía protestando, pero Denny no tenía tiempo para aquello.

—¿Dónde están las llaves? ¿Dónde están las puñeteras llaves?

El hombre la miró, horrorizado y furioso al ver su autocaravana convertida en un puesto de triaje improvisado.

Denny lo ignoró y recorrió el interior con la mirada en busca de las llaves.

Al final desistió, abrió la puerta delantera y se sentó al volante.

Activó la radio con la mano libre, pero nadie respondió.

Maldita zona sin cobertura. Se agachó y encontró las llaves puestas en el contacto.

—¡Cierre la puñetera puerta! —gritó hacia la parte trasera.

Una cabeza asomó a su lado. Denny señaló la puerta con la mano libre y arrancó.

Sentía la sangre correrle por la otra mano y apretó la herida con más fuerza.

En circunstancias normales habría buscado algo para taponarla, pero tenía que salir de allí y sacar también a aquellos turistas.

No se enteraban de nada, pero eran inocentes. Davidson tendría que apañárselas.

Con la mano libre, cruzó el brazo por delante del cuerpo para meter una marcha.

En cuanto la autocaravana empezó a avanzar, volvió a agarrar el volante y giró.

Era una maniobra torpe y tuvo que repetirla dos veces en los diez segundos siguientes para sacar el vehículo del aparcamiento.

Al enfilar de nuevo la carretera de un solo carril, mantuvo el claxon apretado para que Davidson supiera que ya estaba fuera. Esperaba que estuviera bien.

Dentro del pequeño edificio, Davidson seguía empujando la puerta con todas sus fuerzas.

Aún veía los brazos atrapados. Pero empezaba a agotarse.

La persona del otro lado parecía cobrar fuerzas y le iba ganando terreno.

Le dio una patada al cuchillo y lo lanzó pasillo abajo.

Desapareció en la oscuridad. Al menos, eso había salido bien.

Tenía que salir corriendo. Ahora que Denny estaba a salvo, solo debía preocuparse por sí mismo. Llegaría al coche, bloquearía las puertas y se largaría. Después ya vendrían los refuerzos a por aquella loca.

Mientras se inclinaba para ejercer más presión, la cabeza le quedó junto a una pequeña ventanilla rectangular y, sin querer, miró a través de ella.

Unos ojos encendidos le devolvieron la mirada y vio un rictus de feroz determinación.

Al echarse atrás, distinguió una mata de pelo rubio y la piel pálida que asomaba debajo.

En otras circunstancias, aquella mujer le habría parecido bastante atractiva, quizá mucho.

Ahora, con esos ojos desquiciados, parecía el infierno desatado.

Contó para sus adentros: uno, dos, tres… ¡ya! Soltó la puerta, se giró y echó a correr por el pasillo a toda velocidad. Oyó pasos detrás de él y, cuando abrió la verja del aparcamiento, la oyó salir disparada del pasillo.

Debió de saltar la verja, porque lo alcanzó en mitad del aparcamiento, le rodeó las piernas con los brazos y lo derribó.

Davidson rodó al caer, pero ella ya estaba encima.

Logró agarrarle un brazo, pero recibió un puñetazo en plena cara.

Intentó protegerse; el cuerpo empezaba a desobedecer al cerebro y recibió más golpes.

Tanteó en busca de algo a lo que aferrarse, le agarró la cadera y notó un cinturón bajo los dedos.

Con un movimiento desesperado, rodó, tiró de él y consiguió lanzarla a un lado.

Ella pareció sorprendida, pero Davidson no consiguió aprovechar la ventaja.

Se alejó rodando hacia el coche. Cuando la mujer se puso en pie y cargó contra él por detrás, Davidson tuvo un instante de claridad.

Se apartó con calma, la agarró por la cabeza y, aprovechando su impulso, la estampó contra la puerta del coche.

El golpe resonó seco y ella retrocedió tambaleándose.

A la luz de la luna, Davidson vio que sangraba y aprovechó para abrir la puerta y meterse en el coche.

Bloqueó las puertas y arrancó. Cuando se disponía a salir, una figura se abalanzó sobre el capó y le tapó por completo la visión.

El coche chocó contra algo sólido con un crujido que le revolvió el estómago.

La figura salió despedida y Davidson la perdió de vista al desplegarse el airbag.

Hope devoraba la carretera. A su lado, Macleod terminaba de despertarse.

En cuanto llegó el aviso, no vaciló: sacó a su jefe de la cama improvisada y lo llevó casi a rastras hasta el coche.

Encendió los rotativos y, en menos de diez minutos, ya recorría la carretera hacia la playa de Hushinish.

Era larga y no daba tregua, casi toda de un solo carril y con curvas capaces de hacer sudar a un piloto de rally.

Macleod ya estaba completamente despierto. Por radio pidió más refuerzos y que despegara un helicóptero para prestar apoyo. Los rodeaba una sucesión de lomas rocosas cubiertas de brezo, turberas y hierba. En una persecución, el apoyo aéreo sería de gran ayuda.

Salvo por la voz de Macleod, que coordinaba la llegada de los refuerzos, avanzaban en silencio.

Habían pedido una ambulancia para la sargento Denny, cuya llamada se había cortado de repente.

Macleod tenía un nudo en el estómago y, una vez más, sentía que iba a remolque de aquella sospechosa.

Al coronar otra pequeña rasante, los faros lanzaron sus haces al cielo nocturno. Macleod distinguió algo a la izquierda.

—¡Para!

Hope clavó los frenos y el coche se detuvo en seco.

Macleod salió de inmediato y cruzó a grandes zancadas un tramo pantanoso hasta una autocaravana volcada sobre un costado.

Corrió a la parte delantera y vio el parabrisas cuarteado.

Una agente seguía sentada al volante, con una mano sobre la cara y el cuello y sangre por todas partes.

—Trae el botiquín, McGrath.

Apoyándose en un pequeño montículo cubierto de césped, saltó sobre la autocaravana y abrió la puerta del pasajero. Macleod se metió dentro y desabrochó el cinturón de la agente, que lo miraba con los ojos desencajados.

—¿Denny? ¿Es usted Denny? —preguntó Macleod.

La agente asintió. Hope apareció entonces por encima de él, en la puerta abierta.

—¿Puede moverse? —preguntó Macleod.

—Puedo moverme. No creo que tenga nada roto —dijo la agente con voz temblorosa—. Pero Davidson sigue allí atrás. Ella sigue con él. Ayúdelo.

Hope le pasó una compresa grande. Macleod apartó la mano de la cara de la agente y examinó la herida. Había mucha sangre, pero no vio nada más grave que un corte profundo. Presionó la compresa contra la herida y colocó encima la mano de Denny. A lo lejos oyó sirenas.

Hope bajó de la autocaravana y se dirigió a la parte trasera, donde abrió las puertas.

Dentro vio un revoltijo de ropa y enseres, y piernas por todas partes.

Un hombre yacía gimiendo. Llevaba una toalla alrededor del cuerpo, pero se le había subido desde la cintura hasta el pecho y le dejaba los genitales al descubierto.

Se incorporó y empezó a gritar en un idioma que Hope no entendía.

A su lado, una mujer en camisa y con las piernas desnudas también se puso a gritar.

Un coche patrulla se detuvo y dos agentes bajaron.

—Bien —dijo Hope, haciéndoles señas para que se acercaran—.

Hay una agente herida en la parte delantera; necesita asistencia médica.

En la parte trasera hay varios extranjeros.

Al menos dos parecen tener solo lesiones leves, pero no parece que hablen inglés.

Puede que haya más. Nosotros vamos al edificio de servicios de Hushinish.

Allí queda otro agente, posiblemente herido. Envíen todos los refuerzos que puedan.

Hope echó a correr hacia el coche y le gritó a Macleod que la siguiera. Subió, arrancó y abrió de golpe la puerta del acompañante. El coche ya se movía antes de que Macleod terminara de sentarse; tuvo que cerrar la puerta a la desesperada.

—Cuando lleguemos, quédate cerca, Hope. Esa mujer es muy peligrosa. Nada de heroicidades. ¿Entendido?

Hope asintió, pero tenía toda la atención puesta en la difícil carretera.

Nunca le habían interesado los coches ni conducir, pero había completado el curso de conducción avanzada del cuerpo y ahora recurría a todo lo aprendido.

Pisó el borde de la calzada al menos dos veces y estuvo a punto de hacer un trompo y salirse por completo antes de ver las luces azules de un coche patrulla en el aparcamiento del edificio de servicios.

—Detente junto al coche y, si el agente no está, nos desplegaremos desde allí —dijo Macleod.