La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 20
75%

Capítulo 20

H ope estaba agotada. Tras encontrar el cadáver de la viajera a bordo del yate, habían rastreado la zona a pie, por mar y por aire sin encontrar nada.

Los equipos que habían trabajado toda la noche habían prolongado el turno o habían sido relevados y, ya bien entrada la noche, todos estaban cansados y doloridos.

Le apetecía meterse entre las sábanas, quizá después de una ducha caliente, y quedarse allí mientras Allinson le daba aquel masaje en la espalda.

Nunca le habían gustado los masajes ni que la mimaran, pero la forma en que Allinson le amasaba los hombros y bajaba después hasta la zona lumbar era otra historia.

Cuando sacó un frasco de aceite, Hope desconfió; luego pensó que, si aquella amistad incipiente no cuajaba, sería un masajista perfecto.

Macleod dormía profundamente en una pequeña habitación al fondo del centro comunitario.

Hope había ido a verlo apenas diez minutos antes, después de pasarse un buen rato intentando convencerlo de que descansara.

Los equipos suspendían la búsqueda hasta la mañana y él necesitaba dormir.

Se había vuelto gruñón, algo impropio de él, y su mal humor afectaba a los demás, tan fatigados como él.

La teoría era que Fiske se había escondido o, al menos, se había refugiado en algún paraje aislado: quizá en las colinas de Harris o en la zona rocosa del sur, difícil de batir a pie.

Hope creía que seguiría tras cualquier pista que tuviera sobre el paradero de los soldados, pese a haberse empapado al alejarse a nado del yate aquella mañana.

Esa era la teoría. Freja Fiske había visto u oído a los equipos de búsqueda, había advertido el interés de la policía por el yate en el que viajaba y había huido a toda prisa.

Se sospechaba que también pretendía matar a las demás mujeres de a bordo, pero las hermanas se habían encerrado en su camarote.

Aquella precaución les había salvado la vida.

Fiske no habría tenido mucho tiempo. Al encontrarse ante la puerta atrancada, se habría limitado a coger sus cosas y lanzarse al agua para cruzar el brazo de mar a nado y a oscuras.

Hope recorrió la sala con la mirada. Estaba mucho más vacía que unas horas antes.

Ahora que había caído la noche, todos descansaban; solo unos pocos agentes uniformados seguían trabajando.

Hope habló un momento con un sargento y salió a tomar el aire.

Caminó a paso ligero hasta el puerto y se detuvo junto al punto de atraque del ferri.

El aire nocturno era fresco. Hope se preguntó dónde se escondería Fiske.

Dormir al raso era perfectamente posible, pero la ropa seguiría húmeda.

A menos que hubiera conseguido ropa nueva, lo que podía significar…

Hope no quería pensar en más cadáveres. Mejor pensar en el masaje de Allinson mientras se tomaba un respiro.

La carretera parecía no tener fin: subía y bajaba sin tregua y trazaba curvas demenciales en cada rasante.

¿Quién demonios había construido aquella carretera de un solo carril hacia Scarp?

Claro que conocía la historia de Scarp y del experimento del correo por cohete, pero hacía mucho que no iba hasta la playa de Hushinish.

Normalmente estaba destinado en Stornoway y rara vez llegaba tan lejos, pero, con todo lo que estaba ocurriendo, lo habían enviado a ayudar en las búsquedas.

A su lado iba la sargento Denny, una veterana curtida que lo intimidaba un poco desde su llegada a Lewis.

Faltaba personal y la consigna era que nadie saliera solo mientras aquella criminal siguiera suelta, así que le había tocado patrullar con Denny.

Davidson era uno de los agentes más novatos de la comisaría.

Tras el asesinato de aquella mañana, les habían ordenado hacer una ronda adicional por las carreteras de la zona para proteger a la población y ver si, pese a la oscuridad, detectaban algo.

Debían recorrer la carretera hasta la playa de Hushinish y luego regresar a la base provisional de Tarbert para reponer fuerzas.

Davidson estaba deseando echarse algo al estómago.

Los faros apenas iluminaban la carretera cuando Davidson coronó otro de aquellos repechos cortos pero brutales.

La calzada subía unos seis metros antes de volver a bajar, pero en la cima giraba a izquierda o derecha y, hasta que empezaba el descenso, no se veía por dónde continuaba el asfalto negro.

A aquella hora, conducir le exigía toda su concentración.

De madrugada tendría que ir con todavía más cuidado.

Habían parado ante unas cuantas casas y cobertizos junto a la carretera, encajados de algún modo en el terreno abrupto, como si a alguien se le hubiera ocurrido plantar una casa justo allí: en una ladera empinada o en medio de una hondonada pantanosa.

Allí fuera, en medio de la nada, como él decía, Davidson no entendía cómo podía vivir la gente.

Tenía un piso en Stornoway y se aferraba a él como al último bastión de la vida sensata.

No acababa de adaptarse a la isla ni a una forma de vida tan distinta de la de su Dundee natal.

Solo faltan dos semanas para el permiso.

Y eso si para entonces no seguimos recorriendo carreteras imposibles en busca de esta loca.

La playa de Hushinish apareció de pronto al coronar una loma. Davidson siguió por la estrecha carretera, junto a la ladera y más allá de unos cuantos edificios, y creyó distinguir algo a la luz de la luna.

—Sargento, ¿ve algo en la playa?

A su lado, Denny movió el cuello para desentumecerlo y miró por la ventanilla del coche.

—Joder, turistas. Ese mar está helado. Y con todo lo que está pasando, ¿a quién se le ocurre bañarse en pelotas?

Davidson divisó una sola autocaravana en el aparcamiento, junto al edificio acristalado de servicios de Hushinish.

Era un modelo antiguo, pero quienes estaban en la playa no eran precisamente viejos.

Contó cuatro personas. A la luz de la luna vio que estaban desnudas y entraban y salían corriendo del agua, entre las olas que rompían en la orilla.

La escena podía parecer idílica, pero, dadas las circunstancias, aquella gente tenía que estar loca.

Casi todos los demás turistas habían evitado aquella carretera y los alrededores del yate.

La policía había recomendado a todo el mundo que se quedara en casa y cerrara las puertas con llave.

Pero allí estaban aquellos jóvenes, tan campantes, como si no pasara nada.

—Entre en el aparcamiento y vamos a hablar con ellos, Davidson. A ver si los convencemos de que se marchen a un lugar más seguro.

El joven agente aparcó. Los dos dejaron atrás el asfalto, bajaron a la playa y se acercaron al animado grupo de bañistas. Cuando estos vieron a los policías, Davidson esperaba que sintieran algo de vergüenza y empezaran a taparse, pero ninguno se inmutó. Los cuatro se limitaron a acercarse.

—Lo siento —dijo la sargento—, pero voy a tener que pedirles que se vayan a otro sitio, bastante lejos de aquí.

El hombre más próximo miró a sus compañeros, desconcertado, y luego empezó a gesticular y a hablar en un idioma que la sargento no había oído en su vida.

—Mierda, Davidson. Puñeteros turistas extranjeros. ¿Entiende algo de lo que dicen?

—No, sargento, ni una palabra.

—¿Cree que podrían vestirse? ¿Cómo se dice «vestíos» en francés o en alemán?

—¿Clothez-vous?

—Cállese, Davidson. Bueno, vamos a coger el toro por los cuernos.

La sargento se dio cuenta de que quizá no era la expresión más oportuna, pero ignoró la sonrisita de Davidson y le indicó al hombre que volviera a su vehículo mientras hacía el gesto de ponerse unos pantalones. El hombre asintió varias veces y llamó a los demás, que se dirigieron a la autocaravana.

—A ver si tienen un mapa y les indicamos adónde ir. Lo que sea con tal de sacarlos de aquí, Davidson. No conviene andar por la zona con esa loca suelta.

Davidson asintió y volvió hacia el aparcamiento con su superior. Por el camino miró a través de los grandes ventanales de la fachada del edificio de servicios. No estaba del todo seguro, pero creyó distinguir un movimiento: una figura en la oscuridad, recortada por la luz de la luna.

—Sargento, hay alguien en ese edificio.

—¿Me está jodiendo, Davidson?

—No, he visto una figura.

—De acuerdo. Primero seguimos andando con toda la calma hasta llegar al coche.

Hacemos que los extranjeros se metan en su vehículo y echen los seguros.

Luego registramos ese edificio, pero sin correr riesgos.

Entramos juntos y nos cubrimos en todo momento.

¿Entendido? —Davidson asintió—. Siga hablándome con normalidad, Davidson; si no, quien esté ahí sabrá que nos hemos dado cuenta, y eso es lo último que queremos.

—Lo siento, sargento.

Al llegar a los vehículos, la sargento Denny volvió a mover el cuello para desentumecerlo y fue empujando con suavidad a los turistas desnudos hacia la autocaravana para que se vistieran.

Señaló los seguros, esperó a que los echaran y después probó una de las puertas.

Cuando los cuatro estuvieron dentro con las puertas cerradas, Denny le indicó a Davidson por señas que la siguiera.

Se acercaron con cautela a la puerta lateral, situada tras una cancela de tela metálica, a un lado del aparcamiento.

—Póngase detrás de mí y sígame a unos pasos, Davidson. Y tenga la porra preparada.

Denny abrió la puerta corredera. Hizo más ruido del que le habría gustado.

Encendió la linterna e iluminó el pasillo.

No había nadie, solo un corredor largo con varias puertas.

Avanzó con sigilo y abrió la primera a su derecha.

Era un aseo de mujeres y le alivió comprobar que estaba vacío.

Abrió otra puerta más adelante. Tampoco encontró nada: era otro aseo, también vacío.

Al seguir avanzando, vio a la izquierda varias salas grandes con las puertas correderas abiertas.

La linterna iluminó el interior de una. Como nada se movió dentro, Denny entró.

Tras tantos años en el cuerpo, reaccionó a tiempo: levantó las manos para protegerse del cuchillo que caía hacia su cabeza. Algo le cortó la mejilla. Denny gritó.