Capítulo 19
E l trayecto en coche hasta Tarbert, en Harris, duró apenas cuarenta minutos, pero atravesó los páramos de Lewis antes de alcanzar las colinas de Harris.
Aunque el terreno no era del todo llano, el paisaje daba la impresión de extenderse hasta el infinito, pese al tamaño relativamente pequeño de Lewis.
Al llegar a Harris, el cambio fue brusco: el Clisham, la cumbre más alta de la región, resplandecía al sol.
Macleod agradeció aquel espectáculo, poco habitual.
Lo normal era que la llovizna envolviera el monte y las nubes ocultaran la cima.
—¿Qué tal estás, Hope? —preguntó Macleod a su compañera, que iba al volante.
Era la primera vez que se quedaban a solas desde la llegada de Hope.
A Macleod le pareció cansada, con el pelo menos arreglado de lo habitual.
Hope nunca tenía mal aspecto, ni siquiera con mala luz.
Pero daba la impresión de hacer un esfuerzo por seguir adelante.
Él conocía bien aquella sensación: las piernas también empezaban a darle guerra por la falta de sueño.
—Bien. Estoy bien. Un poco hecha polvo después del viaje desde Inglaterra. Allinson y yo nos turnamos al volante, pero me cuesta dormirme en el coche. ¿Y tú? Menuda putada para Jane que te hayan sacado de las vacaciones.
—Está ocupada buscando casa.
Macleod vio sonreír a Hope y mantuvo el gesto impasible.
—Eso te lo tenías callado. ¿Estáis pensando en iros a vivir al norte?
Macleod negó con la cabeza.
—No me lo estoy planteando. Voy a hacerlo. Voy a dar el paso con Jane. Está lo bastante chalada como para querer vivir conmigo, así que no puedo negarme.
Hope volvió a mirarlo, atenta a su gesto sombrío, pero Macleod no pudo mantenerlo y acabó sonriendo.
—Eso es estupendo, Seoras, estupendo de verdad. Jane es un encanto.
—¿Me echarás de menos? —preguntó Macleod.
Hope sonrió y Macleod pensó que iba a burlarse de él. Pero rara vez era tan cruel.
—Puede que yo también me vaya al norte. Necesito alejarme de Glasgow después de estos tres últimos meses.
Macleod entrecerró los ojos con preocupación.
—¿De verdad estás bien?
—Lo estaré. Pensé que irme al norte sería buena idea; al fin y al cabo, he recorrido buena parte de la zona durante el último año. Y tengo amigos en el norte.
—¿Ah, sí? —dijo Macleod—. Creía que todos tus conocidos estaban en Glasgow. Juraría que eso me dijiste.
—Quizá. Pero creo que necesito irme y conocer a otra gente. Quería sentar la cabeza en Glasgow y no salió bien. Él solo me utilizó y me dejó tirada, Seoras. Necesito alejarme un poco de todo y tener compañía.
—Bueno, siempre serás bienvenida en nuestra casa cuando la tengamos. Ya sé que Jane y yo somos mayores y que tú y yo trabajamos juntos, pero aun así creo que podemos ayudarte…
—Seoras —lo interrumpió Hope—, me refería a la compañía de un hombre, de alguien cercano, no de un amigo.
Me alegra que nos veas como amigos; yo también te veo así, pero hay alguien que se ha portado muy bien conmigo y se merece la oportunidad de ver si lo nuestro puede ser algo más. Y yo también me la merezco.
—Bien —respondió Macleod, escueto.
Se alegraba mucho por Hope, pero no quería demasiados detalles. Era un hombre que disfrutaba de los retozos de la vida en pareja, con boda o sin ella, pero había cosas que debían seguir siendo privadas.
—Me alegro por ti y por mí también. Eres una agente excelente. No me hacía ninguna gracia dejarte en Glasgow.
Hope guardó silencio. Macleod vio cómo el coche descendía por la empinada carretera hacia Tarbert.
A la derecha divisó una piscifactoría en el brazo de mar y la carretera hacia Hushinish.
Cayó en la cuenta de que el lugar al que aquellos hombres llevaban a las mujeres víctimas de trata podía estar en cualquier punto de Harris.
Harris no era muy grande, pero tenía multitud de calas pequeñas y casas aisladas.
¿Tendría por fuera un aspecto distinto al de una vivienda corriente?
Lo dudaba, a juzgar por la casa de la Black Isle en la que habían hecho la redada.
El centro comunitario de Tarbert, apartado de la plaza principal, se había convertido en la base del dispositivo de búsqueda.
El pueblo era mucho más pequeño que Stornoway, pero aun así tenía puerto propio, del que salía un ferri a Skye.
Hacía poco que habían inaugurado nuevos pantalanes y el puerto se había llenado de yates y lanchas motoras.
Había más gente de la que cabría esperar en un lugar de aquel tamaño.
Macleod comprendió lo que suponía la temporada turística para un pueblo así.
A última hora de la tarde, con el sol a punto de ponerse, Macleod cenó en el hotel del pueblo.
En una investigación tan larga había que cuidarse o se acababan pasando cosas por alto.
Saltarse una comida podía dejarlo sin fuerzas justo en el momento crítico.
Había enviado a Hope por delante y la había dejado al mando del operativo mientras él comía pollo con patatas fritas.
Nunca había sido de platos sofisticados.
Intentó ignorar el animado murmullo de los turistas, que se preguntaban por qué había agentes por allí haciendo preguntas y mostrando retratos robot.
Mientras terminaba el refresco de cola sin azúcar, Macleod vio entrar a un agente y acercarse al camarero.
La conversación pareció cortés y rutinaria hasta que vio cambiar la expresión del camarero.
El agente sacó el cuaderno mientras el hombre asentía y señalaba el dibujo.
Macleod se levantó de un salto, fue a paso ligero hasta la barra, se presentó al camarero y pidió al agente que continuara.
—Este señor dice que la mujer que buscamos estuvo aquí hace apenas una hora con otras tres mujeres —dijo el agente—. Siga, por favor, señor.
—Creo que la del dibujo iba con otra mochilera; al menos, eso me pareció, aunque las cuatro entraron juntas.
Recuerdo que pensé que no formaban un solo grupo: dos llevaban mochilas y tenían pinta de estar de viaje; las otras dos vestían pantalones cortos y camisetas, con zapatillas o zapatos náuticos.
Pero congeniaban de maravilla. Las cuatro pidieron una comida completa y luego se fueron.
—¿Qué aspecto tenían? —preguntó el agente—. La cara, el pelo, cualquier rasgo distintivo.
—La verdad es que me fijé más en las dos de pinta marinera.
Las dos eran morenas y parecían gemelas, aunque no podría asegurarlo.
Morenas, de nariz pequeña y respingona. Las dos bastante menudas.
Muy monas. Y tenían acento del sur de Inglaterra; nada de Yorkshire ni parecido.
Era un acento muy fino, muy correcto. No parecían pijas, pero tenían ese deje, aunque sin tanto vocabulario fino.
—¿Y las otras dos? —preguntó el agente.
—No estoy muy seguro de cómo eran. Una era rubia, más bien rubia oscura. Creo que era europea. De la otra apenas me acuerdo. Llevaba gafas de montura gruesa, pero no sabría decir mucho más. En cualquier caso, las cuatro tendrían veintipocos como mucho.
—Agente, quédese aquí y pregunte a los demás clientes, por si alguno lleva aquí un rato y las ha visto. Yo vuelvo a la base y transmito la información. Creo que tenemos que inspeccionar los yates de la zona.
Macleod regresó a paso vivo al pequeño centro de operaciones y le explicó la situación a Hope. Luego llamó a la base principal de Stornoway para pedir toda la ayuda disponible en la búsqueda de aquellas mujeres. Fiske ya había matado para borrar su rastro. Macleod no quería cargar con otra muerte.
Enviaron a un grupo de agentes a los pantalanes para buscar a las mujeres, pero al cabo de una hora volvieron sin resultados.
Varias embarcaciones no habían respondido; quizá sus propietarios hubieran bajado a tierra a dar una vuelta.
Dejaron a un agente en los pantalanes para hablar con ellos a su regreso.
Ya era de noche cuando llegaron refuerzos del Servicio de Guardacostas.
Macleod formó pequeños grupos de guardacostas y policías y los envió a ampliar la búsqueda más allá de los pantalanes, por si había embarcaciones sin atracar en el puerto o fondeadas en otros puntos.
Otra vez le tocaba esperar. Macleod había desplegado sus piezas y aguardaba resultados. Odiaba aquella parte. Odiaba esperar. Habría preferido estar ahí fuera buscando. Recorrió la pequeña sala de un lado a otro mientras los equipos regresaban uno tras otro, sin novedades.
Durante la espera, Allinson lo llamó con novedades alentadoras sobre los soldados daneses y las mujeres víctimas de trata que iban con ellos.
Un pescador había visto a varios hombres y mujeres embarcar en Lochinver.
Se trataba de una gran embarcación a motor, avistada cerca de Rodel la noche anterior. Al menos buscaban en la zona correcta.
La noche avanzó. Los equipos volvían cada vez más agotados de las batidas.
Empezaron a usar la pequeña cocina del centro y, a las tres de la madrugada, Macleod recurrió al café soluble.
Mientras bebía, vio al responsable de Guardacostas atender una llamada por radio.
Hope estaba junto al hombre y, después de que este le dijera unas palabras, hizo una seña a Macleod para que se acercara.
—Hay un yate pequeño en la bahía, al oeste, fondeado cerca de la costa —informó el guardacostas—.
Un vecino de la zona dice que vio a cuatro mujeres subir a un bote auxiliar y dirigirse hacia él sobre las once de la noche.
Estaba oscuro, pero paseaba al perro y, al pasar junto a ellas, oyó acentos ingleses y extranjeros, según él.
—Ha dicho que el yate está fondeado ahí fuera. ¿Podemos conseguir una embarcación que nos lleve hasta él?
—Uno de los nuestros conoce a un pescador de la zona y estamos intentando que nos deje su embarcación. Dice que la tendrá lista en cosa de media hora.
—Voy para allá. Hope, acompáñame. ¿Puede mantener la búsqueda…? —Macleod intentó recordar el nombre del hombre, pero no lo consiguió. Hope había tratado con él desde el principio y Macleod apenas había oído su nombre de pasada.
—Hamish. Por supuesto, seguiremos buscando —respondió el guardacostas—. Por cierto, si va gente nuestra con usted, será solo para velar por su seguridad. Como nos ha indicado que no nos acerquemos a esas personas, no quiero que los míos pongan un pie en ese yate.
—Claro que no, Hamish —dijo Macleod—. Ha hecho un trabajo magnífico. Mantenga la búsqueda por si esto no lleva a ninguna parte.
Tardaron diez minutos en llegar al pequeño embarcadero donde los esperaba el pescador.
Su barco era un pequeño pesquero de nasas, pero tenía espacio de sobra para llevar a Macleod, a Hope y a otros tres agentes hasta el yate.
Cuando llegaron al costado del yate, el pescador amarró ambas embarcaciones.
Hope subió a bordo del yate y ayudó después a Macleod.
Luego dio unos golpes con los nudillos en uno de los portillos.
Nadie contestó. Volvió a golpear, más fuerte.
—Vale, ya os oigo, joder —respondió una voz desde dentro—. ¿Quién demonios es? Si sois esos tíos que vimos antes, no entráis ni de coña, cabrones.
El acento era inequívocamente inglés.
Hope retrocedió cuando se abrió una puerta pequeña y una mujer menuda y morena salió a cubierta. Solo llevaba una bata y se quedó atónita al ver a Hope y a Macleod.
—¿Qué coño es esto? ¡Fuera de mi yate!
—Policía —dijo Hope en voz baja—. ¿Cuántas personas hay a bordo?
—Policía —repitió la mujer a voz en grito—. La puta policía, Emma. ¿Qué has hecho? No creía que estuvieras tan borracha.
—¿Cuántas personas hay a bordo? —repitió Hope, esta vez con más firmeza.
—Cuatro —respondió la mujer—. Yo, mi hermana, Ingrid y su amiga Isla. Están en el otro camarote. Creo que son pareja. Eso sí, nos hemos reído mucho con ellas.
La mujer seguía claramente borracha, pero Hope dio un paso al frente y le pidió que se apartara.
Al entrar, vio a otra mujer que solo llevaba una camiseta y se parecía a la que había abierto la puerta.
A sus espaldas, unos escalones bajaban a lo que parecía otro camarote.
Oyó a Macleod detrás de ella y señaló hacia abajo, sin dejar de mirar a la segunda mujer.
—¿Están ahí abajo? —preguntó. La mujer asintió. Hope bajó los estrechos escalones y apartó la puerta corredera. El camarote estaba a oscuras, pero vio y olió lo suficiente.
—Sáquelas de aquí, señor. Rápido.
—Si hace falta luz, también puedes encenderla desde aquí arriba —dijo una voz con acento inglés.
La luz del camarote se encendió y Hope oyó gritar a la mujer que tenía detrás.
Había sangre en aquel espacio diminuto. Cubría las paredes.
En el suelo, una mujer en ropa interior.
Le habían rajado la garganta. En la única litera había una mochila revuelta de arriba abajo. Encima, unas gafas de montura gruesa.