Capítulo 18 #2
Hubo otra pausa larga y se oyó a lo lejos el graznido de una gaviota.
Smythe tosió un par de veces y luego Macleod lo oyó caminar sobre algo que parecía de madera.
Después entró bajo techo y las olas quedaron más lejanas, casi apagadas.
Mientras Macleod esperaba, oyó agua caer dentro de un recipiente y luego un clic.
—¿Está haciendo café?
—¡Calla!
Macleod puso el móvil en manos libres y empezó a hojear distraído los papeles de la mesa. Aquel hombre le estaba tomando el pelo. Seguro. Oyó cómo se vertía el agua y, después, un sorbo.
—Shilton. Un abogado de Birmingham, creo. Estaba vinculado al bufete Hughes, Kyle y Brotherton. Se había apuntado a algo en las Hébridas. Encuéntralo y quizá des con el sitio.
—¿Cómo es?
—¿Y yo qué demonios sé? No lo he visto en mi vida.
Lo oí de pasada en una reunión de esa gente.
No lo anoté, pero se me quedó. Perdona, he tenido que desenterrarlo.
Recordaba lo de las Hébridas, pero sacarle el resto a este cerebro lleva tiempo.
Seguro que los de la unidad de trata pueden localizarlo y averiguar algo.
Eso es todo. No encontré nada más relacionado con las Hébridas.
—Bien, Smythe. Merece la pena seguir esa pista. Y usted, ¿dónde está?
—Donde haga falta, inspector. Tengo que colgar.
La línea se cortó. Macleod llamó a Duggal y le pidió que transmitiera la información, por medio de su superior, a la policía de Birmingham para que averiguaran cuanto pudieran sobre Shilton.
Después se recostó en la silla, algo más animado y menos frustrado.
Pero sabía que aún llegarían días más duros antes de que las cosas mejoraran.
Como si aquella fuera la señal, Harper entró como una exhalación, con una hoja en la mano y gritando el nombre de Macleod.
—¡Señor! ¡Señor! Lo hemos encontrado: el coche que robó.
Está junto a una casa aislada en Berneray.
Los vecinos vieron movimiento esta mañana y llamaron al amigo que vive allí para comprobar que todo estuviera bien.
Él les dijo que había pasado la noche en el pueblo.
Una patrulla se desplazó hasta la casa y encontró el coche, pero allí no había nadie.
—Difundan el retrato robot entre los agentes.
Que paren y registren todos los autobuses que circulen por la zona o salgan de ella.
Manden a alguien a Tarbert por si ha ido hacia allí, y a otro agente a la estación de autobuses de Stornoway.
Si Freja Fiske se está desplazando, tendremos una buena oportunidad de detenerla.
Macleod se levantó de la mesa y se volvió hacia Hope.
—¡Vamos!
—¿Adónde?
—¿Cómo que adónde? —bramó Macleod.
—¿Y qué quiere decir con «vamos», señor? ¿Adónde vamos?
—Al coche. Y después, adonde la localicen.
—No. Los agentes uniformados ya están con el coche. Pueden registrar la casa, pero dudo que haya utilizado nada de allí. Tenemos que coger un mapa y organizar una búsqueda general. Es demasiado peligrosa para que nadie se le acerque.
Hope tenía razón y Macleod lo sabía. Tenían que cerrar el cerco y ver si conseguían atraparla. Solo quería ponerse en marcha. En aquella investigación siempre iba dos pasos por detrás, y cada vez que no conseguía adelantarse, moría alguien.
—Coja un mapa, busque una mesa y empiece a trazar rutas —le dijo a Hope—. Allinson, ayúdela y enséñeme lo que tengan dentro de veinte minutos.
Cuando ambos se dieron la vuelta, Macleod sujetó a Hope del brazo y le susurró al oído:
—Perdona.
Ella asintió y siguió a Allinson. Macleod pasó los veinte minutos siguientes en su mesa, estudiando informes, y después se reunió con ellos.
Habían trazado las posibles rutas que Freja podía haber seguido por carretera y campo a través.
Si al menos supiera más o menos adónde se dirigía, tendrían más posibilidades de interceptarla.
El coche había aparecido en Berneray. Peinaron la pequeña isla, pero no encontraron nada más.
A mediodía, Macleod estaba aún más frustrado y salió a dar otro paseo para recuperar la concentración.
Hope y Allinson coordinaban bien a los equipos y mantenían todos los frentes del operativo bajo control.
Mientras caminaba, volvió a detenerse junto al malecón. Miraba el mar cuando sonó el móvil.
—Sí, Duggal.
—Señor, tenemos noticias del equipo de Birmingham.
Localizaron al señor Shilton y cedió casi de inmediato.
Había oído un rumor mientras navegaba por la web oscura y después conoció a un hombre al que entregó varios miles de libras.
Tiene previsto venir a la isla dentro de dos meses, pero no sabe adónde.
No hay fotografías del lugar, solo de algunas de las mujeres.
Son muy explícitas. Todo es sórdido, incluso para un caso de trata.
—¿Podemos utilizarlo para llegar hasta ellos?
—No. Son ellos quienes deben ponerse en contacto con él —dijo Duggal—. Estamos rastreando sitios web y conexiones, pero no es fácil. Las redes que cobran esas cantidades suelen estar muy bien organizadas.
—¿Dijo algo del lugar?
—No sabe ni adónde va. Ellos iban a organizarle todo el viaje. Nunca ha estado en las Hébridas.
—Envíe las fotos. Haré que algunos agentes del equipo local las examinen, por si reconocen algo.
Cuando Macleod regresó a la comisaría, las fotografías ya estaban extendidas sobre una mesa en una sala aparte. Había visto muchas cosas en su carrera, pero aquello era atroz. No entendía cómo podían los agentes de ciertas unidades enfrentarse a ese material día tras día.
—Menudos cabrones —dijo Hope—. ¿Qué clase de placer puede sacar alguien de eso?
—No lo sé, Hope. De verdad que no.
Macleod sintió que el desánimo volvía a apoderarse de él. Habían dado con una pista, pero se enfriaba por momentos. No podían registrar todas las casas de Lewis y Harris.
—Señor, acaba de llegar un informe de Tarbert —dijo Allinson—. Creo que está en Harris.
—Explíqueme, por favor —pidió Macleod.
—El agente destinado en Tarbert entrevistó a un conductor de autobús que hacía su segundo servicio del día.
En el primero, el conductor afirmó que nuestros agentes habían parado y registrado el autobús.
Viajaban en él dos chicas… mejor dicho, dos mujeres jóvenes.
Habían estado charlando y daba la impresión de que no se conocían, pero estaban congeniando. Las dos iban de mochileras.
—¿Alguna de ellas coincidía con el retrato robot?
—Al principio, no. Llevaba el pelo de otro color. Pero el conductor le cambió el color del pelo al retrato, se la imaginó con el pelo recogido y le puso unas gafas de montura gruesa. Entonces dijo que creía que era ella. No estaba del todo seguro, pero le parecía muy posible.
—De acuerdo. Hagan circular las descripciones de las dos y nos ponemos en marcha. Hope, conmigo. Allinson, quédese aquí al mando con Harper. Si va de mochilera, quiero también un helicóptero. Tenemos que encontrar a esas dos, y rápido. Si no, habrá una segunda víctima inocente en la isla.