Capítulo 26
— B ueno, ¿qué te parece? —preguntó Macleod.
—Desde luego, menudas vistas. —Hope se protegió del sol poniente con una mano—. Eso sí, llegar hasta aquí tiene tela; ¿seguro que no vas a necesitar un rastreador?
Macleod se quedó mirando a Hope. Ella le sacó la lengua antes de dar otro sorbo de vino.
Él había escogido el tinto porque el nombre le había gustado.
Como no bebía, no distinguía un vino de otro; lo único que sabía era que el precio de las botellas variaba muchísimo.
Pero Jane le había indicado cuál comprar y ya se había bebido media botella antes de meterse en la casa nueva para ocuparse de un asunto que no había especificado.
En otras palabras, nos está dejando a solas , pensó Macleod.
—No tenías por qué invitarme hasta aquí, aunque agradezco la comida y la compañía —dijo Hope—. Estoy bien.
—¿Quién ha dicho que lo hiciera por ti? —se rio Macleod—. No fuiste la única que se llevó un buen susto aquella noche.
—Creo que «un buen susto» se queda corto.
—¿Sigues teniendo esas pesadillas? —preguntó Macleod.
—Con todo detalle. —Hope no se volvió; siguió mirando el brazo de mar que se extendía ante ella.
—No debe de ser fácil despertarse así, sola.
La última palabra le salió un instante tarde. El énfasis cayó sobre «sola», no sobre lo que acababa de decir.
—¿Intentas sonsacarme algo? —preguntó Hope.
—¿El qué?
—Cómo va mi vida amorosa.
—No —respondió Macleod, demasiado deprisa—. Solo me preocupo por ti. Puedes sentirte muy sola al despertar en Glasgow, aunque estés rodeada de gente. Yo viví así durante años.
—¿Quién ha dicho que me despierto en Glasgow?
Macleod dejó pasar el comentario y se acercó a Hope. Se quedó a su lado, mirando también al mar.
—A mitad de la noche, noto que algo me toca el hombro. Un golpecito. Luego otro. Cuando me vuelvo, veo un par de pies balanceándose.
—Creía que, después de todo lo que has visto, esas cosas ya no te afectarían —dijo Hope.
—El día que una cosa así deje de afectarte, creo que habrás perdido algo.
Aún se me hiela la sangre al pensar en lo que montaron en aquellas casas, en todo lo que tuvieron que soportar aquellas pobres mujeres.
Todo por deporte. Por entretenimiento. —Macleod apoyó la mano en el hombro de Hope—.
Pero no he cambiado de opinión. Para mí, tu vida vale más que la suya.
—Todavía tengo el cuello tocado —dijo Hope, intentando cambiar de tono—. No sé qué me hizo exactamente, pero los músculos aún no han vuelto a la normalidad. Me sigue doliendo al girarlo.
—Nos veremos en el juicio, ¿no? —dijo Macleod—. Va a ser raro volver a trabajar con otra persona.
Hope asintió.
—Sí, allí estaré. Aunque dudo que dure mucho, con Fiske confesándolo todo.
Quien me daba pena era Malthe Amundsen. Aquellos hombres de su unidad destrozaron a Anna Fiske, y él hizo cuanto pudo por ayudarla.
No fue culpa de Amundsen que la vida de Liva se torciera.
Al fin y al cabo, facilitó su adopción por una familia cariñosa después de conseguirle a Anna aquel trabajo en este país.
—La vida no siempre sale como uno espera —dijo Macleod—.
Que Liva acabara en el sistema de acogida, se marchara y terminara atrapada en aquella red fue una tragedia.
Y luego Amundsen ayudó a encontrarla. Pero la rabia de Anna nunca se extinguió y se la transmitió a su segunda hija.
Freja Fiske no tuvo ninguna oportunidad.
Cargó con el odio de su madre, y eso era todo cuanto tenía.
Cuando liberamos a su hermana, ni siquiera pidió verla.
Le daba igual. Lo único que quería era complacer a su madre, aunque ya estuviera muerta.
Me da pena. Cargó con un peso que nunca debió recaer sobre ella. Y jamás se librará de él.
—Visto así, haberme quedado con el cuello fastidiado no fue tan mal resultado. —Hope se acercó a una jardinera y contempló las flores recién plantadas—. No tenía ni idea de que te gustaran las plantas.
—A mí no. A Jane. Me hace ir y venir al centro de jardinería de Inverness como si se les fueran a acabar las plantas. Tiene buen ojo, eso sí; yo no. Tuve que replantar aquella zona junto al muro porque, según ella, había escogido los puñeteros colores equivocados.
—Así que habéis comprado la casa, os habéis mudado al norte… ¿Y ahora qué? ¿Vas a hacer de ella una mujer honrada?
—¡Ni de coña! —dijo Jane entre risas al salir de nuevo de la casa—.
Ya se lo dije: yo ya estuve casada y el tipo era un capullo.
En realidad era bastante más que eso, pero a Seoras no le gusta que diga tacos.
Así que se lo advertí: lo nuestro es una promesa que se renueva día a día, así que más le vale no confiarse.
Hope sonrió con sorna al cruzar la mirada con Macleod.
—No la animes —dijo Macleod.
—¿Te ha contado que me despierta por la noche diciendo que ha tenido un susto? Yo pillo la indirecta y ahí estoy, desplegando mis encantos de mujer para satisfacer sus apetitos más desenfrenados.
—¡No tienes vergüenza! —exclamó Macleod antes de echarse a reír.
—Pero está mejor, ¿a que sí, Seoras? Mi hombre está mejor.
Jane le pasó la mano por el cuello. Macleod se sintió algo incómodo ante aquella muestra tan abierta de cariño delante de Hope, pero sabía que con Jane tendría que acostumbrarse.
—En fin —continuó Jane—, ¿cuándo llega tu hombre?
Hope miró a Jane y negó con la cabeza. Macleod las observaba, sorprendido.
—¿Qué hombre? —preguntó.
—¿No se lo has contado?
—No —respondió Hope—, todavía no. Pero creo que oigo un coche ahí fuera.
Macleod vio a Hope desaparecer por el lateral de la casa. Jane lo rodeó con los brazos.
—De un hombre no me había dicho nada.
—Menudo detective estás hecho —bromeó Jane.
—Pensaba que me lo habría contado.
—No te lo tomes a mal. Es por vosotros dos. Por cómo sois el uno con el otro.
—¿Qué quieres decir? Solo es mi compañera —dijo Macleod.
—No, no lo es. Para ti es algo más que una simple compañera.
Le tienes cariño de verdad, por cómo es, y además te atrae.
Ya sabes a qué me refiero. —Macleod bajó la vista hacia sus pies, casi avergonzado—.
No pasa nada. Es una mujer guapísima, Seoras.
El trabajo os ha unido mucho, y también todo lo de tu difunta esposa.
Pero yo sé con quién quieres estar. Si no lo supiera, no estaría aquí.
Tienes suerte de haber encontrado una compañera así.
Macleod rodeó a Jane con los brazos y la besó como si nadie los estuviera mirando.
—Perdonad que interrumpa.
Macleod intentó soltarse, pero Jane no estaba por la labor. Tardó otros cinco segundos en zafarse y ver con quién había vuelto Hope. Mientras Jane se reía de que los hubieran pillado acaramelados, Macleod miró sorprendido al sargento que tan bien conocía, de pie junto a Hope.
—Allinson, me alegro de volver a verte —dijo Macleod con toda naturalidad, pero la cara lo traicionó al ver el brazo de Hope en torno a la cintura del sargento—. Me alegro mucho por los dos. Pero la distancia será un problema.
Macleod recibió un codazo en las costillas. Jane alzó la vista hacia él.
—Y menos aún te toca preguntar por eso.
Hope se rio al ver la cara que se le había quedado a Macleod tras la reprimenda.
—No eres el único que puede mudarse.
—¿Y tú adónde te mudas? —preguntó Macleod, y vio sonreír a Allinson.
—Mi hombre ya hace bastantes viajes a Glasgow, así que me vengo al norte. He solicitado el traslado y me da que el nuevo jefe será un blando.
—Llevo tres semanas fuera de la oficina —dijo Macleod, boquiabierto. Tuvo la sensación de ser el único al que no le habían contado el chiste, aunque al menos aquel tenía gracia.
Más tarde, Macleod volvió a contemplar el brazo de mar. Se fijó en un pequeño carguero que salía despacio a mar abierto. Apenas se apreciaba movimiento a bordo, y se preguntó cómo sería permanecer en el puente, dejando pasar las horas mientras el azul se perdía a la espalda.
—Sí que son unas vistas magníficas. —Hope se colocó a su lado y le sonrió—. Has acertado con Jane. Siempre pensé que te divertías mucho con ella, pero es mucho más que eso. Me alegro muchísimo por ti. Por los dos.
—Es única. Pero ¿y tú? ¿Es él tu Jane?
Hope soltó una carcajada.
—No voy ni a intentar explicarte todo lo que falla en esa comparación.
No, no lo es, Seoras. Al menos de momento.
Pero es un buen hombre y un apoyo de verdad.
Va a hacerse a un lado: se cambiará de departamento para que yo pueda trasladarme al norte.
Dice que no deberíamos trabajar juntos; perdería la objetividad si yo estuviera en peligro. Probablemente tenga razón.
—Claro. No se puede trabajar con alguien a quien quieres, no con los peligros a los que nos enfrentamos. Ya es bastante duro con compañeros a los que aprecias mucho.
—Sí, lo es, Seoras. Y yo también te tengo mucho cariño. Me alegra verte feliz.
—Bien. Entonces todo va bien.
Hope le tocó el hombro.
—Creo que sí.
—Bien. Entonces, ¿cuándo vas a ser sargento detective?