La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

L a travesía por el Minch había sido sorprendentemente movida para aquella época del año, y Macleod había pasado buena parte del trayecto sentado.

Su compañera, la agente Duggal, parecía una marinera nata y había recorrido el ferri tan campante, llevándole café y algo de comer cada vez que se lo pedía.

Pero, cuando el ferri entró en el puerto de Stornoway, Macleod se levantó y salió a cubierta con la agente más joven.

—¿Ha estado alguna vez en Lewis, Duggal?

—No, señor. El trabajo no me ha dado muchos motivos para venir, y mi familia está repartida por varias ciudades del Reino Unido. Mis padres y sus hermanos han trabajado en el comercio minorista, sobre todo de cara al público, aunque eso ha cambiado en los últimos años.

Duggal llevaba el pelo recogido en un moño tirante en la nuca, pero aun así conservaba aquel brillo que maravillaba a Macleod.

Se preguntó si se debía a algún producto o si era natural.

Su propio pelo había perdido el lustre hacía mucho.

Sintió cierta envidia. De niño, en Lewis, apenas había conocido a personas asiáticas.

Desde que se había trasladado a Glasgow, sin embargo, se había familiarizado más con otras culturas y comprendía lo ignorante que había sido, con aquellas ideas ingenuas sobre la gente de otro color de piel.

El ferri pasó frente a Holm. Macleod miró el aro salvavidas, solo en su soporte blanco; a cierta distancia no había más que un pescador de caña en la playa.

Allí Hope y él habían cerrado su primer caso.

El golpe del agua helada al saltar seguía tan vivo como entonces.

Pero allí también había perdido a su esposa.

Macleod inclinó la cabeza unos instantes y murmuró una oración a su Dios.

—Algunos decían que era usted un hombre religioso, señor.

Macleod abrió los ojos.

—¿Algunos?

—En la comisaría. Habían trabajado en Glasgow y lo conocían de allí. Decían que era usted muy conservador en sus creencias.

—Ya no tanto, Duggal. Tengo menos certezas, pero quizá estoy un poco más seguro.

Macleod sabía que había sido críptico, pero no estaba para debates religiosos.

Su manera de entender la fe se había tambaleado en los últimos años y aún no estaba dispuesto a desnudar su alma ante el mundo.

Bastante le costaba dejar que Jane viera sus preocupaciones y lo poco que lograba comprender a su Dios. Y eso que ella también era creyente.

—Tener fe no es fácil, señor. Seguro que se burlaban de usted por eso. A mí también me pasa. Al menos, en mi caso se nota a simple vista que soy diferente. Para alguien de aquí no debe de ser fácil.

Macleod la miró para averiguar si le estaba tomando el pelo. No había malicia en sus ojos, solo tristeza.

—No lo es, Duggal. Gracias.

Pasaron junto a la estación de Guardacostas y el nuevo puerto deportivo antes de que el ferri atracara. Bajaron hasta el coche. Macleod condujo a la comisaría, donde se reunieron con un agente de mediana edad que iba a ponerlos al corriente.

—Soy Harper, señor. Ya lo tengo todo en marcha.

Estamos revisando las cámaras de la ciudad; debió de desembarcar del ferri a pie.

Hay dos agentes ocupándose de eso en una sala al fondo del pasillo.

En cuanto a los otros sospechosos, he enviado agentes a preguntar por los distintos puertos y embarcaderos, pero, si es usted de aquí, sabrá que buscamos una aguja en un pajar.

Dudo que su barco transmitiera por AIS, así que será difícil seguirles la pista.

—¿AIS? —preguntó Duggal.

—Sistema de identificación automática —explicó Harper—.

Las embarcaciones de cierto tamaño están obligadas a transmitir su señal, aunque puede instalarlo cualquiera.

Sirve para saber qué embarcaciones hay alrededor, evitar colisiones y demás, pero no es lo ideal si uno quiere pasar inadvertido.

He pedido al Servicio de Guardacostas que revise el tráfico reciente por el Minch, aunque dudo que saque gran cosa.

Ni siquiera sabemos qué clase de embarcación buscamos.

—Aunque sea improbable, siga buscando —insistió Macleod—.

Pida al capitán del puerto de Ullapool los registros de movimientos de la última semana.

Compruebe qué embarcaciones entraron y salieron cuando los tratantes estuvieron allí.

Después consiga los registros de Stornoway y busque coincidencias.

Haga lo mismo con los demás puertos y embarcaderos.

Es una posibilidad remota, pero, si sale bien, podríamos tener un golpe de suerte.

Harper asintió. En ese momento llegó una joven agente de paisano, se disculpó por interrumpir a Macleod y pidió hablar con Harper. Harper se quedó donde estaba, presentó a la agente Smith y le pidió que diera el mensaje allí mismo.

—La hemos localizado en las grabaciones, o al menos a alguien que se le parece.

Entra en el polideportivo poco después de las dos y sale a las cuatro.

Lleva el pelo mojado y recogido, y una bolsa que antes no tenía.

Estamos rastreándola en las imágenes para averiguar quién la llevó.

Ahora revisamos las cámaras del aparcamiento para seguir el rastro de la sospechosa.

—Bien —dijo Macleod—. Duggal, conmigo. Vamos al polideportivo a ver qué encontramos. Harper, revise el resto de las cámaras de la zona. Mire si sube a un coche, coge un autobús o lo que sea. Manténgame informado.

Poco después llegaron al polideportivo. Macleod preguntó en recepción por el gerente. Quería actuar con discreción y pensó que ayudaría hablar con un hombre al que ya conocía de vista.

El gerente del polideportivo, el señor Maclean, llevaba camisa y corbata y estrechó la mano de Macleod con cierta inquietud.

—Hola, inspector. Me alegro de volver a verlo, aunque me preocupa el motivo. Sus agentes ya han recogido los archivos de nuestras cámaras.

—Tenemos a una sospechosa que entró en el centro hacia las dos y salió alrededor de las cuatro.

¿Sigue de turno el mismo personal? Me gustaría hacerles unas preguntas.

No quiero causar más molestias de las necesarias: hablaré unos minutos con los socorristas, uno por uno, y pediré que releven a cualquiera con quien necesite hablar más rato.

—De acuerdo —dijo Maclean—. Como quiera, pero haré venir a otro socorrista a pie de piscina. Los demás tienen trabajo que hacer y me imagino que su presencia los distraerá.

Maclean los condujo a los vestuarios que daban acceso a la piscina. Al fondo, antes de acceder al recinto de la piscina, insistió en que se pusieran cubrezapatos. Luego los presentó a la primera socorrista y se alejó para avisar a los demás.

—Hola, soy el inspector Macleod. Esta es la agente Duggal —dijo Macleod a una mujer canosa sentada junto a los manguitos y los flotadores.

Rebuscó en la chaqueta, sacó un retrato robot de Freja Fiske y lo desplegó ante ella.

—Me gustaría que mirara este retrato y me dijera si ha visto hoy a esta mujer.

La mujer estudió el retrato. Luego apartó la vista para hacer memoria.

—Sí, la vi. Estaba en la ducha justo cuando me iba al descanso. Luego salió de la zona de spa con otra mujer. No recuerdo la hora exacta.

—¿Qué aspecto tenía la otra mujer? —preguntó Duggal.

—Era delgada y pálida, con pecas y el pelo de un rojo claro.

A ella la había visto antes por aquí, pero no a la joven del retrato.

No recuerdo que estuvieran juntas cuando vi por primera vez a la del retrato.

En cambio, cuando salieron, iban riendo y bromeando.

Se ducharon allí antes de dirigirse a las taquillas.

Fue la última vez que las vi. Matt estaba de servicio cuando me fui al descanso la primera vez. Pregúntenle si ya estaban juntas.

—¿Matt? —preguntó Macleod.

—En la silla altísima del otro extremo. Puede que incluso conozca a la joven pálida: son más o menos de la misma edad.

Macleod y Duggal bordearon la piscina hasta el extremo opuesto. Allí encontraron a Matt mirándolos desde las alturas. El joven les hizo un gesto con la cabeza y volvió a vigilar la piscina.

—Señor, ¿podría bajar? Necesito hablar con usted.

El joven asintió. Macleod calculó que tendría veintipocos años, si no menos. Era fornido y tenía una mata de pelo castaño y rizado. Bajó deprisa los peldaños de la silla y se quedó junto a los detectives.

—Hola, señor. Necesito que mire este retrato y me diga si reconoce a esta joven —dijo Macleod.

—Claro. Ustedes son los detectives de los que hablaba el señor Maclean. No hay problema.

Matt bajó la vista al retrato y asintió varias veces.

—Ah, sí, la recuerdo. Entró cuando yo volvía del descanso. Llamaba la atención.

Macleod se preguntó si de verdad llamaba la atención o si Matt estaba en esa edad en la que se fijaba en cualquier mujer. Con un poco de suerte, las hormonas del chico les darían algún dato.

—¿Y qué hizo ella?

—Se quedó un buen rato bajo la ducha. Bastante, la verdad. Miraba hacia la piscina. No había mucha gente, solo unos cuantos bañistas, sobre todo mayores. Estaba a punto de empezar una clase de aquagym.

—¿Y después? —preguntó Duggal.

—Se metió en la piscina y empezó a hacer largos.

Estaba sola. Cuando comenzó el aquagym, uno de los extremos quedó reservado para la clase.

Además, un grupo escolar ocupaba una zona lateral, así que nos entró bastante trabajo.

En la zona que quedaba libre solo estaban ella y dos hombres. Entonces llegó Catherine.

—¿Catherine? ¿Quién es? —preguntó Duggal.

—Iba tres cursos por debajo de mí en el instituto y acaba de empezar a trabajar en el supermercado.

No es la más lista, pero es maja. Muy dulce y divertida.

Hace poco que tiene coche y creo que ahora vive en un piso a las afueras, no sé dónde.

La conozco de vista y nos saludamos, pero desde que terminé el instituto no sé gran cosa de ella.

Ya saben lo que pasa cuando se pierde el contacto.

—¿Y qué pasó con Catherine? —preguntó Macleod.

—Se pusieron a hablar, eso lo recuerdo. Luego tuve que ayudar a una mujer con discapacidad.

Después, durante la ronda, pasé junto a la ventana que da a la bañera de hidromasaje.

Las dos estaban dentro, absortas en la conversación.

Recuerdo que salieron hacia las tres y media y se ducharon un rato antes de ir a cambiarse.

Creo que usaron la misma cabina. Las dobles son para familias, así que no deberían haberla usado, pero diría que entraron juntas. Lo siento, uno se fija en esas cosas.

Duggal hizo otra pregunta, pero a Macleod se le heló la sangre. Sacó el móvil y llamó a la comisaría.

—¡Póngame con Harper!

—Disculpe, señor —intervino Matt—, pero no puede usar el móvil aquí.

—Cállese, chaval —le espetó Macleod. Oyó a Duggal dar alguna explicación al socorrista.

—Harper.

—Harper, vaya a la sala de videovigilancia y revise las imágenes de Fiske al salir. ¿Ha cambiado algo en su aspecto? ¿Va acompañada? Busque también a una pelirroja muy pálida y delgada, de unos dieciocho años, que salga sobre esa hora.

—Sí, señor.

—Dese prisa, Harper. Es importante. Me quedo a la espera.

Macleod esperó de pie durante diez minutos, con el corazón desbocado.

—Matt, enséñele a Duggal la cabina de los vestuarios que usaron.

Mientras esperaba, los vio alejarse. Por favor, que me equivoque , pensó. Dios mío, que me equivoque.

—Señor, soy Harper. Hemos revisado las imágenes. Nadie sale con ella. La única diferencia que veo es la bolsa: es azul como la otra, pero distinta y más pequeña.

—¿Y la pelirroja?

—Vimos entrar a una joven pálida sobre las dos y media, pero no sale. No hay rastro de que saliera antes de las cinco.

—Gracias, Harper.

—Señor…

Pero Macleod cortó la llamada y le hizo señas al señor Maclean, que vigilaba la piscina.

—Las llaves de las taquillas, Maclean. Tráigamelas.

—Claro, pero ¿por qué?

—¡Hágalo! —rugió Macleod.

Que me equivoque. Que me equivoque. Dios mío, por favor.

Maclean regresó a toda prisa con las llaves. Macleod lo condujo hasta Duggal y Matt, que esperaban junto a una cabina de vestuario, frente a una hilera de taquillas. Todas tenían una llave puesta menos una.

—Esa, Maclean. Ábrala y luego apártese, por favor.

Maclean obedeció. Macleod sostuvo la puerta entreabierta y miró dentro. Había una bolsa azul. Alargó la mano y tiró de ella, pero pesaba.

—Duggal, écheme una mano.

Entre los dos tiraron de la bolsa. Se enganchó varias veces antes de salir de la taquilla y caer al suelo. Unos bultos extraños deformaban la tela. Aquella no era la forma de una bolsa llena de bañadores ni de ropa de ninguna clase.

—Apártense —gritó Macleod al gerente y al socorrista—. Más atrás. Ahora.

Macleod abrió la cremallera. Vio primero un brazo pálido. Después, una mata de pelo rojo.

—¡No!