Capítulo 16
H ope estiró la espalda y contempló la costa.
El sur de Inglaterra era muy distinto de las Tierras Altas, incluso de Glasgow.
Ya era por la tarde. Habían empezado el día entrevistando a Maltman, cuyo nombre aparecía asociado a las fotografías de Amundsen.
La experiencia había sido de las que Hope prefería no repetir.
Era un baboso. Hablaba de las mujeres de las fotos, se recreaba en cada comentario y contemplaba las imágenes con lascivia.
Según él, había «probado la mercancía», y aquella mujer era una de sus favoritas.
Le había dado pena, eso sí, venderla a otros más al norte.
Había mencionado a Houston como uno de los hombres a los que se la había entregado.
Macleod confirmó que lo tenía detenido, pero que la mujer de la fotografía no estaba con él.
También explicó que iba tras Freja Fiske y que aún desconocían el paradero de los tres soldados daneses.
Como la pista del norte estaba dando frutos, Hope decidió seguir hasta Kent para averiguar más sobre la niña adoptada, Liva Amundsen.
En el documento de adopción figuraba la dirección de los padres adoptivos.
Habían pasado casi veinte años y Hope no sabía si la pareja seguiría viviendo allí.
La casa, a las afueras de Dover, estaba rodeada por un coqueto jardín en plena floración.
Entre tanto color casi pasaban inadvertidos la fachada ajada y los bordes podridos de las ventanas, que delataban una casa venida a menos, no un paraíso campestre.
Allinson acompañó a Hope por el camino de grava y llamaron a la puerta.
Como nadie contestó, Hope pulsó el timbre, pero no lo oyó sonar.
Entonces crujió la gravilla. Se volvieron y vieron a un anciano de unos setenta años.
—Sí, ¿puedo ayudarles?
La voz le salió cascada, algo ronca. Resoplaba como si rodear la casa le hubiera supuesto un esfuerzo. Aunque brillaba el sol y el calor hacía sudar hasta a Hope, vestía una gruesa chaqueta de punto y pantalones marrones. En una mano llevaba una pequeña paleta de jardinería.
—Somos los detectives McGrath y Allinson, señor. ¿Podríamos hacerle unas preguntas?
—Usted no es de por aquí, ¿verdad, querida? Tiene acento escocés. ¿Es de Escocia? —El hombre no parecía tener las ideas muy claras, y Hope se preguntó cuánto podría ayudarles.
—Estamos recabando información sobre una persona y creemos que quizá usted la adoptó cuando era niña, hace unos veinte años.
—No, yo no. La adoptamos mi mujer y yo. Era una niña preciosa, un encanto, pero no podíamos con ella. Ya éramos mayores.
El hombre les hizo una seña para que lo siguieran y rodeó la casa con paso cansino. En el jardín trasero encontraron una mesa de hierro fundido con la pintura blanca desconchada. El anciano se dejó caer en una silla, les indicó que se sentaran y necesitó un momento para recobrar el aliento.
—Yo soy Reggie, y mi mujer, Dolly. Somos los Myercroft. Llevamos aquí más de cincuenta años. Compré la casa con mi propio dinero, hace años, cuando Dolly dijo que quería casarse. Esta vieja casa nos ha dado muchas alegrías. Ahora cuesta lo suyo mantenerla, pero a mi mujer le encanta.
—¿Está su esposa en casa? —preguntó Hope.
—Está aquí.
El hombre paseó la mirada a su alrededor.
—¿Podríamos hablar también con ella?
—Me temo que no, cielo. Dolly murió hace un tiempo. Fue entonces cuando tuve que dejar de hacerme cargo de la niña que menciona.
—Pero ha dicho que su mujer estaba aquí —se le escapó a Allinson antes de que Hope pudiera impedírselo.
—Sí, hijo. Verá, está en esta casa, en las flores.
Está aquí mismo, conmigo. Dolly eligió aquel arriate.
A mí esos colores no me iban nada, pero ella los quería así.
Y esta mesa la escogió ella. Pasamos muchas horas aquí fuera, al sol.
Cuando uno se hace mayor, descubre que la gente nunca se va; solo le habla de otra manera.
Las palabras del anciano le tocaron la fibra, pero Hope necesitaba información. Decidió reconducirlo al asunto en vez de dejar que siguiera perdiéndose en sus recuerdos.
—¿Llegó a conocer a los padres de la niña que adoptaron? —preguntó Hope.
—Varias veces. Eran extranjeros, escandinavos, pero, pese a eso, no estaban mal.
El hombre tenía pasado militar. A la madre le costaba separarse de la niña, aunque nunca nos guardó rencor.
Nos contaba todo sobre ella: qué comía y qué había que hacer para que se durmiera.
Creo que nos visitaron cuatro o cinco veces antes de que nos hiciéramos cargo.
Hope sacó del bolsillo unas fotografías de Malthe y Anna Fiske de cuando estaban en el ejército. Las puso delante del anciano y vio enseguida que reconocía a ambos.
—Era ella, cielo. Una chica muy guapa. A Dolly también le cayó bien.
Él era muy práctico, pero se notaba que ella era una madre de verdad, no una de esas chicas irresponsables que tienen un desliz y quieren pasar página sin más.
Para nosotros eso era importante. Había que asegurarse de la clase de mercancía que se llevaba uno a casa, ¿no?
El anciano se rio y enseguida le dio un ataque de tos que hizo que Hope se preguntara por su estado de salud. Cuando se recuperó, ella retiró las fotografías y puso delante de él la de la mujer desnuda en la que Amundsen se había fijado tanto, aunque le tapó el cuerpo con la mano.
—¿Reconoce a esta mujer?
—Esa cara no la había visto nunca, pero se parece mucho a la madre que nos trajo a Liva. Eran los Amundsen; ¿ya lo había dicho? Es mayor y parece que ha pasado por mucho, pero podría ser Liva. Era pequeña cuando dejó de vivir con nosotros.
El anciano le arrebató de pronto la foto y se la acercó a la cara. Se le llenaron los ojos de lágrimas y rompió a llorar.
—¿En eso ha acabado? Exhibiéndose delante de cualquiera —se lamentó—.
Era una niña preciosa. Si Dolly estuviera aquí, nos habríamos ocupado de ella como es debido.
No habría terminado así. ¿Por qué ha tenido que enseñarme esto?
Tener a Liva fue una de las cosas buenas de nuestra vida, y ahora viene a decirme que no sirvió de nada, que se ha descarriado.
—¿Podría…? —empezó Allinson.
—No puede, señor. Váyanse. Bastante poco me queda ya. No vengan a destrozar aquello a lo que aún puedo aferrarme. Fuera los dos.
El anciano se puso en pie y empezó a hacerles gestos para que se fueran. Hope hizo una seña a Allinson y ambos se marcharon a toda prisa. Mientras bajaban por el camino de grava, con las piedras crujiéndoles bajo los pies, aún oían llorar al anciano.
—Podría haber ido mejor —dijo Hope.
—Pero sabemos que la mujer de la foto es la hija de Anna —dijo Allinson— y que ha vuelto a caer en manos de los tres soldados. Se entiende que Anna Fiske fuera a por ellos. Imagínate que la hija nacida de lo que esos hombres te hicieron acaba en sus manos y abusan también de ella.
—Voy a informar a Macleod y será mejor que pongamos rumbo de nuevo al norte.
Allinson condujo hasta salir de Dover, asombrado por la cantidad de tráfico.
—Yo no podría vivir aquí —dijo.
—En Glasgow puede haber tanto tráfico como aquí —dijo Hope—. Tendrías que ver la autopista principal que serpentea por el centro. En hora punta es una batalla avanzar por ella y acertar con la salida.
—Tendría que ser una mujer fuera de serie para convencerme de vivir aquí.
Se hizo el silencio en el coche. El elefante del asiento trasero barritó con fuerza. Allinson clavó la mirada en la carretera; Hope sacó el móvil.
—Voy a llamar al jefe —dijo.
El silencio se prolongó mientras Hope esperaba respuesta. Macleod solía contestar enseguida, pero esta vez tardó una eternidad. A Hope le entró el pánico: quizá tendría que abordar la pregunta sin respuesta que flotaba en el coche.
—Hope, soy Macleod. Perdona, acabo de embarcar en el ferri y he tenido que subir las escaleras corriendo antes de responder. ¿Qué tal ha ido?
—Resulta que Malthe Amundsen y Anna Fiske dieron juntos a la niña en adopción.
Creo que incluso pudieron inscribirla con el apellido Amundsen.
Anna parecía tener mucha influencia sobre él.
Liva fue adoptada por los Myercroft. Seis años después murió la madre adoptiva y Reggie dejó de hacerse cargo de Liva.
A partir de ahí cuesta seguirle el rastro.
No sé muy bien cómo acabó en el sistema de acogida, pero, si conservó el apellido Amundsen, quizá ahora nos resulte más fácil encontrarla.
En cualquier caso, parece que ha vuelto a caer en manos de los soldados.
Eso parece una razón de peso para vengarse.
—De acuerdo. Y eso explica que los soldados intentaran taparlo matando a Amundsen.
Malthe quedó atrapado en medio y pagó el precio.
Estoy a bordo porque las cámaras captaron a Freja Fiske subiendo al ferri.
Está en Lewis; creemos que los soldados también pueden estar allí.
He avisado a la comisaría, pero el desembarco ya había terminado, así que anda suelta por la isla.
Y seguimos sin saber dónde están los soldados.
—¿Siguen operando o están escondidos? —preguntó Hope.
—Creo que siguen operando. Voy a revisar cualquier sitio capaz de albergar a un grupo reducido, pero hay mucho terreno que cubrir y pocos recursos.
En Stornoway están revisando las grabaciones de las cámaras, las de los autobuses y todo lo demás.
Ella no llevaba coche, aunque sabemos que es perfectamente capaz de robar uno.
Parece que acabó con su madre cuando esta sufría, así que Freja no tiene reparos en matar.
—Ya voy de vuelta al norte, pero tardaré bastante. ¿Quieres que me una a ti?
—Sí, los dos. Allinson trabajó aquí unos años, así que nos será muy útil, y dejaré a Ross en tierra firme.
Hope percibió la tensión en la voz de Macleod.
—¿Qué pasa, Seoras? ¿Estás bien?
—No, no lo estoy. No veo que esto pueda acabar bien.
Normalmente logramos salvar a alguien que no merecía lo que le ha ocurrido.
Aquí no hay un buen desenlace para nadie, salvo quizá para la mujer que ha sido víctima de trata.
Y ni siquiera para ella: su hermana por parte de madre está a punto de matar a uno de los hombres que podría ser su padre.
—Detengamos la carnicería —dijo Hope—. Es lo único que puedes hacer. Conduciremos toda la noche y cogeremos un vuelo por la mañana. Avísame si hay novedades.
Hope terminó la llamada y miró a Allinson, que seguía pendiente de la carretera. Estaba tenso. Era evidente que temía que sus palabras abrieran una brecha entre ellos. Había metido la pata hasta el fondo.
—Yo tampoco querría vivir aquí —dijo Hope, ofreciéndole una salida.
—Tú eres más de Glasgow —dijo Allinson.
—No lo sé —dijo Hope—. Llevo tanto tiempo allí… Pero trabajar fuera de la ciudad me ha hecho cogerle gusto a las montañas y las costas del norte. Últimamente me planteo mudarme a un sitio algo menos ajetreado.
—No hay nada como vivir allí. La isla me gustaba, pero aun así necesitaba tener una ciudad cerca.
Allinson ya estaba lanzado, y Hope se relajó mientras él le hablaba de la vida en las Tierras Altas. Cuando terminó, ella se acurrucó en el asiento y volvió a mirarlo.
—¿Sabes? Me vendría bien alguien que me enseñara la zona y me ayudara a encontrar dónde vivir si me mudo. Un amigo por allí arriba.
Allinson sonrió.
—Si necesitas un amigo, cuenta conmigo. Te echaré una mano y te enseñaré la zona.
—Bien —dijo Hope—. Amigos, entonces. Al menos para empezar.
Es demasiado fácil estar con él.