Capítulo 14
— B ueno, tú decides, inspector, pero pensé que querrías seguir la furgoneta y detener después a todos los implicados en la operación, en vez de limitarte a Houston y al conductor.
Sé que investigas otro caso, pero seguro que los de la unidad de trata de la comisaría agradecerían echar el guante a cuantos pudieran.
Macleod tuvo que darle la razón. Aquello les daba la oportunidad de destapar una gran red de trata de seres humanos y, de paso, avanzar en su caso. Si daba el aviso, deberían dejarle interrogar a Houston antes que nadie o, al menos, estar en la sala.
—Estoy de acuerdo con usted, Smythe, pero me vendría bien detenerlo ya para avanzar en mi investigación. Claro que no tengo nada que lo obligue a hablar. Podría limitarse a guardar silencio y entonces tendría que dejarlo en libertad. Una detención quizá lo empuje a hablar.
Smythe iba en el asiento del copiloto con un pequeño maletín en el regazo, del que había sacado unos papeles y una calculadora.
Llevaba un lápiz detrás de la oreja y unas gafas.
Cuando Macleod le preguntó qué hacía, Smythe se limitó a decir que nadie sospechaba jamás de un contable.
Macleod tuvo que reconocer que era una buena idea: dos hombres, uno de ellos con traje, podían pasar por policías siguiendo a alguien. Y por policías bastante malos.
Al acercarse a las afueras de Inverness, Macleod volvió a divisar aquel imponente estuario y el puente de Kessock, esta vez de frente, en lugar de quedarse embobado mirándolos por el retrovisor. Brillaba el sol y el mundo parecía dispuesto a recibir a los turistas.
—Me pregunto cuántas mujeres llevarán en la furgoneta —dijo Macleod.
—Doce —respondió Smythe en voz baja.
—¿Cómo lo sabe? No le habrán dado un soplo, ¿verdad?
—No. Llevo tres semanas trabajando en esto, inspector, así que, si puedes procurar que los tuyos no la caguen, te lo agradecería mucho.
No había enfado en sus palabras. Se limitaba a constatar un hecho.
—¿Suelen trasladar a tantas de una vez?
—No lo sé —dijo Smythe—. Yo iba tras Houston, no tras las mujeres; liberarlas es solo una forma de llegar hasta él por cuenta de mi cliente.
Aunque no me importa en absoluto ayudar a ponerlas en libertad.
Estos tipos son unos cabrones enfermos y asquerosos.
No tolero que esclavicen a nadie, inspector.
Merecen que los destripen, pero seguro que nuestro sistema penitenciario los tratará mejor.
Macleod le lanzó a Smythe una mirada dura.
—Esto se hará según el reglamento. No quiero que actúe por su cuenta.
—He dicho que merecen que los destripen. No he dicho que tenga un cuchillo para hacerlo. No pongas en duda mi moral, inspector. Yo también estuve en primera línea, como tú. Sé muy bien lo que pienso.
La conversación murió mientras cruzaban el puente de Kessock, con el coche y la furgoneta ya a la vista.
Al dejar atrás el puente, la furgoneta entró en un área de descanso mientras el coche seguía adelante.
Al ver uno de sus coches sin distintivos por delante, justo detrás del coche de Houston, Macleod entró en el área de descanso y aparcó a cierta distancia de la furgoneta.
El hombre calvo se apeó y se dirigió a una pastelería.
—Ve a comprar algo ahí —dijo Smythe.
—¿Para mantener la fachada? —preguntó Macleod.
—Si quieres, pero me muero de hambre. Un hojaldre de carne, si tienen.
Y un cafetito también, inspector. Seguro que te pagan los gastos de estas cosas —dijo Smythe con una sonrisa antes de bajar de nuevo la vista a los papeles.
Macleod se encogió de hombros, se acercó al mostrador y se colocó dos personas por detrás del conductor de la furgoneta.
Cuando el hombre hizo su pedido, habló con acento europeo.
Macleod no logró ubicarlo, aunque habría dicho que era de Europa del Este.
Después de comprar dos hojaldres de carne, con el estómago ya protestando, Macleod volvió al coche y lo encontró vacío. Miró alrededor y localizó a Smythe en un punto elevado desde el que contemplaba el estuario de Moray, a la altura de Inverness y del antiguo paso del ferri de Kessock.
—Ah, muy bien, inspector. El único problema de estos sitios de aquí arriba es que no sirven un pan de soda decente. En mi tierra te ponen huevo y salchicha en un pan plano de soda, un chorrito de salsa marrón y la yema chorreando por dentro. Una maravilla, Seoras.
Macleod enarcó las cejas al oír que lo llamaba «Seoras».
—¿Y cómo quieres que te llame? —dijo Smythe en voz baja—. No puedo ir soltando la palabra que empieza por «i» aquí, a la vista de todos. Relájate, hombre.
Smythe señaló el estuario con el hojaldre de carne en la mano. Macleod seguía cargando con el café de Smythe, el suyo y su propio hojaldre, sin haber probado nada.
—¿Has visto alguna vez los delfines por aquí?
—Unas cuantas veces —dijo Macleod—. Pueden ser de lo más encantadores.
—A veces se acercan a mi barco. Son criaturas magníficas, pero zarandean a las marsopas.
A veces hasta las matan. No se sabe muy bien por qué, pero se cree que quizá lo hagan por diversión.
En este oficio se ve mucho de eso, ¿no? La belleza y la maldad juntas.
A veces pasa con personas a las que han hecho daño.
Pero otras veces la maldad ya la llevan dentro y no hay manera de arrancarla. No fácilmente.
—No —dijo Macleod. Se preguntó adónde iba a parar aquella divagación moral y esperó que el hombre no se pusiera a hablar de religión.
Había dejado atrás sus tiempos de presbiteriano intransigente y ahora su visión de Dios era distinta: menos tajante, más misteriosa.
Lo absurdo era que eso lo hacía todo más difícil, no más fácil, pese a lo que siempre le habían dicho en su primera iglesia.
—Me enteré de lo de Embo, Seoras, y luego de lo de las vías del tren. Ten mucho cuidado con esa gente a la que buscas. Maldad y belleza. Recuérdalo.
Macleod no dijo nada, algo molesto porque aquel joven le diera consejos. Smythe no podía tener más de cuarenta años. Pero Macleod no iba a darle más conversación: no conocía al hombre y no estaba seguro de sus intenciones.
—Se han puesto en marcha, Seoras —dijo Smythe. Macleod mantuvo la vista fija en el mar.
—Avíseme cuando se hayan ido.
Unos instantes después, Smythe hizo una seña y los dos volvieron al coche para seguir a la furgoneta hasta la A9.
Casi la perdieron cuando se desvió de repente, pasó por debajo de la carretera y tomó una vía secundaria hacia la Black Isle.
Poco después la vieron aparcada junto a una gran casa de labranza, con un bosque a un lado y un campo al otro.
Macleod siguió por la carretera que atravesaba el bosque y se detuvo junto a la entrada de un camino.
Envió por el móvil la señal convenida para que los refuerzos tomaran posiciones alrededor de la casa.
La unidad de trata dirigiría la operación. Macleod debía permanecer en el perímetro con Smythe, que, como civil, debía mantenerse al margen. El norirlandés pareció aceptarlo de buen grado y avanzó con Macleod hasta que pudieron ver la casa entre los árboles.
—Puedes acercarte más si quieres —dijo Smythe—. Yo no me moveré. Puedes fiarte de mí. Sé lo fácil que alguien de fuera puede echar a perder un operativo como este. Además, no quiero que me vean: me arruinaría el trabajo encubierto, ya sabes.
Macleod no se fiaba de que el hombre se quedara en su sitio, así que decidió quedarse con él.
Aquello les correspondía a otros; después ya tendría su oportunidad con Houston en la sala de interrogatorios.
Aun así, estaba intranquilo. Sobre el terreno, las cosas se torcían a menudo, y nada garantizaba que esta vez salieran bien.
Si se fijaba, Macleod distinguía a los agentes avanzando alrededor del edificio. Ya había identificado a los dos sospechosos que conocía por la investigación. Los agentes habían seguido el coche hasta la casa y él les señaló a Houston en cuanto se apeó. Lo principal era poner a salvo a las mujeres.
—¿Sabes cómo montan estas operaciones? —preguntó Smythe.
—Bueno, es una operación policial estándar en la que—
—No, no, no —lo interrumpió Smythe—. Me refiero a los tratantes, a cómo llevan el negocio en un sitio como este.
Lo último que quieren es que aparezca gente en el lugar donde retienen a las mujeres.
A muchos los han pillado así, con operaciones encubiertas y demás.
Por eso algunos montan ahora otro local algo apartado del edificio principal, donde explotan a las mujeres sin dejar al descubierto la casa principal. Me preguntaba si aquí tendrían uno.
—Pues yo no veo nada.
—Si quieres mi opinión, estamos demasiado cerca. Estaría más apartado. El último lo estaba.
—¿Detuvo a alguien allí? —preguntó Macleod.
—Sí. Lo pillé. Por decirlo de alguna manera. Pero la mujer acabó en un centro de acogida; eso era lo importante.
Macleod no sabía si quería preguntar más. Con la operación en marcha, ya tenía bastante entre manos para ponerse además a investigar al servicialísimo señor Smythe. Seguramente solo le estaba tomando el pelo; desde el encuentro de Ralia, Smythe había llevado la iniciativa.
Un destello de color entre los árboles le indicó a Macleod que el operativo había comenzado.
Durante dos minutos reinó el silencio. Después pareció desatarse el infierno en la casa.
Las mujeres chillaban y los agentes ordenaban a gritos que todos se echaran al suelo.
Todo parecía ir bien y Macleod saboreaba ya la oportunidad de interrogar a Houston.
Cuando el tumulto empezó a amainar, Ross lo llamó al móvil.
—¿Ha ido todo bien, señor?
—Eso parece —respondió Macleod en voz baja—. Debería poder estar en la sala de interrogatorios dentro de un par de horas. ¿Alguna novedad por su parte?
—Solo quería informarle de que los detectives McGrath y Allinson ya están en Inglaterra, preparados para empezar mañana a primera hora. McGrath ha dicho que volverá a ponerse en contacto con usted esta noche.
—De acuerdo, Ross, todo eso suena…
—¡Allí! —lo interrumpió Smythe—. ¡En el bosque, corriendo! ¡Es Houston!
Macleod no vaciló. Se metió el móvil en el bolsillo y echó a correr.
El terreno era irregular y estaba lleno de árboles; tenía que alzar bien los pies a cada paso y eso lo frenaba.
Aun así, mantenía a Houston a la vista, aunque el hombre aparecía y desaparecía entre los troncos por un sendero más transitable que el que había tomado Macleod.
Consciente de que nadie más lo acompañaba en la persecución, Macleod solo podía suponer que Houston había reducido a alguien o había escapado por algún pasadizo o puerta oculta.
Daba igual cómo hubiera salido. Lo único que importaba era que estaba huyendo, y Macleod tenía que atraparlo antes de perderle la pista.
Llevaba sus buenos cinco minutos corriendo cuando el terreno empezó a descender hacia el mar y tuvo que detenerse a recobrar el aliento.
Entonces vio a Houston entrar en una casita al borde mismo de la costa.
Fuera había un coche bastante caro, a juicio de Macleod.
Mientras bajaba la pendiente, Macleod oyó un alboroto dentro.
Corrió hacia la puerta principal, que estaba abierta, y se precipitó en un pasillo al que daban dos puertas.
Abrió la primera de golpe y vio a Houston forcejeando con un hombre desnudo que le gritaba.
Houston empuñaba un cuchillo. Al ver a Macleod, el hombre lo miró horrorizado, pero Houston seguía de espaldas al inspector.
Entonces Houston se lanzó contra el hombre y le rajó el cuello.
El cuello se tiñó de rojo. El hombre gorgoteó.
Houston se volvió y se abalanzó sobre Macleod, cuchillo en mano.
Macleod alzó las manos, aferró el brazo armado en pleno descenso e intentó rechazarlo.
Houston era fuerte. Empotró a Macleod contra la pared del pasillo; la cabeza del inspector golpeó el pladur y Macleod quedó aturdido.
Houston alzó de nuevo el cuchillo, pero una mano pálida le aferró el brazo.
Intentó zafarse. La mano pertenecía a una mujer de pelo castaño que llevaba una bata casi transparente.
Houston logró apartar a la mujer de un empujón y le abrió un tajo en el brazo que la hizo caer al suelo. Cuando se volvió hacia Macleod, una voz se impuso al caos.
—¡Ahí dentro, chicos! ¡El cabrón se ha metido ahí! ¡A por él, a por él!
Houston salió disparado hacia la puerta y Macleod se desplomó en el suelo.
Solo entonces reparó en que la voz era la del norirlandés.
Se arrastró hasta la puerta y vio a Houston al volante del coche, intentando arrancarlo.
El motor de arranque sonaba, pero el coche no se ponía en marcha.
Al ver a Macleod, Houston salió del vehículo y echó a correr hacia los árboles.
Macleod estaba hecho polvo. La cabeza todavía le zumbaba por el golpe contra la pared, pero consiguió ponerse en pie.
Echó un último vistazo a la mujer, que lloraba en el suelo y no parecía tener más heridas aparte del corte del brazo.
Después corrió tras Houston. Iba despacio, incluso para él, y sospechó que se le escaparía.
Entonces oyó un golpe seco y un grito de Houston. Luego sonaron otros dos golpes.
Macleod avanzó a trompicones entre los árboles y encontró a Houston tendido en el suelo, tal vez inconsciente.
Tenía la cara destrozada y la nariz rota; la sangre le corría por las mejillas y le manchaba el pelo.
Unos metros más atrás, entre los árboles, estaba Smythe, con una expresión de absoluta inocencia.
—Se ha estampado contra un árbol, inspector. Salió de ahí como alma que lleva el diablo, miró atrás, seguramente para verte, y al volverse se dio de lleno contra un árbol. Se ha destrozado la nariz. No ha sido agradable verlo.
Macleod se dobló en dos e intentó recuperar el aliento. Cuando pudo, miró a Smythe y dijo:
—¿Un árbol? Pues menudo árbol.
—Bueno, son grandes. Mira a tu alrededor.
—Y, por lo que he oído, ha chocado tres veces contra el mismo árbol.
—Ha rebotado, Seoras. Una tragedia.
Macleod agarró el móvil y marcó el número de emergencias. Mientras sonaba, le gritó a Smythe:
—Hay un hombre ahí dentro con el cuello rajado. Vea si puede hacer algo. Si no, atienda a la mujer; estará conmocionada.
Oyó a la operadora preguntar qué servicio necesitaba y respondió. Mientras le pasaban la llamada, Macleod observó a Smythe bajar corriendo hacia la casa. Rebotó contra un árbol. Sí, claro. Buen trabajo, amigo mío. Muy bueno, maldita sea.