La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 13
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Capítulo 13

M acleod estaba sentado a su mesa en el ayuntamiento de Cromarty cuando sonó el teléfono.

A su alrededor, se recababa información en silencio: se hacían llamadas al ejército danés, a la embajada, a agencias de adopción y a departamentos gubernamentales.

Un trabajo largo, arduo y tremendamente tedioso.

Macleod procuraba no perder la visión de conjunto y, después de todo lo que Hope le había contado aquella mañana antes de partir hacia Inglaterra, estaba más convencido de que aquel día lograrían un avance importante.

Pero, tras la visita a Quist, las mujeres parecían haberse ocultado.

Con los hombres del ferri había sido distinto.

Habían hecho falta tiempo y varias llamadas a altas instancias para que los militares entregaran todos los datos sobre Borgen, Digman y Nyman.

Como soldados, distaban mucho de ser ejemplares, pero sus expedientes no recogían ningún delito.

Se desconocían sus movimientos después de que abandonaran las fuerzas armadas.

Al parecer, habían salido del país varios años después de que Anna Fiske se marchara.

Había pocos datos sobre la salida de Anna del ejército: se había producido de mutuo acuerdo y no constaba ningún incidente relacionado con los tres hombres.

—Macleod.

Había dejado sonar seis veces el teléfono. Tenía la boca seca y había preferido tomar un sorbo de café antes de contestar. Aquel día nada parecía urgente.

—¿Es usted quien lleva la investigación del asesinato cometido en el ferri?

La voz era tranquila y suave, pero el marcado acento norirlandés puso a Macleod en alerta al instante.

—Sí. ¿Con quién hablo?

—Un amigo. Usted es Macleod, ¿verdad?

—Inspector Macleod, sí. ¿En qué puedo ayudarle?

Macleod hacía señas frenéticas para que otro agente escuchara la llamada.

—La cuestión es más bien qué puedo hacer yo por usted, inspector. ¿Conoce un área de descanso al sur de Aviemore, un lugar llamado Ralia? Está cerca de Newtonmore.

Macleod conocía bien el lugar. Había pasado por allí muchas veces cuando viajaba hacia el norte, de Glasgow a Inverness. Si no recordaba mal, el café era decente.

—Sí, lo conozco.

—Reúnase conmigo allí dentro de dos horas. Venga solo.

—¿Por qué? ¿Por qué iba a reunirme a solas con un hombre al que no conozco?

—Llame a Mackintosh. Creo que es la investigadora forense de su caso. Dígale que va a reunirse con Smythe. Ella responderá por mí. Creo que usted puede ayudar a mi cliente.

Macleod se sintió descolocado. Aquel hombre parecía saber mucho. Él, en cambio, no sabía nada de su interlocutor. Pero si Mackintosh respondía por él, quizá mereciera la pena seguir la pista. De momento, acordaría la cita. Luego decidiría si iba.

—Tardaré un rato en llegar. Estaré allí dentro de dos horas.

—Perfecto. Avise a la policía de Inverness de que necesitará refuerzos a última hora de la tarde. Probablemente unos ocho agentes para efectuar una detención.

—¿Qué detención? —preguntó Macleod.

—Ralia. Dentro de dos horas, inspector. No llegue tarde.

El hombre colgó. Macleod hizo venir a un agente y acto seguido lo despachó.

Era improbable que el hombre hubiera dejado su número de móvil: sería una llamada única, hecha con una tarjeta SIM desechable o algo parecido.

Macleod cogió el teléfono y llamó al laboratorio forense.

La recepcionista le pasó la llamada y Mackintosh contestó.

—Señor inspector, ¿en qué puedo ayudarle? Me temo que aquí no tenemos nada más para usted.

—Smythe. ¿Puede decirme quién es?

Macleod oyó a Mackintosh tomar aire de golpe.

—¿Smythe le ha llamado? ¿Por el caso?

—Sí, Mackintosh. ¿Quién es? ¿Y a qué viene tanto secretismo?

Macleod empezaba a perder la paciencia.

—Me he encontrado con Smythe un par de veces. No hace perder el tiempo, Macleod. Si pregunta por usted, será por algo relacionado con el caso, quizá incluso algo importante.

—Ha pedido refuerzos.

Mackintosh soltó una exclamación al otro lado de la línea. A Macleod le exasperaba cada vez más recibir la información con cuentagotas.

—Dígame quién es, dónde vive y qué pinta en mi caso.

—De acuerdo, inspector, tranquilícese. Es un antiguo ligue.

No pensé que volvería a saber de él. Estuvo en el cuerpo, en Irlanda del Norte.

Perdió un brazo en una explosión hace años y dejó el cuerpo cuando quisieron relegarlo a un puesto de oficina.

Es muy decidido y, a veces, un cabezota de cuidado.

Trabaja en la sombra, por así decirlo. No está al servicio de nadie en concreto, pero acepta clientes que necesitan ayuda.

No se anuncia: trabaja solo por recomendaciones.

—¿Y es de fiar? —preguntó Macleod.

—Como pareja, no.

Mackintosh volvió a suspirar.

—Como fuente, sí. Sin reservas. Confiaría mi vida en su palabra. Vaya a verlo, señor inspector.

Macleod se removió en el asiento. Era toda una recomendación, sobre todo viniendo de Mackintosh, a quien Macleod consideraba más bien fría y poco dada a confiar en nadie.

—¿Qué aspecto tiene?

—Le falta el brazo izquierdo y tiene acento del Ulster. Estoy segura de que sus dotes de detective le bastan.

Macleod había ofendido a Mackintosh en su primer encuentro. Aunque se trataban con cordialidad en el trabajo, siempre le parecía que ella buscaba una pequeña revancha. Aquello tenía toda la pinta. Lo dejó pasar; al fin y al cabo, le había contado bastante.

—Gracias —dijo Macleod—, y gracias por todo lo que ha hecho en este caso. Espero que ahora nos entendamos mejor que al principio.

—Muy magnánimo por su parte, Macleod. Estamos en paz, pero vaya a reunirse con Smythe. Confíe en mí: merecerá la pena.

Macleod colgó y fue a buscar a Ross. Después de ponerlo al corriente de la llamada, le encargó que avisara a la policía de Inverness de que quizá hicieran falta refuerzos aquella tarde y que aguardara a que Macleod confirmase los detalles.

Cogió un par de cruasanes de una mesa donde habían dejado comida, se sirvió un café en un vaso para llevar y se dirigió al coche.

El trayecto hasta Ralia fue agradable. El coche avanzaba flanqueado por montañas y taludes arbolados.

Al ascender desde Inverness, había visto el estuario de Moray desplegarse al sol hacia el este, como si se derramara desde la ciudad y fluyera bajo el pintoresco puente de Kessock, que se alzaba imponente entre Black Isle e Inverness.

Después de dejar atrás Aviemore, las montañas lo rodeaban por completo.

Pensó en el viaje que había hecho con Jane una semana antes, cuando se detuvieron junto al río que corría paralelo a la carretera.

Brillaba el sol y, aunque hacía frío, el aire era limpio y cortante.

Cuando el tráfico dio una tregua, pensó que podría quedarse para siempre allí, en medio de aquella belleza.

Quizá de eso se tratara en realidad la búsqueda de una casa.

La isla de Lewis había sido su hogar, pero no pretendía volver a la vida isleña.

Buscaba más bien el bálsamo de la soledad entre montañas y valles.

Se desvió de la carretera y tomó el camino de acceso al aparcamiento de Ralia.

En un edificio circular había una pequeña cafetería; los aseos estaban en la planta inferior.

Era una parada habitual para quienes recorrían la A9.

Cerca había senderos donde estirar las piernas tras un viaje largo y zonas de césped junto al aparcamiento donde niños y perros podían corretear.

El aparcamiento estaba medio lleno. Macleod aparcó dejando dos plazas vacías entre su coche y los demás.

Miró alrededor sin bajar del coche, pero no vio a ningún hombre con un solo brazo.

Esperó cinco minutos. Nadie se presentó.

Después del viaje necesitaba ir al baño, así que bajó hasta los aseos de la planta inferior.

Mientras estaba ante el urinario, Macleod oyó abrirse la puerta. Una voz áspera, de marcado acento del Ulster, dijo:

—Este no es el lugar más salubre para charlar, Macleod. ¿Qué diría la gente si nos viera reunidos en los lavabos de caballeros? Estaré arriba, en la cafetería. Espero que le apetezca un latte.

La puerta volvió a cerrarse y Macleod se sintió un tanto inquieto.

¿Cómo había pasado por alto a un hombre con un solo brazo?

Tras terminar, se lavó las manos y subió por la escalera curva hasta la cafetería.

La sala era circular y tenía un núcleo que impedía abarcarla entera de un vistazo: había que rodearlo.

No vio a ningún hombre con un solo brazo, así que decidió sentarse cerca de la puerta.

Tal vez así lo viera entrar. Entonces reparó en un hombre que recogía un café del mostrador con la mano derecha y lo llevaba a una mesa junto a la ventana.

Luego volvió a por otra taza y también la llevó con la derecha.

El brazo izquierdo terminaba en un guante, pero apenas se movía.

El hombre no parecía vigilar la sala: miraba por la ventana, con un café delante y otro al otro lado de la mesa, como si esperara a alguien.

Macleod se levantó, se acercó y se sentó frente a él. El hombre se volvió y sonrió. Era de complexión más bien enjuta y llevaba el pelo negro bien cortado. Tenía una mirada penetrante y barba de uno o dos días; si no se afeitaba pronto, se le desmandaría.

—Bien, no es usted uno de esos inspectores imbéciles de campeonato, Macleod. Suelo llevar la prótesis en público.

—Así llama menos la atención —dijo Macleod—. Un hombre con un solo brazo destaca; dos brazos sirven de tapadera, señor Smythe.

Macleod lo estudió sin disimulo. Smythe ni se inmutó.

—Gracias por venir hasta aquí, inspector. ¿Puedo llamarte Seoras? Así no llamaremos la atención con tanta formalidad. Por cierto, la mujer que te acompaña es encantadora.

Macleod se sobresaltó.

—¿Qué estaba haciendo usted…?

—Tranquilo. Solo trataba de localizarte porque sabía que tendríamos que hablar. Dudo que ella me recuerde, pero fue muy amable con un hombre que le pidió indicaciones. Verás, iba a reunirme contigo en tu hotel, pero ha surgido esto y necesito tu ayuda.

Smythe dio un sorbo al café y miró por la ventana. Parecía buscar algo en el aparcamiento, pero su mirada no se detenía en ningún punto. Macleod dedujo que, fuera lo que fuese, aún no había llegado.

—Por cierto, soy Patrick Smythe, Seoras, pero llámame Paddy.

Antes estaba en el cuerpo, en Irlanda del Norte, por decirlo así, pero me retiraron a la fuerza.

También trabajaba para Malthe Amundsen. Ya imaginaba que eso llamaría tu atención —dijo Smythe al ver el cambio fugaz en el rostro de Macleod.

—Cuénteme más —dijo Macleod.

—Malthe quería que localizara a tres hombres con los que había trabajado en el ejército danés.

Creo que ya sabes quiénes son. Después descubrí que estaban en el ferri cuando lo mataron, pero lo que él me había pedido era que les siguiera la pista.

Por desgracia, no lo he conseguido. Solo sé con quién se relacionaban.

—¿Con quién?

—Con un hombre llamado Houston. Un tipo despreciable. Se lleva a mujeres jóvenes. A veces son niñas, unas crías. Trafica con ellas por todo el país y a veces incluso las lleva a Europa. Le da igual. Solo mueve la mercancía para hombres interesados en esa clase de cosas.

—¿Prostitución forzada?

—Exacto —dijo Smythe—. Quería saber por qué Malthe los buscaba. No me lo dijo, pero no todos los clientes dan explicaciones, así que lo averigüé. Conviene saber para quién trabaja uno, Seoras. No me gusta trabajar para el lado oscuro; en el fondo aún me siento policía.

Smythe sonrió. Macleod notó que empezaba a caerle bien.

—El pasado de Malthe —continuó Smythe— es un misterio, pero al parecer tenía una hija: Liva Amundsen.

No he podido reconstruir sus orígenes ni averiguar cómo acabó en el sistema de acogida, pero fue pasando de una familia a otra.

Y luego desapareció. Creo que está en una red de trata con fines de explotación sexual.

Por eso quería que encontrara a ese tal Houston.

—Entonces, ¿para qué me ha traído hasta aquí? Podía haberse limitado a llamarme y contármelo.

—No, no podía —dijo Smythe—, porque si miras allí, verás bajar al conductor de la furgoneta azul que acaba de entrar en el aparcamiento.

Macleod vio a un hombre calvo bajarse de la furgoneta, acercarse a un coche y meterse dentro. Dos minutos después, salió del coche y volvió a la furgoneta. La furgoneta no se movió, pero el conductor del coche bajó y se dirigió hacia el edificio.

Macleod miró a Smythe, pero este levantó un dedo para pedirle que esperara. Poco después, el conductor llegó al mostrador de la cafetería, pidió un café para llevar y regresó al vehículo. El coche se marchó y la furgoneta lo siguió poco después.

—¿Nos vamos? —preguntó Smythe.

Macleod miró al norirlandés, esperando una explicación.

—Ese, mi querido inspector, era Houston. Y en esa furgoneta van algunas de esas pobres mujeres.