La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

H ope regresó a la comisaría de Tobermory con renovado entusiasmo. Le quedaban apenas unos cientos de metros para llegar cuando vibró el móvil. Al ver «Allinson» en la pantalla, se animó aún más. Al entrar en la sala donde trabajaba, la sonrisa de Allinson bastaba para iluminar la estancia.

—He conseguido entrar. Pero hay un montón de archivos que revisar.

Parece que intentaba localizar a alguien.

Por lo poco que he podido ver —y recalco lo de poco—, Malthe había consultado de todo: archivos de la Embajada de Dinamarca, expedientes de adopción y recortes de prensa.

La documentación abarca al menos veinte años.

—Veinte años —repitió Hope, entusiasmada.

Quizá tenga razón.

—Tenemos que dividir el trabajo y mandarle todo al inspector. ¿Puedes imprimirlo todo para que lo revisemos? Voy a llamar al jefe.

Hope salió para poner a Macleod al corriente de la información que iba a recibir.

Se esforzó por no insistir otra vez en su teoría sobre la hija, pero la idea asomaba en cada frase.

Cuando terminó, volvió a entrar, le preguntó a Allinson cómo quería el café y salió a buscar algún sitio donde comprarlo mientras se imprimían los documentos.

Al regresar, encontró varias carpetas de cartón vacías y distribuyó entre ellas el material impreso.

Después se sentó y empezó a revisar la documentación, subrayador en mano.

La comisaría no era grande, y la sala donde estaban no tenía más que una mesa.

Hope y Allinson se pasaron allí el día entero; no salieron hasta la hora de cenar.

A Hope siempre le parecía conveniente apartarse un rato y asimilar lo que habían examinado.

Encontraron un pub pequeño, pidieron pescado con patatas fritas y se sentaron junto a un ventanal con vistas al agua.

La camarera les llevó los platos y se quedó mirando por la ventana mientras comentaba lo bonita que era la vista y que aquel era un sitio estupendo para las parejas.

—Bueno… nosotros no somos pareja —dijo Allinson.

Cuando la camarera se hubo marchado, Hope se quedó mirando a Allinson.

—No hacía falta que dijeras eso.

—¿Y qué querías que dijera? La mujer que tengo enfrente me ha dejado acercarme mucho, mucho de verdad, pero entre nosotros no hay nada. Solo me busca para que la abrace, disfruta del sexo y luego ni me habla. Me pareció que «no somos pareja» era una forma mejor de explicarlo.

—No hace falta ser tan duro —repuso Hope.

Pero Allinson no parecía enfadado. Hope solo vio frustración.

—No estoy siendo duro. Es que no sé si solo me quieres para consolarte una temporada o si de verdad te intereso. Si no soy más que un consuelo, vale, pero dímelo.

La Hope segura de sí misma, la que atrapaba asesinos, se esfumó. Asomó la chica de Glasgow a la que acababan de dejar y vio alejarse el nuevo punto de anclaje que había encontrado, aunque aún no sabía si era firme.

—Allinson, no te alejes. Ahora mismo te necesito. No sé qué me está pasando. No lo sé. Tengo este caso y me vuelco en él para mantener a raya el resto de la mierda. Pero no quiero que te alejes. Él me dejó; no me dejes tú también, por favor.

—Así que había alguien. Al menos ahora encaja. Solo soy el clavo con el que intentas sacar otro. Un apaño provisional.

—No —dijo Hope, desesperada—. Eres más que eso.

—¿Cómo? Ni siquiera me has preguntado mi nombre de pila.

La cena continuó en silencio. Hope sabía que Allinson se lo había reprochado con razón. Le costaba levantar la cabeza y mirarlo, de pura vergüenza. Pero, cuando trajeron la cuenta, reunió valor y le cogió la mano.

—¿Y cuál es? ¿Cómo te llamas?

—Jonathan, Hope. Pero puedes llamarme Jon si quieres.

—Gracias. Y lo siento. Pero quédate conmigo, por favor. De verdad te necesito.

—¿A mí o simplemente a alguien?

Hope estuvo a punto de soltar la respuesta de siempre, pero se contuvo. Él merecía la verdad.

—A alguien. Pero me gustas mucho. Te lo contaré todo la próxima vez.

—Cuando estés preparada, Hope.

Caminaron por el paseo marítimo y se detuvieron en un banco que daba a la bahía. No había nadie alrededor, así que Hope decidió atar cabos con lo que habían leído aquella tarde.

—Sabemos que Malthe consultaba registros de la Embajada de Dinamarca relacionados con el destino asignado a Anna Fiske y con su posterior salida de la institución.

No consta el motivo, salvo que fue una decisión de mutuo acuerdo.

La salida se produjo tres años después de que Anna empezara a trabajar en la embajada.

Luego hay un documento de adopción: una familia de Kent adoptó a una niña, pero de ellos solo consta una dirección.

Después aparecen varios centros y familias de acogida en Inglaterra. Y, por último, los recortes de prensa.

—Todos sobre trata de seres humanos y esclavitud —dijo Allinson—.

Pero no aparece ningún nombre. Luego está la nota escaneada, escrita a mano, con cuatro nombres: Borgen, Digman, Smith y Houston.

Hay cartas en clave de Smith y Houston. Y nada más.

Eso sí, un artículo de prensa menciona a un tal Houston, detenido hace dos años.

Y hay una sola fotografía destacada de entre un lote.

—Hay muchas fotos de mujeres jóvenes desnudas, y él destacó una. Malthe parecía mantener una relación estable, así que creo que esto formaba parte de su investigación. Pero no dice quién es ella. En el correo al que iban adjuntas las fotos figuraba un nombre, ¿no?

—Maltman —contestó Allinson.

—Voy a volver a hablar con Ciara Nixon —dijo Hope—, a ver si puede aclarar algo más.

Ponte en contacto con la unidad de trata de seres humanos y comprueba si les suenan estos nombres.

Crúzalos con las bases de datos para ver si aparecen en algún sitio.

Sobre todo Maltman: si lo han detenido, podría ser un buen punto de partida.

—¿Informas tú al jefe o quieres que lo haga yo? —preguntó Allinson.

—Le informaré por el camino. Quiero seguir la pista de esa dirección de los padres adoptivos en Kent.

Podría ayudarnos a entender qué le ocurrió de verdad a Anna Fiske hace tantos años.

Si quería ver muerto a Malthe, ¿por qué esperar veinte años?

¿Qué ocurrió en realidad? ¿Y por qué toda esa información sobre trata y todas esas mujeres?

¿Fue Freja Fiske víctima de trata? Pregúntale a Macleod si la mujer de la foto es Freja, aunque lo dudo.

Si la hubiera reconocido, ya habría llamado.

—Cuenta con ello —dijo Allinson, levantándose y echando a andar hacia la comisaría.

—Jon, puede que llegue tarde, pero espérame despierto. Esta noche te contaré un poco más sobre por qué me estoy portando como una gilipollas de campeonato.

Lo vio sonreír y sintió volver a la heroína arrolladora que llevaba dentro. Caminó hacia el coche con paso ligero, deseando ya haber terminado la visita al extremo sur de Mull y estar de regreso.

El trayecto hasta el extremo sur de Mull duró más de una hora, pero Hope se alegró al comprobar que Ciara Nixon estaba en casa.

El agente de guardia le abrió la puerta y se retiró a un asiento discreto desde el que podía vigilar la carretera.

Ciara estaba en la cocina y la llegada de Hope la sorprendió.

—Perdone, cariño, no la he oído entrar. Estaba a punto de acostarme; ha sido un día muy largo.

La mujer tenía los ojos apagados de tanto llorar y el pelo revuelto.

Llevaba un batín escarlata, y Hope no estaba segura de que llevara nada debajo.

Aunque iba desastrada, olía bien; quizá flotaba en el aire un toque de jazmín.

Ciara cogió una botella de whisky medio vacía, se sirvió un buen vaso y le ofreció la botella a Hope.

—No, estoy de servicio; si no, quizá me tomaría una con usted.

—¿Y usted también está tan mal? ¿Qué demonios puede tener triste a una chica tan guapa como usted?

—Es una larga historia —dijo Hope.

Y no pensaba contársela.

—He estado revisando unos documentos de Malthe que encontré y quiero preguntarle por varios nombres.

—Claro, pero ya le dije que no me hablaba de sus asuntos. Quería mantenerme al margen. Decía que era demasiado peligroso. Resulta que tenía razón.

Hope creyó que la mujer iba a echarse a llorar, pero Ciara apuró el vaso y se sirvió otro. Tendría que preguntarle por los nombres deprisa, antes de que estuviera demasiado borracha para resultar de ayuda.

—¿Ha oído alguna vez el nombre de Maltman?

Ciara Nixon negó con la cabeza.

—¿Houston?

Volvió a negar con la cabeza.

—¿Borgen, Digman, Nyman?

Ningún gesto de reconocimiento.

—¿Fiske?

Nada.

Entonces a Hope se le ocurrió algo.

—Voy a enseñarle una foto, Ciara. No se asuste. Quiero saber si ha visto a la joven de la imagen, ¿de acuerdo?

Ciara asintió, y Hope le mostró una copia impresa de la fotografía de la joven desnuda que estaba destacada entre las demás.

—Sí, la he visto. ¡Hombres! Un día lo pillé mirando esa y otras fotos.

Me hizo prometer que no hablaría del tema, pero, ahora que está muerto, ¿qué más da?

Creí que se sentía solo; al fin y al cabo, yo no tengo ese aspecto, ¿verdad?

Las tenía todas extendidas delante. Le eché una buena bronca, pero él no paraba de decir que no era lo que yo pensaba.

Aun así, lo perdoné. Era su único defecto; conmigo se portaba muy bien.

—No miraba esas fotos por morbo, Ciara. Estaba investigando de verdad, o eso creo. ¿Le dijo quién era ella?

—Solo dijo que era una chica muy especial. Eso me enfadó: la especial era yo. Yo era… —Ciara se derrumbó y rompió a llorar. Hope dio vueltas por la cocina, esperando a que se recompusiera, pero la mujer no era más que pena y alcohol.

—¿Malthe viajaba mucho?

—Sí —dijo Ciara entre sollozos—, sé que iba a Inglaterra por negocios, pero eso era todo lo que me decía. Nunca dijo adónde exactamente ni de qué se trataba. Pero siempre volvía bastante rápido.

—De acuerdo. ¿Se le ha ocurrido algo más que pueda ayudarnos? —preguntó Hope como quien no quiere la cosa, sin esperar gran cosa. Era solo una forma de cerrar la conversación; enseguida le daría las gracias y se marcharía.

—Bueno, hubo una cosa, pero es una tontería.

En uno de sus viajes me preguntó qué podía regalarle a un hombre, algo especial pero práctico.

Me puse a soltar ideas: gemelos, guantes, camisas, jerséis y cosas así.

De pronto se impacientó, se volvió y me soltó que el hombre solo tenía un brazo.

Un puto brazo. Yo me eché a reír. Ahora me parece una estupidez, pero entonces me hizo gracia.

Hoy me encierran por una cosa así. Discriminación, supongo.

La cabeza de Ciara fue cayendo despacio hasta apoyarse en la mesa. Poco después se quedó dormida. Hope fue hacia la puerta principal, informó de la situación al agente que seguía sentado allí y le deseó buenas noches.

De regreso por Mull, Hope siguió carreteras que bordeaban el mar y luego se internaban entre colinas arboladas, recortadas contra el cielo despejado de la noche.

Le dio vueltas a lo que Ciara había dicho.

Un hombre con un solo brazo. Parecía absurdo.

Pero Malthe podía haber necesitado a otro investigador. Eso ya no era tan descabellado.

Al llegar a la comisaría, encontró a Allinson esperándola fuera. Él subió de un salto al coche, y Hope condujo hasta el hotel donde se alojaban.

—¿Qué tal ha ido? —preguntó él.

—Bueno, sin duda esa foto formaba parte de la investigación. Por lo demás, ella sabía poca cosa, aparte de que Malthe viajaba mucho a Inglaterra. También masculló algo sobre un hombre con un solo brazo que formaba parte del equipo de investigación de Malthe o, al menos, estaba relacionado con él.

—Suena un poco a Hollywood.

—Lo sé, pero ¿a ti cómo te ha ido?

—Maltman es una buena pista, y mañana nos ponemos en marcha. Macleod quiere que vayamos a Inglaterra a hablar con ese tipo. Está en prisión, pero negocia un acuerdo. También ha dicho que podemos bajar a Kent, si crees que merece la pena.

Hope sonrió. Ahora Macleod seguía su línea de investigación. Ya sabía ella que acabaría dándole la razón.

—Entonces será mejor que me prepare para esa entrevista y repase algunos documentos más, por si hay algo.

—No, ya los he revisado yo, Hope. Necesitas dormir bien esta noche; mañana será un día ajetreado. ¿Estarás bien sola? Creo que a los dos nos vendría bien descansar: nada de sexo competitivo ni de confesiones profundas.

—Claro —dijo Hope, pero sentía exactamente lo contrario.

Después de ducharse, Hope se tumbó en la cama y recorrió la habitación con la mirada.

Sabía que debía dormir, pero su mente volvía una y otra vez a la cena y a lo que Allinson había dicho.

Ella no le había dado nada y no había hecho más que recibir.

¿Qué quería en realidad de él? En el fondo, lo sabía.

Se levantó, se puso el batín y abrió la puerta. Cruzó el pasillo hasta la habitación de Allinson y llamó con suavidad.

—Espera un momento.

La puerta se abrió unos instantes después.

—Madre mía, Hope, son las dos de la mañana. ¿Cuál es la crisis?

—Yo.

Entró y cerró la puerta tras de sí.