Capítulo 10
— S eoras, tienes que dormir. Vuelve a la cama.
Macleod suspiró y se volvió hacia Jane. Estaba incorporada, envuelta en el edredón, con el pelo cayéndole alrededor del cuello.
Probablemente no había sido buena idea pedirle que se reuniera con él en el alojamiento de Cromarty, pero estaba agotado y necesitaba verla.
Apenas le había contado nada; al menos, Jane sabía que él quería estar con ella y que no se limitaba a desaparecer absorbido por el trabajo.
No se había quejado, pero aun así el asunto le preocupaba.
—Estoy bien. Vuelve a dormir. Voy enseguida.
—No estás bien —dijo ella—. Estás tenso como una cuerda. Se nota la presión que soportas.
Macleod la vio apartar el edredón y levantarse. Ni siquiera lo miró mientras se ponía una camiseta y se enfundaba los vaqueros.
—¿Te vas? —preguntó él.
—No digas tonterías. Vístete. Vamos a dar una vuelta para que te despejes. No sirve de nada que sigas paseándote aquí dentro.
—Son las tres de la madrugada, mujer —protestó Macleod.
—He dicho que te cambies.
Jane le dio una palmada en el trasero y desapareció escaleras abajo. Cuando terminó de vestirse y bajó tras ella, la encontró llenando dos vasos térmicos con tapa de rosca. Jane ya llevaba puesto el abrigo. El de Macleod estaba sobre una silla.
—Vamos —dijo.
Dieron una vuelta por el pueblo. Después, Jane lo obligó a sentarse en un banco junto al mar. Macleod bebía el café sin decir nada, con la cabeza en otra parte. Ella se limitó a cogerle la mano. Al cabo de un rato, se volvió hacia él.
—¿Te apetece bañarte en cueros?
—¿Qué? —El miedo le hizo un nudo en el estómago. Llevaba poco tiempo con Jane, pero sabía que, de vez en cuando, le daba por hacer alguna locura. Era una de las cosas que le atraían de ella, aunque a veces iba demasiado lejos para él.
—Venga, fuera la ropa. Un baño al natural. —Ya se había quitado el abrigo y estaba a punto de quitarse la camiseta.
—Jane, estamos en pleno Cromarty. Alguien podría vernos.
—Estamos en las afueras de Cromarty. Son las cuatro y no hay un alma. No pasa nada por darse un chapuzón.
Macleod alargó una mano cuando Jane se subió la camiseta por encima del ombligo. Entonces sus miradas se cruzaron y él se echó a reír.
—Eso no vale. No me hagas eso —dijo.
—Necesitabas que te animase. Y, si hubiera hecho falta, sabes que habría seguido adelante por ti.
—Lo sé. Es este maldito caso. No tenemos nada. Nada. Estoy esperando a ver qué sale de las distintas líneas de investigación, esperando a que Hope vuelva con noticias, esperando esto y lo otro. Estoy tenso y frustrado, eso es todo.
—Bueno —dijo Jane—, tengo remedio para eso.
Macleod fue a sujetarla antes de que retomara la idea del baño, pero se detuvo al ver que metía la mano en el bolsillo de la chaqueta.
—Esta sí que tiene algo, Seoras. Es una de las tres que más me gustan. ¿Tú qué opinas?
Macleod negó con la cabeza.
—Ahora mismo no tengo la cabeza para esto. Lo siento.
—Es una puñetera casa, Seoras. Espabila. No te estoy pidiendo que decidas el resto de tu vida. Solo quiero que mires las fotos y me digas qué te parece.
Macleod la miró. Estaba enfadada, pero también sonreía con cariño.
En la policía habrían dicho que le cubría las espaldas.
Mientras contemplaba a Jane de pie ante él, en camiseta y vaqueros, con la mañana aún fresca, recordó que en la escuela dominical siempre le decían que diera gracias por lo que tenía. Quizá debería hacerlo.
Eran las seis cuando salió de la cama; apenas una hora antes había vuelto a acostarse.
La conversación sobre la casa se había animado en cuanto empezaron a repartir las habitaciones.
El cuerpo seguía agotado, pero tenía la cabeza más despejada.
No había dormido: se había limitado a abrazar a Jane durante aquella única hora de descanso.
Aun así, había sido mejor que seguir dando vueltas por la habitación.
Jane ya se había vestido y lo esperaba cuando él se dispuso a marcharse.
Como el alojamiento estaba a disposición de quien lo necesitara, ella había decidido regresar al hotel.
Mientras Macleod cerraba la puerta con llave, Jane le metió las manos por dentro de la chaqueta y le recorrió el pecho.
Él se volvió y se besaron con pasión, ajenos al mundo.
Por un momento pensó que debían de parecer adolescentes.
Solo que eran mucho mayores y, seguramente, menos de película.
Macleod entró con renovados bríos en la sala donde trabajaba el equipo.
El turno de noche seguía allí y empezaban a llegar algunos agentes del turno de día.
Ross lo saludó y señaló a otro agente sentado ante una mesa, a un lado de la sala.
Cuando Macleod se acercó, el hombre se puso en pie. Parecía dispuesto a cuadrarse.
—Tranquilo, siéntese —dijo Macleod. Se inclinó sobre el hombro del agente para mirar la pantalla del ordenador. Había una lista de nombres y fechas.
—¿Qué es esto?
—Nos ha llegado de Dinamarca esta madrugada, señor.
Malthe Amundsen sirvió en el ejército danés.
Al parecer, trabajó en operaciones encubiertas, pero, según los daneses, no hay motivos para pensar que ninguna de sus misiones pueda haber provocado represalias.
Nos han facilitado su expediente hasta que pasó a la etapa de operaciones clandestinas.
De ese periodo no quieren contar nada, por razones obvias.
La lista recoge a los compañeros de las distintas unidades en las que sirvió, algunas de las cuales llegó a mandar.
—Bien —dijo Macleod—. ¿Qué podemos hacer con esto?
Intente averiguar si alguna de esas personas está ahora en el Reino Unido o ha estado aquí recientemente.
Por desgracia, no tenemos datos de sus destinos posteriores, así que habrá que ver qué nos revela el pasado.
¿Hay algún informe sobre Amundsen en esos documentos?
—Solo datos básicos, señor. Parece que era un soldado ejemplar. Pero todo es muy aséptico.
—Era de esperar. Mire a ver qué puede sacar de ahí.
Macleod volvió a su mesa en el estrado y le pidió a Ross un resumen.
El Mini había aparecido abandonado a poca distancia de donde se había producido el incidente del día anterior, y los forenses ya lo estaban examinando.
Ningún hospital había atendido a una mujer con síntomas de apendicitis.
Ross siguió explicándole los detalles del veneno y lo difícil que sería rastrearlo, pero una idea le rondaba la cabeza, a punto de aflorar.
¡Quist!
—Un momento, Ross —dijo Macleod. Bajó del estrado a grandes zancadas y volvió junto al agente con el que había hablado antes—. ¿Hay algún Quist en la lista?
—Un momento, señor. Lo compruebo.
Macleod estaba sobre ascuas. La posibilidad parecía remota, a menos que la mujer que había matado a Amundsen también hubiera servido en el ejército danés.
Las dos mujeres no tenían un acento marcado; de hecho, sonaban más a inglesas que a otra cosa.
Pero había que comprobarlo todo. A veces había suerte.
—Se mencionan dos Quist, señor. Uno de la primera etapa de su carrera, Jonas Quist, y otro de la etapa posterior, Nils Quist. Los expedientes no incluyen datos como direcciones o movimientos posteriores. Tendré que llamar para pedirlos.
—Hágalo —dijo Macleod.
Ponerse en contacto con las autoridades danesas probablemente llevaría algún tiempo, así que Macleod volvió al resumen de Ross. Los forenses habían identificado el veneno que mató a Malthe: batracotoxina, la misma sustancia que segregan las ranas dardo venenosas.
—Si entra en el torrente sanguíneo, mata en menos de diez minutos —dijo Ross—. Se la inyectaron en el torrente sanguíneo. Aún no sabemos exactamente cómo, pero sí dónde.
—¿Habría podido escribir algo durante esos diez minutos, suponiendo que supiera que lo habían envenenado?
Ross se encogió de hombros.
—Aún desconocemos demasiadas cosas de lo que pasó en aquel ferri.
Macleod recibió un mensaje de Hope. Le decía que volvía a casa de Amundsen. Sonaba más animada; quizá dormir le hubiera sentado bien.
Macleod retomó los informes y las declaraciones de los testigos de la zona hasta que volvió el agente encargado de contactar con las autoridades danesas.
—Tengo los datos de los dos Quist por los que preguntó, señor.
El de la etapa posterior, Nils Quist, sigue en el ejército y ahora está de maniobras en la costa sur de Inglaterra.
Jonas Quist, el de la primera etapa, dejó el ejército hace años, pero creen que vino a Escocia y se casó con una mujer de aquí. Es todo lo que saben.
—Rápido, consulte la guía telefónica —dijo Macleod—. Compruebe si aparece algún Quist en el norte de Escocia. Una de las mujeres dijo que Quist estaba por la zona.
El agente asintió y volvió a su mesa. Regresó unos minutos después.
—Nada, señor. No aparece ningún Quist.
—Pruebe con el censo electoral y con cualquier base de datos disponible en la zona. Busque también apellidos acabados en Quist, apellidos compuestos, cosas así. Amplíe la búsqueda todo lo posible.
Macleod se sentó a desayunar mientras esperaba.
Alguien había ido a la panadería de la esquina a por cruasanes y panecillos de beicon, y Macleod se puso las botas.
Jane debía de estar desayunando en el hotel.
Tenía buen apetito y le esperaba otro día ajetreado: había dicho que aún tenía seis propiedades más que ver.
El agente alzó la mano para llamar su atención.
—Señor, tengo algo. Un Jones-Quist con domicilio en Ardersier, el pueblo junto al aeropuerto. Figura con el nombre de Alison. No hay nada más. Aquí tiene la dirección.
El agente le entregó un papel. Macleod llamó a voces a Ross, que ya se ponía la chaqueta para regresar al alojamiento al terminar el turno de noche.
—Necesitamos el coche, Ross. Puede que sea lo que buscamos. Pida apoyo a varios agentes uniformados, pero debemos hacerlo con discreción.