La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

H ope estaba junto a las puertas traseras de la ambulancia y observaba cómo el paramédico atendía a Allinson.

Le estaba colocando un vendaje grande en el brazo, donde tenía un corte profundo.

Ella había salido mejor parada, con unos cuantos rasguños, pero los dos habían tenido suerte.

De haber estado más cerca o de haber caído hacia el artefacto, la explosión podría haber dejado a uno de los dos —o a ambos— sin poder salir de allí por su propio pie.

Había caído la noche y alrededor del edificio se había montado un circo.

Hope había ordenado a todo el mundo mantenerse alejado hasta que llegaran los especialistas y confirmaran que no quedaba ningún otro artefacto explosivo.

Habían acordonado la zona como habían podido, pero habría que mantener allí vigilancia para alejar a los curiosos.

Por suerte, estaban bastante lejos de los principales núcleos habitados de Mull.

Mientras Hope observaba cómo terminaban de atender a Allinson, se le acercó un agente uniformado.

—¿Detective McGrath?

—Sí.

—Hay una mujer en el límite del perímetro que pregunta por «la jefa». Así lo ha dicho. Creo que conoce al ocupante de la casa; al menos, eso asegura. ¿Quiere hablar con ella o, a estas horas, prefiere que le tome los datos?

—Lléveme con ella —dijo Hope.

La mujer tendría unos cuarenta o cuarenta y cinco años y el aspecto de quien se ha pasado la vida trabajando.

No carecía de atractivo, pero tenía el rostro curtido e iba algo encorvada.

Tenía curvas y también algún kilo de más, propio de los años.

El pelo, negro y entreverado de canas, estaba desgreñado y necesitaba un buen lavado.

Llevaba un forro polar que había conocido tiempos mejores, vaqueros y botas de agua.

—¿Es usted la jefa? —preguntó la mujer al ver acercarse a Hope.

—Sí, soy yo. Me han dicho que conoce al ocupante de la casa. ¿Es cierto?

Un destello le cruzó la mirada antes de responder.

—Sí, podría decirse que conozco a Malkie.

—¿Cómo se llama, señora?

—Ciara Nixon.

La voz era áspera. Al principio, Hope creyó reconocer un acento de la costa oeste de Escocia, aunque de más al sur. Después identificó aquel rasgo norirlandés de apenas mover los labios al hablar.

—Vivo al lado, aunque tiene gracia decirlo cuando estamos a casi media milla. Pero ¿Malkie está bien? Ya sabía yo que ese granuja se traía algo entre manos, pero se ha metido en un marrón de los gordos.

—Venga conmigo —dijo Hope.

Hope condujo a la mujer hasta el coche y le ofreció el asiento del copiloto. Después se sentó al volante y se giró hasta quedar casi recostada para mirarla.

—¿Lleva mucho tiempo en Mull?

—Casi diez años. Me marché de la provincia cuando aquel cabrón empezó a pegarme. De todos modos, aquello nunca mereció la pena.

Apenas había un deje de pesar en sus palabras, pero Hope decidió no seguir por ahí. Tenía asuntos más urgentes que investigar.

—Ha dicho que conocía a Malthe.

—¿Malthe? Se refiere a Malkie. Sabía que era extranjero, pero siempre se hacía llamar Malkie. Nunca llegué a saber su apellido, y tampoco importaba. —De pronto, la mujer pareció apagarse.

—¿Se encuentra bien? —preguntó Hope.

—¿Está muerto?

—¿Por qué lo pregunta?

—Pues por todo esto, cariño. Mírelo. Las explosiones de esta noche. Y luego, aquel alboroto cuando se marchó. Sabía que algo pasaba. Había un hombre manco que iba a verlo; lo vi un par de veces durante el último año. Nunca hablé con él, pero un día lo oí hablar con Malkie y reconocí el acento.

—¿De qué hablaban? —preguntó Hope.

—Ay, no lo recuerdo. Pero era un acento de los de casa, de cerca de Belfast, aunque no de Belfast mismo, si me entiende. Diría que de por allí. Eso sí, tenía labia y hablaba fino, como si hubiera limado las asperezas de nuestro acento.

—¿Dijo Malkie quién era?

—No. Tiene que entenderlo: yo conocía a Malkie. Me contaba cosas, sí, pero no esa clase de cosas. Sus asuntos eran privados. Terreno vedado. Solo se enfadaba por eso: cuando le preguntaba por su pasado o por la gente que conocía. Así que dejé de preguntar.

—Entonces, ¿qué clase de relación mantenían usted y Malkie?

La mujer se santiguó y luego inclinó la cabeza un momento.

—Que el buen Dios me perdone, pero una mujer tiene sus necesidades.

Éramos… compañeros; supongo que esa es la palabra.

Nos hacíamos compañía por las noches. Él venía a casa, arreglaba lo que hiciera falta y luego hablábamos y nos quedábamos al calor del fuego.

Y también… bueno, ya sabe… Todos tenemos nuestras necesidades, ¿no?

A algunas no se nos pasan. Y él era un hombre, así que tenía las suyas.

Hope sonrió. No entendía que aquella revelación avergonzara a la mujer, pero tampoco importaba para la investigación. El alboroto que había mencionado y aquel hombre manco, sí.

—¿Y ese alboroto que ha mencionado?

—Hace una semana vino a casa con una botella de vino tinto.

Me preparó la cena: pescado, uno de esos platos extranjeros.

Luego me hizo sentarme junto al fuego. Me dijo que tenía que irse, que se avecinaban problemas.

Que volvería a ponerse en contacto conmigo, aunque podría tardar.

Después nos quedamos despiertos toda la noche y, bueno, ya sabe.

Fue una noche muy dulce, pero también muy triste. Yo sabía que lo estaba perdiendo.

La mujer rompió a llorar y Hope la dejó desahogarse. Al cabo de unos minutos, alzó la cabeza y miró a Hope.

—No siempre hay segundas oportunidades. Él era la mía. Así que dígamelo: ¿está muerto?

Hope asintió y la mujer se dobló sobre sí misma, sollozando. Hope la dejó llorar unos minutos antes de hacerle más preguntas.

—¿Vio a alguna de las otras personas que provocaron ese alboroto?

—No. Me dijo que no me acercara. Por mi seguridad.

Pero, cuando pasaron tres días sin que viniera a verme, fui a su casa y me di cuenta de que algo no iba bien.

Siempre sabía cuándo iba a ir y salía a recibirme.

Esta vez, la puerta estaba entornada. Entré, vi el desastre del cuarto de atrás y me marché.

Pero cuando los vi a ustedes con las luces y todo eso, pensé que quizá conseguiría una respuesta. Y vaya si la he conseguido, joder.

—Es posible que volvamos a necesitarla, Ciara, para tomarle declaración. Haré que la lleven a casa y que un agente monte guardia fuera. Podría estar en peligro.

La mujer negó con la cabeza.

—No corro peligro. Malkie me lo aseguró. Dijo que solo irían a por él. Que no harían daño a ningún civil. Dijo que había hecho algo terrible y que, si venían a por él, aquel sería su castigo. Pero yo estaba a salvo. Eso me dijo. Y hablaba en serio.

—Puede ser, pero yo tengo motivos para pensar lo contrario. Así que voy a dejar un coche frente a su casa.

La mujer pareció casi aterrorizada ante la sugerencia.

—No. Los vecinos se enterarán de lo mío con Malkie.

Mande uno sin distintivos. Los agentes pueden entrar y quedarse en el salón.

Nadie sabía lo nuestro. Nadie sabía lo que significábamos el uno para el otro.

Malkie procuraba que fuera así. Yo también, hasta ahora.

Pero ¿qué importa ya, ahora que está muerto?

La mujer volvió a romper a llorar y Hope salió del coche para organizar quién se quedaría con ella aquella noche.

Sentía compasión por Ciara. Al oírla decir que todo había terminado y ver su desolación, algo se le aferró por dentro y le clavó las uñas.

Ahora no. Había demasiado que hacer. Vio a Allinson salir de la ambulancia y deseó volver a aquella habitación de Cromarty y que él la abrazara toda la noche. ¿Qué me ha pasado? Antes era fuerte.

—¿Cómo se encuentra, Allinson? —preguntó Hope.

—Solo unos rasguños y un corte bastante profundo. Pero estaría mucho peor si usted no hubiera intervenido. Se la debo, McGrath. Ha faltado poco. Demasiado poco para mi gusto.

—Lo importante es que esté bien. Voy a llamar al jefe para ponerlo al día y ver qué quiere. Como estamos esperando a los artificieros y al equipo forense, creo que deberíamos descansar y volver por la mañana. No habrá gran cosa que hacer hasta entonces.

Dejó a Allinson y regresó al coche para hacer la llamada. Sentada al volante, con el móvil pegado a la oreja, lo vio moverse con soltura entre los demás agentes. Parecía caerle bien a todo el mundo, incluso a quienes acababan de conocerlo. A Hope, desde luego, le resultaba fácil arroparse con él.

—Sí, Hope. Dime que por ahí abajo ha ido todo bien.

Macleod sonaba frustrado.

—¿Estás bien, señor? Pareces algo alterado.

—Hoy casi consigo que maten a mi compañera. Esta gente es bastante más peligrosa de lo que estamos acostumbrados a ver. No se trata solo de dar con ellos: también saben venir a por ti. Pero ¿cómo van las cosas en Mull?

—No está mal, señor.

Hope sopesó cómo contarle la explosión a Macleod, pero la sinceridad solía ser lo mejor.

—Vimos el lugar donde robó el coche, pero allí no había nada de interés.

Aquí, en Mull, su casa parecía la de alguien que solo estaba de paso: muy austera.

El lavadero era un desastre. Había señales de pelea y sangre derramada, por lo visto el día en que se marchó.

Allinson localizó un cobertizo detrás de la casa y encontró armas ocultas debajo.

Después reparó en dos hondonadas que resultaron ser depósitos ocultos.

Uno contenía equipos de radio; el otro tenía una trampa explosiva.

Casi perdemos a Allinson, pero no ha pasado nada grave y los artificieros del Ejército vienen de camino. Puede que allí haya algo más.

—Suena movido. ¿Está todo el mundo bien?

—Sí, pero ha faltado poco. También he encontrado aquí a la mujer con la que se veía, Ciara Nixon.

Hablar con ella ha sido revelador. Al parecer, él era muy discreto y ella era su principal compañía.

Eran… íntimos —dijo Hope; sabía que a Macleod no le gustaba la palabra «follar»—.

Está destrozada, pero no tenía ni idea de adónde había ido.

Él la mantenía al margen de sus asuntos para protegerla.

Oyó a Macleod suspirar al otro lado del móvil.

—Esperaba que tuvieras algo más, porque nosotros hemos perdido la pista aquí arriba.

Encontramos el Mini y luego los perdimos.

También se han deshecho de la joven con la que congenió el marinero del ferri.

Le rajaron el cuello y la abandonaron en el complejo vacacional de Embo.

Y estoy seguro de que fueron las mujeres del Mini.

—Pues, por lo que cuenta Ciara, aquí abajo fueron los hombres quienes lo obligaron a huir. Dice que vio un par de veces a ese manco con Malthe y que tenía un acento de la zona de Belfast, aunque más suave.

—¿Un manco? —dijo Macleod—. Esto empieza a parecer un telefilme. Necesitamos un dato sólido del que tirar. De momento perseguimos fantasmas; tenemos que averiguar de qué va todo esto. ¿Qué vas a hacer?

—Irme a la cama, señor. Aquí ya es de noche y, hasta que lleguen los artificieros y el equipo forense, no podremos avanzar mucho. He dejado a Ciara Nixon bajo vigilancia, por si acaso, y yo me voy a dormir en cuanto averigüe dónde.

—De acuerdo, Hope. Tú mandas ahí abajo. Pero consígueme algo para mañana. Necesitamos una pista a la que agarrarnos.

—Sí, señor.

Hope colgó y se quedó sentada en el coche mirando el salpicadero. De momento solo perseguían fantasmas. Ni siquiera sabían de qué iba todo aquello y ya había dos muertos. Vio a Allinson acercarse y bajó la ventanilla.

—Allinson, pida a los compañeros de aquí que nos busquen alojamiento. Un sitio decente. Yo voy a asegurarme de que todo quede listo para esta noche.

Hope bajó del coche y pasó media hora asegurándose de que todo estuviera en orden.

Después ocupó el asiento del copiloto y Allinson condujo en la oscuridad.

Tenía la cabeza embotada y necesitaba dormir.

Cuando el coche se detuvo ante un hotel pequeño, avanzó a duras penas con la bolsa hasta recepción y luego, llaves en mano, hasta la puerta de su habitación.

—¿Quieres cenar algo? —preguntó Allinson—. De verdad que deberías.

Hope aceptó y, tras una cena rápida, se retiró a su habitación.

Allinson dijo que se quedaría en el bar viendo la televisión y ella le deseó buenas noches.

Después de ducharse, Hope se metió entre las sábanas y se tumbó a oscuras.

El sueño no llegaba. Al poco, estaba con el móvil en la mano, mirando mensajes y perdiendo el tiempo.

Entonces sintió el frío. No era frío de verdad, solo un temblor incesante porque él no estaba a su lado.

Hope se sorbió la nariz y se secó los ojos.

Dios, qué patética soy. Venga, duérmete de una vez.

Después de pasar otra hora compadeciéndose de sí misma, sacó una camiseta de la maleta, se la puso y se enfundó los vaqueros.

Fue descalza hasta el bar y pidió una botella de tinto para llevar.

Mientras esperaba, se volvió y vio que Allinson la miraba.

Se apartó de la cara el pelo revuelto y le preguntó con un gesto. ¿Venía?

Se volvió hacia la barra, recogió el vino y sintió una mano cerrarse sobre la suya. Sí, Allinson le caía bien a todo el mundo. ¿Por qué no? Lo necesitaba, ¿verdad? Me da igual ser débil. Necesito a alguien.