La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 8
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Capítulo 8

A l salir de Oban, Hope se quedó en la cubierta exterior del ferri, mirando la isla al otro lado de la bahía.

Solo había pasado por allí una vez y, a decir verdad, apenas recordaba aquella visita porque entonces era una niña.

Pero reconocía el paisaje escarpado de toda la costa oeste de Escocia, las colinas que se alzaban a lo lejos cubiertas de verde y las aguas frías de las que tantos vivían.

El ferri fue dejando atrás la bahía y Mull apareció a lo lejos.

A su alrededor se sucedían islas y salientes de la costa que se adentraban en el mar y formaban canales y estrechos.

A menudo fantaseaba con alquilar un barco y pasar unas vacaciones tranquilas navegando con alguien por aquellos parajes.

En sus sueños siempre brillaba el sol y los dos se bronceaban en cubierta, en absoluta soledad.

Solo interrumpían aquella calma para hacer el amor. Había querido hacer ese viaje con él.

Pero él ya no estaba y ella tenía un caso entre manos.

El trayecto desde Inverness hasta Oban había sido silencioso.

Allinson encendió la radio y solo de vez en cuando le hizo alguna pregunta banal.

Hablaron del caso durante cinco minutos: fue la conversación más larga del viaje. Pero entre ellos pesaba otra tensión.

No se había portado bien con él. Cuando más necesitaba tener cerca a alguien que la abrazara y le dijera lo importante y guapa que era, Allinson había estado a la altura.

Le había dado todo lo que necesitaba, dentro y fuera de la cama.

Y ella se había cerrado en banda. Lo estaba tratando como el culo y lo sabía.

—¿Estás bien?

Hope no se volvió. Se limitó a asentir.

—Ya sé que el paisaje es bonito, pero te has quedado tan clavada mirándolo que cualquiera diría que nunca has visto tierra firme.

El comentario no tenía demasiada gracia, pero Hope le sonrió. Aquel hombre hacía cuanto podía por comprenderla y ayudarla. Debía darle una oportunidad, porque se había portado de maravilla y no se había apartado de su lado, pero no estaba para eso. La culpa no era suya, sino de aquel otro cabrón.

—¿Quieres algo, McGrath? Voy a por algo de beber.

—Espacio, nada más —dijo Hope. Joder. Qué borde había sido.

—Vale. Estaré abajo.

—Allinson, lo siento. Necesito un poco de espacio. Perdona. Has estado genial. Y lo de anoche también.

Él asintió y se alejó. Hope supo que lo había herido.

Dudó un instante, a punto de volverse hacia el paisaje y seguir castigándose mientras contemplaba las ruinas de su vida.

Pero entonces vio que se alejaba lo único bueno de los últimos días y corrió tras él.

Lo agarró del hombro, lo hizo volverse y le cogió la mano. Allinson parecía desconcertado.

—Perdona. No digo que no quiera volver a verte. No te utilicé solo porque necesitaba refugiarme en tus brazos. Pero necesito tiempo para sacarme de la cabeza al que estaba antes que tú. No tengo derecho a pedírtelo, pero, por favor, ten paciencia conmigo.

Hope le acarició la mano y buscó en su rostro alguna señal tranquilizadora.

—De acuerdo. Haré lo que pueda, McGrath. Pero no me dejas ver ni un resquicio de luz.

—Hope. Llámame Hope.

Él sonrió y se alejó escaleras abajo, hacia la cubierta inferior.

Hope rezó para que aquel hombre tuviera fe suficiente en ella para no perder el interés, porque en ese momento tenía muy poco que ofrecerle.

No había tenido muchas relaciones y no estaba segura de querer más después de lo mal que la había dejado la última.

Poco después, Allinson sacó el coche del ferri en Craignure y tomó la carretera hacia el sur de la isla.

La dirección los llevaba a una casa en el Ross of Mull, una lengua de tierra frente a la pequeña isla de Iona, cuyo monasterio atraía a los turistas que cruzaban en ferri.

La casa que buscaban quedaba en una pista de tierra que se desviaba de la carretera principal aproximadamente una milla antes de Fidden y de la pequeña terminal del ferri.

La casa había sido registrada por encima y después precintada a la espera de los especialistas de tierra firme. Hope y Allinson llegaron antes que el equipo forense. Se pusieron los guantes y retiraron la cinta policial de la puerta, que estaba entornada.

—Dijeron que no habían tocado nada —comentó Allinson.

—Pues debía de tener prisa si dejó la puerta abierta. —Hope recorrió los alrededores con la mirada desde la entrada—. Pero esto está tan apartado que aquí no se oiría nada.

Empujó la puerta y entró en un recibidor desnudo.

No había cuadros ni adornos en las paredes, solo un papel pintado beis que había conocido tiempos mejores.

La casa era de una sola planta y del pasillo salían tres habitaciones.

La primera era un salón abierto a una cocina situada al fondo.

También allí había poco: una estufa de leña dominaba la estancia, junto a un sofá pequeño, un mueble bar, un escritorio y una mesa para el ordenador. No había televisión ni radio. Poco más.

—No parece muy fiestero —dijo Allinson—. Y una mesa para el ordenador, pero ni rastro del ordenador. Aunque sí hay impresora y altavoces.

—Parece una base de acoplamiento para un portátil.

En el coche no encontramos nada. ¿Por qué llevárselo de aquí y luego viajar sin él?

Puede ser importante. —Hope pensaba en voz alta de un modo que con Macleod no se permitía.

Ahora era ella la responsable y no necesitaba explicarle a su jefe cada razonamiento.

—Apenas hay comida en la cocina —dijo Allinson mientras abría varios armarios y la nevera—. Pero quedan sartenes sucias en el fregadero. Quizá lo sorprendieron. Todo apunta a eso.

Hope pasó al dormitorio. En la habitación vacía solo había una cama de campaña. La moqueta hacía que aquello pareciera el cuchitril de un okupa, igual que las dos botellas de whisky vacías tiradas por el suelo.

—Hope, ven a la otra habitación. ¡Tienes que ver esto! —gritó Allinson.

Hope se quedó sin aliento al entrar en la tercera habitación.

Era el lavadero, pero aquello era un desastre.

Había sangre en la pared y muchos objetos tirados por el suelo.

La puerta de la lavadora estaba cubierta de sangre, como si alguien se hubiera golpeado la cabeza contra ella.

La ventana también estaba embadurnada de sangre.

Hope examinó la habitación con cuidado en busca de algún indicio relevante, pero no encontró nada.

—¿Hay algo más en la casa? —preguntó Hope.

—Hay un cobertizo detrás; lo vi al llegar. No es gran cosa. Parece bastante cochambroso.

—Vamos a echar un vistazo.

Salieron del bungaló por la puerta principal y rodearon la casa.

A unos doscientos metros se alzaba un chamizo destartalado que algunos habrían llamado cobertizo.

Hope prefería llamarlo una ruina. Vio dos hondonadas en el terreno, una a cada lado, y se preguntó por qué el suelo ondulaba de forma tan regular justo en aquellos puntos.

En el resto, la tierra subía y bajaba al azar, como le venía en gana.

Allinson llegó primero al cobertizo y Hope lo vio examinar el suelo frente a la puerta.

—Hay una zona húmeda y lo que podrían ser restos de una huella, pero es difícil asegurarlo. Se lo dejo a los forenses.

Hope asintió y también bordeó la zona mientras Allinson abría la puerta.

Lo siguió al interior. El espacio era tan reducido que quedaron pegados el uno al otro mientras trataban de ver qué contenía.

Había herramientas, la mayoría con aspecto de llevar años colgadas.

Allinson alargó la mano hacia una; se le deshizo entre los dedos y le dejó las manos cubiertas de óxido.

—¿Quién tiene un sitio así? —dijo—. Está hecho un asco. ¿Tú crees que venía alguna vez?

—Sí —respondió Hope con firmeza—. Mira el suelo: está cubierto de polvo, casi sin alterar, salvo por unas líneas entre las tablas. Pero no están en todas las juntas. Solo en unas pocas. ¿Tienes una navaja, Allinson?

—Sí, toma.

Hope cogió la navaja de Allinson y pasó la hoja por las juntas entre las tablas. La hoja solo se hundió en tres. En las demás se detenía a los pocos milímetros. Hope suspiró.

—Todo esto es un montaje, Allinson. El suelo es falso; está hecho para despistar a cualquiera que se asome. Pásame uno de los formones de esa estantería, pero uno que no se me deshaga en las manos.

Hope encajó con cuidado el formón en una de las juntas por las que se había hundido la navaja.

Cuando estuvo bien colocado, apretó hacia abajo para hacer palanca.

La tabla resistió un instante y luego cedió.

Allinson se sumó al esfuerzo. Entre los dos levantaron la tabla y la apartaron.

Debajo apareció un compartimento oculto con varias armas.

—Joder —dijo Allinson—. Este tío es todo un Rambo. Mira esto. Estas cosas no se compran en la ferretería del pueblo.

—También hay granadas. Será mejor que avisemos a los artificieros cuando salgamos de aquí. Faltan cosas, aunque no muchas, teniendo en cuenta el espacio.

—Quizá no le dio tiempo —sugirió Allinson.

—Bueno, alguien lo sorprendió. Consiguió defenderse hasta cierto punto, cogió unas armas y huyó.

Al menos eso parece. Aquí no hay coche y, cuando llegó a tierra firme, ya iba en uno robado.

Alguien iba a por nuestro hombre. Y muy en serio.

Quizá fueran dos grupos distintos, pero entonces ¿quiénes son?

—Demasiadas preguntas, Hope.

—Me pregunto de dónde habrán salido estas armas —dijo Hope, señalándolas—. Saberlo podría ayudarnos, pero me da que su portátil es lo que de verdad nos interesa. Quizá tuviera otros depósitos ocultos por aquí cerca.

—¿Has visto el terreno? Hay cierta simetría a ambos lados del cobertizo. Parece removido. Deberíamos comprobarlo.

—De acuerdo —dijo Hope—. Ve a echar un vistazo. Yo aviso a los artificieros. Me alejaré un poco antes de llamar. De todas formas, no sé si tendré cobertura; quizá tenga que usar la radio.

Al alejarse del cobertizo, Hope comprobó que, en efecto, no había cobertura. Tuvo que regresar al coche y usar la radio portátil. Informó de la situación y pidió que enviaran artificieros del Ejército, además de más agentes para custodiar el lugar cuando ellos se marcharan.

Mientras hablaba por radio, Hope observó a Allinson dirigirse hacia la hondonada situada a la derecha del cobertizo.

Recorrió unos trescientos metros y, al llegar, se agachó y empezó a desenroscar algo.

Unos minutos después, apartó una gran tapa circular de metal y metió los brazos en el hueco.

Hope lo vio hacer fuerza, pero seguía hablando con la base y no podía acercarse a ayudarlo.

Al cabo de unos minutos, Allinson se incorporó y le hizo señas.

—¡Dime! —gritó Hope, apartando la radio.

—Aquí hay una radio y otros equipos de comunicaciones que no sé identificar del todo. Todo parece pensado para comunicarse con alguien. Esto es cosa seria, Hope.

—¡Muy bien! —le gritó ella—. Toma nota de todo y déjalo como está. Si reconoces algún aparato o ves documentación, anótalo también.

Hope vio a Allinson asentir y volver al hueco. Cuando terminó de hablar con la base, él ya estaba colocando de nuevo la tapa. Buena idea, por si llovía. Mientras Hope se alejaba del coche, Allinson regresó hacia la casa y desde allí se dirigió a la segunda hondonada.

Allinson tenía un cuerpo impresionante. Hope lo había comprobado la noche anterior.

Y ahora, mientras caía la tarde, se permitió contemplar a aquel hombre decente que había acudido en su ayuda.

Quizá merecía la pena intentarlo con él, abrirse un poco más.

No se había quejado. Tampoco lo había espantado que ella se hubiera portado como una capulla la noche anterior.

Al contrario, se había limitado a hacerle el amor.

Había sido especial. Ahora que lo comprendía, estaba menos enfadada con el mundo.

Mientras se acercaba, Hope vio a Allinson llegar a la segunda hondonada.

Entonces algo reflejó los últimos rayos de sol.

Largo y fino. Volvió a destellar apenas un instante.

Era un alambre que rodeaba la hondonada.

Pasaba por una pequeña estaca metálica, difícil de ver, antes de continuar hacia otra.

Entonces lo entendió. Allinson, a apenas tres metros, dio un paso al frente. El pie iba directo hacia el alambre. Hope ya no podía detener aquel paso. Gritó, corrió hacia Allinson y se abalanzó sobre él.

—¡Allinson!

Hope chocó contra él y los dos cayeron. La tierra estalló a su alrededor y un estruendo le retumbó en los oídos. Después, la tierra le cayó sobre la espalda. Allinson había quedado debajo.