Capítulo 10 #2
Cinco minutos después, ya iban camino de Ardersier.
Mientras la campiña de la Black Isle resplandecía bajo la luz de la mañana, Macleod puso en orden sus ideas y se planteó cómo acercarse a la casa.
La última vez había estado a punto de perder a un agente.
Ahora debía extremar las precauciones, pero quizá aquella fuera su única oportunidad.
Notó que la adrenalina volvía a subirle.
El vértigo de la persecución. La espera había terminado: tenía un objetivo y debía actuar.
Con la aplicación de mapas del móvil, Macleod localizó la casa en las afueras de Ardersier, justo después del aeropuerto.
La parte trasera daba al estuario de Moray; el pueblo se levantaba sobre un pequeño saliente de tierra que se adentraba en el mar.
Al estudiar el trazado de las carreteras, Macleod vio que podía aislar el pueblo y ordenó a las demás unidades que cerraran los accesos.
Ross y él se acercarían primero a la casa.
Al fin y al cabo, podían haberse equivocado de persona o allí podía vivir solo el cónyuge de quien buscaban.
Ross aparcó al final del breve camino de acceso.
La casa era de una sola planta y tenía un pequeño garaje a un lado.
Bajo el sol que empezaba a abrirse paso entre las nubes, parecía desierta.
La separaba de los demás edificios un aparcamiento para quienes quisieran contemplar el estuario.
Macleod le dijo a Ross que esperara junto al coche y avanzó por el sendero de gravilla, que crujía bajo sus pies.
La puerta de madera estaba entre dos grandes ventanales.
Al pasar junto al primero, Macleod miró dentro y vio a una mujer vestida con ropa deportiva de licra que hacía yoga frente al televisor.
Rondaría los veinticinco años y estaba en buena forma.
El pelo rubio le caía ondulado sobre los hombros.
Antes de llamar al timbre, echó un vistazo por el otro ventanal.
Vio una habitación vacía con una pequeña mesa de comedor y un jarrón con flores. Hasta ahí, todo normal.
El timbre reprodujo una melodía que no reconoció. Sabía que le rondaría la cabeza durante días. La puerta se abrió enseguida y la mujer rubia que había estado haciendo yoga apareció ante él, con manchas de sudor en la ropa de licra. Macleod sonrió mientras ella se secaba la cara con una toalla.
—Soy el inspector Macleod, señora. Quería saber si aquí vive Jonas Quist.
La mujer asintió con cortesía.
—Sí, es mi marido. Está en la parte de atrás de la casa. Espere un momento.
Macleod dio un paso al frente.
—¿Le importa que la acompañe? Es importante.
—Claro.
Tenía un ligero deje galés y no mostró la menor vacilación ni preocupación ante la petición.
Macleod se preguntó si habría dado con el Quist correcto.
La mujer lo condujo a una galería acristalada en la parte trasera de la casa, donde un hombre dormía en un sillón.
Estaba en calzoncillos bóxer y con el pecho al descubierto.
Tenía vello suficiente para rellenar un edredón.
Una barba poblada le cubría la cara y tenía la piel muy blanca.
—Jonas, ha venido la policía. Es un agente, cariño.
El hombre abrió los ojos despacio y se acomodó en el sillón.
—Lo siento. Ha sido una noche larga.
El acento era extraño. En buena parte sonaba como el de la zona, pero algunas palabras sobresalían, abruptas como un saliente rocoso. Macleod percibió un matiz escandinavo.
—Buenos días, señor. ¿Es usted Jonas Quist?
—Jonas Quist, sí, soy yo. O, para ser más exactos, Jonas Jones-Quist. Gracias, Gemma. Hablaré a solas con el agente.
Macleod se interpuso en la puerta.
—Prefiero que se queden aquí los dos.
—Claro. Le preocupa que ella pueda salir corriendo. Pero llega tarde, amigo mío. Ya se han ido. Y me alegro.
—¿Cuánto hace?
—Desde primera hora de la mañana. Sobre las seis, quizá. Por eso estaba durmiendo. Fue una noche larga y no de las que Gemma vaya a querer recordar. Siéntese, por favor. Gemma nos traerá café y yo se lo contaré todo.
—La ayudaré a prepararlo —dijo Macleod—. Pero usted se queda aquí. Nada de salir corriendo.
—¿Salir corriendo? Míreme. Los vecinos montarían un… ¿un canario? ¿Se dice así?
Macleod sonrió. Ross vería a cualquiera que saliera. Fue a la cocina con Gemma Jones y la observó preparar tres cafés.
—¿Puedo preguntarle cómo conoció a Jonas?
—Claro —respondió mientras vertía agua caliente en una cafetera de émbolo—.
Vine aquí para terminar la carrera y una noche, en un concierto en Inverness, se me acercó y empezó a ligar conmigo.
Tiene labia de sobra. Aposté por él y me ha salido bien.
Nos casamos hace tres años. Ya sé lo que está pensando: tiene edad para ser mi padre.
Y es verdad. De hecho, es un año mayor que mi padre.
Pero conmigo siempre ha sido estupendo. Anoche fue la primera vez que lo vi realmente tenso, y hasta eso lo llevó de maravilla.
—¿En qué sentido? —preguntó Macleod.
—Vinieron a amenazarlo y a obligarlo a hacer su trabajo, pero él mantuvo la calma y me protegió, incluso cuando nos amenazaron con cuchillos. Anna estaba realmente mal, y Jonas no soporta ver a nadie enfermo o herido. Fue médico, cirujano de campaña. No ha perdido la práctica.
Cuando volvieron con el café, Jonas se incorporó y bebió despacio.
—Supongo que quiere saberlo todo. Les dije que usted querría saberlo y que se lo contaría. Pero son cosas que habría averiguado de todos modos. Les pedí que no me dijeran cómo habían llegado a ese estado ni adónde iban. Yo me limité a atenderlas. A ella la remendé lo mejor que pude.
Macleod hizo una mueca. Esperaba sacar algo más, pero al menos sabría a quién buscaba.
—Empecemos por el principio. ¿Quiénes son y qué hizo usted anoche?
—Son Anna y Freja Fiske. Anna es la madre de Freja y fue compañera mía en el ejército danés.
A Freja no la había visto hasta anoche, pero tiene el mismo fuego que su madre.
Quizá más. Se presentaron en casa y Anna sufría un dolor abdominal muy fuerte.
Tenía el apéndice perforado y le dije que fuera a un hospital.
Dijo que no podía. No hice más preguntas porque Freja llevaba un cuchillo, un arma de verdad, y dijo que sabía usarlo.
Al principio le puso el cuchillo a Gemma en la garganta, pero conseguí que se calmaran.
Hice lo que pude con el material que tengo.
Fue una cura de urgencia, un apaño como los que hacíamos en campaña. Aún necesita más. Mucho más.
—¿Y no tiene ni idea de por qué estaban en ese estado?
—Una apendicitis puede complicarse en cualquier momento, pero no sé por qué me amenazaron. No fui tan estúpido como para hacer preguntas. Tenía que mantener a salvo a Gemma.
—Una decisión prudente, señor Quist —dijo Macleod—. ¿Y cómo se marcharon?
—En un Audi negro. La matrícula está anotada en la mesa, pero dudo que sigan usándolo.
—Yo también. Creo que han tenido mucha suerte. Hace dos días mataron a un hombre en el ferri de Cromarty; quizá lo hayan visto en las noticias. Busco a las Fiske por ese asesinato. La víctima era Malthe Amundsen.
Quist se quedó conmocionado.
—No. Malthe no. Era un buen hombre. Había intentado ayudarla. Él fue quien me metió en esto.
—¿En qué?
—Fue la última noche antes de que Malthe y los demás partiesen para incorporarse al servicio activo en el ejército danés.
Estaban celebrando una fiesta, una última juerga, como dicen ustedes.
Yo no iba con ellos, pero estaba en la base cuando Malthe me trajo a Anna.
Me dijo que la cuidara y que guardara el secreto.
»Estaba hecha un desastre y temblaba. Llevaba el uniforme hecho jirones. Me contó que había estado con tres hombres del batallón, que había bebido un poco y que se habían aprovechado de ella.
»Verá, Anna llamaba mucho la atención por aquel entonces.
Era muy atractiva, se le daba bien tratar con la gente y, según decían, era una buena soldado.
Pero no tenía aventuras ni tonteaba con ninguno de los hombres.
Algunos decidieron que eso tenía que cambiar.
Se la llevaron a una habitación apartada cuando estaba borracha y creo que allí vivió un infierno.
Por las marcas que tenía en el cuerpo aquella noche y por lo poco que me contó, lo que le hicieron debió de ser brutal.
—¿Y las autoridades militares hicieron algo?
—No. Nunca se enteraron. Anna me dijo que no quería que nadie lo supiera y le pidió a Malthe que se asegurara de que pudiera dejar el ejército sin problemas.
Malthe fue demasiado bueno con ella. Como oficial superior, debería haber denunciado lo ocurrido.
Pero hizo lo que ella le pidió, aunque no creo que llegara a estar en paz con aquella decisión.
Si no recuerdo mal, Anna aceptó un puesto de seguridad en la embajada en el Reino Unido. Malthe tenía contactos.
—¿Y los hombres que le hicieron aquello quedaron impunes? —preguntó Macleod.
—Malthe se puso hecho una furia y les dio la paliza de sus vidas. Pero siguieron en el ejército después de que Malthe se incorporara a operaciones especiales. No sabía que Malthe estaba en Escocia.
—¿Tiene los nombres de los otros tres? Puede que corran peligro.
—Sí. Oscar Borgen, Magnus Digman y Felix Nyman.
Yo les curé las heridas después de que Malthe los moliera a palos.
Pero, si quiere mi opinión, inspector, debería dejar a Anna en paz.
Se merecen lo que les espera. Malthe nunca debería haberlo encubierto, aunque ella se lo pidiera.
Yo tampoco debería haberlo hecho, pero era mi paciente y me lo pidió.
Macleod anotó los nombres en la pequeña libreta y se puso en pie.
—¿Sabe adónde fueron esos hombres o dónde están ahora?
—No, pero Anna sí. Siempre fue muy resuelta, muy inteligente. Quizá el ejército pueda ayudarle a localizarlos. Si no, no tardarán en aparecer muertos. No le envidio.