La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Si necesitas investigar fuera de Mull u Oban, no dudes en dejar a Allinson allí y seguir tú cualquier pista nueva.

Tenemos movilizado a mucho personal aquí arriba, así que no creo que nos sobre nadie por allí.

Dudo que saquemos gran cosa preguntando por aquí; esto parece premeditado, tal vez un asesinato por encargo.

Tenemos que escarbar en el pasado y el presente de ese tipo.

¿Quién era? ¿Quién tenía algo contra él?

¿Por qué huyó? ¿Qué clase de vida llevaba?

¿Cuánto tiempo llevaba en Escocia y, en concreto, en Mull? Ya sabes cómo va esto.

—Claro. Vuelvo un momento al alojamiento, preparo una bolsa y nos ponemos en marcha. Ross puede quedarse con las llaves de las habitaciones; así no tendrá que ir y venir.

Hope se volvió y Macleod la siguió con la mirada.

Cuando la conoció, se le habrían ido los ojos detrás de aquella figura; ahora solo sentía preocupación.

No era la Hope de siempre. En parte había decidido enviar a Allinson con ella porque su instinto le decía que habían pasado la noche juntos y que él la había ayudado.

Prefería no pensar demasiado en qué sentido la había ayudado.

Hope se había convertido en su mano derecha en el trabajo.

Le costaba recordar cómo se apañaba sin ella, aunque apenas llevaban un año trabajando juntos.

Macleod pasó el resto de la mañana metiendo prisa a su equipo, repasando declaraciones e informes de una investigación cada vez más amplia.

Poco después de las diez, puso a todos al corriente.

Luego dio un breve paseo por Cromarty para despejarse y volver a mirar la rampa de varada.

La de Cromarty ya estaba abierta, pero el ferri seguía atracado en Nigg, al otro lado del estuario.

Al ver la cafetería abierta, decidió entrar a por un café.

El acogedor local estaba abarrotado de vecinos y gente que paseaba al perro.

Gina Walker atendía en la caja; Gerrard Bean, el dueño, manejaba la gran cafetera.

—Inspector, buenos días. ¿Me busca a mí o viene a por café? —preguntó Gina.

—En realidad venía por un café, pero, ya que lo menciona, me vendría bien hablar con usted unos minutos, si el señor Bean puede prescindir de usted.

—Claro, inspector. Ahora mismo voy.

Macleod levantó una mano.

—Primero un latte, por favor. Y otro para usted.

Gina sonrió y pasó detrás de la barra para hablar con su jefe.

Le dijo a Macleod que esperara fuera y que enseguida saldría con los cafés.

Al salir al sol, Macleod notó el aire cálido: un cambio considerable respecto al día anterior.

Bajó paseando hasta la rampa de varada y se quedó mirando el agua.

La pista de Mull tenía que darles algo. Necesitaba saber quién era la víctima y conocer su pasado.

También necesitaba saber algo de los demás pasajeros.

Era frustrante. Se sentía atado de pies y manos, buscando motivos para un asesinato sin conocer a ninguno de los sospechosos.

Ya saldría algo. Solo tenía que tener paciencia.

—Aquí tiene, inspector.

Macleod se volvió y cogió el vaso que Gina le tendía. El vapor del café le arrancó una sonrisa. Lo probó y asintió, satisfecho.

—Muy bueno. Está claro que no son unos filisteos que solo quieren forrarse.

—No —dijo Gina entre risas—. Gerrard es muy exigente con el café. ¿En qué puedo ayudarle, inspector? No quiero entretenerme mucho; ya ve que hoy hay muchísimo trabajo. Todo el mundo quiere enterarse de todos los detalles.

—Ha pasado algo de tiempo desde el incidente y, a veces, la gente recuerda cosas: momentos o impresiones que parecen insignificantes, pero pueden resultar muy importantes.

Solo quería saber si había recordado algún otro detalle sobre las personas que vio.

—Macleod observó que Gina se quedaba en blanco y luego se esforzaba por recordar—.

Por cierto, el retrato robot que preparó con el retratista policial nos ha sido de gran ayuda.

De momento era mentira, pero quería animarla y, quién sabía, quizá acabara siendo muy valioso conforme avanzara el caso.

—No lo creo, inspector. Anoche intenté repasarlo todo, a ver si recordaba algo más, pero una acaba dudando de sí misma cuando se esfuerza demasiado. Termina imaginándose cosas.

Macleod dio un sorbo al café y contempló el mar.

—A veces ocurre, sin duda, pero no se preocupe. Mi trabajo es cribar los detalles y averiguar cuáles son ciertos. El suyo consiste en recordar lo ocurrido con toda la claridad y precisión que pueda.

—Lo entiendo. Pero de verdad que no hay nada más.

—¿Y los acentos? El hombre que entró a por café, ¿cómo era su voz?

Gina levantó la vista como si estuviera sopesando la pregunta, pero Macleod no se hacía ilusiones.

—Dije que hablaba un inglés muy correcto, pero cuando lo oí fuera del local le noté un acento distinto.

—¿Escocés?

—Ah, no. Desde luego, no era un acento escocés. Quiero decir, ninguno de los nuestros. Ni local ni de Glasgow ni de Edimburgo. Estaba claro que el inglés no era su lengua materna.

Macleod sintió una punzada de expectación y siguió preguntando.

—¿Qué le hace pensar eso?

—Ahora que lo plantea así, me resulta más fácil pensar en lo que no era. Era curioso, porque apenas se le notaba el acento. Y recuerde que solo le oí unas pocas palabras.

—¿Era africano?

Macleod lo dudaba, pero aquella posibilidad estaba en el extremo opuesto de sus sospechas; la pregunta ayudaría a Gina a ganar confianza.

—Ah, no. Africano no. Australiano tampoco, ni nada parecido. Ni estadounidense ni canadiense. No, era un acento europeo, seguro. Pero tampoco irlandés, italiano ni español.

—¿Ruso, quizá?

—No —respondió Gina con rotundidad—. Quizá sueco, pero apenas se le notaba; no era nada marcado. De hecho, sonaba bastante plano.

Macleod sacó el móvil, abrió una aplicación de vídeos y buscó ejemplos de acento danés. Encontró uno enseguida, lo reprodujo y subió el volumen.

—Sí —dijo Gina—, así. Eso es. Es bastante sutil, ¿verdad? ¿Es sueco?

—No —respondió Macleod, pero ya miraba hacia el agua, con la mente funcionando a toda velocidad—. Es danés, señorita Walker. Danés, sin duda: más plano que el sueco o el finés, según me dicen.

—Pues eso no lo sabía.

—Puede ser, pero acaba de sernos de gran ayuda. De gran ayuda, sin duda.