La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

E l despertador soltó una irritante ráfaga de pitidos electrónicos, uno detrás de otro, con un ritmo que obligaba a reaccionar.

Podías apagarlo, enterrarte bajo el edredón y las almohadas o desenchufarlo y estrellarlo contra la pared.

Lo que no podías era quedarte quieto. Macleod gruñó.

Entonces olió la piel de Jane junto a él y sonrió.

Después de más de veinte años viendo amanecer solo, daba gusto despertarse con alguien al lado.

Atrajo a Jane y le dio un beso en la nuca.

—¿Ya es la hora? —se quejó ella.

—Me temo que sí, pero tú quédate aquí.

—Te haría el desayuno —se ofreció Jane—, pero al personal del hotel no le haría gracia verme en su cocina. Cuando tengamos la casa, me levantaré a despedirte, Seoras. No lo dudes.

Macleod salió de la cama y buscó unos calzoncillos en la maleta.

Habían llegado la noche anterior y aún no habían deshecho el equipaje.

A oscuras, tuvo que revolver entre la ropa de Jane, mucho más abundante y casi toda amontonada encima.

Agarró una prenda interior y ya iba a ponérsela cuando se dio cuenta de que no era suya.

—¿Cuánta ropa has traído? —preguntó Macleod.

—La suficiente —respondió Jane enseguida—. De todas formas, no sé por qué traigo tanta, si lo único que quieres es quitármela.

Macleod sonrió. La idea de ver a Jane desnuda formaba parte del placer, desde luego, pero lo que de verdad le encantaba eran aquellas pullas rápidas y provocadoras que soltaba a todas horas.

Era como volver a ser un colegial travieso hojeando una revista de lencería.

Aquel punto de descaro, aquella pizca de excitación, le animaban el día.

—Siento haber vuelto tarde, pero es que el caso acaba de empezar. Si no te hubieras dormido, te habría preguntado qué tal te había ido buscando casa. ¿Viste algo?

—No volví al hotel hasta las nueve. Había muchas y estaban muy separadas unas de otras.

Pero vi una, Seoras, escondida justo a orillas de un loch.

Hay un pueblo cerca y la carretera queda a mano, así que podemos acercarnos a Inverness o a donde nos apetezca.

Aunque quizá haya que hacerle algunos arreglos.

A Macleod se le encendieron todas las alarmas.

—¿Cuánta obra?

—Un poco, pero nada exagerado. Mira, tú me pediste que viniera aquí contigo. Déjame convertir esa casa en nuestro hogar.

—No estoy para meterme en una reforma grande. Ya no soy tan joven.

Ya vestido, Macleod cogió la bolsa, rodeó la cama y se dirigió a la puerta. Antes de que llegara, Jane apartó el edredón y le cerró el paso. La visión le cortó el aliento. Se quedó quieto mientras ella se abrazaba a él.

—Fíate de mí en esto —le susurró al oído antes de besarle el cuello—. Yo me encargo de los detalles; tú ve a por los malos. Y ten cuidado. Ya nos veremos cuando podamos.

Jane se disponía a volver a la cama, pero Macleod la retuvo un momento y la miró a los ojos.

La propuesta no le causaba inquietud ni preocupación, solo interés.

Por vertiginosa que hubiese sido su relación, deseaba que se asentara.

Aunque dudaba que, en su caso, asentarse llegara a significar aburrirse.

—Necesito un despacho —dijo—. Nada del otro mundo, solo uno pequeño. Pero lo necesito. A veces necesito mi espacio, incluso contigo, Jane, por increíble que parezca.

—Y yo también necesito mi espacio —replicó ella—. No te preocupes, encontraré el sitio perfecto. Cada uno tendrá lo que necesita, y un dormitorio enorme donde puedas darme un buen revolcón tras otro.

Ahí estaba de nuevo, aquella pulla descarada tan propia de Jane. Macleod sonrió de oreja a oreja mientras ella reía.

—Te tomo la palabra.

—Promesas, promesas —dijo ella entre risas.

Macleod le besó la frente con suavidad.

—Tengo que irme. Dime qué tal va la búsqueda. Mándame fotos y esas cosas al móvil. Con una de esas aplicaciones.

—La tecnófoba no soy yo, Seoras. Anda, vete, antes de que me vea obligada a arrastrarte de vuelta a mi cama.

Macleod la soltó y la vio deslizarse bajo las sábanas.

Se quedó mirándola un instante, disfrutando de la escena antes de afrontar el ajetreo del día.

Nada más cruzar la puerta, volvió a centrarse en el trabajo y empezó a repasar lo que tenía que hacer.

Identificar a la víctima. Localizar los coches.

Sonaba sencillo, pero en realidad dependía de que su equipo recabara información entre los vecinos y revisara las imágenes de las cámaras de la zona.

Tocaba empezar a buscar la aguja en el pajar.

Poco más de media hora después, Macleod aparcó frente al ayuntamiento que usaban como base provisional.

Apenas había sitio, pero le habían reservado una plaza junto a la puerta.

Vio a Allinson acercarse desde el centro del pueblo.

Llevaba el mismo traje que el día anterior, cosa rara.

Un poco dejado, la verdad. Quizá debería decirle algo.

Allinson asintió y se acercó al coche, pero Macleod señaló el edificio y levantó la mano: hablaría con él dentro de cinco minutos.

Mientras Allinson entraba, Macleod se apeó y estiró las piernas.

Entonces reparó en una figura calle abajo.

La habría reconocido en cualquier parte, aunque llevara la cabeza gacha en vez de lucir su sonrisa habitual.

No hacía tanto de lo ocurrido en la isla de Harris.

Sustituir temporalmente a su superior casi les había costado la vida a él y a su compañera.

McGrath, sobre todo, había rozado la muerte varias veces.

Desde entonces, Macleod procuraba estar pendiente de ella, pero había perdido algo: aquel brillo, aquella manera vivaz de afrontar la vida.

Le preocupaba, pero no podía forzarla a abrirse si ella no se lo pedía.

—Señor —dijo McGrath al llegar al coche.

—Buenos días, McGrath —respondió Macleod, lo bastante alto para que lo oyera el agente de guardia en la puerta—. ¿Ha dormido bien?

—Sí, gracias. ¿Jane está bien?

Macleod asintió y observó a Hope entrar.

Había percibido algo en su respuesta: un fugaz destello de satisfacción cuando le preguntó si había dormido bien.

Se preguntó si habría pasado la noche acompañada.

Y entonces lo entendió: Allinson aún llevaba la misma ropa.

A ella le había gustado desde que se conocieron en Lewis. Macleod sonrió. Ojalá le hiciera bien.

Al entrar, vio varias caras agotadas. Eran los agentes que se habían pasado la noche recopilando cuanto iba llegando y pronto se marcharían a dormir.

Macleod cogió un café y se sentó a su mesa a esperar el parte de Allinson y del turno de noche.

Hope acercó una silla al extremo del escritorio.

Macleod tuvo que contenerse para no preguntarle cómo había pasado la noche.

Cuando Allinson se acercó, volvió a centrarse en el caso.

Detrás de Allinson venía alguien a quien Macleod conocía. El detective Ross había sido la mano derecha de Macleod durante el último caso de Black Isle y, por lo visto, esta vez llevaba el turno de noche. Macleod se puso en pie y le estrechó la mano.

—¿Qué tenemos, Ross? Me alegro de verlo.

—Buenos días, señor. También me alegro de verlos a los dos.

No hay mucho que añadir. Hemos cotejado las declaraciones recogidas en la zona y las de quienes estaban allí.

Nada sobre los coches, salvo el Jeep. Lo robaron en las afueras de Oban hace dos días, así que sabemos que la víctima pasó por allí.

Me he puesto en contacto con la comisaría local y he pedido que revisen las cámaras cercanas al lugar del robo.

También tenemos imágenes de nuestro hombre comprando unos sándwiches en las afueras de Inverness.

Hemos revisado las grabaciones, pero, aparte de la compra, no encontramos nada que lo vincule con nadie más del ferri.

»El reconocimiento facial arrojó varias coincidencias, pero las hemos reducido a una: Malthe Amundsen.

Tengo una dirección: una casa bastante apartada en la isla de Mull.

Me puse en contacto con la comisaría de allí, pero la dotación es mínima, así que enviaremos refuerzos desde Oban.

Aunque, si soy sincero, serán dos agentes como mucho.

Macleod asintió y se frotó la barbilla. Se tomó un momento para pensar.

—McGrath, prepare una bolsa. Quiero que vaya a casa de Amundsen y pase antes por Oban para coordinar el trabajo allí. Averigüe quién es realmente, a qué se dedicaba y por qué parece haber huido. ¿Algo más, Ross?

—Poco más, señor. Seguimos rastreando los otros vehículos.

Hemos conseguido recomponer parte de la matrícula del Mini, pero todavía no hemos dado con él.

Los forenses aún no tienen nada sobre el veneno empleado ni sobre la hoja con la que apuñalaron a Malthe.

Mackintosh espera informarle esta mañana.

Lleva toda la noche en el laboratorio, así que debe de estar a punto de dar con algo.

Ross repasó luego el despliegue de los equipos uniformados. Cuando terminó, Macleod se levantó y se sentó en el borde del escritorio, frente a sus tres detectives.

—Creo que vamos a quedarnos algo justos de personal.

La investigación abarca ya todo el país.

Como he dicho, envío a McGrath a Mull. Allinson, quiero que vaya con ella, por si necesitamos dejar a uno de los dos en Oban o en Mull.

Hay un largo trayecto hasta aquí que reconstruir, así que debemos recabar todos los detalles posibles sobre los viajes de Malthe.

»Ross, lo necesito aquí, al frente de la recopilación de información. Sé que lleva toda la noche en pie, pero ¿puede dormir un poco y volver antes del mediodía? Yo me quedo hasta entonces.

Ross pareció algo contrariado, pero Macleod lo atribuyó a que llevaba toda la noche en pie. Cuando los tres se levantaron, Macleod hizo una seña a Hope para que se acercara.

—¿Estás bien esta mañana? —le preguntó.

—Bien. Dormir me ha sentado bien.

La respuesta fue cortés, nada más.