La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

E l salón de actos del ayuntamiento de Cromarty bullía de actividad: unos agentes aún habilitaban varias zonas, mientras en otras ya se hacían entrevistas y se tomaban declaraciones.

Al entrar, Macleod recibió varios gestos de saludo y algún que otro «señor»; los demás estaban demasiado enfrascados para reparar en él.

Allinson estaba en el escenario, al fondo del salón, y parecía no soltar nunca el móvil ni la radio.

Macleod subió los pequeños escalones de madera y se quedó a la espera del momento oportuno para interrumpir a su subordinado.

—Ah, señor —dijo Allinson mientras se volvía y cortaba la llamada—. Su mesa está allí; las últimas novedades están en la carpeta que hay encima. La suya, McGrath, está justo enfrente de la del inspector. ¿Necesita algo ahora mismo, señor, o lo dejo trabajar?

—Necesito hablar con los tripulantes del ferri, Allinson. ¿Puede hacer que vengan? Supongo que tenemos una sala tranquila y reservada para entrevistarlos.

—Sí, señor. Me ocupo ahora mismo. ¿Y usted, McGrath? ¿Necesita algo?

El tono de Allinson era amistoso, quizá demasiado para un entorno de trabajo, y muy distinto del trato profesional pero cordial que dispensaba a Macleod.

Hope se limitó a negar con la cabeza y se alejó hacia su mesa.

Macleod vio que Allinson seguía mirándola.

No era una mirada lasciva. Su cara reflejaba preocupación.

—¿Está bien, señor?

—Está aquí y está trabajando, Allinson. Tenemos una tarea por delante, así que pongámonos a ello.

Sabía que la respuesta era poco convincente, pero no quería airear los problemas personales de McGrath ante todo el mundo.

Además, Allinson tenía que mantener la concentración.

Era una pieza clave de la operación: coordinaba el trabajo y hacía que todo encajara mientras Macleod y McGrath se ocupaban de resolver el caso.

A Macleod le impresionó que, a los cinco minutos, ya tuviera un café sobre la mesa.

No lo había pedido, pero, con el esmero que Allinson ponía en los detalles, tampoco le sorprendió que apareciera.

Se lo llevó una joven agente uniformada que, a ojos de Macleod, parecía recién salida de algún centro de estudios de la zona.

Últimamente todo el mundo le parecía más joven.

La agente tendría veintitrés años por lo menos.

O algo así. Él sí que era el abuelo del cuerpo.

La agente también traía un mapa con las gasolineras y tiendas de alimentación cercanas donde el conductor del Jeep podía haber comprado los sándwiches.

Varios agentes uniformados ya se dirigían a esos establecimientos para comprobar si tenían cámaras de videovigilancia.

Era una buena línea de investigación. Si el hombre aparecía en las imágenes, no estaría huyendo de la policía: nadie con dos dedos de frente sería tan estúpido.

Si huía de otros, en cambio, sí podía haberse dejado ver en lugares públicos.

Había otros informes, sobre todo declaraciones de personas que habían salido a pasear al perro y habían visto partir el ferri; quizá también hubieran visto los coches en cuestión.

El retratista policial trabajaba con varios vecinos para elaborar los retratos robot de los hombres y las mujeres que Macleod buscaba.

Después de leer los informes y comprobar que los tripulantes aún no habían llegado, Macleod recorrió la sala y saludó al equipo.

Era bueno para la moral, al menos eso decía el manual.

Macleod sospechaba que, sobre todo, evitaba que alguien hiciera el idiota preguntándole quién mandaba allí.

Durante ese rato, Hope permaneció en su mesa.

Macleod se dio cuenta de que no se concentraba en los papeles.

Un par de veces vio cómo Allinson se acercaba y ella lo recibía con frialdad.

Allinson dedicaba un tiempo precioso a intentar conectar con ella, pero estaba claro que Hope no se lo agradecía.

Tendría que vigilar la situación: necesitaba que ambos rindieran al máximo.

Allinson le dio un toque en el hombro mientras Macleod hablaba con un agente de menor rango y le informó de que los tripulantes habían llegado. Hope ya bajaba del escenario. Macleod la interceptó y le indicó que se apartara con él un momento.

—¿Todo bien? —preguntó.

—¡Sí! —respondió Hope con demasiado énfasis.

—Entonces, no. Si necesitas un respiro, te relevo. Podemos arreglárnoslas sin ti, Hope. Esta ruptura te ha afectado mucho, eso está claro. Y no pasa nada. Solo tienes que decirlo y puedes marcharte.

Hope lo miró apretando los dientes.

—He dicho que estoy bien. ¿Podemos ponernos con esto?

Macleod asintió y la siguió hasta una sala lateral donde esperaban los dos tripulantes del ferri. Tras estrecharles la mano, pidió al marinero de cubierta que se quedara y hizo pasar a Allinson para que se ocupara del capitán mientras ellos entrevistaban a su compañero.

—Comprendo que todo esto ha debido de ser un golpe tremendo para usted, pero necesitamos repasar lo ocurrido para seguir la pista de quien haya hecho esto.

—Macleod vio que el hombre estaba nervioso, que le temblaban las manos—.

¿Cuántas travesías llevaban hechas esa mañana, Peter? Se llama Peter, ¿verdad?

—Sí. Soy Peter, Peter Frasier. Creo que era la cuarta travesía del día.

La verdad es que, al cabo de un rato, se confunden unas con otras.

—Soltó una risa nerviosa—. Angus es el capitán.

También es mi tío y me consiguió el trabajo en el ferri.

Verá, no se me dieron muy bien los estudios, pero este trabajo se me da bien.

El tío Angus dice que lo hago bien. Tengo mis titulaciones y todo eso.

Las palabras se le atropellaban, como si fueran a caducar de un momento a otro, así que Macleod intervino.

—Vaya más despacio y cuénteme qué ocurrió en esa cuarta travesía. Empiece por el momento en que los coches subieron al ferri.

—Bueno, cuando llegamos al otro lado, estaban esperando el Jeep, el Mini y, detrás, un tercer coche.

El Jeep embarcó marcha atrás. Así es como preferimos hacerlo: dejamos la maniobra más engorrosa para el embarque y los demás conductores no tienen que quedarse mirando cómo alguien la lía al salir marcha atrás.

»El Jeep subió marcha atrás sin problemas.

El Mini iba a hacer lo mismo y luego nos marcharíamos.

Pero se organizó un poco de revuelo justo más allá de la rampa de varada.

Había un coche familiar; creo que llevaban niños atrás, aunque desde el ferri no se veía bien.

El caso es que discutieron con unos tipos cuyo coche no estaba en la cola.

Uno de ellos, más bien bajo, increpaba al padre a través de la ventanilla.

No vi mucho más porque estaba ayudando a que el Mini subiera marcha atrás.

Cuando levanté la vista, el coche familiar se había marchado y en su lugar había otro, un compacto con aquellos tipos dentro.

—¿Pudo ver bien la cara de alguno? —preguntó Macleod.

—No, lo siento. Quiero decir que sí los vi, pero no recuerdo sus caras.

Pasaron por delante de mí y los vi en la cabina, pero no me acuerdo de ellos.

Me fijé más en el otro coche, el Mini. —El hombre se miró las palmas—.

Había una chica muy guapa. Y su madre tampoco estaba mal.

Perdone, cruzar el estuario una y otra vez no tiene mucha emoción.

Cuando sube a bordo alguien que a uno le gusta, pues se queda mirando.

—No pasa nada, Peter —dijo Macleod para tranquilizarle—. No le estamos juzgando. Solo queremos saber qué sabe.

—Bueno, costó encajar el compacto, pero lo conseguimos. Después entré en la cabina para resguardarme de la brisa fría. Una vez que comprobé que todos estaban dentro y di las instrucciones de seguridad de rigor, me quedé mirando por la ventana durante la travesía.

—¿Por la ventana? —saltó Hope—. No me lo creo. Ha dicho que no le quitaba ojo a la chica.

—¡Perdone! Estaba junto a la ventana, ¿de acuerdo? Miraba por la ventana; mejor dicho, la miraba a ella mientras ella miraba hacia fuera.

—Gracias, Peter —dijo Macleod, pero clavó en Hope una mirada de reproche—. ¿Vio lo que hizo alguno de los pasajeros en la cabina?

—No mucho. Pero la mujer que iba con la chica no se acercó a ella en ningún momento. La chica sí me lanzó algunas miradas; ya sabe, de esas en que uno mira al otro, pero procura que no lo pillen. Pensé que a lo mejor tenía alguna posibilidad.

Hope abrió la boca, pero Macleod levantó la mano para cortarla y se adelantó.

—Y al llegar al otro lado, ¿qué pasó?

—Bueno, ya estábamos cerca y llamé a todos para que volvieran a los coches.

Ella volvió a mirarme, pero yo tenía trabajo, así que fui a proa y me preparé para ocuparme del portalón.

Cuando terminé, el compacto salió, pero parecía que el Mini se calaba.

La chica se bajó a empujar y yo fui a echarle una mano.

Su madre, o al menos la otra mujer, que tampoco estaba nada mal, se quedó en el coche.

Mientras empujábamos e intentábamos ponerlo en marcha, alguien salió de la parte de atrás del coche.

Ahora creo que en aquel coche iban tres mujeres, pero, por más vueltas que le doy, no consigo recordar qué aspecto tenía la tercera.

—De acuerdo, Peter. ¿Y qué pasó entonces? —preguntó Macleod.

—Pues fue curioso. Conseguimos empujar el coche hasta el portalón y luego hasta el comienzo de la rampa de varada, pero no arrancaba.

Puede que la otra mujer volviera a subir, aunque no estoy seguro porque empujaba con la cabeza gacha.

Entonces, de repente, el motor arrancó. La chica me dio un beso en la frente y se marcharon. Así, sin más.

»Me volví hacia el Jeep, que no había hecho ni un ruido en todo aquel tiempo. Me pareció extraño: la gente suele ponerse de mala leche cuando la hacen esperar. Como el Jeep no arrancaba, me acerqué a mirar. El conductor estaba desplomado sobre el volante y, cuando abrí la puerta…

—Siga —dijo Macleod. Peter ya temblaba y se le llenaban los ojos de lágrimas.

—¡Muerto! Estaba muerto de verdad. Lo habían destripado hasta las costillas, como se destripa un pescado. Tenía sangre por todo el costado.

—Tranquilo —dijo Macleod—. No pasa nada. ¿Qué hizo después?

—Salí corriendo del ferri. Fue horrible, joder. Sangre, mucha sangre. La tenía por toda la mano.

Peter Frasier rompió a llorar. Se sorbió la nariz. Macleod se levantó, rodeó la mesita que los separaba y le pasó un brazo por los hombros al muchacho.

—Tranquilo. Desahóguese, hijo. —Macleod miró al otro lado de la mesa, pero Hope había apartado la vista—. Haremos pasar a su tío. Dígame, ¿dio alguna descripción al retratista policial?

—Sí, y también describí la ropa de la chica. Llevaba una especie de pin con una flor. ¿Fue ella? ¿Fueron ellos? ¿Solo estaba coqueteando conmigo para que no viera nada?

—Cálmese, Peter. Esto no es culpa suya.

No sirvió de nada. Macleod llamó a Hope a voces para que hiciera pasar al tío de Peter.

Cuando Peter Frasier se calmó, Macleod entrevistó a su tío. El capitán del ferri tenía poco más que aportar: había estado apartado, ocupado en gobernar la embarcación. Había dado descripciones de las personas que vio, pero eran muy vagas.

Pasaron el resto del día reuniendo los informes aportados por la gente de la zona. A última hora, Allinson se acercó con una imagen de videovigilancia en la que aparecían un vehículo y un hombre que compraba un sándwich.

—Ya tenemos una cara, señor. La imagen es borrosa, pero deberíamos poder buscar coincidencias. Supongo que saldrán bastantes resultados, así que sugiero que el turno de noche se encargue y que retomemos el asunto por la mañana.

Macleod asintió y bostezó.

—Yo tengo alojamiento por aquí. Ya estaba en el norte con Jane. —Macleod vio la mirada interrogante de Allinson—. Mi pareja, Allinson. Estábamos viendo la zona. Me alojo en un hotel de Inverness, el Railway Inn.

—Muy bien, señor. Me pondré en contacto con usted si surge algo esta noche. ¿McGrath tiene dónde quedarse?

—Que yo sepa, no. ¿Por qué? ¿Reservó el alojamiento de la otra vez?

—Está libre, señor.

—De acuerdo. Pregúntele si lo quiere. De todas formas, ha venido en su coche.

Macleod recogió sus cosas. Cuando se disponía a marcharse, Hope volvió a su mesa. Su actitud delataba a una mujer cansada y frustrada, empeñada en parecer entera sin conseguirlo.

—Allinson ha reservado el mismo alojamiento de la otra vez. Jane está en un hotel de Inverness, así que esta noche vuelvo con ella. A menos que necesites compañía. ¿Seguro que estás bien, Hope?

—¡Sí, señor! ¡Vete! Estaré bien.

El tono fue insolente, pero Macleod lo dejó pasar.

Hope estaba cansada y molesta, aunque no con él.

Recogió sus pertenencias, entre ellas unas notas del caso que repasaría antes de que amaneciera.

Ya fuera, junto al coche, vio a Hope salir del edificio.

Tenía cara de pocos amigos y decidió que sería mejor no molestarla de nuevo.

Pero Allinson salió corriendo tras ella.

—¿Estás bien? Pareces un poco desanimada, McGrath. ¿Quieres compañía?

—¡Sí!

Macleod los vio alejarse: Hope avanzaba a grandes zancadas y Allinson, que había vuelto corriendo dentro un momento, se afanaba por alcanzarla.

Miró el reloj. Medianoche. Una media hora larga hasta el hotel y luego de vuelta allí para las seis de la mañana.

Cinco horas de sueño como máximo. Y aún tenía que ver a Jane.

Cuando uno se hace viejo necesita dormir menos, pensó. Menos mal.