Capítulo 3
M acleod estaba en lo alto de la rampa de Cromarty cuando oyó un grito.
La voz era de Allinson, y Macleod habría jurado que sonaba algo más animado de lo profesionalmente aconsejable en aquellas circunstancias.
Un coche acababa de detenerse y reconoció a la mujer que bajaba del vehículo.
Al ver a Allinson acercarse a ella a paso ligero, visiblemente entusiasmado, y estrecharle la mano, Macleod se rio para sus adentros.
Recordó su primer caso en Lewis con la detective Hope McGrath: ella había llamado la atención de Allinson y, si era sincero, también la suya.
Desde entonces se había convertido en una compañera de confianza, y él había aprendido a valorar su fortaleza y su entereza como detective.
—¡McGrath! —gritó Macleod—. La lancha está a punto de llevarme hasta el ferri. ¡Venga conmigo!
Allinson y Hope intercambiaron unas palabras antes de que ella se apresurara hacia Macleod. Parecía agotada, quizá por el viaje, pero conservaba la expresión cálida de siempre.
—Buenas tardes, señor. Había algo más de tráfico que la última vez que estuvimos por aquí. Me han puesto al día por el camino, pero es un caso un tanto extraño.
—En efecto —dijo Macleod—. He hablado con el dueño de la cafetería y con su empleada, Gina Walker.
Ahora está en el ayuntamiento, nuestra base provisional, ayudando a elaborar un retrato robot.
Vio de cerca a uno de los pasajeros. También estamos comprobando los pagos con tarjeta, pero no creo que ninguno de ellos pagara así en la cafetería.
—¿Ya ha visto el ferri?
—No. La lancha está a punto de llevarnos al otro lado. De todos modos, los forenses ya lo han inspeccionado de arriba abajo, así que seguro que me echan enseguida. —Sonrió a Hope, que le devolvió una sonrisa débil—. ¿Estás bien? Pareces agotada.
—No es nada. Un lío con un tío. Me pasé casi toda la noche dejándolo.
—¿En serio? Ni siquiera sabía que salías con alguien.
—No todos vivimos en el paraíso, señor.
Macleod estuvo a punto de preguntar algo más, pero se contuvo.
Después de los últimos meses y de los casos que habían compartido, creía que habían forjado no solo una buena relación profesional, sino también una amistad más allá del trabajo.
Quizá, para Hope, aquella amistad no fuera tan estrecha como para él. Pero aquello no resolvería el caso.
—Siento lo ocurrido, Hope. Cojamos la lancha y centrémonos en el caso.
Aquello arrancó una sonrisa a su compañera.
Juntos caminaron hasta el puerto y subieron a una lancha rumbo a la otra orilla del estuario.
El día seguía encapotado, pero había visibilidad suficiente para abarcar el estuario entero, desde Invergordon hasta Cromarty y, más allá, los Sutors, a la entrada del estuario de Moray.
Al contemplar los Sutors, que flanqueaban la salida del estuario, Macleod pensó en los tripulantes del ferri, que hacían aquella travesía todos los días.
Podían disfrutar de semejante belleza, pese a la zona industrial y a las plataformas ancladas en el estuario, a su espalda.
A Macleod le parecía que, en las Tierras Altas, la industria se fundía con el paisaje y se volvía parte de él en lugar de afearlo.
Quizá los lugareños no opinaran lo mismo, pero aquello era muy distinto de Glasgow, donde, a su juicio, algunas zonas podrían haberse planificado mejor.
Allí arriba había espacio y aire libre. Tal vez solo se estaba haciendo viejo y le daba demasiadas vueltas a todo.
—He oído que es uno de los ferris más pequeños que siguen en funcionamiento —dijo Hope.
Macleod se volvió. Su compañera miraba hacia el extremo opuesto del estuario.
—Creo que tiene razón, McGrath —dijo Macleod, consciente de que había gente al alcance del oído.
Solo la llamaba Hope cuando estaban solos o fuera de servicio—.
Por lo visto, no caben más de tres coches.
Los hombres de uno de ellos parecían desesperados por embarcar.
El Jeep llevaba solo al conductor; había subido primero, marcha atrás, y había quedado encajonado en la parte delantera de la cubierta.
El coche de las mujeres embarcó segundo.
Creemos que eran tres, aunque el marinero de cubierta solo se fijó en dos.
Y por último subió a toda prisa el coche de los hombres, pese a que llevaban una eternidad en la cafetería.
—Demasiado empeño —dijo Hope—. Y, al desembarcar, el coche de las mujeres pareció averiarse. Alguien bajó y, una vez que lo empujaron hasta la rampa, arrancó cuesta arriba. Muy raro.
—Hay que localizar a los pasajeros. La tripulación del ferri se reduce a dos hombres.
El capitán estuvo en el puente todo el tiempo, gobernando la embarcación, y el marinero de cubierta estuvo entre los pasajeros, pero su relato es impreciso.
Iremos a hablar con ellos después. También estamos intentando confirmar la identidad de la víctima.
Hemos comprobado las matrículas, pero corresponden a otro coche, propiedad de una pareja de Inverness.
Denunciaron ayer por la tarde que se las habían robado.
—Voy a reservar ya el hotel —dijo Hope—. Me vendrá bien alejarme un poco de Glasgow y centrarme en el trabajo.
—¿Tan mal fue? Quiero decir, ¿estás bien? —Macleod bajó la voz hasta casi un susurro—. Si hay algo de lo que necesites alejarte una temporada, puedes decírmelo. El último año se lo has dado todo al trabajo; te has ganado un poco de margen.
—Estoy bien —dijo Hope. Macleod no se lo creyó.
Al desembarcar en Nigg, caminaron hacia el ferri y se detuvieron antes de llegar a la rampa.
A su espalda se extendía el cordón policial, y un pequeño grupo de curiosos se quedaba mirando, intrigado por aquella muerte repentina ocurrida allí mismo.
Macleod paró a uno de los forenses y preguntó por su jefa, pero una voz lo interrumpió.
—Inspector, si espera que alguien lo ponga al corriente, creo que puedo ayudarle.
Era Hazel Mackintosh, jefa del equipo forense, a quien Macleod había ofendido sin querer la última vez que estuvo en la Black Isle.
Con el mono blanco puesto, lo miraba fijamente a través de sus gruesas gafas de montura oscura.
Macleod se acercó y forzó una sonrisa. Ella lo había irritado la vez anterior, pero esta vez él estaba decidido a tender puentes.
—Me alegra verla, Mackintosh. Póngame al corriente cuando pueda; seguro que tiene mucho que hacer.
—Siempre puedo hacerle un hueco, inspector.
Todo sonaba muy forzado, y Macleod pensó que a cualquier observador debía de parecerle ridículo, pero al menos ambos mantenían las formas.
Mackintosh los condujo hasta una carpa blanca que habían montado y, una vez dentro, pidió silencio.
Varios miembros de su equipo salieron. Ella se bajó la capucha y dedicó a Macleod otra sonrisa forzada.
—Hemos registrado el ferri y el coche, Macleod, y la verdad es que, de cara a identificar a la víctima, no tenemos gran cosa.
Hay huellas superpuestas por todas partes.
Intentaremos cotejarlas, pero llevará tiempo, y ni siquiera sabemos si pertenecen a alguien que viajara hoy o a un pasajero anterior.
—¿Algo del coche? —preguntó Hope.
—También es extraño. Estamos comprobando el número de bastidor por si nos da alguna pista.
En cuanto a las huellas dactilares, el coche está impecable.
Hemos recogido algunos pelos y muestras de piel, pero no está claro que podamos identificar a nadie a partir de ellos.
Quizá sean del fallecido. Lo que sí puedo decirles es que había una buena cantidad de efectivo escondida en un compartimento lateral del maletero.
El fallecido no llevaba encima ningún documento de identidad ni tarjetas de crédito.
Nada que indique quién era ni qué hacía aquí.
—¿Estaba huyendo? —preguntó Macleod.
—Podría ser, señor. Hay basura en el hueco para los pies del copiloto. Supongo que paró a comer. Merecería la pena revisar las cámaras de las gasolineras de la zona: los envoltorios son de una marca reconocible. Probablemente no tuvo ocasión de tirarlos.
—¿Y la víctima? —preguntó Hope—. ¿Complexión, señales particulares, corte de pelo?
—Lleva barba de varios días, pero tiene el pelo corto y bien recortado. Diría que tiene pasado militar, aunque solo es una corazonada. También lleva las uñas cortas. Lo poco que había en el Jeep estaba guardado con mucho esmero.
—En cuanto a la muerte —prosiguió Mackintosh—, lo apuñalaron en el costado. Una puñalada limpia y precisa, propia de un profesional y pensada para matar deprisa. Y lo consiguió. Pero hay una complicación —añadió, mirando a Macleod por encima de la gruesa montura—. Ya se estaba muriendo.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Hope.
—Lo habían envenenado. Ya estaba paralizado cuando lo apuñalaron.
No podía moverse. He localizado la marca del pinchazo por el que le administraron el veneno.
Habrá que hacer análisis para saber cuál era, pero los dos ataques se ejecutaron con mucha pericia.
O alguien se asustó al ver que el primer intento no funcionaba, o este hombre había cabreado a dos grupos distintos.
—¿Eso es todo por ahora? —preguntó Macleod.
—Por ahora —respondió Mackintosh—. Pueden subir a cubierta y echar un vistazo. Creo que ya tenemos casi todo, pero no toquen nada y pónganse los monos, por favor.
—Por supuesto. Gracias, Mackintosh.
—Inspector.
Macleod se alejó en busca de un mono. Al darse cuenta de que Hope no lo seguía, se volvió y le dio un toque en el hombro.
—¿Estás bien? Quiero decir, ¿de verdad? Estás muy distraída.
—Estoy bien, señor. Iain también era militar.
—Si necesitas tomarte un tiempo…
—¡Estoy bien! —dijo Hope, en un tono demasiado alto para estarlo de verdad—. Estoy bien, señor.
—De acuerdo. Pero si no lo estás, dímelo. Ahora ponte el mono y echemos un vistazo al ferri. Voy a llamar a Allinson para que haga revisar las grabaciones de las gasolineras y las áreas de servicio. Después inspeccionaremos el ferri.
Macleod llamó a Allinson sin apartar los ojos de su compañera, que parecía descentrada. Nunca la había visto tan abatida por un hombre. Ni por nada. Hope solía hacer honor a su nombre. Cuando colgó, Macleod se enfundó un mono y se reunió con ella en la rampa del ferri.
La embarcación era muy sencilla. Tenía una cubierta para vehículos a la que los coches podían subir de frente o marcha atrás.
El espacio era tan reducido que a Macleod le sorprendió que hubieran conseguido meter tres coches.
Más allá de la cubierta abierta había una cabina con unos pocos asientos y ventanales.
Desde allí apenas se veía la zona de vehículos; habría sido difícil mantener los coches a la vista durante toda la travesía.
Más arriba estaba el puente, desde el que el capitán gobernaba la embarcación. Todo parecía normal. Había distintos equipos de seguridad, papeleras y carteles sobre los delfines y las marsopas que podían avistarse de vez en cuando durante la travesía.
El Jeep seguía cubierto. Al asomarse por debajo de la lona, Macleod vio el asiento ensangrentado tras la retirada del cadáver.
Si lo habían apuñalado como decía Mackintosh, el agresor habría tenido que abrir la puerta trasera.
Cuándo le administraron el veneno era otra cuestión.
Mientras no supieran cómo actuaba, podían habérselo administrado en cualquier momento.
Al bajar del ferri, Macleod se echó hacia atrás la capucha del mono y miró el agua.
—Este caso no va a ser fácil, McGrath —dijo en voz alta—.
Lo mataron con sangre fría, sin prisas y sin ruido.
Es obra de profesionales, sean del tipo que sean.
Sicarios o soldados, diría yo. Tenemos que andarnos con cuidado, no sea que acabemos en el punto de mira de una pistola o al alcance de cualquier otra arma.
—O sicarias, señor. Nada indica que no fueran mujeres.
—Es una forma de hablar, Hope. Claro que pudieron ser las mujeres. O pudo ser cosa de ambos grupos. Lo mataron dos veces. O, al menos, dos personas lo intentaron.
Hope se puso a su lado y contempló con él el agua del estuario.
—Pero hasta que aparezca algo más, estamos varados, ¿no?
—Cierto. Es hora de hablar con los dos tripulantes. Y de confiar en que las pesquisas de los agentes uniformados den algún fruto. Aparte del método, tenemos muy poco. Quizá uno o dos retratos robot.