Capítulo 2 #2
Allinson asintió y regresó con su equipo de agentes uniformados, que recababan información por la zona.
Macleod confiaba en él. Sabía que organizaría todo y lo dejaría funcionando.
Prefería considerarse alguien que trabajaba a otro nivel, dedicado a desentrañar lo que había ocurrido de verdad sin ocuparse de las minucias del operativo.
De aquello ya se había ocupado bastante cuando era más joven.
Macleod se dirigió a la pequeña cafetería situada junto a la rampa. Estaba en la parte alta y tenía unas cuantas mesas y sillas improvisadas con tablones viejos y barriles. En un día soleado debía de resultar agradable; con aquella llovizna, Macleod solo quería entrar.
Al abrir la puerta, descubrió un interior acogedor. A Jane le habría encantado: una estufa de leña junto a la que sentarse, un sofá sin pretensiones, todo recogido en muy poco espacio. Uno de esos lugares donde la gente acababa hablando.
—Hemos cerrado —dijo una voz. Sonaba amable, pero también tajante: la voz de quien regenta un negocio.
—¿Señor Bean? —preguntó Macleod.
—Sí, pero, como le he dicho, hemos cerrado.
—Perfecto. Así no nos interrumpirán. Soy el inspector Macleod y dirijo la investigación de lo ocurrido en el ferri. Busco a Gina Walker.
—Claro. Siéntese, por favor. Gina ha ido al baño, al fondo. Saldrá enseguida. ¿Le preparo algo? ¿Un latte, un flat white, un capuchino o un té?
El hombre estaba detrás de una gran cafetera y sonreía como si hubiera nacido para aquello.
—Gracias, señor Bean. Tomaré un café solo, por favor.
Se oyó la cisterna detrás de una puerta azul al fondo de la pequeña cafetería. Al cabo de un minuto salió una joven que se paró en seco al ver a Macleod. Él calculó que no tendría ni veinte años. Parecía muy nerviosa. Llevaba un jersey azul sencillo, vaqueros y un aro en la nariz.
—¿Quién es? —preguntó.
—El hombre que dirige la investigación, Gina. Un inspector…
—Macleod, Gina. Soy el inspector Macleod. Parece algo alterada, si me permite. Intente relajarse. No está acusada de nada ni es sospechosa; solo tuvo la casualidad de presenciar parte de lo ocurrido. Solo quiero hacerle unas preguntas y saber qué recuerda de lo ocurrido. ¿Le parece bien?
Gina asintió, pero Macleod tuvo la impresión de que no estaba siendo del todo sincera. Parecía aterrada. Ojalá McGrath estuviera allí. Se le daba mejor tratar con los jóvenes.
—¿A qué hora ha empezado a trabajar hoy, Gina? —preguntó Macleod, indicándole con la mano que se sentara.
—Poco antes de las ocho. Abrimos a las ocho, ¿sabe?
—¿Y recuerda la última travesía del ferri? ¿Recuerda a alguien que estuviera esperando? ¿Llegó a tratar con alguno?
—Creo que sí. Verá, estaba sirviendo, así que no los vi muy bien. Había un grupo de hombres sentado fuera. Mandaron a uno a pedir los cafés y los demás se quedaron allí. De hecho, llevaban un buen rato.
—De acuerdo —dijo Macleod—. ¿Cuántos eran?
—Tres. Pero solo vi bien al que entró a por los cafés. Entró dos veces. Pidió lo mismo las dos veces: un latte, un té de menta y un flat white.
Justo entonces, Gerrard Bean dejó el café delante de Macleod y se sentó detrás de su empleada. Le frotó el hombro con la familiaridad de un amigo y sonrió para tranquilizarla.
—Y el hombre que entró, ¿qué aspecto tenía?
—Era más bajo que usted, fornido y bien plantado. Tenía un bigote bastante poblado, pero no tanto como para resultar ridículo. Fue muy educado y pagó en efectivo las dos veces. Llevaba un abrigo verde, vaqueros y botas negras.
—Ha dicho que hablaba con mucha educación —dijo Macleod—. ¿Tenía acento?
—Creo que era inglés. Hablaba muy fino. A veces, cuando no hay nadie, Gerrard pone Radio 4, y él hablaba como los de la radio. Muy fino.
—Bien —dijo Macleod—. ¿Vio a alguien más?
—Había algunos vecinos dentro: Annie, George y los otros paseadores de perros.
—Excelente. Necesitaré sus nombres. Aunque supongo que ya se los han pedido, ¿no?
La chica asintió. Allinson era meticuloso.
—¿Vio a alguien dentro del Jeep o del Mini cuando embarcaron?
—El Jeep llegó y embarcó sin detenerse. La rampa estaba despejada; subió directo y ocupó el primer puesto.
Luego llegó el Mini y quedó detrás. Después llegó el coche de los tres hombres y se armó una discusión.
Creo que insistían en embarcar, lo que me pareció extraño porque ya se habían tomado allí dos rondas de café.
—¿Estaban muy alterados por conseguir embarcar? —preguntó Macleod.
—Mucho. Desde dentro no podía oír lo que decían, pero la discusión parecía acalorada.
—¿Y eso fue lo último que vio de ellos?
—Sí.
—¿Vio la matrícula de alguno de los coches?
—No —respondió Gina—. Lo siento, no me fijé. Estaba sirviendo café.
—No se preocupe. Ha sido de gran ayuda. Quédese aquí. Mandaré a un agente a recogerla y llevarla al ayuntamiento, donde tenemos la base, para que hable con el especialista en retratos robot. A ver si conseguimos un retrato más preciso de ese hombre.
Gina asintió, se levantó y volvió detrás de la barra. Macleod oyó el golpe seco al vaciar los posos y después el clic de una nueva carga al encajar en la cafetera.
—Disculpe, sargento. No le he preguntado si quería otro café.
—Inspector Macleod. Inspector, no sargento. Pero no se preocupe; tengo que seguir. Ha sido de gran ayuda.
Gina sonrió. Macleod se felicitó por haber salido airoso con el tipo de testigo al que sus modales solían ofender. Parecía más tranquila, pero algo seguía preocupándola. Quizá fuera solo el asesinato. A mucha gente ya le bastaba aquello para alterarse.
—Señor Bean, también le enviaré a un agente. Necesitaremos los nombres y las direcciones de todos los que han entrado aquí, incluidos los vecinos, y quiero revisar las transacciones registradas en la caja. No veo cámaras; supongo que no tienen videovigilancia.
—Todavía no. Pensamos instalar videovigilancia pronto. Pero le daré todo lo que necesite.
Macleod le dio las gracias con un gesto, salió de la cafetería y volvió a la llovizna. Se acercó a la orilla y se quedó mirando el ferri, atracado al otro lado del estuario.
Vivo al zarpar, muerto al llegar. Al menos, la lista de sospechosos es corta. Asesinado en un ferri. ¿Por quién? ¿Por qué? Necesito nombres y matrículas.