Capítulo 2
M acleod miró las grandes piedras, rodeadas de brezo de un púrpura intenso.
La subida había exigido lo suyo, pero, ahora que estaba en lo alto de Fyrish, entendía por qué la gente subía hasta allí.
Miró hacia Inverness y luego hacia Alness, a sus pies.
La Black Isle ofrecía una vista magnífica.
Siguió con la mirada el estuario de Cromarty hasta los dos Sutors, donde se abría al de Moray.
—Ya te dije que sería espectacular.
Macleod se volvió y abrió los brazos. Jane se dejó caer en sus brazos.
Había afrontado toda la subida sin dejar que el tobillo maltrecho pudiera con ella, y ahora parecía agotada.
Se aferró a él para sostenerse y Macleod la llevó casi a rastras hasta un claro entre el brezo donde pudieran sentarse.
Llevaba a la espalda una mochila con una botella de prosecco y su bebida de manzana con gas. Sacaron la comida que habían llevado.
—Estás en buena forma, Seoras. No sé si puedo seguirte el ritmo.
—¿Quizá un poco menos de prosecco?
Jane se rio de la pulla. Como era abstemio, Macleod tenía por costumbre achacar al alcohol todos los males. No lo decía en serio; era una broma recurrente entre los dos.
—Eso no te impide servírmelo por la noche, cuando me miras de esa manera.
Macleod se encogió de hombros con fingida inocencia.
—No pongas esa cara, Seoras. Bien que le pones a Jane una copa bien cargada cuando a Seoras le apetece arrimarse. Te conozco, guapo. Que no se te olvide.
Las risas se apagaron y Jane se puso seria.
—¿Seguro que quieres mudarte aquí? Es un cambio importante. No será fácil dar marcha atrás.
—¿Quieres venirte al norte conmigo? —preguntó Macleod en voz baja, casi con miedo de presionarla.
—Desde que murió mi madre, las cosas han cambiado, Seoras. Quiero que me toque disfrutar. Quiero vivir de verdad esta etapa de mi vida. Y creo que quiero vivirla contigo. Así que sí, me apunto, Macleod. Me mudo en cuanto quieras. De hecho, busquemos casa mientras estamos aquí.
—Un sitio para el señor y la señora Mac…
—Para el carro, Seoras. No pienso casarme contigo.
Ya estuve casada y, francamente, fue horrible.
Era como si yo le perteneciera. O eso se creía.
No quiero anillo ni una gran boda por la iglesia.
Ni siquiera casarme por lo civil. —Jane le dio la espalda a Macleod—.
Si me quieres, tendrás que aceptarme tal como soy.
Siento que esto no encaje con nuestra vida en la iglesia ni con tus creencias, pero es lo que hay.
Macleod miró el pelo largo que le caía por la espalda. Alargó la mano, le acarició el pelo y después la nuca. Cuando iba a hablar, sonó el móvil. Jane le había ayudado a configurar varios tonos; aquel correspondía a Hope, pero solo cuando llamaba desde el teléfono del trabajo.
—Contesta —dijo Jane—. Será importante.
Macleod sacó el móvil y lo desbloqueó.
—Hope, ¿qué pasa?
Jane se volvió para observarle la cara. Macleod asintió mientras escuchaba y después negó con la cabeza, aunque Hope no podía verlo.
—Nos vemos allí. Debería llegar a Cromarty dentro de unas tres horas. Supongo que Ross lleva el caso. No… Allinson, el de Stornoway. Claro, van de un sitio a otro. De acuerdo, pongámonos en marcha.
Jane observó cómo Macleod guardaba el móvil y empezaba a recoger el almuerzo.
—¿Te reclama el trabajo, Seoras? Ya estuvimos en Cromarty antes, ¿verdad?
—Sí —respondió Macleod, seco.
—Mira, antes de la llamada la cosa se había puesto un poco seria. Déjalo por ahora; tienes que trabajar. Ya hablaremos.
—No, no hablaremos. —Macleod cerró la cremallera de la mochila y tomó a Jane de la mano para ayudarla a levantarse.
—Tenemos que hablarlo, Seoras. Necesitamos saber adónde va lo nuestro. Lo siento, pero no puedo casarme. Sencillamente, no puedo. No tiene nada que ver contigo. Soy yo y…
—Jane —la cortó Macleod con firmeza—, cállate. Tenemos que bajar de aquí. Hay cosas que hacer.
—No te escudes en el trabajo. Dijiste tres horas; podrías llegar en dos, quizá menos. No intentes darme largas…
—Jane, cállate. Tenemos que buscarte un coche de alquiler.
—¿Qué?
—Un coche de alquiler. Yo voy a estar ocupado, así que alquilamos uno para ti y tú puedes ir buscando casas que te gusten. Yo las veré cuando pueda.
Macleod alzó la vista. Jane echaba chispas.
—No pienso comprar una casa para mí sola y que tú aparezcas cuando te venga en gana. Quiero una casa para los dos. ¡Para siempre! ¿Se te ha escapado ese detalle, detective?
—¿Podemos bajar ya? —preguntó Macleod—. Bajamos, alquilamos un coche y tú buscas unas cuantas casas.
Luego las vemos juntos, decidimos cuál queremos y nos mudamos de Glasgow aquí.
Sin boda, sin grandes anuncios, sin jaleo.
Solo tú y yo, y una botella de prosecco, porque después de todo eso me entrarán ganas de arrimarme. ¿Te parece bien? ¿Nos vamos?
Jane corrió hacia él, saltó y le echó los brazos al cuello. Macleod se tambaleó y cayó de espaldas. Sintió que el dolor le subía por la espalda y, al mismo tiempo, varios besos húmedos en la cara.
—¡Eres un hombre maravilloso! ¡Un puñetero hombre maravilloso!
—Jane, la espalda. Mujer, la dichosa espalda.
Mientras recorría la sinuosa carretera de Jemimaville hacia Cromarty, Macleod todavía notaba en la espalda el golpe que se había dado contra una piedra cuando Jane se le echó encima.
Se removió en el asiento, intentando frotarse la zona como podía.
Pero sonreía como un loco. No habían debatido largo y tendido ni sopesado los pros y los contras.
Se había dejado llevar por lo que sentía.
Su difunta esposa se habría quedado atónita, pero también lo habría aprobado.
Jane tenía ese efecto en él: lo volvía más impulsivo. Y ahora mismo se sentía bien.
Desde la carretera, con la llovizna empezando a caer y las nubes tapando el sol, divisó las instalaciones de Nigg, donde solían descargar y reparar embarcaciones y otros equipos marítimos.
En el estuario se extendía una larga hilera de plataformas: algunas con grandes módulos de alojamiento, otras imponentes estructuras de perforación y otras reducidas ya a cuatro patas que sobresalían del agua.
El sector de las plataformas marinas había dejado atrás sus años de apogeo.
Macleod recorrió el paseo marítimo del pueblo y vio que se había congregado una multitud, a la que mantenían a distancia junto al pequeño puerto.
Al llegar, mostró la acreditación, avanzó unos metros y aparcó antes de dirigirse a pie hasta el punto del que partía el ferri.
Cuando había estado en Cromarty investigando un caso anterior, el ferri no prestaba servicio.
Ahora, con la temporada turística ya en marcha, operaba desde la rampa que Macleod había visto vacía la vez anterior.
Al acercarse a la parte alta de la rampa, Macleod vio el pequeño ferri al otro lado del estuario, en Nigg, con la cubierta tapada por una gran carpa. En el lado de Cromarty, un hombre se acercó y le tendió la mano.
—Allinson, me alegro de verlo. McGrath me dijo que estaba usted aquí. ¿Qué tiene para mí?
—No mucho de momento, señor. Como ve, el ferri está al otro lado y los forenses trabajan por toda la embarcación.
Bajo la carpa, en cubierta, hay un Jeep, uno de los tres vehículos que cruzaron desde Cromarty.
Según el marinero de cubierta, embarcaron tres coches: uno con varios hombres, otro con dos mujeres en los asientos delanteros y el Jeep.
Como lloviznaba, todos se refugiaron en la cabina durante la travesía.
Al acercarse al atraque, volvieron a sus coches.
El de los hombres desembarcó primero. El segundo, un Mini, pareció calarse, y el marinero ayudó a una joven a empujarlo para sacarlo de la cubierta.
Cree que otra persona salió del coche, pero no puede aportar ningún detalle.
En cuanto consiguieron arrancar el Mini, se marcharon.
El marinero fue entonces a comprobar el tercer vehículo, el Jeep, al ver que no arrancaba.
Abrió la puerta y un hombre se desplomó con medio cuerpo fuera.
Estaba muerto. Intentamos identificarlo y averiguar las matrículas de los otros coches.
De momento no tengo mucho más. Si quiere ver el ferri, hay unos cuarenta minutos en coche bordeando el estuario, señor.
También estoy tratando de conseguir una embarcación pequeña para que podamos cruzar.
—Bien, Allinson. De momento ha cubierto lo esencial. ¿Han vuelto a instalar la base en el ayuntamiento?
El agente miró a Macleod con extrañeza antes de entender a qué se refería.
—La última vez estuvo el detective Ross, creo, pero, aparte de eso, no estoy al tanto de los detalles del caso. De todos modos, estamos usando el ayuntamiento de Cromarty. He habilitado varias salas de entrevistas y he desplegado agentes para recabar información por la zona.
—¿Ha contactado McGrath hace poco? —preguntó Macleod.
—Está a una hora de aquí, señor.
—Bien. ¿Tenemos a alguien que viera los vehículos en esta orilla?
—Sí —respondió Allinson—. La cafetería que hay junto al embarcadero estaba abierta y allí trabajaba una joven, Gina Walker.
Sigue allí, aunque el local está cerrado.
También ha llegado el dueño, el señor Bean, curiosamente.
De ahí el nombre de Bean Shakers Coffee Shack.
La chica vio buena parte de lo ocurrido, pero se ha mostrado bastante titubeante.
—De acuerdo. Iré allí hasta que llegue McGrath y después cruzaremos hasta el ferri en la embarcación que pueda conseguir, Allinson. Me alegra volver a trabajar con usted.