La Travesía (Highlands e Islas 4) Capítulo 1
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La Travesía (Highlands e Islas 4)

La Travesía (Highlands e Islas 4)

Por G.R. Jordan

© inepub.com

Capítulo 1

H acía un día sencillamente miserable. Las nubes grises cubrían el cielo como un edredón sin fin y la llovizna caía sin tregua, envolviendo el estuario en bruma.

Hasta la rampa de varada estaba húmeda y desolada, en contraste con el día anterior, cuando todo había estado claro y seco.

No hacía frío. El tiempo era, sin más, dreich: gris, húmedo y desapacible.

Por suerte, no había rastro del haar, la niebla marina que a menudo cubría los estuarios escoceses.

El ferri se acercaba ya al punto de atraque de Nigg, en la otra orilla del estuario de Cromarty.

Había salido de Cromarty hacía menos de un cuarto de hora.

No habían avistado ningún delfín, como ocurría a veces, y la travesía no podía haber sido más rutinaria.

Hasta encajar el tercer coche en cubierta había resultado aburrido.

No había hecho falta mover a toda prisa los demás vehículos para evitar un roce, y el conductor había maniobrado casi a la perfección.

Todos se habían refugiado en la cabina para resguardarse de la llovizna.

El capitán arrimaba ya la embarcación. Peter aguardaba, listo para ayudar con el atraque en la rampa de varada.

No era un ferri de carga rodada, de los llamados RO-RO —roll-on, roll-off—, en los que los coches maniobran siempre de frente.

En Cromarty habían subido marcha atrás; ahora saldrían de frente y en un momento.

Peter solo tenía veintiún años y aquella era su primera temporada en el ferri.

Aunque ya era mayo, la temporada no había arrancado por culpa de la reciente ola de frío y de los terribles temporales de nieve que se habían prolongado hasta abril.

El calentamiento global, decían. Peter se lo creía.

Pero se tomaba en serio el reciclaje e incluso iba andando al trabajo todos los días. Tenía la conciencia tranquila.

Una vez atracado el ferri, Peter bajó la rampa hasta apoyarla en el hormigón.

Luego se volvió e indicó a los conductores que desembarcaran.

El primer coche, un turismo compacto rojo, salió deprisa.

El conductor ni siquiera levantó la mano.

Parecía que dentro iba un grupo de hombres.

Peter dejó de prestarles atención y se fijó en el segundo coche, un Mini blanco y negro con dos mujeres en los asientos delanteros.

La conductora llevaba unas gafas de sol grandes y redondas y las mejillas cargadas de colorete intenso.

Con tanto rímel, parecía pintada, irreal, como salida de unos dibujos animados o de una revista.

Sus uñas, pintadas de rojo, asomaban sobre el volante.

El Mini dio un salto hacia delante y se caló de repente.

La conductora intentó arrancarlo de nuevo, sin éxito.

Entonces alguien salió por el lado opuesto.

A Peter le llamó la atención la coleta rubia que se balanceaba al andar. Una joven fue hacia la parte trasera del coche y empezó a empujar. Peter no le había visto la cara, pero en el ferri pasaban tan pocas cosas que se apresuró a ayudarla.

Al llegar, la joven sonrió y Peter calculó que rondaba su edad.

Tenía una cara agradable y se la veía muy esbelta con el peto.

Llevaba un broche en forma de flor prendido al peto y un pañuelo anudado al cuello.

Quizá fuera extranjera. Viniera de donde viniese, era la pasajera más interesante que había visto en toda la semana.

Alguien más bajó del coche, pero Peter solo alcanzó a ver de reojo que pasaba a su lado.

Peter y la joven rubia empujaron el Mini fuera del ferri y hasta la rampa de varada.

En cuanto alcanzaron la pendiente, el coche pareció pesar mucho más.

Peter intentó sonreír como si nada mientras los músculos se le tensaban por el esfuerzo.

Pero, por mucho que empujara, no conseguía moverlo.

Se alegró cuando, de repente, el motor arrancó.

Y entonces se le cayó el alma a los pies.

Se marchaba. Mientras alguien pasaba por detrás de la rubia, Peter solo pudo mirarla por última vez.

No era amor a primera vista. Peter era joven, nada más, y aquella chica mona le atraía.

Ella le sonrió y le dio las gracias. Luego se acercó y le dio un beso en la mejilla.

Y, sin más, volvió al coche, que arrancó y se alejó.

Peter se quedó mirando cómo desaparecía el Mini hasta que alguien le gritó. Había coches esperando en la orilla de Cromarty y el último vehículo seguía en cubierta. Peter suspiró, todavía pensando en la cara de la chica, y se acercó al moderno Jeep detenido junto a la cabina del ferri.

Algo no iba bien. El conductor seguía al volante, con el cuerpo desplomado hacia delante y la cabeza apoyada en él.

Peter abrió la puerta a toda prisa y le dio unos golpecitos en el hombro.

Era un hombre mayor que él, quizá de cuarenta y tantos, pero no respondía.

Peter lo agarró por los hombros y lo zarandeó con fuerza.

La cabeza cayó hacia un lado. Tenía los párpados cerrados.

Al intentar impedir que se cayera del asiento, Peter deslizó la mano por la espalda del hombre.

Entonces notó algo húmedo. Retrocedió horrorizado.

El hombre cayó del asiento y quedó colgando fuera del Jeep, con las piernas atrapadas bajo la columna de dirección.

Desde ese ángulo, Peter vio la sangre oscura que empapaba la camisa.

—¿Qué haces todavía ahí abajo? —gritó el capitán.

—Está muerto, Angus. Ese hombre está muerto.

Peter bajó la vista hacia la mano izquierda, cubierta de sangre.

Por un instante se limitó a mirar el líquido oscuro.

Después soltó un alarido tan feroz que el capitán se estremeció hasta lo más hondo.

Peter alzó la vista, vio la rampa del ferri y la de varada y echó a correr.

No sabía adónde iba. Solo quería alejarse de aquel hombre lo más deprisa posible.

La chica rubia se le había borrado por completo de la cabeza.

El capitán lo llamó a gritos mientras Peter subía corriendo por la rampa de varada, con la mano ensangrentada extendida ante sí.

Al verla, los ocupantes de los coches que esperaban se quedaron horrorizados.

Por un momento, el capitán pensó en seguir a su tripulante, pero luego miró el cuerpo que colgaba del Jeep.

Sacó el móvil del bolsillo y marcó tres veces la misma cifra.

El teléfono le temblaba en la mano cuando se lo llevó al oído.

Oyó la pregunta de la operadora y respondió:

—¡Policía! No, guardacostas. No, una ambulancia. ¡Póngame con quien sea! ¡Aquí hay un muerto!