La trampa de terciopelo XLI
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XLI

Hart

Me han dado diez minutos y un vaso de oporto, y el oporto se me acabó hace ocho minutos.

El almuerzo de bodas ha durado siete horas.

Edmund ha brindado cuatro veces, y en la tercera ha logrado ofender, sin querer, a un obispo.

Lord Crandall se ha dormido sobre el postre con el tenedor en la mano.

La duquesa se ha marchado a las cuatro anunciando que a su edad la noche empieza a las siete y termina a las ocho, y Posy ha llorado, que yo sepa, en tres idiomas.

Cuando el último invitado ha cruzado el umbral, la señora Hale ha apagado las lámparas del vestíbulo una a una con una solemnidad litúrgica; Sabine me ha dicho «dame diez minutos» y ha desaparecido escalera arriba con Bee pisándole los talones.

Llevo toda la vida entrando en alcobas ajenas con la sonrisa por delante y el sombrero en la mano, y jamás, en doce temporadas de pericia y mala fama, me he sentido tan mal preparado como esta noche, sentado en el borde de una cama de damasco que ahora es nuestra, con la corbata en el bolsillo, el chaleco desabrochado y las manos entre las rodillas como un escolar que espera el castigo.

Nunca me he casado. No hay manual. Había planeado una frase ingeniosa para la ocasión y la he olvidado en el vestíbulo, junto con la mitad de mi dignidad.

La habitación es grande, cálida, y huele a lavanda y a cera de abeja.

Hay una chimenea con un fuego bajo, dos butacas, un espejo de pie, y sobre el tocador, entre frascos de cristal y un cepillo de plata, el abanico negro de varillas de ébano que ella ha dejado esta mañana, como un arma abandonada en el campo de una batalla que ya terminó.

A su lado hay una caja de costura de caoba con la tapa abierta.

Dentro, entre carretes y alfileres, un rollo de cinta de terciopelo negro, de un dedo de ancho.

Cuento las velas. Veintitrés. Es lo único que se me da bien.

—Bee dice que no te preocupes —anuncia la voz de Sabine desde la puerta del vestidor—. Que se ha encerrado en su cuarto con una almohada sobre la cabeza y que, si grito, solo es porque me ha dado un calambre.

—Transmítele mi gratitud eterna.

—Se lo dirás tú mañana, con el desayuno. —Sale.

Se me para el corazón. Lleva una bata de seda gris perla hasta los tobillos, ceñida a la cintura con un cordón, el pelo suelto sobre los hombros como una cascada oscura, los pies descalzos.

Las dieciséis horquillas, intuyo, han ido a parar a su tocador esperando la próxima vez que me toque contarlas.

Tiene los ojos grises muy abiertos, la boca seria, la barbilla alta.

Es la expresión de una estratega que se juega la partida de su vida y no piensa dejar que se le note el pulso.

Sin decir palabra, se acerca al tocador, toma de la caja de costura el rollo de cinta de terciopelo y se vuelve con él en una mano.

—¿Eso qué es? —pregunto.

—Siéntate bien.

—Estoy sentado.

—Siéntate mejor, Hart. —Se acerca con un andar lento, medido, de felino que ya ha escogido el sitio donde clavar los dientes—. Extiende las muñecas.

Tardo un segundo en comprender, y otro en decidir que no tengo ni la más remota intención de protestar.

Las extiendo. Sabine envuelve una de ellas con el terciopelo, con la delicadeza de quien venda una herida, y a continuación la otra.

Da una vuelta. Dos. Con las manos ágiles de quien ha ensayado, ata un nudo que no reconozco: apretado, complicado, definitivo.

—Es un nudo de capitán de fragata —explica—. Me lo enseñó Bee. Dice que su difunto lo aprendió en Trafalgar y que ni un huracán lo suelta.

—Qué tranquilizador.

—Es una trampa, Hart.

—Ya lo veo.

—La más suave que he fabricado en mi vida. —Se aparta un paso para contemplarme con la cabeza ladeada, como un pintor que revisa su obra. Se ríe sin ruido—. Meses ideando fosos, cebos y celadas. La mejor, al final, cabía en una caja de costura.

—Terciopelo —murmuro.

—Terciopelo. —Se muerde el labio—. Llevo semanas queriendo hacerlo. La palabra es mía: la pensé antes que tú.

—Bee me advirtió hace una semana, en la iglesia de Posy, que acabaría atrapado. No dijo con qué. —Alzo las manos atadas—. Esto lo puede romper un niño de seis años, ¿lo sabes?

—Lo sé.

—Puedo tirar y deshacerlo en un segundo.

—Lo sé también. —Se inclina y roza mi oreja con los labios—. Esa es toda la gracia, mi conde. Eres libre de romperla y te vas a quedar.

Me quedo. Ay, Dios, cómo me quedo.

La seda de su bata roza mis rodillas cuando se coloca entre ellas.

Lleva las manos a mi chaleco, las desliza hacia mi pecho, y siento a través de la camisa el calor de sus palmas, la presión de sus pulgares sobre el esternón, el aire que se me corta en la garganta.

Tengo las muñecas atadas delante, y por primera vez en mi vida un cuerpo entero me pide, sin una palabra, que no intervenga.

Descubro, con una mezcla de pánico y asombro, que obedecer puede ser el placer más vertiginoso del mundo.

He tenido amantes. Las he tenido ingeniosas, ardientes, expertas, y a todas les entregué el cuerpo y me guardé lo demás en el bolsillo de la levita, junto a la cuenta de la lavandera.

Ninguna me ató. Ninguna necesitó hacerlo: yo ya estaba preparado para irme antes de llegar.

Esta mujer ha tenido que comprarse una cinta de terciopelo para convencerme de lo contrario, y yo, que huía de las hipotecas como de la peste, me descubro dispuesto a firmar la más larga de todas.

—Durante meses —dice, y su voz es una vibración baja contra mi cuello— cedí una pulgada para que avanzaras y negué dos para que te quemaras. Era mi arte. Lo hacía muy bien.

—Lo hacías de maravilla. Me dejabas medio loco.

—Esta noche no niego nada. —Me besa debajo de la mandíbula, en un punto que ignoraba que existiera—. Pero no me tomes por blanda. Pienso cobrarte cada segundo que me hiciste esperar.

—Me parece justo.

—Lo es.

—Una norma —dice, apartándome las manos atadas cuando intento acariciarle la cintura—. No se toca.

—¿Y la segunda?

—No hay segunda. Con la primera te basta.

—Es una norma injusta.

—Llevo años exigiéndosela a medio Londres. —Me sonríe con una malicia deliciosa—. Verás que se aprende.

Me quita el chaleco. Después la camisa, botón por botón, con una lentitud que raya en la crueldad, y cuando llega al último y me la desliza por los hombros, la cinta de terciopelo, que me sujeta por las muñecas, se queda enredada en las mangas, de modo que la prenda cuelga de mis brazos como un ala rota. Se ríe contra mi clavícula. Yo también.

—Eres un desastre.

—Eres tú quien me ha atado con la camisa puesta.

—Detalle de principiante. —Besa la cicatriz de mi hombro izquierdo, un beso breve, cálido, que repite con la misma ceremonia que el de la otra noche—. Pienso aprender.

Se incorpora, y me mira. A la luz de la chimenea, la bata se le ha abierto un palmo en el escote y deja ver el hueco de la clavícula donde late un pulso loco. Tiene las mejillas encendidas. Está tan guapa que me duele.

—Pídeme un beso —dice.

—¿Cómo?

—Con las manos atadas, sin poder tomarlo. Pídemelo.

Es una forma de justicia poética que no me esperaba. Hago memoria de la tarde de un invernadero, del cuello ladeado, de aquella cabeza que se inclinaba apenas media pulgada mientras yo me jugaba el alma. Tiemblo un poco, sonrío, y lo digo con la voz más humilde que he tenido en mi vida:

—Sabine. Concédeme media pulgada.

Se queda quieta. Sus ojos grises se llenan de algo cálido y húmedo, y ladea la cabeza, despacio, justo esa media pulgada que me concedió en el invernadero de los Hargreave. Es la distancia más pequeña y grande de mi vida.

—Medio —concede.

—Una pulgada entera.

—Ya no niego dos.

Me besa. No hay otra forma de contarlo: me besa con todo lo que tiene, con las manos en mi cara, con el pecho pegado al mío y la bata abierta, y yo me rindo en la boca de la mujer que quiso cazarme, sin soltar la cinta, sin romperla, quieto como una estatua que de pronto descubre que respira.

El mundo se encoge a un lecho, un fuego, una piel.

El terciopelo se me clava en las muñecas con una dulzura de condena.

Sabine se sube a mi regazo, sin dejar de besarme, con las rodillas a ambos lados de mis caderas, y yo ahogo un sonido que no sé nombrar contra su garganta.

Me cobra por plazos, como una buena acreedora.

Primer plazo: la sien. Segundo: el lóbulo de la oreja, que muerde con una crueldad mínima.

Tercero: el cuello, hasta la hendidura donde nace el hombro.

Al cuarto, el balance es tan favorable para ella que me avergüenzo de lo poco que he aportado a la cuenta, y de lo mucho que me gusta deberle.

—Hart.

—Aquí estoy.

—Rómpela.

—¿Qué?

—La cinta. —Tiene la voz entrecortada y los ojos nublados—. Ya me has dejado hacer. Ya he ganado. Ahora quiero que me toques. Rómpela.

—Es un nudo de capitán de fragata.

—Es terciopelo.

Tiro de los brazos. Un único gesto, seco.

El terciopelo cede con un suspiro suave, como si hubiera estado esperando esa orden, y las muñecas se me liberan de golpe.

No llego a pensar nada. Las manos ya están en su espalda, en su pelo, bajo la seda de la bata que se desliza de sus hombros y cae al suelo.

La envuelvo entre mis brazos. Su piel es tibia, y huele a lavanda, y bajo mis palmas se estremece como un animal tranquilo que por fin se ha dejado acariciar.

Ha ganado. Después de armarme la trampa más perfecta, de atarme con toda la ternura del mundo, me pide que la rompa y se entrega ella. Esa es la última vuelta del truco: cuando una mujer como Sabine decide perder a propósito, ninguna victoria vale lo mismo.

—Eres mía —murmuro, aunque no sé si lo digo yo o lo dice el fuego.

—Soy tuya —responde, y sé que lo dice ella.

Rodamos sobre el damasco con una torpeza que a ninguno de los dos le importa.

Una almohada cae. Me golpeo el codo contra el poste del dosel y maldigo bajito.

Sabine se ríe en mi oído, ese tipo de risa que contagia hasta los huesos, y el dolor se me olvida.

La cama cruje, se queja, gime. Me pregunto si Bee, con su almohada, estará escuchando esta sinfonía de crujidos.

Después dejo de preguntarme nada, porque Sabine me mira, con el pelo extendido sobre la almohada y las manos enlazadas en mi nuca, y me atrae hacia ella.

Entonces dejo de contar. Pierdo la cuenta de los besos, de los suspiros, de las veces que digo su nombre, del tiempo que dura una noche que se despliega como una carta que uno no quiere terminar de leer.

Hay una lentitud deliciosa y una prisa dulce que se persiguen, y hay un momento en que todo se acelera: el cuerpo de Sabine se arquea bajo el mío con un grito ahogado, y yo me hundo en su cuello con las manos apretadas en las suyas, y el pulso se me parte en dos mitades, la mía y la suya.

Se me escapa entonces, sin aviso, sin pensarlo, como se escapa un secreto guardado demasiado tiempo:

—Te quiero.

Me detengo. Ella abre los ojos. Siguen allí, grises y húmedos, a un palmo de los míos.

—Te quiero —repito, y lo oigo sonar en la habitación: redondo, entero, sin una grieta—. Sin pero.

—Lo sé —susurra, mientras una lágrima le baja por la sien y se pierde en el pelo—. Lo sé desde el martes, en el patio, entre los cubos. Pero necesito oírlo cuarenta veces al día, ¿entiendes?

—Cuarenta y una. Una de propina.

Se ríe y llora a la vez, y me abraza con una fuerza que casi me deja sin aire. No hay más palabras, porque no hacen falta.

No sé cuánto tarda en volver la quietud.

El fuego se ha reducido a brasas. Las velas, de veintitrés, quedan seis.

Sabine yace de costado, con la cabeza en mi hombro y una pierna sobre las mías, y su aliento me hace cosquillas en el cuello.

Con el dedo dibuja círculos lentos sobre mi pecho.

Tiene la piel sonrosada, el pelo revuelto, una expresión de satisfacción tan indecente que me dan ganas de ponerle una medalla.

—Hart.

—¿Mmm?

—Hace mucho que no tengo frío.

Lo dice bajito, a la penumbra, con una voz que ya no es la de la viuda ni la de la estratega. Es la voz de una mujer que se ha quedado desnuda delante de alguien y no ha sentido el menor deseo de taparse. Le beso el pelo. Me quedo un buen rato con los labios pegados a su sien, sin saber qué decir.

—Mañana tendremos que bajar a desayunar —murmuro al fin—. Con Bee, con esa cara.

—¿Qué le pasa a mi cara?

—Que parece la de una mujer que ha cometido todos los pecados capitales y no se arrepiente de ninguno.

—Solo de uno —dice, adormilada.

—¿Cuál?

—El de no haberte atado antes.

Al cabo me incorporo con cuidado, para no despertarla del todo, y me acerco al tocador con la sábana enrollada a la cintura.

Allí está, entre los frascos, el abanico negro.

Lo tomo. Pesa menos de lo que recordaba.

Es una cosa pequeña, de ébano y encaje, que durante semanas fue el escudo de una mujer que no quería que nadie le viera las manos temblar.

Regreso a la cama, me siento a su lado y se lo pongo en las manos.

—¿Qué haces? —pregunta, incorporándose sobre un codo.

—Guárdalo —le digo—. Para quien venga.

Sabine se queda mirando el abanico. Alza la vista, me mira, vuelve a mirarlo.

Tarda un momento en abrirlo. Las varillas crujen, el encaje se despliega, y a la luz de las últimas brasas aparece el nácar del borde, brillante como el filo de una luna.

Lo sostiene delante del pecho, abierto, durante un largo silencio, y yo, que llevo meses leyéndole las manos como quien lee el tiempo, descubro que ya no tengo nada que adivinar en ellas.

—Verena —susurra.

En la penumbra de nuestra casa, la palabra se queda suspendida en el aire como una promesa.