XL
Sabine
—Quieta —ordena Bee, con tres horquillas entre los labios—. Si vuelves a respirar así, te reviento el corsé.
—Respiro como puedo.
—Respiras como una yegua antes de una carrera. Esa cara, por Dios. Se supone que hoy eres una novia, no una general a punto de rendir plaza.
—Soy las dos cosas.
—Entonces haz el favor de que se note la primera.
El sábado cinco de julio amanece despejado, como si el cielo de Inglaterra hubiera decidido gastar de una sola vez todo el sol que le escatimó a Posy una semana antes.
A las ocho de la mañana la luz entra en mi tocador a cuchillos, dibuja un rectángulo dorado sobre la alfombra y cae sobre la mujer del espejo con una insolencia que no le agradezco.
Estoy sentada en el mismo taburete ante el cual, hace una vida, planeé con calma de estratega la caída de un hombre.
Llevo un vestido de seda marfil sin una sola joya, de corte sencillo, y en el cuello las perlas grises de mi madre, que Bee me prendió hace veinte minutos con las manos temblando más que las mías.
—Verena —murmuro, mirándolas en el espejo.
—¿Qué?
—Mi madre. Se llamaba Verena. Nunca te lo he dicho.
—Me lo has dicho tres veces, querida. —Bee me retira un rizo de la frente con un dedo húmedo—. Una cada vez que bebes de más. Es un nombre precioso. ¿Para quién lo guardas?
—Para quien venga.
Lo digo sin pensar, con el tono de quien no se compromete a nada, y Bee se queda quieta un instante con la horquilla en el aire. Después me la clava en el moño con una firmeza que me hace ver las estrellas.
—Bee.
—No.
—No te he dicho nada.
—Vas a decirme algo que me haga llorar y llevo el colorete de las bodas, que se corre. —Respira hondo—. Dímelo luego, cuando estés casada y con una copa. Siempre te sale mejor.
—Te lo digo corto: que me vieras entera. Once años. Nadie más quiso.
—Eso no era corto. —Se limpia con el pañuelo—. Calla, calla, que se me corre todo.
Sobre el tocador, entre los frascos de cristal, el abanico negro de varillas de ébano y borde de nácar aguarda con las alas plegadas. Lo he mirado por lo menos diez veces desde que me he levantado. Tiene la pose de un viejo mayordomo que no se resigna a que lo despidan.
—¿Seguro que no lo quieres llevar? —Bee mira la reliquia con algo que se parece a la nostalgia—. Llevas once años sin salir de casa sin él, ni siquiera para ir a misa. Es como salir sin un brazo.
—Justo por eso lo dejo. —Tomo su mano un instante—. Ese abanico era mi escudo, y a una boda no se acude con escudo. A una boda se va con el pecho abierto de par en par, a ver qué se cuela dentro.
—Mírala —finge escandalizarse Bee, torciendo la boca para no llorar—. Años de roca inabordable y de pronto me sale poeta la criatura a las primeras de cambio. Buena la ha hecho el señor conde con nosotras.
Alzo la mano izquierda a la luz. En el anular falta el anillo de granate con su filo de cinta azul: Posy vino anoche a llevárselo para entregarlo ella misma en el altar, y me hizo jurar que no lo echaría de menos.
Lo echo de menos. He mirado ese dedo más veces que al abanico.
Una hermana de diecisiete años me ha enseñado que a veces un anillo no necesita ajustarse: basta con envolver el hueco con lo único que se tiene.
Terciopelo, pienso de pronto, mientras Bee me prende el velo, y me río por dentro de esa palabra, que ha sido el hilo secreto de toda esta historia.
Yo tendí una trampa de terciopelo, suave y cerrada, sin salida aparente, para cazar a un hombre por deporte y por despecho.
El terciopelo era una venda, y la que iba con los ojos tapados no era mi presa.
La trampa, al cerrarse, no me encerró en ninguna jaula.
Me encerró en unos brazos, que es la única jaula de la que una no quiere escapar.
Hay un golpe seco en la puerta y la voz de Fossett, solemne como un obispo en funerales:
—La señora duquesa viuda de Storr, milady . Espera abajo.
—Le dije que no se molestara —murmuro.
—Me dijo que le dijera que no se lo había dicho —contesta Fossett, impasible.
La duquesa me espera en el vestíbulo, apoyada en el bastón que lleva ahora un anillo de plata alrededor de la grieta, con un traje de brocado violeta que debió de enterrar a tres modistas y un sombrero de plumas que merecería un reglamento propio.
Me mira de arriba abajo con sus ojos de alfiler.
No dice nada durante un rato eterno. Después, muy despacio, extiende un brazo seco como una rama.
—Me han dicho que no la entrega nadie.
—Nadie me entrega, Su Gracia. Me entrego yo.
—Por eso le ofrezco el brazo y no la mano. —Alza la barbilla—. Entre una cosa y otra hay un abismo, hijita. A la mano se la lleva uno. El brazo se toma. Si no se toma, la dejo aquí en este vestíbulo y me voy a ver a mi sobrino, que es tonto pero puntual.
La tomo del brazo.
Saint George, en Hanover Square, es la iglesia más pretenciosa de Londres: seis columnas corintias y un pórtico de templo griego que parecen decir «aquí se casan los que cuentan».
No habría elegido nunca esta iglesia. La eligió la duquesa, con una autoridad que no admitía el amago de una réplica: «Os vais a casar a lo grande, hijos míos, delante de todo el mundo que cuenta, para que a nadie en esta ciudad de víboras le quepa la duda de que los arruinados y adorados condes de Vaughan son la pareja más envidiada de la temporada, y no un par de escandalosos casándose por una puerta trasera».
Con la duquesa no se discute. Se obedece, y aquí estamos.
Ante el pórtico, el carruaje se detiene. Los vítores de la plaza me llegan como una ola. Hay curiosos hasta en los balcones: modistillas, criados, damas con lorgnon. Londres entero ha venido a vernos entrar. Debería temblar. Me sostiene una calma extraña, de bautizo.
—Respire, hijita —dice la duquesa a mi lado, sin mirarme.
—Respiro.
—No lo hace. Trague aire. Eso es. Cuarenta años llevo viniendo a bodas ajenas y la única novia que he visto entrar con los ojos tan secos como los suyos fue una que no tuvo a nadie esperándola al fondo. —Hace una pausa, casi imperceptible—. Yo.
No me atrevo a mirarla. Aprieto su brazo un poco más fuerte y ella, que no es de las que devuelven apretones, me lo devuelve.
El órgano empieza. Las puertas se abren.
La nave más larga y solemne de Londres se despliega ante mí con todo el ton sin respirar, los cuellos estirados y una luz de ventanales que cae como una bendición.
Hay mil velas y no se ve ninguna: solo rostros.
Los Hargreave en un banco, ella con un sombrero y una sonrisa nuevos; lord Crandall, adormilado a conciencia; el marqués de Dunmere; la señorita Quennell, muy cogida del brazo de su joven Marlowe, que me guiña un ojo.
Más allá, Whitcombe y Nye, rígidos de gala; Edmund, con la mirada burlona; la señora Hale, que me ha visto bajar esa escalera dos mil veces y llora como una fuente; la señora Pruitt, con el sombrero de las bodas, y Tom.
Posy, en primera fila, luce en el pelo un lazo de cinta azul cortada, supongo, del carrete de cuarenta varas, que Gil ha traído a cuestas por si acaso.
Camino.
A mitad de la nave, con la duquesa a mi lado y los pasos medidos al compás, me asalta con una nitidez que me escuece la muchacha de diecinueve años que recorrió otra iglesia, del brazo de otro hombre, camino de un viejo que la había comprado a plazos.
La veo de espaldas, delante de mí, pequeña y tiesa, con el porte de una niña que ha aprendido a no llorar.
Le mando desde aquí, desde el otro extremo de una vida entera, un mensaje callado: aguanta.
Resiste. No te dejes morir del todo por dentro.
Un día lejano, por el camino más torcido, vas a volver a entrar en una iglesia.
Esta vez irás por tu propio pie, y al fondo, esperándote, habrá un hombre que te quiere sin haberte comprado.
La duquesa se detiene en el tercer banco. Ha dejado de ser mi brazo.
—Hasta aquí llego yo —murmura sin mover los labios—. El resto lo anda usted sola, que para eso lo ha ganado.
Se sienta con la majestad de una reina y me quedo en medio de la nave, con una docena de pasos por delante y todo Londres detrás.
Al fondo, de pie ante el altar, está Hart.
Lleva la levita azul noche con forro gris.
Le sienta como si hubiera nacido dentro de ella.
Se ha afeitado con tanto celo que se ha cortado en la barbilla y un pequeño esparadrapo negro le marca la barbilla.
Tiene la cara desencajada de un hombre que no termina de creerse su suerte.
Me mira y me mira, sin parpadear, y a medida que avanzo se le va aflojando algo en los hombros, algo que llevaba doce años tenso.
Cuando llego a su altura, sonríe. No es la moneda falsa, ni la media sonrisa de los salones.
Es la de un hombre que jamás volverá a mentir.
—Tienes un esparadrapo —le susurro.
—Me afeité con las manos de la emoción.
—Eres un peligro público.
—Soy tu peligro público.
El párroco, un hombre alto y venerable de voz de bajo, carraspea.
Dice «queridos hermanos» y «estamos aquí reunidos», y las frases desfilan por mis oídos sin dejar huella, porque yo solo oigo el pulso de Hart junto al mío, y su mano, que busca la mía a escondidas y la toma, a través del guante, entre sus dedos tibios.
—¿Quieres a esta mujer —pregunta el párroco— por esposa, para vivir juntos según el mandato de Dios en el santo estado del matrimonio?
—Quiero. —La voz se le rompe en el medio y se la recompone con un carraspeo—. Quiero. Con todo lo que tengo, que no es mucho.
Hay una risa suave en la nave. El párroco, imperturbable, continúa.
Le pregunta si la amará, la consolará, la honrará y la guardará, en la enfermedad y en la salud, y Hart responde que sí a cada cosa, un «sí» más hondo que el anterior, como quien baja una escalera hasta el fondo de sí mismo.
Cuando llega mi turno, lo miro. Me mira. Tengo la garganta seca.
—¿Quieres a este hombre por esposo —pregunta el párroco— y prometes amarlo, honrarlo, obedecerlo…?
Se detiene en esa última palabra y busca la mirada de la novia, que está obligada a jurarla. La nave contiene el aliento. Hart me observa, con la comisura de la boca tensa, a punto de reír.
—Obedeceré —digo, con las cejas bien alzadas, lo cual, en mi idioma, significa «cuando tengas razón».
Hart se ahoga con un resoplido. En el tercer banco, la duquesa tose en un puño con una elocuencia admirable. Bee, detrás, se suena la nariz con un ruido de cuerno de caza. El párroco decide no haber oído nada.
—… y guardarlo en la salud y en la enfermedad, y serle fiel mientras ambos viváis.
—Quiero —digo—. Quiero, y no me devuelvas el recibo.
Es un voto personal y no figura en ningún misal. Hart, con los ojos húmedos, aprieta mi mano hasta casi hacerme daño.
Después viene el anillo. Antes tiene que quitarme el guante, y lo hace dedo a dedo, con una lentitud que debería estar prohibida en una iglesia y que la duquesa, desde el tercer banco, contempla con una aprobación indecente.
Posy se ha puesto de pie sin que nadie se lo pida y avanza hasta el altar con el anillo de granate sobre la palma abierta, sin cojín ni bandeja.
Hart lo toma con dedos tan temblorosos que lo deja caer una vez, y yo pienso que ese objeto diminuto sostiene todos los cuentos pequeños y verdaderos de esta historia.
Lo recoge. Lo desliza en mi dedo. Calza.
El filo de la cinta azul brilla un segundo bajo la luz y se esconde.
—Con este anillo yo te desposo —dice—, con mi cuerpo te honro y de todos mis bienes terrenales te doy parte.
—Ni un penique —susurro.
—Una fanega de trigo al año.
—Con intereses.
—Con intereses.
Debemos de parecerles dos locos. No me importa.
Cuando el párroco nos declara marido y mujer, el órgano estalla.
Hart me toma el rostro entre las manos igual que lo hizo en mi gabinete y en mi tocador, y yo ladeo la cabeza justo lo que hay que ladearla.
El resto lo hace él. Me besa ante todo ese Londres que meses atrás nos daba por hundidos, y es un beso sin prisa, de los que se aprenden de memoria.
No me sabe a triunfo ni a partida ganada: ese era el único sabor que conocía mi paladar de estratega.
Me sabe a puerto, a llegada, a la única casa que he tenido en la vida que no estaba hecha de piedra ni de dinero, sino de un hombre que prefirió arruinarse antes que mentirme una vez más.
Salimos bajo un trueno de campanas. La plaza entera ruge.
Alguien lanza un puñado de trigo y alguien, un ramo de violetas.
Hart me guía bajando los peldaños del pórtico con la mano firme en mi cintura, cegados por el sol, aturdidos de aplausos, y a medio camino me paro un segundo y lo miro, de lado, con la luz en el pelo.
—Señor conde.
—Señora condesa.
—Estás ridículo con esa sonrisa.
—Es la que tengo —me susurra al oído—. La cuido desde esta mañana.
Al término de la escalera, junto al carruaje de Merrow House, está de pie la duquesa de Storr, que ha salido por la puerta lateral con una rapidez impropia de su edad.
No dice una palabra. Me mira, mira a Hart, y me guiña un ojo.
Un solo ojo, con una lentitud de farolillo.
Después sube a su coche sin esperar ayuda, con el bastón de plata remendado en alto, y se va.
Fossett cierra la portezuela. El carruaje arranca. Cuando el estruendo de la plaza se apaga tras las cortinas, el interior se queda en una penumbra tibia, con olor a violetas y a cuero, y estamos solos. Por primera vez en todo el día, nadie nos mira.
Hart apoya la cabeza contra el respaldo y cierra los ojos.
Respira como quien ha cruzado un río. Después, sin abrirlos, busca mi mano con la suya y la lleva a sus labios, el granate y la cinta incluidos.
Besa el dorso. Luego, despacio, la cara interior de la muñeca, y mi pulso le contesta a gritos en la penumbra del coche.
—Señora condesa —murmura contra mi piel—. Llevo cinco semanas haciendo cuentas. Debo besos, tardes, una conversación entera en un invernadero. Mi balance es una vergüenza.
—Pensaba cobrar con intereses.
—Lo sé. —Abre por fin los ojos de té cargado, y me clavan en el asiento—. Por eso no pienso aplazarlo ni una hora más. Tengo una noche entera que pagarte.