La trampa de terciopelo XXXIX
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XXXIX

Hart

Mi levita le queda mejor a Gil que a mí.

Lo descubro a las diez y cuarto de la mañana, en el atrio de una iglesia de Soho tan pequeña que cabe en el patio trasero de Merrow House, mientras la llovizna de finales de junio, ese tiempo inglés que no sabe hacer otra cosa por mucho que se lo pidan, moja los hombros a los pocos invitados.

El novio se pasea de una columna a otra con el paso rígido de un ajusticiado, con la cara verde de nervios y mi levita de la temporada pasada, la de los remiendos en el codo, abotonada hasta la barbilla.

Se la regalé hace cuatro días. La ha cepillado tanto que ha perdido medio pelo.

—Respira, Gil —le aconsejo.

—Respiro. Es que se me ha olvidado cómo. —Se aprieta la corbata con dos dedos que le tiemblan—. ¿Y si me desmayo?

—Te sostendré. Es lo único que se me da bien, sostener a gente que se cae.

—¿Y si ella me mira y se da cuenta de que se ha equivocado?

—Entonces será la primera vez que mi hermana se equivoca con algo que ha decidido, y yo me convertiré al mahometismo. —Le doy una palmada en el hombro que le hace tambalearse—. Tiene diecisiete años y una voluntad de hierro, Halliwell. Si te ha dicho que sí, es que ha leído los términos.

Se ríe, a su pesar, y respira.

Hace tres meses habría casado a esta niña con el primer bolsillo repleto que se hubiera dignado a pedirle la mano, y habría dormido a pierna suelta creyendo que le debía eso y nada más.

Hoy casaré a mi hermana con un coadjutor sin parroquia que lleva mi vieja levita, y no sabría explicar por qué me pesa tanto la garganta.

La señora Pruitt me ha anudado la corbata esta mañana con tanta fuerza que a lo mejor es eso.

La iglesia carece de flores, salvo las que Bee y Sabine han acarreado ellas mismas esta madrugada: rosas de un jardín de Kensington, blancas y rosadas, sujetas al borde de los bancos con cintas viejas.

Huele a lluvia, a cera, a madera húmeda.

Los bancos están ocupados a medias. En el primero, la señora Pruitt, con el sombrero de las bodas, que es el mismo de los entierros, llora desde las nueve; a su lado, Tom, el lacayo, con una expresión de asombro que sospecho permanente; algunos primos lejanos de Gil, vestidos de domingo; el señor Whitcombe, al que alguien ha invitado por error y que ha decidido quedarse por cortesía; Edmund Ashcombe, con un clavel en el ojal y cara de haber ganado una apuesta.

Entonces la veo entrar.

Es mi hermana pequeña. Es el gorrión que remendaba sus vestidos tarareando para ahorrarme la vergüenza.

Avanza por la nave del brazo de nadie, porque ha insistido en venir sola —«que me entrego yo, Hart, como piensa hacer Sabine»—, con un vestido de seda Borgoña que Sabine mandó traer del rollo que sobró en la modista tras el vestido del baile de Storr y que Posy ha cortado, cosido y rematado con sus propias manos durante nueve noches seguidas.

Es del color del vino que se deja respirar, con mangas cortas y un escote modesto, y cae sobre el suelo de piedra con un frufrú que me parte el corazón por la mitad.

Lleva el pelo recogido con capullos de rosa.

Camina despacio, con los hombros muy rectos y la barbilla alta.

Nunca la he visto tan hermosa, ni tan mayor.

Al fondo de la iglesia, junto a la puerta, está Sabine.

Lleva un vestido gris perla y ningún sombrero, y me mira por encima de las cabezas con una sonrisa que no esconde detrás de ningún abanico.

Un segundo. Dos. Después me guiña un ojo, ella, la viuda inexpugnable, y la nuca se me enciende como si me la hubiera rozado con los dedos.

—Lo dije, ¿sabe, milord? —Bee se ha materializado a mi lado en el banco, con un pañuelo ya empapado y una sonrisa de satisfacción imposible de disimular—.

La noche que Sabine me contó lo del invernadero, la misma madrugada, le dije: «Ese hombre te va a dar un disgusto de muerte o te va a dar la vida entera, y me temo que a lo mejor las dos cosas a la vez». Acerté de pleno, para variar.

—Acertó, señora Calloway —se lo concedo de buena gana—. ¿Qué se le debe a una profetisa por un vaticinio tan redondo?

—Que cuide de ella. —Por un instante deja a un lado la guasa y me clava unos ojos serios que no le conocía—. Que la cuide como no la ha cuidado nadie en treinta años: ni su padre, ni su difunto, ni ella misma. Con eso, si cumple, me doy por bien pagada.

Le prometo, con la mano en el pecho y sin una gota de ironía, que lo cumpliré. Bee me estudia un segundo largo, entornando los ojos como quien tasa una joya, asiente y se esconde de nuevo detrás del pañuelo.

En el segundo banco, tiesa como un báculo de obispo y tocada con un sombrero que vale más que la iglesia entera con párroco incluido, preside la duquesa viuda de Storr.

Lleva el bastón de ébano sobre las rodillas.

Un platero le ha cosido la grieta con una banda de plata, que ella exhibe como un general sus condecoraciones.

Es la responsable de que hoy haya boda: arrancó una licencia especial al arzobispo en una sola tarde, con tres líneas de su puño y un golpe de bastón sobre un escritorio de Lambeth, y pasó por alto tres domingos de amonestaciones como quien se salta una pregunta tonta.

—No me mire con esa cara de pasmo, jovencito —sisea al verme—. No he venido por sentimentalismo, que a mi edad se cura una de eso. He venido porque la niña me cae en gracia y porque nada divierte más a una vieja que hacer lo contrario de lo que todos esperan de ella. Aproveche.

—Aprovecho, Su Gracia.

—Deje de mirar a su futura esposa, que se le cae la baba.

Me trago la risa. Por debajo del vinagre asoma la misma ternura que Bee disimula tras el pañuelo: la de las mujeres duras como el pedernal que han decidido gastar el poco corazón que les queda en los poquísimos que se lo merecen.

El párroco, un anciano calvo con voz de gaita, dice las palabras de siempre.

Yo, que no rezo desde que era un crío con las rodillas peladas, me descubro dando gracias en silencio, a nadie en concreto, por no haber cometido el disparate que estuve a un pelo de cometer.

Una apuesta miserable, la mayor bajeza de mi vida, me ha arrastrado por caminos torcidos y embarrados hasta este banco, hasta esta niña feliz, hasta aquella mujer de gris del fondo que me espera para ser mía dentro de una semana.

Cuando llega mi turno, deposito la mano de Posy sobre la de Gil ante el altar.

Es un gesto tan pequeño y enorme que me tiembla el pulso, a mí, que barajé naipes marcados media vida sin que me temblara jamás ni una carta.

Mi hermana me mira un segundo. En esa mirada hay un gracias que no necesita palabras y un adiós que sí duele: el adiós callado del hermano que entrega a la niña que crio y recibe a cambio a una mujer hecha y derecha que ya no lo necesita para nada.

Es la única manera que tienen de terminar bien estas cosas.

Después viene lo que no estaba en el programa.

El párroco acaba de pronunciar a los novios marido y mujer cuando, desde el segundo banco, resuena un golpe seco de bastón contra la piedra.

—Un momento, reverendo.

La duquesa de Storr se pone en pie. En una iglesia de treinta almas, el efecto es el de una torre que se levanta. El párroco se calla. Posy y Gil se vuelven, cogidos de la mano, blancos de espanto.

—Joven Halliwell. —La voz de la duquesa, que no necesita alzarse, llega hasta el último rincón—. Tengo entendido que carece usted de parroquia, de renta y de más fortuna que dos manos limpias y una levita prestada.

—Sí, Su Gracia. —Gil traga saliva—. Es todo cierto.

—La rectoría de Storr Magna está vacante desde la Pascua.

El anterior titular murió de aburrimiento, que es lo habitual en esa clase de parroquias.

La proveo yo, como patrona. Es una casa con goteras, una iglesia con noventa feligreses y un perro, una huerta de coles y quinientas libras anuales.

—Sacude el bastón—. Es suya, si le parece bien.

Si no le parece, tengo un sobrino que la acepta mañana, pero es tonto.

Se hace en la iglesia un silencio de los que se oyen. Gil no dice nada. Se limita a abrir y cerrar la boca como un pez. Posy se vuelve despacio hacia él, aprieta su mano y dice, en un susurro que alcanza el último banco:

—Gil. Di que sí.

—Sí —dice Gil—. Sí, Su Gracia. Sí. Muchísimas gracias. No sé qué…

—No dé las gracias. Hágalo bien. —La duquesa se sienta con un crujido de seda—. Una cosa más: el primer niño que tengan lo bautizará usted en mi iglesia y con mi bastón de testigo. Ya he hablado de esto con el obispo.

Posy rompe a llorar. Gil la abraza, y los dos, con la levita remendada de uno y la seda Borgoña de la otra, forman un nudo de felicidad torpe que hace llorar a la señora Pruitt, a Tom, al señor Whitcombe, a un primo lejano y a Bee, que ya estaba llorando.

Yo me hago el fuerte. Compruebo que mantengo una expresión de roca y que la mía es una roca de primera calidad.

Hasta que Sabine, a lo lejos, alza una mano y se la lleva al pecho, y entonces me caen dos lágrimas que atribuiré hasta el fin de mis días al incienso, aunque la iglesia ni siquiera lo gasta.

Fuera llueve con mansedumbre. Salimos entre puñados de trigo y carcajadas.

En el atrio, bajo el alero, antes de que los novios echen a andar camino de su vida modesta y luminosa, Gil se saca del bolsillo de mi vieja levita un paquete pequeño, envuelto en papel de seda, y se lo tiende a Posy con las dos manos.

—Es una tontería —dice—. No sabía qué regalarte.

Ella desenvuelve el papel y yo adivino lo que es por la cara de mi hermana antes de verlo. Es un carrete de madera, grueso, del tamaño de un puño, envuelto de cabo a rabo en cinta de raso azul. La misma cinta que medía con un dedal, el mismo azul. Posy se queda inmóvil.

—Cuarenta varas —aclara Gil, rojo hasta las orejas—. Los conté. Me fijé en la cinta que medías en tu caja de costura, un día que fui a verte. Dijiste una vez que cuando fueras rica comprarías la cinta a varas, y yo… yo no soy rico. Pero esto sí podía.

Posy levanta unos ojos enormes. Se le echa al cuello. Gil, con un carrete de cuarenta varas colgado entre los dos y una novia pegada a la camisa, no sabe dónde poner las manos, y las deja, por fin, sobre su espalda. Detrás de mí, la señora Pruitt se suena la nariz con un estruendo de trompeta.

Cuando se separa de él, mi hermana se vuelve hacia mí. Tiene el rostro mojado, el capullo medio caído. Me toma las manos con las suyas.

—Nunca le mientas —dice.

No hace falta preguntar a quién. Es la frase de aquella madrugada de camisón y vela, con la misma cara de niña seria, pero no la dice con miedo, sino con alivio, con la seguridad de quien entrega un testigo.

—No le mentiré —le prometo.

—Nunca.

—Nunca, gorrión. —Le beso la frente, que huele a lluvia y a rosas—. Tendrás que perdonarme si fallo, pero lo intentaré.

—No vas a fallar. —Se vuelve hacia el hombre que ahora es su marido, y alza una ceja con una severidad que acaba de heredar de la duquesa—. Tú tampoco.

—Yo soy clérigo —proclama Gil, sonrojado—. Es mi oficio.

—Pues cumple con tu oficio.

—Con todo mi corazón.

Se ríen, se abrazan, se van. Echan a andar por la plaza, bajo la lluvia, sin paraguas, cogidos de la mano, ella con el vestido Borgoña recogido hasta las rodillas y él con una levita de segunda mano y un carrete de raso azul bajo el brazo.

Verlos desaparecer entre los charcos es como ver cerrarse una puerta que llevaba doce años de pie contra el viento.

Algo se alivia en mi pecho y otra cosa se rompe.

Hay familias que se heredan sin preguntarle a uno y familias que uno se elige una a una.

Esta pequeña tribu de descarriados y arrepentidos que se ha juntado hoy en una iglesia pobre de Soho la he elegido yo, o me ha elegido ella a mí, que viene a dar lo mismo.

Una mano enguantada de gris se desliza entre las mías. Sabine ha aparecido a mi lado, sin ruido, con un ramillete de rosas medio deshecho.

—Una semana —murmura.

—Siete días. Los cuento.

—Cuéntalos despacio. Quiero llegar con las rodillas enteras.

—Prometo cuidarlas. —Dejo que mi pulgar le dibuje, sobre el guante, el mismo círculo que le dibujé en la muñeca en el despacho de Crabbe, y la veo contener el aliento delante de un párroco, de una duquesa y de media docena de testigos—. Las demás partes, también.

—Hart.

—¿Sí?

—Estamos en una iglesia.

—Se me había olvidado.

Es entonces cuando Posy, que no se ha ido tan lejos como parecía, regresa corriendo bajo la lluvia, con las tijeras de costura en una mano y el carrete en la otra. Se detiene frente a nosotros, jadeando.

—Se me olvidaba.

Corta un trozo largo de cinta azul. Nos mira a uno y a otra con los ojos brillantes, toma la mano de Sabine, toma la mía, las junta por las muñecas, les da dos vueltas con el raso y cierra con un nudo de costurera, firme y feo.

—Para que el sábado que viene no se os olvide —dice.

Se va otra vez, riéndose, sin esperar respuesta.

Bajo el alero de una iglesia de Soho, con la lluvia goteando a nuestros pies, Sabine y yo nos quedamos mirando nuestras muñecas atadas por una cinta azul. El nudo es feo. No se deshace.