La trampa de terciopelo XXXVIII #2
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XXXVIII #2

No puedo evitar reírme en la escalera, entre el olor a cebolla y el fulgor de las monedas que dejamos atrás, porque acabamos de comprar una finca entera con trigo futuro y, por primera vez en mi vida, no me importa lo que cueste.

A media tarde, Merrow House ha dejado de ser una casa y se ha convertido en un lavadero.

Los criados, según una costumbre de San Juan que yo desconocía hasta esta mañana, lavan el patio trasero a cubos de agua.

Los adoquines brillan húmedos y la luz entra oblicua entre los muros, y a mí me toca cruzar el patio para llegar a la cochera, con un vestido de muselina, sin sombrero, y dos lacayos de rodillas frotando con cepillos.

Es el sitio más feo y digno de la casa. En mitad de ese espacio, con una levita remendada, entre dos cubos y una escoba, me espera mi deudor.

—¿Qué haces aquí?

—Esperarte. —Se pasa las manos por el pantalón—. Lo he planeado.

—¿Entre cubos?

—Los cubos no estaban en el plan.

Tiene las manos todavía azuladas de la tinta del contrato.

Se las ha frotado con piedra pómez, con jabón, con limón; la tinta se ha reído de todo.

Está despeinado, con una sombra de barba.

Me mira como no me ha mirado nunca nadie, y vuelve a hacer lo que no pensé que le vería hacer, que es ponerse nervioso.

—He ensayado un discurso —confiesa—. Tres versiones. Se lo recité al loro de la cocinera.

—¿Y qué dijo el loro?

—Pidió una galleta. —Respira—. Sabine. Voy a hacer esto mal.

—Lo sé.

—Voy a hacer la peor petición de mano de la historia de Inglaterra.

—Me lo has prometido, milord. —Cruzo los brazos, y no logro ocultar la sonrisa—. Llevo días esperándola.

Se arrodilla. Lo hace sin ceremonia, sin mirar el suelo, y la rodilla se le hunde en un charco de agua jabonosa.

Un lacayo deja de frotar. Otro se queda con el cepillo en el aire.

Hart no los ve. Tiene los ojos fijos en mí, y entre las manos manchadas de tinta mis dedos desnudos parecen una joya robada.

—Te quiero. —Una pausa. Respira otra vez—. Sin pero.

Se me detiene el corazón. Lo había olvidado: «Prometo que algún día te llegará sola. Sin el pero».

—Hoy he pagado mi último pagaré —continúa, con la voz ronca—.

Ayer firmé mi última deuda contigo. No tengo nada que esconderte, ni un papel, ni un secreto, ni una mentira que me quede en el bolsillo de la levita.

Estoy limpio. Estoy arruinado y limpio, que es el mejor estado en que me he visto en mi vida.

Por eso puedo decirlo así. —Me toma las manos—.

Sabine Merrow, ¿te casarías conmigo sin que nadie nos obligue y sin una apuesta de por medio?

El patio se queda en silencio. Un chorro de agua cae de un cubo, gota a gota, sobre los adoquines.

—Sí —digo.

—¿Sí?

—Sí, Hart. Levántate, que vas a coger una pulmonía y yo todavía tengo que cobrarte el seis por ciento.

No se levanta. Se ríe. Una risa nueva, enorme, de las que hacen temblar el pecho. Entonces una voz aguda, desde la puerta de la cocina, grita:

—¡Un momento! ¡Falta lo más importante!

Posy cruza el patio a la carrera con la falda arrebujada en una mano, casi resbala en un charco y se detiene junto a su hermano con las mejillas encendidas. En la otra mano lleva una cajita de costura redonda, vieja, con los bordes gastados.

—Llegas tarde, gorrión —dice Hart, desde el suelo.

—Llego justo. Me dijiste a las cuatro y son las cuatro y tres minutos. —Se arrodilla a su lado, sin hacer caso del barro, abre la cajita y saca de entre un dedal y un carrete casi vacío una cosa pequeña que reluce—. Aquí está.

Es un anillo de oro delgado, gastado por los años, con un granate del tamaño de una lenteja. Hart lo mira con la boca entreabierta.

—¿Lo tenías tú?

—Era de tu madre. Lo saqué del cajón de papá el día que se llevaron los caballos y lo escondí detrás de la cinta.

Te conozco. Habrías sido capaz de empeñarlo para pagarle a ese hombre de Cheapside y entonces yo no habría tenido hoy nada que traerte.

—Posy se lo tiende con las dos manos, sin atreverse a mirarme—. Es muy modesto. Lo siento.

—Es el anillo más hermoso que me han ofrecido —digo, y es verdad.

Hart lo toma. Me coge la mano izquierda con una delicadeza que nunca le había visto. Intenta deslizarlo en mi dedo y el anillo, que fue pensado para unos dedos más anchos que los míos o para unos años más generosos, gira entre mis nudillos y casi se cae.

—Es grande.

—Sí. Tu madre tenía manos de lavandera, grandes y buenas… —Posy se muerde el labio—. Espera.

Rebusca en la cajita. Entre dos carretes de hilo, enrollado alrededor de un trocito de cartón, hay un palmo de cinta azul.

Es todo lo que queda. Lo desenrolla con los dedos temblorosos.

Reconozco ese palmo, y reconozco el instante: una muchacha de diecisiete años midiéndolo con un dedal.

«Cuando sea rica compraré la cinta a varas».

—Es lo último que tengo —susurra—. Pero sirve.

Con dedos de costurera, enrolla la cinta alrededor del interior de la banda, una vuelta, otra, hasta que el oro encaja justo.

Hart desliza el anillo en mi dedo. Calza.

Es una sensación ligera, firme, como si siempre hubiera estado allí.

Alzo la mano a la luz. El granate refleja una gota de sol.

Debajo de él, asoma apenas un filo azul.

—Gracias —le digo a Posy. No me sale otra palabra. Ella me abraza de golpe, con el barro hasta las rodillas, y me susurra al oído, muy bajito, «hermana», y yo me quedo clavada en el sitio sin saber qué hacer con las manos. Después, sin soltarme, me las pone en su espalda.

Cuando por fin Hart se pone en pie, chorreando, con una expresión de gloria idiota, Fossett aparece en el umbral del patio con una caja larga entre las manos, atada con un lazo gris. La coloca sobre un barril con el mismo respeto con que se deposita una ofrenda.

—Del sastre de Conduit Street, milady .

—¿Qué es eso? —pregunta Hart.

—Una levita. —Me alivio de la emoción hablando de ropa, que es una buena costumbre—. Mandé tomar las medidas de la tuya la semana pasada. Tom se la llevó a airear y tú ni te enteraste.

—No pienso aceptarla.

—No es un regalo de dama a mantenido. Es un regalo de boda.

—Los regalos de boda se hacen el día de la boda.

—Los de esta se hacen el día de la petición.

—Levanto la tapa. Paño azul noche, corte limpio, forro de seda gris—.

Mira. Es una levita, Hart. No te va a comprar.

Hace un año una levita vieja fue lo primero que vi de ti: pasada de moda, arreglada con maña para que nadie notara que las arcas estaban vacías.

No quiero que lo noten de nuevo. Quiero que vayas a mi boda con la ropa que mereces.

Tarda un rato en contestar. Con sus manos azules acaricia el paño, sin atreverse a sacarlo, y yo veo cómo se le mueve la nuez de la garganta.

—Está bien —dice al fin, en un hilo—. Pero la acepto como regalo de boda. No como tuya. De… de la mujer que se casa conmigo.

—Es lo mismo.

—Es muy distinto. —Se quita la levita vieja, la de la temporada pasada, la de los remiendos en el codo que Posy cosió tarareando, y la sostiene un momento entre las manos, doblada—. Ha sido muy fiel, esta.

—Dámela —dice una voz desde la puerta.

Gil Halliwell acaba de entrar en el patio con el sombrero en las manos y su aire de diácono a punto de pedir perdón por existir.

Ha venido a buscar a Posy y se ha encontrado con una función.

Hart le alarga la levita sin una palabra.

Gil se la echa por los hombros, sobre la suya, y ambas tienen las mangas raídas por el mismo codo.

—Parecen gemelas —murmura.

—Ahora son la misma —dice Hart, calzándose la levita nueva, y se echa a reír, y Posy llora, y yo también, y los lacayos, que no han dejado de mirar con el cepillo en el aire, se enjugan los ojos con el dorso de la mano como si fuera de lo más natural.

Lo último llega a las seis. Edmund Ashcombe aparece por la puerta del jardín, sin avisar, con el sombrero en la mano y esa sonrisa de gato que le conozco de once años de sobremesas. Mira el patio —el barro, las lágrimas, la levita nueva, el anillo con su cinta azul— con una ceja alzada.

—¿Interrumpo?

—Siempre —le digo—. Habla.

—Pell zarpa hoy. —Consulta el reloj—. Ahora mismo, de hecho, desde Gravesend, con la marea de las seis.

Le conmutaron la horca por catorce años de transporte a Nueva Gales del Sur; el magistrado fue muy atento con la señora Hargreave.

Crandall se ha quedado el sello de oro y la honra.

—Se encoge de hombros—. No tiene baraja, no tiene sello y no tiene Londres.

Dicen que pidió un último naipe y que el guardián le dijo que en el barco no se juega.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque fui a verlo salir. —Edmund sonríe, y en la sonrisa hay algo duro, pocas veces visible—. Quise asegurarme.

Hart me aprieta la mano, la del anillo.

En alguna parte, río abajo, un barco larga amarras.

Pienso un instante, no más, en un hombre sin sello contando las tablas de un casco, y la pena que me llega mide exactamente lo que merece: poco.

El reloj de la cochera da las seis. Alzo la mano a la luz de la tarde, entre cubos de agua y un conde nuevo de paño azul, y bajo el granate asoma el filo de una cinta, el último palmo de Posy.

Pesa lo que debe. Lo cobraré todo, hasta el último grano de trigo.