La trampa de terciopelo XXXVIII
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XXXVIII

Sabine

—Cinco por ciento, pagadero en trigo —repite el señor Whitcombe, y se quita las lentes con la lentitud de quien necesita ver mejor una locura—. Milady , en treinta y dos años de ejercicio no he redactado jamás una cláusula que me haga dudar de mi cordura. Hasta hoy.

—Anótela, señor Whitcombe. —Sirvo el té con una mano que no tiembla—. Con letra clara.

Es jueves, las diez y diez de la mañana, y mi gabinete de paredes color musgo ha dejado de ser un refugio para convertirse en campo de batalla.

A un lado de la mesa, Whitcombe, seco como un pergamino, con su portafolio de cuero y sus treinta y dos años de pleitos contra los primos de mi difunto.

Al otro, el señor Nye, que Bee ha desenterrado de no sé qué rincón de la City y a quien Edmund paga por horas: un muchacho de veintiséis años, con un cuello de camisa que le queda grande y dedos manchados de tinta, que mira al conde de Vaughan como si fuera un tigre de feria.

Entre ambos, mal acomodado en mi mejor sillón y con la misma levita de la víspera, Hart, que no ha dormido ni cuatro horas y tiene una expresión de triunfo que no logra ocultar.

Yo sí he dormido. Me he levantado con la espalda dolorida de un modo muy agradable y con dieciséis horquillas de plata sobre el tocador que he contado antes de bajar. Conviene saberlo todo de uno mismo.

—Mi cliente —carraspea Nye— desea dejar constancia de que no aceptará un solo penique de la fortuna de lady Merrow.

—Su cliente se calla un momento —interrumpo, sin mirar a Hart—. Habla el señor Whitcombe.

— Milady aporta el matrimonio en fideicomiso —lee Whitcombe, con voz de campana apagada—. Cien mil libras en fondos y las lanas del norte, a nombre de la futura descendencia, con el conde como administrador sin derecho de enajenación.

—A nombre de Verena —dice Hart.

Se hace un silencio pequeño. Whitcombe levanta una ceja.

—¿Perdón, milord?

—Que se llame así: Verena. Es el nombre de su madre, ¿no es cierto?

—Hart me mira, de pronto sin ninguna ironía, y esa mirada me da en el estómago—.

Me lo dijiste anoche, entre dos suspiros.

Pues que la renta futura de esta casa lleve el nombre de alguien que nunca cobró nada de ella.

Todo lo tuyo, Sabine, seguirá siendo tuyo y de lo que venga. Yo no pongo un dedo.

—Pones los dos —replico—. Quiero que lo administres tú.

—No.

—Hart.

—No quiero que mi honor se pague con tu dinero.

—Su voz es mansa y terca, que es una combinación peligrosa—.

El sábado, delante de todo Londres, renuncié a una bolsa de cuatro mil libras para que nadie pensara que te quería por lo que tienes.

Si ahora firmo un papel donde me conviertes en señor de tus lanas, ¿qué has ganado con mi estupidez magnífica?

—Un marido —contesto— que no sabe hacer cuentas.

—¡Eh!

—Con todo mi cariño. —Me vuelvo hacia Whitcombe sin dar tiempo a la réplica—.

Escriba esto. El conde de Vaughan recibirá de lady Merrow un préstamo para redimir la hipoteca de Vaughan Court, saldar sus deudas y poner la finca en condiciones de labranza.

El interés será del cinco por ciento anual. El pago se hará en especie.

—La escritura de esa hipoteca —tose Whitcombe— la compró lord Pell hace doce días, y sus acreedores, con lord Crandall a la cabeza, han puesto en venta todo lo suyo. La ofrecen a la par, sin intereses de mora. Prefieren cobrar ya antes que esperar a que subasten los bienes de un hombre en Newgate.

—Pues cómprela —digo—. Con el préstamo, junto con el pagaré de Crabbe.

—En trigo —murmura Nye, con la voz de un hombre que se asoma a un abismo.

—En trigo de Vaughan Court. Hasta la última fanega.

Mi futuro marido pagará su deuda con la cosecha de las tierras que él mismo arará, y yo cobraré cada año el pan que me corresponde.

—Cruzo las manos sobre la mesa—. Es un negocio impecable.

Nadie, ni la Banca de Inglaterra, ha tenido nunca un deudor que se levantara a las cinco de la mañana para pagarle.

—Quieres verme trabajar —dice Hart, con la lentitud de quien descubre una trampa en la que ya está metido.

—Quiero verte con las manos sucias de algo que no sean cartas. —Sonrío, despacio—. Soy una mujer de curiosidades modestas.

Whitcombe mira a Nye. Nye mira a Whitcombe. Hay en ese cruce una solidaridad de gremio que debería inquietarme.

—Es irregular —dice Whitcombe.

—Es espléndido, milady —murmura Nye—. Aunque mi cliente, si me permite, exige que conste que presta su consentimiento bajo protesta.

—Constará.

—Una última cosa. —Hart se inclina sobre la mesa y me clava la mirada—. Ese cinco por ciento. Quiero que sea seis.

—¿Por qué?

—Porque pienso pagarte más de lo que me prestas —habla bajo, para que solo yo lo oiga, aunque lo oye toda la habitación—. Así no podrás decir que te he salido barato.

Cuatro días de leguleyos y papel de oficio después, el lunes por la tarde, firmamos.

Hart lo hace con una pluma que chirría, con la lengua entre los dientes, concentrado como un colegial ante una lección de latín, y la tinta se le queda en las manos de un modo que ni jabón ni lejía conseguirán sacarle, como comprobaremos.

Yo firmo después. Es la primera vez en mi vida que pongo mi nombre en un papel sin que ningún hombre me diga lo que significa.

—Queda, señores —dice Whitcombe, secando con arenilla la última firma—, un único detalle de forma. Si me permiten.

—¿Cuál? —pregunta Hart.

—Que el conde le pida la mano a la señora.

Pasa un ángel. Dos. Whitcombe recoge con una tos seca sus papeles y Nye se hace pequeño como un botón en el cuello de su camisa.

—Me ocuparé de eso —dice Hart, sin voz.

—Confío en que lo haga con la debida solemnidad —dice Whitcombe, que no ha confiado en nada desde 1796.

San Juan amanece despejado y caluroso, un día de trimestre como cualquier otro, con carros de verdura por la calle y pregoneros de fresas.

Hart bebe un solo té, se pone la levita de la víspera y sale con los hombros de un reo hacia el cadalso.

No lo dejo ir solo. Subo con él a mi carruaje; nos precede el carro de Whitcombe con sus dos mozos y cuatro sacos de lona que tintinean al menor bache.

Hart quiso pagar en monedas, como exigió Pell, para saldar la deuda con el sonido que tanto le gustaba oír.

Solo por eso. Mil ochocientas libras en oro y plata que, por una lógica que escapa a mi sentido común, pesan justo lo que cuesta un orgullo.

El despacho de Josiah Crabbe, en Cheapside, está en el primer piso de una casa angosta que huele a cebolla frita y a tinta rancia.

Una placa de latón anuncia AGENTE DE NEGOCIOS en mayúsculas orgullosas.

Entro como una embajadora y lo noto todo: el escritorio cubierto de papeles, el reloj de pared que se atrasa, la ventana sucia, el ratón disecado sobre una estantería.

Detrás del escritorio, un hombre pequeño, pálido y sudoroso, de chaleco raído y dedos manchados de tinta, con los ojos redondos de quien se sabe en peligro, se pone en pie con tal brusquedad que vuelca el tintero.

—Milord. —La voz le sale ahogada—. Lady Merrow. Qué honor tan… inesperado.

—Señor Crabbe. —Hart dice su nombre como se pronuncia el de un pariente lejano—. Vengo a cancelar una deuda.

—Sí, sí, por supuesto. Un asunto sencillo.

Un pagaré de mil ochocientas libras, a la orden de…

de… —Traga saliva—. De un caballero que, hasta hace unos días, era un cliente preferente de esta casa, y que ahora, por motivos que desconozco y que no quiero conocer, me ha confiado la custodia del documento.

—Lo que usted confesó hace quince días en este mismo sitio —dice Hart— a cambio de cuarenta guineas.

—Yo no confesé nada —protesta Crabbe, con un chillido—. Fue un malentendido.

—Siéntese, señor Crabbe. —Mi voz sale suave, que es lo más amenazador que sé hacer—. Cuente las monedas.

Los dos mozos de Whitcombe depositan los sacos sobre el escritorio con un estrépito de oro.

Crabbe desata el primero, mete la mano, saca un puñado.

Las guineas le resbalan entre los dedos y su respiración se calma, como siempre se calma la de un hombre que cuenta.

Pasan veinte minutos de aritmética rápida y sudorosa.

Se oye el tictac del reloj, un carro, a lo lejos.

Me he sentado en la única silla decente del despacho.

Hart, de pie junto a mí, tiene la mano apoyada en el respaldo, y debajo del encaje de mi manga su dedo me dibuja un círculo en la muñeca, diminuto, secreto, justo donde late.

—Mil ochocientas —anuncia Crabbe al fin, con la voz de quien reza—. Exactas. Aquí tiene, milord.

Desliza sobre el escritorio un papel amarillento de letra apretada.

Hart lo toma, lo mira un segundo —doce años de deudas, una casa entera y una hermana que cosía a la luz de un cabo de vela, todo en una hoja— y le da la vuelta.

Escribe en el dorso, con la pluma que Crabbe le tiende temblando, una sola palabra: «Pagado».

Lo firma. Lo dobla. Se lo guarda en el pecho, junto al corazón.

—Gracias —dice.

—De nada, milord, de nada. —Crabbe está ya recogiendo su sombrero, su bastón y su paraguas, y atropellándose contra la puerta—. Si me disculpan, me temo que tengo… una urgencia… en Brentford…

Baja las escaleras de dos en dos y lo oímos gritar «¡Coche!» en la calle como quien invoca a un ángel. Desde la ventana lo vemos subirse al primer coche de alquiler que pasa, con el sombrero al revés, sin siquiera cerrar la puerta del despacho. Es posible que su urgencia se prolongue hasta Escocia.

—Se ha dejado los sacos —observa Whitcombe, con un deje de curiosidad, y se palmea el portafolio—. Yo, al menos, llevo lo mío: la escritura de Vaughan Court, cedida anoche por lord Crandall a la par, con su recibo.

—Que los guarde su ratón. El dinero ya es suyo y el papel, nuestro. —Hart me mira—. ¿Nos vamos, mi acreedora?

—Vámonos, mi deudor.