XXXVII #2
Ella me toma el rostro entre las manos, igual que lo hizo en su gabinete, y esta vez no hay carrera ni urgencia ni naufragio.
Nos besamos despacio, con la presión y la pausa exactas, y las cinco horquillas que le quedan van a parar al tocador sin que yo las mire mientras le desabrocho, uno por uno, los botones forrados de su espalda.
Cada botón es una pregunta y cada piel que se descubre, una respuesta.
El vestido color vino cae al suelo con un suspiro de seda.
Debajo lleva una camisa tan fina que es solo una insinuación de sí misma, y a través de ella veo cómo le sube y le baja el pecho al ritmo que mi boca le ordena.
—Me toca a mí —susurra.
Me desabotona el chaleco con una lentitud que debería ser ilegal.
Es estratega hasta cuando ha dejado de serlo: mide el tiempo entre botón y botón, ladea la cabeza, deja que mi respiración se rompa antes de seguir.
Me saca la camisa de la cintura, desliza las palmas por mi vientre, por el pecho, hasta los hombros.
Cuando sus dedos llegan al izquierdo, donde la cicatriz brilla blanquecina, se detienen.
Los míos también. En su gabinete, a plena luz de una tarde de junio, yo se la enseñé y le conté, con la voz hecha trizas, quién fue Eleanor y qué me costó.
Esta noche no la mira como quien descubre. La mira como quien reconoce.
Se inclina y la besa. Un beso breve, tibio, sobre el lugar donde una bala rozó a un muchacho de dieciocho años que creía en el amor. Es un beso de perdón y de pertenencia a la vez, y a mí, que he aguantado tantas cosas sin pestañear, se me nubla la vista.
—Ya está —dice ella contra mi piel—. Ahora ya no te duele.
—No me duele desde el domingo —confieso, con una voz que no reconozco.
—Mentiroso.
—Te quiero, pero…
—No empieces. —Me tapa la boca con un dedo, sonriendo—. Después.
La levanto en brazos.
—Dime cuánto peso, contable —susurra contra mi oreja.
—Menos de lo que esperaba y más de lo que merezco.
La llevo hasta la cama, una cama enorme, ancha, con dosel de damasco y una colcha tan gruesa que se traga el ruido de nuestros cuerpos al hundirse.
La luz de la vela se queda en el tocador y dibuja en su piel una línea de oro que va desde el hombro a la cadera, y la recorro con la boca, despacio, igual que se lee un libro que uno ya no piensa soltar.
Sabine arquea la espalda. Susurra mi nombre, no el título, no el apellido: el nombre.
Lo pronuncia como se recibe una dirección, o una casa.
Hay una clase de amor que se hace con prisa y con hambre, como el de aquella tarde dorada, y otra que se hace con una atención tan completa que cada gesto tiene su propio peso: la mano que me busca la nuca, el muslo que se curva contra mi cadera, el aliento que se queda quieto en mi oído antes de romperse.
Esta es la segunda. Nos miramos mientras sucede.
No cierro los ojos ni una vez; no quiero perderme su cara cuando se deshace, ese instante en que la viuda y la estratega se disuelven a la vez y queda solo una mujer asombrada de sí misma, con los labios entreabiertos y los dedos clavados en mis hombros como si yo fuera lo único que la ata a la tierra.
—Hart —dice, en un hilo.
—Aquí estoy.
—Dímelo otra vez.
Le aparto el pelo húmedo de la frente. Tiene los ojos brillantes, las mejillas encendidas, la boca hinchada de besos. Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida, y no por lo que enseña, sino por lo que ha dejado de esconder.
—Te quiero —digo—. Pero te he mentido.
—Con el pero —sonríe ella.
—Con el pero y todo.
Se ríe, y esa risa la acompaña hasta el final, cuando su cuerpo se tensa bajo el mío, y se aferra, y se deshace en un temblor largo que me arrastra con ella.
El mundo se quiebra en un silencio dorado.
Me quedo hundido contra su cuello, con el corazón golpeándome las costillas, sin saber dónde acabo yo y dónde empieza ella.
Descubro que me da lo mismo. Que nunca me ha importado menos nada.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que alguno de los dos hable.
La vela se ha consumido hasta un dedo. Sabine yace de lado, con la cabeza sobre mi brazo y una mano abierta sobre mi pecho, justo encima del corazón, que aún no ha recuperado el compás.
Me mira con un asombro tranquilo, como si acabara de aprender un idioma.
—Hart.
—¿Mmm?
—Me quedo.
La miro.
—Yo he dicho que me quedo.
—Ya lo sé. —Me acaricia el pecho con un dedo, dibujando un círculo—.
Esta vez me quedo yo. Quiero que lo sepas.
No porque me hayas arruinado el plan, ni porque la duquesa haya dado su bendición, ni porque tenga miedo de estar sola.
Me quedo porque quiero. Es la primera decisión de mi vida que no he tomado con un abanico en la mano.
Hay cosas que un hombre debería responder con elocuencia. Yo me limito a atraerla contra mí y a hundir la cara en su pelo, que huele a jabón de lavanda y a vela recién apagada.
—Mañana vienen los abogados —murmura contra mi hombro—. A las diez. Whitcombe y un tal Nye que ha buscado Bee.
—Es de una crueldad exquisita. Me regalan la noche más feliz de mi vida y a la mañana siguiente me sientan delante de dos hombres con plumas.
—Son abogados, no verdugos.
—Es lo mismo con otro sombrero. Te aviso de que pienso pelear por cada libra tuya. Que todo lo que es tuyo siga siendo tuyo.
—Pues yo pienso cobrarte cada penique que me debas. Con intereses.
—Hablas como Crabbe.
—Crabbe no tiene mis piernas —responde, y me las enreda entre las suyas para demostrarlo. Esa es la última discusión legal de la noche, y la pierdo con gusto.
Un minuto después, su respiración se vuelve lenta y pesada.
Me quedo despierto un rato más. No por insomnio: por avaricia.
Escucho cómo llega la madrugada. Un carro de leche, lejos.
Un reloj que da las tres. Sobre el tocador, a pocos pasos de la cama, las dieciséis horquillas de plata brillan bajo el último rescoldo de la vela y las cuento una vez más, por costumbre.
Toda mi vida he contado monedas falsas. Estas son de ley.
La mano de Sabine descansa sobre mi pecho, abierta, tibia, sin abanico, sin guante y sin prisa por irse. El martes puede esperar.