La trampa de terciopelo XXXVII
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XXXVII

Hart

La terraza de la casa de Storr da a un jardín que huele a boj mojado y a noche de junio.

Detrás de nosotros, a través de los cristales, el salón sigue girando en un río de oro: Posy con Gil, el coronel Hargreave con su esposa del brazo como dos novios envejecidos.

Aquí fuera solo hay una balaustrada de piedra, un farol y una mujer vestida del color de lo que se derrama.

Me coloco a su lado y descubro que el discurso se me ha evaporado.

Llevo diecisiete días ensayándolo. Lo he practicado ante el espejo y ante la señora Pruitt, que me escuchó sin parpadear mientras pelaba patatas y al final dijo que mejor me callara y lo hiciera, que a las mujeres no las convencen los discursos sino los hechos.

Ahora que la tengo a un paso y la luz del farol le pone un brillo de miel en el cuello, lo único que me queda son seis palabras que llevo atravesadas desde un domingo por la tarde.

—Tienes una munición —dice ella sin volverse, con los dedos desnudos sobre la piedra—. Soy toda oídos, milord.

—Te quiero, pero te he mentido.

Lo suelto de golpe, como se suelta una carta que quema.

Seis palabras. Las conté mientras salían, por vicio de contable.

Ella no se mueve. Un segundo, dos. Un criado cruza el salón al fondo con una bandeja de copas y yo, que he apostado la casa en menos, recibo un golpe del corazón contra las costillas por cada instante de silencio.

—Esa mitad —dice al fin— creo que ya la conozco. Me la escupiste en el salón de Storr.

—No esa. Esa te la gritó el hombre que no se fiaba de nadie.

Hablo de otra mentira. De todas. —Me paso la mano por la nuca—.

Te mentí cuando dije en Almack’s que no sabía bailar el vals.

Llevo bailándolo desde los quince, Sabine; mi madre me obligaba, con una escoba, en el pasillo.

Te mentí en el invernadero cuando dije que fue un impulso: llevaba tres semanas calculando cómo besarte sin que me abofetearas.

Te mentí cuando te dije que aquella tarde en tu gabinete no sabía lo que hacía.

Lo sabía. Lo sabía de sobra. Te mentí, sobre todo, cuando entré en tu salón sin decirte que mi nombre figuraba en un libro de White’s junto a la cifra de tu cabeza.

—Eso lo confesaste ante todo Londres.

—Lo confesé cuando ya no tenía más remedio.

Es distinto. —Me obligo a mirarla—. Te prometí decírtelo cuando no debiera nada a nadie, y todavía debo mil ochocientas libras hasta el martes.

Pero Pell se ha caído de su tapete y ninguna deuda de dinero puede ya comprar esta frase ni convertirla en una palabra con intereses.

Lo único que debo de verdad te lo debo a ti.

Por eso te lo digo aquí, en el momento más barato: ahora que Londres nos aplaude y que decírtelo ya no me cuesta nada.

Quiero que lo oigas con la mentira delante, como una moneda con las dos caras.

Te quiero, pero te he mentido. Seguiré pidiéndote perdón por ello hasta que me digas que basta, aunque tardes un siglo.

Se vuelve despacio. Tiene los ojos grises muy abiertos, y la barbilla alta de siempre, pero le tiembla el labio de abajo, y esa fracción de temblor me desarma más que todos los discursos del mundo.

—Repítelo.

—Te quiero, pero te he mentido.

—Otra vez.

—¿Ahora? ¿Aquí? Hay medio salón mirando por el cristal.

—Otra vez, Hart. Quiero comprobar que el pero no se te cae.

—Te quiero, pero te he mentido —repito, y se me escapa una risa sin permiso, porque el pecho se me llena de algo ligero que no sé nombrar—. Te quiero. Con el pero encima y todo.

Entonces me acaricia el rostro con la mano desnuda. Es un gesto lento, de reconocimiento, como si estuviera memorizando una ciudad que acaba de recibir en herencia: la línea de la mandíbula y la comisura donde se me forma, cuando miento, una arruga que ella ha aprendido a leer antes que yo.

—Qué cosa más fea la que has dicho —murmura—. Sin una palabra de poesía. Con la segunda mitad confesándose a gritos.

—Soy un hombre sencillo.

—Eres un hombre insoportable. —Se pone de puntillas—. Guárdate el pero. No lo necesito. Ya me lo cobraré a plazos, que hay deudas que una prefiere cobrar despacio. Pero la primera mitad, milord, la primera mitad la quiero entera cada día de mi vida.

—Prometo que algún día te llegará sola. Sin el pero. Cuando ya no me quede nada que confesarte.

—Llevo semanas sin saber qué es lo que tú tienes por confesar.

—Eso, precisamente, es lo que me queda por averiguar.

Me besa. No es el beso del invernadero, robado y a oscuras, ni el del palco entre cortinas, ni el devorador de su gabinete cuando yo llegué con el sombrero en la mano.

Es un beso con la boca abierta de una mujer que ha decidido hacerlo a la vista de todos, bajo el farol, con la duquesa viuda de Storr mirando desde el sillón y todo Londres reflejado en los cristales.

Es una declaración de propiedad. Es también una rendición, y no sé distinguir cuál de las dos cosas me está haciendo, ni me importa.

Detrás del cristal, la señora Calloway, que lleva rato asomada, se lleva la mano al pecho y empieza a hacer gestos de cerrar las cortinas.

—Vámonos a casa —susurra Sabine contra mi boca.

—¿A cuál de las dos?

—A la que tiene lumbre en todas las chimeneas.

—Vaughan House sigue sin lumbre en el ala este desde mil ochocientos nueve.

—Entonces a la mía, conde. Date prisa, que se me acaban la paciencia y las excusas.

El carruaje de Merrow House es un cofre de terciopelo oscuro que huele a ella.

Nos sentamos uno junto al otro, porque ninguno de los dos aguanta la distancia del asiento de enfrente.

La calle pasa por las ventanillas, farola tras farola, y en cada cruce la luz le recorre la cara y se la quita de nuevo.

Me coge la mano y la coloca sobre su rodilla, bajo la capa, y yo no muevo un dedo.

Los suyos, enguantados de nuevo, dibujan sobre mis nudillos la misma figura una y otra vez, como quien traza un plan.

—¿Viste su cara cuando partió el bastón? —pregunto, por llenar con algo el silencio de la calle.

—Sonreía —dice ella—. Llevaba cuarenta años esperando un tapete digno de su bastón.

—Le pasó lo que a mí con la apuesta.

—Que se divirtió más de lo que la decencia permite. —Me mira de reojo y la sonrisa se le apaga despacio, como una vela a la que se le acaba la cera—. Hart.

—¿Mmm?

—Tengo miedo.

—¿De qué?

—De esto. De no saber hacerlo. —Mira por la ventanilla—. Me enseñaron a cazar y a ganar. Nadie me enseñó a quedarme quieta mientras alguien me quiere.

Le beso los nudillos, uno por uno, a través de la seda del guante, sin prisa.

—Entonces esta noche es una clase.

—No tiene gracia.

—Tiene toda la gracia del mundo. Yo tampoco he practicado nunca.

Tengo, además, un martes por delante: mil ochocientas libras, un despacho de Cheapside y un hombre en una celda de Newgate que aún cree poseerme. Esta noche decido no pensar en él. Es la primera deuda de mi vida que aplazo sin remordimiento.

Fossett nos abre la puerta de Merrow House con la solemnidad de un mayordomo que acaba de recibir órdenes de una duquesa.

No dice una palabra. Nos desea buenas noches con la cabeza, nos retira las capas con la delicadeza de quien sostiene reliquias y desaparece por el pasillo como un fantasma bien pagado.

Estamos ya al pie de la escalera cuando otro carruaje se detiene en la calle.

Una puerta, unos pasos rápidos, y la señora Calloway irrumpe en el vestíbulo con el chal torcido y una expresión de triunfo que le rejuvenece diez años.

—No se muevan. No les voy a interrumpir. Solo voy a decir una cosa y me retiro a mis habitaciones con tapones de cera en las orejas.

—Bee —avisa Sabine.

—Una cosa. —Me señala con un dedo enguantado—. Estupidez magnífica. Lo dije el sábado y lo mantengo. Buenas noches.

Sube la escalera de dos en dos, a una velocidad impropia de su edad, y desaparece tras una puerta que cierra con un portazo ejemplar.

—¿Qué te ha llamado? —pregunta Sabine, aunque lo sabe de sobra.

—Me lo gritó desde su carruaje, frente a White’s, la tarde que me arruiné. Que lo mío era una estupidez. Magnífica, eso sí.

—Siempre tiene razón. Es una calamidad.

En su tocador hay una sola vela encendida y el espejo devuelve dos figuras de pie: ella, con las manos ya en la nuca para soltarse las horquillas, y yo detrás, sin levita desde que ha entrado en casa porque ella me la ha quitado en la escalera con una autoridad de general.

Me acerco por la espalda. Pongo las manos sobre las suyas.

—Déjame a mí.

—Son dieciséis.

—Las contaré.

Las saco una a una. Tardo. El pelo se le va deshaciendo en mechones pesados que me caen entre los dedos como seda sin teñir.

Cada horquilla que pongo sobre el tocador suena a moneda de plata en un platillo.

Una. Dos. Tres. En el espejo me mira a los ojos mientras lo hago.

Su aliento se acorta con la cuenta. Cuatro. Cinco. Seis.

—Es lo más lento que me han hecho nunca —dice, con la voz de otra.

—Soy un hombre minucioso. —Siete—. Soy contable, ¿recuerdas? Cuento lo que me importa.

—¿Lo que te importa es mi pelo?

—Lo que me importa son todos tus comienzos. Ocho. Nueve.

Se le escapa un suspiro que es casi una risa. En la décima, apoyo los labios en la curva de su cuello, en el lugar exacto donde el pulso se vuelve un tambor, y ella cierra los ojos. En la undécima, se vuelve entre mis brazos.

Ya sin el espejo de testigo, la tengo a un palmo, con la melena suelta y los ojos entrecerrados, y reconozco el rostro que busqué en cada mujer de cada baile durante doce años sin saber que lo buscaba: el de alguien que no te mira para ver qué le sirves, sino para ver si te quedas.

—Me quedo —le digo, porque tengo que decírselo—. Aunque te armes hasta los dientes. Aunque me eches con cajas destempladas. Los Vaughan llegamos tarde a todo, ya te lo advertí, pero cuando llegamos no nos vamos ni a patadas.

—¿Lo prometes?

—Por la casa y por el aldabón. Por todo lo que no tengo.