La trampa de terciopelo XXXVI #3
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XXXVI #3

—No se disculpe. Bailaba usted conmigo como quien se escapa por una ventana, lord Vaughan.

—Se tapa la boca con el guante—. Cada vuelta lo dejaba un poco más cerca de la puerta.

Yo cuento los pasos, ¿sabe? No me ofendí en absoluto.

Estoy enamorada del hijo de un capitán de barco, que no tiene título ni renta ni salón en el que meterse, y bailar con usted fue mi mejor coartada.

Papá creía que el Diablo de Vaughan me rondaba y dejó de buscarme otros candidatos.

—Me alegra haberle sido útil —dice Hart, con una gravedad que no engaña a nadie.

—Esta noche, lo mejor. —La risa de cascabel vuelve—.

Papá ha visto el escándalo y ha decidido, delante de media sala, que un conde con una amante rica es mal negocio.

Así lo llama él, perdone usted, milady ; no sabe decirlo de otro modo.

Opina que, ya puestos, prefiere un yerno que no necesite a su hija para pagar el aldabón de la puerta.

El joven Marlowe cenará en casa el domingo.

—Es la mejor noticia de la noche —le digo, y es cierto.

—Es usted muy amable. —Me mira con una franqueza que no esperaba—. La vi aquella noche en Almack’s, observándonos desde la galería. Pensé: «Esa mujer está celosa de mí y yo no lo merezco». Después pensé que, si algún día yo miro a un hombre como la mira usted a él, me daré por bien casada.

Desaparece entre las matronas con un revuelo de rizos. Hart la sigue con la mirada, aturdido.

—Acabo de ser rechazado por una heredera de cuarenta mil libras que nunca me quiso —murmura—. Es la mejor noticia del mes.

—Te consolaré más tarde.

—Llevo mirándote el escote desde la contradanza. Lo espero con impaciencia.

Se me escapa una risa que atrae media docena de miradas.

Que miren. En la otra punta de la sala, Posy baila con Gil Halliwell una contradanza que no le sale bien a ninguno.

Lleva puesta la seda Borgoña y ríe tanto que olvida el compás.

Gil la mira como se mira una tormenta de verano: con miedo, con gratitud, sin pestañear.

Se pisan el uno al otro y se piden perdón con la frente pegada.

Hart los observa con el rostro de un hombre al que han devuelto lo que había perdido.

—Es el peor baile del mundo —dice, ronco.

—Por eso mismo es el mejor.

La contradanza muere sin que nadie la eche de menos.

La orquesta afina. En el silencio que se abre, la duquesa de Storr, sentada ya de nuevo en su trono, levanta el bastón agrietado.

Cuelga de él una tira de ébano que podría partirse con un soplo.

Lo mantiene en alto lo justo para que todo el salón se dé cuenta y mueve la punta en nuestra dirección. Es una orden real.

Los invitados se retiran en un murmullo.

—¿Me concede esta pieza, lady Merrow?

—Se la concedí hace semanas, milord.

—Entonces vengo a cobrarla.

Me lleva al centro del parqué con la mano en la parte baja de mi espalda, justo donde acaba el corpiño, y el calor de la palma atraviesa la seda como si no existiera.

La orquesta arranca un vals lento, de los que obligan a respirar con el compás.

Me coloca la mano libre sobre su hombro, sin guante, porque esta noche nos hemos concedido ese pequeño pecado, y su pulgar encuentra la hendidura de mi muñeca. Donde late. Donde ya sabe que late.

No bailamos como en Almack’s, donde cada paso era una jugada y cada giro una finta.

Bailamos como se baila cuando la partida ha terminado y ambos han ganado: con las vueltas largas de quienes ya no tienen que demostrar nada.

Me sostiene, me dejo sostener. Sus muslos buscan los míos al girar. Su aliento me roza la sien.

—Estás muy callado, milord —le digo, cuando el salón se funde alrededor en un río de oro—. ¿Se te han vuelto a agotar las municiones?

—Del todo, sin pena. —Me acerca medio dedo más de lo que consiente el decoro y ninguna patrona frunce el ceño, porque la dragona en persona nos ampara—. Ya no tengo que conquistar nada. Contigo pienso pasarme la vida sin una sola frase ingeniosa preparada de antemano.

—Cuidado. Empiezas a hablar como un hombre enamorado.

—Pues que no se lo crean. —Me hace girar y el mundo gira con nosotros—. Me he pasado la vida entera haciéndole creer a la gente cosas que no eran ciertas. Ya era hora de contarles una que sí lo es.

Lo miro un segundo de más, justo ese segundo que durante semanas medí con precisión de relojera, y ya no lo mido.

La mujer que ladeaba el cuello un par de grados para que un hombre se creyera rey se habría quedado sin reloj.

Esta noche ceder media pulgada me parece ridículo: le apoyo la cabeza entera sobre el hombro, a la vista de todo Londres, y su pecho se hincha de golpe bajo mi mejilla como si le hubiera regalado una ciudad.

Los últimos compases se acercan. Sé que lo sabe, porque su mano se cierra un poco más sobre mi cintura y me retiene medio paso más allá de donde debería soltarme. En vez de dar la última vuelta, me gira hacia los ventanales que dan a la terraza.

—Sabine.

—¿Qué?

—Te he mentido otra vez. —Su voz es un susurro pegado a mi oído—. Antes, cuando dije que no me quedaban municiones. Me queda una. La llevo guardada desde hace más tiempo del que querría confesar. —Me mira, y ya no sonríe—. Hoy sí voy a decírtela. Ven fuera.