XXXVI #2
Una mano delgada se adelanta entonces por encima del hombro del coronel y deposita sobre el tapete un fajo pequeño de papeles.
La señora Hargreave tiene la cara del color de la cera y los labios apretados, pero no tiembla.
Ha dejado de temblar hace unas horas; se le nota en cómo coloca los papeles, uno junto a otro, bajo la luz.
—Seis pagarés —dice—. A mi nombre, lord Pell.
Firmé uno. Trescientas libras, una noche en que usted me dijo que la suerte venía de camino y me dejó jugar con lo que yo no tenía.
Los otros cinco los ha firmado usted. —Se aclara la garganta—.
He mirado esa letra muchas noches para aprender a odiarla. No es la mía.
—Mi esposa jugó una noche y perdió trescientas libras —añade el coronel, con una voz tan grave que no parece suya.
Rodea con un brazo la cintura de la señora Hargreave—.
Eso lo supe ayer. Que no me lo dijera antes es una pena que llevaremos juntos.
Que usted la apretara durante meses con firmas falsas para cobrarse deudas que no existían, eso, milord, es una infamia solo suya.
—No tienen nada. Papeles…
—Tienen de sobra para que no digas nada más, Rupert —dice lord Crandall, que ha abierto por fin los ojos, y no son los de un hombre adormilado—. Más las dos mil mías, que me debes desde hace dos años. Esta noche, aquí, sobre este mismo tapete.
—No las tengo.
—Ya lo sé. Por eso he traído a dos señores que esperan en el vestíbulo.
A través de la puerta abierta se ven, en efecto, dos hombres con levita de paño pardo y el sombrero entre las manos. Beben limonada con compostura de monaguillos. El mayor saluda a la duquesa con la cabeza.
Entonces Su Gracia levanta el bastón y lo baja sobre el tapete con un golpe seco que hace saltar las cartas. El ébano se resquebraja con un chasquido de rama. El puño de plata rebota sobre el verde y rueda hasta detenerse junto a la mano de Pell.
—Fuera de mi mesa.
Lo dice sin gritar. No necesita gritar. Todos los hombres de Londres que importan están detrás de nosotros, en el marco de la puerta, mirando, y todos entienden la frase al mismo tiempo.
—Lo haré arreglar —añade la duquesa, estudiando la grieta con visible satisfacción—. Lo he usado para cosas peores.
—Mañana su nombre desaparecerá del libro de White’s —anuncia el marqués de Dunmere, que preside el club desde que Hart llevaba faldones. Nadie lo ha oído entrar—. Mi firma encabezará la hoja.
—Almack’s no volverá a abrirle la puerta —la patrona de las plumas de avestruz habla desde atrás, con voz de campana—. Ni esta temporada ni ninguna.
Pell está de pie, con las manos aún sobre el tapete, y es la primera vez que lo veo sin nada que decir. Entonces vuelve hacia mí unos ojos pequeños y negros.
—¿Qué quiere? —Se le quiebra la voz en la segunda palabra—. Dígalo. Todo el mundo quiere algo. Usted ha montado esto durante semanas. ¿Mi cabeza? ¿Mi dinero? ¿Que le pida perdón de rodillas? Dígame qué precio tiene y acabemos.
Lo miro. Pienso en todo lo que podría decirle: las noches en vela, la lista de amenazas, el chantaje de cinco días, la mano de Hart cerrándose sobre la mía cuando me creyó una embustera. Pienso en lo mucho que me gustaría verlo de rodillas. Descubro, con un asombro limpio, que no me importa.
—Nada.
—Mentira.
—Nada, lord Pell. —Alzo la barbilla—. Eso es lo que no podrá perdonarme jamás: que no lo necesito. Ni su dinero, ni su cabeza, ni su perdón.
Lord Crandall se inclina sobre el tapete, toma la mano inerte de Pell, le arranca de un tirón el sello de oro del meñique y se lo guarda en el bolsillo del chaleco.
—A cuenta —dice.
Los alguaciles entran. Son corteses; es lo más cruel de todo. Uno le ofrece el brazo como a un invitado que se marcha. Pell los sigue por el pasillo que la multitud le abre sin decir una palabra. Al pasar frente a Hart se detiene un instante y su voz, por fin, es solo un hilo.
—No cante victoria, Vaughan. El martes sigue en pie.
—El martes pago —dice Hart.
Se lo llevan. Me quedo mirando la puerta vacía con las manos sobre la seda color vino, quietas, obedientes. Detrás de mí, Hart respira hondo, y en ese aire que suelta cabe un siglo de deudas. «Ya está», dice sin voz.
Los caballeros regresan al salón en grupos, con la prisa de quien lleva una noticia. Pasan unos minutos sin que nadie me hable, una de esas treguas que da el escándalo antes de reorganizarse. Entonces una cabeza de rizos dorados asoma entre dos matronas.
— Lady Merrow. Lord Vaughan. —La señorita Quennell hace una reverencia perfecta y se ríe a continuación, una risa de cascabel que atraviesa tres corrillos—. Perdón. No quería interrumpir. Es que han hecho ustedes el mejor espectáculo que yo haya visto jamás y quería dar las gracias.
—Señorita Quennell —dice Hart, con la prudencia de un hombre que ha pisado una vez su propia cola—. Quisiera pedirle disculpas por Almack’s, si me permite. Yo…