XXXVI
Sabine
Tengo las manos quietas y desconfío de ellas.
Llevo semanas viéndolas temblar tras las varillas de un abanico, y esta noche, mientras un lacayo de Storr me retira la capa en el vestíbulo, se comportan como dos soldados en parada.
Debe de ser la rabia sana de quien llega a la batalla con el plan aprendido de memoria.
O debe de ser el hombre que me ofrece el brazo con una reverencia de teatro y murmura sin mover los labios:
—Dime que no vamos a hacer nada ilegal.
—Vamos a hacer algo del todo legal, milord. Es mucho más cruel.
—Cruel y legal. —Coloca mi mano en su manga con una gravedad que no se cree nadie, ni él—. Ya hablamos como un matrimonio.
—Todavía no. Para eso hacen falta abogados y aún no hemos tenido que soportarlos.
Entramos. El salón de la duquesa viuda de Storr, que ella llama pequeño porque solo caben ciento veinte almas, huele a cera de abeja y a calumnia retirada.
Hace tres días estas mismas cabezas empolvadas me llamaban araña tras sus abanicos.
Esta noche se inclinan a mi paso con una devoción tan repentina que debería darme náuseas.
Lady Penhallow, que juró a medio Mayfair que yo había hechizado al conde con un filtro de Cantón, me toma las dos manos y asegura que mi vestido es un poema.
Londres es una veleta con corsé: la duquesa ha soplado y todos apuntan al norte.
El vestido es de seda color vino. Lo elegí con criterio de estratega: una mujer que va a presenciar una ejecución debe llevar el color de lo que se derrama.
—Pon cara de aburrida —me ordena Bee, que se ha materializado a mi codo con su aspecto más inocente, el que reserva para las noches en que lleva un cuchillo en el corpiño—. Tienes los ojos de una gata a punto de saltar.
—Soy una gata a punto de saltar.
—Pues disimúlalo. Edmund está en la puerta del salón de juego. Dice que todo está en su sitio: las mesas, las velas y los alguaciles.
—¿Los alguaciles?
—En el vestíbulo de servicio, con el sombrero en la mano y un vaso de limonada. La duquesa ha dicho que es de lo más irregular y que le encanta.
Al fondo del salón, en el sillón que parece un trono y que lo es, reina la propia Storr con el bastón de ébano apoyado a un lado y el puño de plata brillando bajo las lámparas. Nos hace una seña con dos dedos. No se levanta; las duquesas no se levantan, se las visita.
—Llegan tarde.
—Hemos llegado a la hora, Su Gracia.
—Para mí es la hora cuando yo lo digo. —Me inspecciona de arriba abajo y se demora en mis manos—. Quietas. Bien. Escúcheme, hijita: la pieza que les prometí se bailará cuando yo levante el bastón y ni un compás antes. Primero tengo un asunto de limpieza.
—Creía que el servicio ya había pasado por los salones —dice Hart con su mejor cara de inocente.
—No esa clase de limpieza, jovencito. Ponga usted cara de arruinado, que esta noche conviene.
—Me sale sin esfuerzo, Su Gracia.
—Ya lo veo. Es lo único de lo que no puede quejarse un hombre honrado.
La orquesta se pierde en una contradanza que nadie baila con ganas.
Yo llevaba semanas soñando con ese vals en el centro del salón, con Londres entero contra las paredes como público de teatro.
La duquesa lo pospone sin pestañear y descubro que sabe más de dramaturgia que yo: el postre se sirve después del plato fuerte.
El plato fuerte, además, acaba de llegar.
Lord Pell cruza el umbral a las diez y media con el aspecto de un hombre que ha ganado algo. Viste de negro, impecable. Gira el sello de oro en el meñique como si lo contara.
—Les dije que no me lo perdería por nada del mundo —anuncia al llegar a nuestro lado, y sonríe como quien reparte limosnas—. El Diablo y su viuda, bendecidos por la dragona. Casi me conmueve.
—Qué amable —contesto—. Casi me lo creo.
Pell ignora el «casi» y se inclina hacia Hart con una confidencialidad de prestamista.
—Seis días, Vaughan. El martes, al mediodía, en el despacho de Crabbe. Mil ochocientas libras. En monedas, si es tan amable. Me gusta oírlas.
—Las tendrá —responde Hart, y sonríe, pero no es la moneda falsa de antaño, sino una más pequeña y honrada, sin brillo—. Hasta el último chelín. Hay deudas que sí me gusta pagar.
—¿Con el dinero de su viuda?
—Con el dinero de quien me lo preste. —Hart ladea la cabeza—. Esa es la diferencia entre usted y yo, Pell: yo sé a quién se lo debo.
Pell se ríe, un sonido seco como una nuez al partirse, y se vuelve hacia mí.
—Mi admiración, lady Merrow. Perdí la partida, no lo niego. Pero Su Gracia ha tenido la deferencia de ofrecerme su mesa de faro. Una banca, nada menos. —Los ojos le brillan con un hambre que conozco de memoria—. Con una banca a mi cargo, esta noche me pongo al día con medio Londres.
—Qué casualidad —respondo—. Su Gracia siempre dijo que el faro es el juego de los caballeros.
Se aleja satisfecho. A mi espalda, Hart emite un sonido que no llega a ser risa.
—Sabine. Si sale mal…
—Créeme: llevo diez días construyéndole el camino. —Le busco la mirada por encima del hombro—. A un tramposo se le conceden todas las facilidades salvo la de retirarse a tiempo.
Lo he hecho con ayuda. Edmund Ashcombe pasó quince noches perdiendo con elegancia en el club donde Pell juega con los suyos, y una de ellas un mozo bien pagado le trajo la baraja que Pell llama de la suerte.
Bajo una vela rasante dejaba ver lo que la mano no debería saber: en el dorso de cada carta, a un tercio del borde, una raya finísima hecha con la uña del meñique que lleva el sello de oro.
Un lenguaje de ciegos que se aprende en una tarde si uno tiene una buena razón para odiar al maestro.
El coronel Hargreave lo ha aprendido en dos.
A medianoche, la duquesa abandona su trono sin una palabra y atraviesa el salón con el bastón marcando el compás, y los invitados se apartan como la marea ante un barco de guerra.
El salón de juego tiene una sola mesa grande, con tapete verde nuevo, cuatro candelabros y seis sillas.
La duquesa se sienta en la cabecera. No me ha pedido que me coloque a su lado y ya me ha puesto a su lado.
—Faro, caballeros. A mi mesa, con mis barajas. Mi mayordomo las trae selladas y con mi lacre, y cada uno comprobará el suyo antes de que se rompa. Lord Pell, tengo entendido que nadie en Londres talla mejor que usted. Honre mi casa con su banca.
—Es un placer, Su Gracia. —Pell ni titubea—. Con su permiso, tengo una baraja que me ha dado suerte toda la vida…
—Las barajas son mías, querido. Todos jugamos con mi lacre. Los hombres honrados no discuten un lacre.
—Por supuesto.
Se sienta. Los demás ocupan sus sillas: el coronel Hargreave, con bigote rojo y la boca de un hombre que ha dormido mal dos semanas, y su mujer, pálida, de pie tras él con una mano en su hombro; lord Crandall, ancho y adormilado sobre su bastón; Edmund, con el aire de quien no ha tocado nunca una baraja sin permiso de su madre.
Hart no se sienta. Se queda a mi espalda, tan quieto que casi se le oye pensar.
Estoy sentada junto a la duquesa, a la altura del codo de Pell, mirando cómo un hombre que me ha robado el sueño durante semanas se recrea en sus propias manos.
Las manos de Pell son bonitas. Es lo más desagradable de él.
Sacan la baraja de su lacre con la delicadeza de un cirujano, la mezclan, la ofrecen a cortar al coronel. Todo lo hace bien.
Entonces, en la tercera ronda, el pulgar de Hart se mueve.
Lo tengo apoyado tras mi cuello desde hace un cuarto de hora, bajo los rizos, donde el escote deja de ser tela.
Un gesto que un hombre haría en su casa y no en el salón de una duquesa.
Dibuja sobre la piel un círculo diminuto y lento, y yo, que no quería sentirlo, lo siento hasta en las rodillas.
Se detiene en seco. La punta de su dedo se hunde en mi nuca con una presión precisa. Ha visto lo mismo que yo.
El cambio ocupa menos tiempo que un parpadeo.
La mano izquierda de Pell baja al puño mientras la derecha reparte, y de la manga sale una segunda baraja que ocupa el sitio de la primera como si siempre hubiera estado allí.
Un destello de seda negra, un temblor de candelabro.
Si no lo hubiera esperado diez días, no lo habría visto.
—Coronel —dice la duquesa sin levantar la voz—, tenga la bondad de comprobar esa baraja.
—¿Perdón, Su Gracia? —Pell sonríe, aún con el aire de quien no ha entendido—. Es la baraja de su casa, con su lacre. Se rompió ante todos.
—Usted rompió un lacre. Yo tengo aquí el resto de mis barajas, intactas, en esa bandeja. —Señala con el puño del bastón—. La que tiene usted delante está sucia. Coronel.
El coronel Hargreave, que ha perdido en esta mesa y en otras lo que no tenía, alarga el brazo sin prisa, toma la baraja del tapete y la sostiene bajo el candelabro más cercano. Pasa el pulgar por el borde de la primera carta, con los ojos cerrados, como quien lee el pulso a un moribundo.
—Rey de corazones.
Le da la vuelta. Rey de corazones.
Nadie respira. El coronel pasa a la segunda.
—Siete de picas.
Siete de picas. Una gota de sudor se desliza por la sien de Pell y se pierde en el cuello almidonado.
—As de tréboles.
Es el as de tréboles. El murmullo que recorre el salón de juego es el de una ola que se retira de golpe.
—Una coincidencia —dice Pell. Su voz suena casi tranquila, que es lo más admirable que he oído de él.
—Las coincidencias, lord Pell, cuestan dinero —responde Edmund, con la sonrisa más dulce de toda su vida—. Pero esta no se la cobro yo. Habla usted con un hombre que pasó quince noches viendo cómo marcaba sus naipes con la uña de ese meñique suyo tan lucido.
—Esto es una trampa. —Pell se pone en pie y vuelca la silla—. Una emboscada de dos mujeres y un…
—Las trampas, querido —interrumpe la duquesa, y por primera vez en toda la noche sonríe— las tiende quien las merece. En mi casa, desde hace cuarenta años, siempre ha sido así.