La trampa de terciopelo XXXV #2
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XXXV #2

Lo que expone en los siguientes diez minutos, ante el fuego, con el abanico siempre cerrado, es un plan, y no un plan cualquiera, sino una obra de arte.

Pell vendrá mañana a casa de la duquesa de Storr, porque Su Gracia le ha enviado una invitación con el sello, y Pell no es de los que rechazan una invitación de una duquesa cuando cree que puede sacar provecho.

La duquesa tendrá una mesa de faro y llevará la banca ella misma.

No habrá baraja de Pell; la mesa de la duquesa tendrá baraja nueva, sin abrir, de cinta y sello.

Pell, que sin la suya no sabe ganar, intentará cambiarla.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo hizo en casa de Crandall —interviene Edmund—. Lo hizo en la de lord Ashby. Lo hizo en la de un coronel que hace tres años se pegó un tiro. —Hace una pausa—. Yo no digo que lo uno tenga que ver con lo otro.

—Pell lleva siempre la baraja marcada en el bolsillo interior izquierdo —continúa Sabine—. Hart, tú lo sabes.

—Lo sé. —Los recuerdos se me suben a la lengua con sabor a hiel—. Jugué con él hace tres años. Perdí doscientas libras. Las marcas están en el dorso, una raya de uña a un tercio del borde, fina como un cabello. Entonces no lo vi. Lo vi un mes después, con la mesa vacía, hurgándome en la memoria.

—Yo lo huelo —dice la voz de Pruitt desde el fogón.

Todos nos volvemos.

—Perdone, señora —dice Gil.

—Diecisiete años de cocinera en una casa de juego de Pall Mall, caballero.

—Se seca las manos en el delantal, saca de un bolsillo una baraja gastada y la hace correr entre los dedos como un fuelle—.

Las barajas marcadas se huelen. Se palpan.

Una raya de uña deja un surco en el dorso que una yema fina reconoce con los ojos cerrados.

—Corta, reparte cinco cartas boca abajo—.

Un as. Un rey. Un cuatro, una dama y un diez, de izquierda a derecha.

Les doy la vuelta a las cinco cartas. Tiene razón en todas.

—Señora Pruitt —dice Sabine, con un respeto que le sale entero—. Mañana por la noche usted sirve la limonada del faro.

—Yo no sirvo limonada a duquesas.

—Su Gracia ya lo ha aceptado. Me ha mandado decir que le hace falta una buena mujer con ojos de lince y manos de lavandera.

La cocinera abre la boca, la cierra y, por primera vez desde que la conozco, se pone colorada.

El resto del consejo discurre con la solemnidad de una conspiración de colegiales.

Edmund será el croupier, porque su boca no sabe mentir y una cara honrada atrae las apuestas.

Crandall se sentará a la mesa con su letra de dos mil libras en el bolsillo y dos alguaciles apostados en el vestíbulo, que en esta ocasión no traerán té.

El coronel Hargreave está informado desde ayer por su mujer, que ha llorado dos horas en brazos de Bee y ha acabado accediendo a llevar los pagarés falsificados que Pell le hizo firmar; el coronel no ha dicho una palabra y, según Edmund, se ha puesto a afilar el sable.

Bee vigilará la manga izquierda de Pell.

Gil, el bolsillo derecho, con la mirada limpia de un hombre de Iglesia a quien nadie sospecharía. Posy, los pies.

—¿Los pies? —pregunto.

—Los tahúres hacen señas con los pies. Lo he leído en un folletín.

—Qué educación tiene mi hermana.

—Una excelente —responde Posy.

Yo no juego. Es la única condición que Sabine impone sin admitir réplica: no jugaré, porque con mi fama de tahúr bastaría que me sentara a la mesa para que todas las sospechas me cayeran encima.

Mi misión es estar guapo, llegar a tiempo y quedarme detrás de la duquesa con el rostro de un hombre que no sabe nada.

—Dudo que pueda —confieso.

—Tú nunca sabes nada —dice Bee—. Es una de tus virtudes.

Contemplo la cocina. Los cobres, el fuego, el puchero, el olor a pan, a cera, a jazmín.

El chichón de Edmund, que le ha salido de un morado precioso.

La mano de Gil sobre la de mi hermana. El abanico negro, cerrado, sobre el pino de la mesa.

Seis personas que se han reunido en mi casa en ruinas por voluntad propia y sin que nadie les pagara, a jugarse el pellejo por un hombre que no tiene más que deudas.

Pienso que nunca he tenido una banda a mi espalda.

He tenido cómplices de tahúr, que se esfuman cuando llueve.

Esto es otra cosa. Esto es lo que yo, en doce temporadas de salones, no había sabido ver jamás: la banda de los honestos, que somos pocos, nos conocemos de nombre y nos han dado una mesa en la cocina.

—Somos los peores delincuentes de Inglaterra —dice Edmund, como si me hubiera leído el pensamiento—. Ninguno ha cometido un solo crimen.

—Nos falta experiencia —admite Gil.

—Nos sobra otra cosa —replica Sabine.

Dejan de discutir hacia las dos para cortar pan, y yo me deslizo a la despensa a buscar queso, que es una excusa tan mala que Pruitt ni levanta la cabeza.

Es una despensa estrecha y fría, con jamones colgando del techo y un olor a manzanas guardadas desde el otoño.

No llevo ni un minuto ahí dentro cuando se cierra la puerta a mi espalda.

—Esto no es un queso —dice Sabine.

—Es lo más parecido que tengo.

Está a un palmo. La penumbra le oscurece los ojos y le dibuja el labio inferior con una precisión que me nubla la cabeza. Apoya una mano en mi pecho, sobre la camisa, justo encima del corazón, que se me desboca como un potro.

—Te has hecho el valiente ahí fuera —murmura—. Me ha gustado. Tanto como me ha gustado que cedieras.

—No he cedido. Me he rendido con condiciones.

—Qué distinto es.

Me besa. Es un beso rápido y furtivo, de despensa, con prisa de ladrones y un sabor a pan caliente, y me deja el aliento hecho trizas.

Yo la sujeto por la cintura y la pego a mi costado entre un jamón y una ristra de cebollas, y durante el tiempo que dura un avemaría el mundo se reduce a su boca, a la seda dura de su corsé bajo mis dedos y a un cuchicheo detrás de la puerta.

—Señora —suena la voz de Pruitt, a un palmo de la madera—. En mi despensa no.

—Cinco segundos más —suplica Sabine, contra mi boca.

—Cuatro.

Salimos separados, con una compostura que no engaña a nadie. Bee se abanica con una cara de santa y Posy estudia el techo con tal fijeza que parece estar contando las vigas.

Un carraspeo discreto rompe el silencio. Es Gubbins, que ha entrado con el sombrero en la mano y una expresión de infinita incomodidad, sobre todo porque trae un azucarero en la otra. Lo deposita con reverencia junto al fogón.

—Me lo ha traído el muchacho de la tienda, señora. —Se vuelve hacia mí, y la prudencia le baja la voz—. Milord, se me ha olvidado una cosa. Lord Pell me encargó que le dijera, en caso de que lo encontrara... de buen humor.

El silencio se instala en la cocina como un perro. Sabine se queda inmóvil. Bee deja de masticar.

—Dígalo.

—Que ha recibido una invitación de la duquesa viuda de Storr para mañana por la noche y que asistirá. —Gubbins traga saliva—. Que no se lo perdería por nada del mundo.

Nadie dice nada. En el fogón, el puchero borbotea. Por la ventana entra la voz de un vendedor ambulante que ofrece fresas.

Sabine sonríe despacio, con esa sonrisa de gato que no le veía desde el invernadero de los Hargreave. Abre el abanico por primera vez en todo el día.

—Entonces ha mordido —dice.