XXXV
Hart
El hombre del recibidor lleva sentado desde las ocho de la mañana, con el sombrero sobre las rodillas y una taza de té en la mano, y es la presencia más educada que ha pisado nunca Vaughan House.
Lo descubro al bajar la escalera con la camisa a medio abrochar y el pelo húmedo, porque Tom ha subido a mi cuarto a golpear la puerta con una cara de difunto y a decirme, sin aliento, que «hay un señor».
Hay, en efecto, un señor. Es redondo, rubicundo y sudoroso, con una levita marrón de las que se compran para ser invisibles y una libreta de tapas negras que sostiene contra el pecho como un escudo.
Cuando me ve aparecer en lo alto, se levanta de la silla con tanta prisa que derrama media taza sobre la alfombra.
—Lord Vaughan. —Hace una reverencia a medias—. Buenos días. Gubbins, para servirle. Siento muchísimo las molestias.
—¿Quién es usted, señor Gubbins, y qué hace sentado en mi vestíbulo?
—Soy el alguacil, milord —lo dice como se confiesa un pecado de juventud—.
Tengo una orden de custodia de bienes por cuenta de lord Pell, acreedor del pagaré de usted y, desde hace diez días, titular de la hipoteca de su finca de Vaughan Court, que ha exigido su cobro íntegro al vencimiento.
Mi misión es permanecer en el recibidor hasta que se pague o se cumpla el plazo, para garantizar que no salgan de la casa bienes de valor.
—Se detiene y mira, con la fatiga de un profesional—.
Aunque confieso, milord, que no veo ninguno.
Bajo los últimos escalones despacio. Hace un cuarto de hora la casa era mía. Ahora hay un hombre sentado ante la puerta con las rodillas separadas y los ojos clavados en un candelabro de bronce, el único objeto de valor visible, con la expresión del que calcula si podrá cargarlo.
—Es de latón —le informo.
—Lo he supuesto por el peso, milord. —Anota algo en su libreta—. Se lo agradezco.
Pell ha ejecutado su movimiento un día antes de lo que yo esperaba y con la inteligencia perversa que nunca le he negado: no un golpe, sino una presencia.
Un hombre de levita parda en la puerta, a la vista de los vecinos, de los proveedores y de la mitad de Marylebone, que desde media mañana comentarán que al conde de Vaughan le han puesto un guarda en casa.
No hay nada más ruinoso que un guarda. Un acreedor furioso se olvida; un hombre sentado a tu puerta con una taza de té se queda en la memoria del vecindario hasta que se cae el último ladrillo.
Pruitt aparece por la puerta de servicio con una bandeja y la expresión de un sargento que ha recibido orden de rendirse y ha decidido hacerlo con honores.
—El té del señor Gubbins, milord —anuncia—. Sin azúcar.
—Gracias, señora —dice el alguacil, conmovido.
—El azúcar está racionado en esta casa desde enero. —Pruitt lo mira con ternura asesina—. Le advierto, además, que el pan de hoy es de ayer y que los huevos son de una gallina que no ha cobrado.
—Es usted muy amable.
—No lo soy. Es que me da pena su señora madre.
Gubbins parpadea. Pruitt se retira con el mentón levantado. Yo, que llevo diez días con una soga alrededor del cuello, descubro que me estoy riendo, con una risa mala, de las que dan hipo, y que el alguacil, tras una vacilación, se ríe conmigo.
—No me lo tome a mal, milord —se disculpa, secándose la frente—. No es lo que me gusta. Llevo veintidós años en este oficio y es la primera vez que me dan té. Lo habitual es que me tiren cosas.
Posy baja a las nueve, descalza y despeinada, con un chal sobre el camisón. Se queda parada en el último escalón, mirando al intruso como un gato mira una cerradura, y luego me mira a mí.
—¿Es de Pell?
—Es de Pell.
—Entonces es un criado —decide, y lo ignora con tal majestad que Gubbins se encoge en la silla—. Voy a vestirme. ¿Puedo avisar a Gil?
—Puedes.
—Vendrá corriendo —dice, y ahora sí sonríe—. Es incapaz de otra cosa.
Gil llega a las diez y diez, sin aliento, con la levita al revés y una bolsita de cuero en la mano que me ofrece nada más cruzar la puerta, con tal gravedad que me desarma.
—Doce libras, tres chelines y un penique —anuncia—. Es todo lo que tengo, Vaughan. Lo he ahorrado desde que me ordenaron. Sé que no alcanza, pero...
—Guarda eso, hombre.
—No. No pienso guardarlo. —Se pone colorado hasta las orejas—. Usted me concedió a su hermana, o me la va a conceder, y yo no entro en una familia con las manos en los bolsillos. Si hace falta quedarme a dormir en el recibidor con este señor, me quedo.
El señor Gubbins carraspea, como quien reclama que se le incluya en el reparto.
—Yo duermo en mi casa, caballero —aclara—. Aunque agradezco el ofrecimiento.
Rechazo las doce libras. Gil insiste. Lo abrazo, que es lo único sensato que se me ocurre, y el pobre se queda rígido como un bacalao seco, con la bolsa de cuero aplastada entre los dos.
Detrás, en la escalera, Posy lo contempla con los ojos brillantes y una sonrisa tan ancha que le ha desaparecido la barbilla.
A las once suena el aldabón.
Tom abre la puerta, y el aire de la mañana trae primero un perfume a jazmín, y detrás el rumor de la seda.
Se queda en el umbral la mujer que no ha puesto un pie en esta casa a la luz del día.
Lleva un vestido azul oscuro, sin adornos, un sombrero de ala corta y el abanico negro, cerrado, anudado a la muñeca.
Detrás de ella, abanicándose con una cara de cronista de guerra, entra Bee.
El señor Gubbins se levanta de un brinco, aprieta el sombrero contra el pecho y adopta una postura de revista militar.
—Señora.
Sabine lo recorre de arriba abajo. Lo hace despacio, de la coronilla a los zapatos, con la misma mirada con que hace dos semanas desarmó a un baronet. Se detiene en la libreta de tapas negras, en el té, en la mancha de la alfombra.
—¿Cuánto cobra usted por día, señor...?
—Gubbins, señora. Cinco chelines.
—¿Té?
—Sin azúcar, señora.
—Señora Pruitt —llama sin alzar la voz, y de la cocina aparece, como por un resorte, la cocinera—. Sírvale azúcar a este caballero. Póngalo en mi cuenta.
—No se puede, señora —responde Pruitt, con una dignidad de muralla—. No hay.
—Pues envíe a alguien a comprarlo. Tengo la sospecha de que va a ser un invitado largo.
Es la más tonta de las escenas y siento que se me llenan los ojos.
Una mujer que tasa fortunas con un golpe de abanico acaba de ordenar una libra de azúcar para un alguacil, delante de mi cocinera, mi hermana y un cura sin parroquia.
Me doy cuenta de que ningún dinero del mundo vale lo que vale esto, y de que me equivoqué al creer que a ella había que defenderla de todo: lo que hace falta, de vez en cuando, es verla actuar.
La cocina de Vaughan House es la única estancia caldeada del edificio. Allí, entre los cobres colgados, el fogón negro y la mesa de pino donde se amasa, se celebra a mediodía el consejo de guerra más aristocrático que ha conocido Inglaterra.
Han llegado Edmund Ashcombe, que se ha dado un golpe en la frente con una sartén colgada al pasar y lleva un chichón.
La propia Pruitt se niega a sentarse y vigila el puchero con un cucharón en la mano.
Posy y Gil comparten un banco de madera.
Bee ocupa la única silla con respaldo. Sabine, de pie junto al fogón, tiene el aire de un general que ha puesto sus piezas sobre el tablero y espera a que el resto entienda las reglas.
—Hay dos cosas —dice, y empieza por lo primero—. Hart, no discutas. Pell tiene tu pagaré y tu hipoteca y va a ejecutarlos. Hay una forma limpia, rápida y sin dolor de acabar con eso hoy mismo: yo pago.
—No.
—Tú aún no sabes cuánto.
—No importa cuánto. —Me pongo de pie—. Te lo agradezco más de lo que sabría decirte. Pero no quiero que tu dinero pague mi honor. Lo pagaré yo, o no lo pagará nadie. Si no puedo, perderé la casa y me iré a vivir al campo con Posy, y Gil nos hará de capellán.
—Qué digno —murmura Bee con la boca llena de pan.
—Es un imbécil —dice Sabine, sin enfado, con una ternura que me enrojece—. Un imbécil de primera. Por eso, porque sé que no me vas a dejar pagártelo, he pensado una alternativa. Escucha.
Se vuelve hacia mí, y la luz del fogón le hace brillar los ojos grises. Habla despacio, como se explica a un niño o a un jurado.
—Tú no aceptas un regalo. Muy bien. Yo no sé hacer regalos sin que se me vuelvan una carga. Así que hagamos lo único que ambos sabemos hacer bien, que es un negocio. Será un préstamo.
—¿Un préstamo?
—Con firma, con intereses y con plazo, ante testigos. Yo presto, tú devuelves. Si no devuelves, te embargo la finca. —Una sonrisa se le asoma—. Me quedo con el conde.
—Eso es una trampa.
—Es una trampa de terciopelo. Soy buena en ellas.
—Aceptado —dice una voz desde el banco, y es Posy, con los puños apretados sobre las rodillas—. Hart, di que sí. Di que sí o te pongo a ti el chichón.
Me río. No puedo evitarlo. Todos me miran, y entiendo que me están dejando decidir como se deja decidir a un hombre cuyo orgullo es lo último que le queda, con una paciencia inmensa. Aunque lo que quiero es dar un golpe en la mesa y decir que no, me oigo contestar:
—Un préstamo. Con los intereses que se estipulen.
—Con los que yo diga —corrige ella.
—Con los que se estipulen entre las partes.
—Me parece muy bien.
Se hace en la cocina un silencio de victoria, y me doy cuenta de que se me ha escapado una guerra por una puerta lateral. Bee aplaude con dos dedos.
—¿Cuál es la segunda? —pregunta Edmund, que ha dejado de frotarse la frente.
—Lo segundo es Pell. Aunque pague el pagaré, no se irá. —Sabine apoya ambas manos en el borde de la mesa—. Hay que acabar con él de forma que no vuelva. Para eso tengo algo que proponeros.