XXXIV
Sabine
Llegamos a las cuatro menos veinte, que es lo más cerca de la puntualidad que ha estado un Vaughan en tres generaciones, y Hart se empeña en dar dos vueltas a la plaza para no ser el primero.
Hemos pasado el día entero preparándonos con la seriedad de dos reclutas: él con la levita de los domingos, a la que Posy ha cosido el botón, y yo con un vestido gris perla que no tiene un solo adorno, elegido para parecer lo que soy, una mujer que no tiene nada que esconder y todo que perder.
—Hace doce años que no llego a ningún sitio antes de la hora —me explica, con el sombrero calado y una solemnidad de penitente—. Debe de ser una enfermedad.
—Se llama querer quedar bien con una duquesa. Entra.
La casa de la duquesa viuda de Storr huele a cera vieja y a poder.
Es un olor inconfundible: el de las casas donde se han decidido, durante medio siglo y con una taza de té en la mano, los destinos de media Inglaterra.
Un mayordomo con la cara de una acelga y la dignidad de un obispo nos conduce por un vestíbulo de mármol y una escalera interminable hasta un salón de techos altísimos donde todo, desde los espejos hasta el último candelabro, parece colocado para demostrar que a nadie se le ha ocurrido jamás poner nada fuera de su sitio.
Su Gracia nos recibe sentada muy derecha en un sillón con toda la traza de un trono, el bastón de ébano y puño de plata apoyado a un lado y el luto de hace cuarenta años cayéndole desde los hombros como una cortina de teatro.
No se levanta. Una dama de su rango no se levanta para recibir a un escándalo; lo deja acercarse hasta la distancia exacta a la que puede examinarlo.
Esos ojos suyos, pequeños, negros y afilados como alfileres de sombrerera, se demoran en nuestras manos, que llevamos entrelazadas a conciencia y bien a la vista.
Es la primera vez en años que entro en un salón sintiéndome pequeña, y lo sé porque la palma me suda dentro de la de Hart.
No por la casa, que la mía es más grande, ni por los títulos, que también los tengo, sino por esa mirada, capaz de leerte entera, de la primera página a la última, antes de que abras la boca.
Le aprieto la mano a Hart sin darme cuenta.
Él me la aprieta de vuelta, sereno, y ese apretón escondido entre los dos es lo único que me mantiene erguida.
—De modo que era cierto —dice, sin invitarnos a sentarnos, que es su manera de recordarnos quién manda aquí—.
La viuda de Merrow y el Diablo de Vaughan, cogiditos de la mano en mi salón.
Le han dado ustedes a esta ciudad más tela que cortar en tres días que yo en cuarenta años, y mire que yo he cortado tela en mi vida. ¿A qué debo el honor?
—A que estamos hartos de que hablen de nosotros sin nosotros delante, Su Gracia.
—No bajo la mirada ni un dedo; a esta mujer bajarle los ojos es perder la partida antes de repartir—.
Hemos venido a que nos vea con sus propios ojos y juzgue por sí misma.
Vamos a casarnos. Preferiríamos hacerlo con Londres a favor, no por nosotros, sino por una muchacha de diecisiete años que no tiene culpa de nada.
Pero nos casaremos igual, con su bendición o sin ella.
Hart gira la cabeza hacia mí un grado exacto. Hace un día y pico le comuniqué entre sábanas que no pensaba casarme con él, y ahora se lo anuncio a una duquesa. Le piso el pie con discreción. Se calla, y se lo agradezco.
—Siéntense. —Es una orden inapelable, y nos sentamos como colegiales—.
No se les ocurra mentirme, que a mi edad huelo una mentira antes de que la piense quien va a decirla.
Corre por ahí una versión muy conveniente, la que declamó el conde en White’s: él, único villano de la función, y usted, querida, una palomita descarriada.
—Los alfileres me atraviesan—. He observado a esta pareja toda la temporada desde mi rincón, y las palomitas no miran a los hombres como usted miraba a este cuando se creía a solas.
Así que díganme la verdad, aquí y ahora. ¿Quién cazó a quién?
Se me detiene el corazón. En esa pregunta se juega todo lo que hemos venido a ganar.
Si miento, ella lo olerá antes de que acabe la frase y nos echará por embusteros de pacotilla.
Si digo la verdad, le entrego a la mujer más peligrosa de Inglaterra la misma arma con la que Pell nos tuvo cogidos del cuello.
Pero he aprendido una cosa esta temporada, a un precio altísimo: la verdad dicha a tiempo, aunque duela y aunque te desnude, es la única carta de la baraja que no se vuelve nunca contra quien la juega.
Me costó perder a Hart para descubrirlo.
No pienso desaprenderlo tan pronto. Lo miro.
Él me devuelve una mirada serena que dice, más claro que las palabras: «haz lo que tengas que hacer, que yo te sigo adonde sea».
—Yo lo cacé a él, Su Gracia. —Lo digo sin adornos ni anestesia—.
Sembré la apuesta en el oído de un canalla, tendí la trampa con todo el cuidado del mundo y lo elegí porque lo creí el más fácil de no llegar a querer jamás.
Luego, torpe de mí, me enamoré de mi propia presa como una novata en su primera cacería.
Él, cuando supo lo que le había hecho, en lugar de vengarse se subió a una tarima a arruinarse para limpiarme el nombre.
Esa es la verdad. No es conveniente para nadie y no la repetiremos fuera de esta habitación. Pero es la única que hay.
—Yo la dejé hacer —añade Hart con voz tranquila—. Hubo un tiempo en que fui tan miserable como ella dice, Su Gracia, y no tengo mérito en haberlo confesado: me lo enseñó una muchacha de diecisiete años con un dedal.
Durante un rato tan largo que oigo contar los segundos al reloj de sobremesa, la duquesa nos contempla en silencio.
No consigo leer nada en esa cara de pergamino antiguo.
Pienso, con la lucidez que da el pánico, que nos va a echar, que nos retirarán el saludo los siete clubes y las siete patronesas, que el miércoles habrá un baile al que no seremos invitados.
Pienso en Posy. Aprieto la mano de Hart hasta que se le ponen blancos los nudillos.
Entonces la duquesa de Storr hace lo último que yo esperaba en este mundo: se ríe.
Es una risa seca y corta, herrumbrosa de puro poco usada, como una bisagra que llevara años sin abrirse. Pero una risa, al fin y al cabo.
—Por fin. —Apoya el bastón contra el brazo del sillón y se recuesta—.
Por fin entra alguien en este salón y me dice la verdad a la cara en lugar de la mentira que se figura que quiero oír.
¿Saben cuántos años llevo aburriéndome entre embusteros de buena cuna?
Cuarenta. Resulta que las dos únicas personas honradas que quedan en Londres son un tahúr arruinado y una tramposa arrepentida.
Es una ironía tan perfecta que me reconcilia con la humanidad.
Se inclina un poco hacia delante. Cuando vuelve a hablar, el tono se le ha vuelto otro, más bajo y humano bajo la coraza.
—Se lo conté el viernes a medias, querida.
Enviudé a los treinta, y me volví de hielo por dentro y por fuera, porque a una mujer sola no le consienten otra armadura.
Me convertí en una institución. Cuarenta inviernos idénticos.
En todo ese tiempo, una sola vez, pasó a mi lado algo que habría podido ser distinto.
Se detiene y mira el bastón. No parece dispuesta a seguir, y yo, que sé reconocer cuándo una mujer ha llegado a la orilla de lo que no cuenta, no pregunto.
Es ella quien, al cabo, habla sin levantar los ojos.
Había un hombre, no importa quién. Estaba al otro lado de una puerta, en una casa que no era esta, y ella tenía la mano en el pestillo.
Bastaba empujar. Una mujer de treinta y tantos años tiene muchas razones para no empujar una puerta, y ella las contó todas, una por una, y cada una era buena.
—Cuarenta años después, sigo oyendo cómo se cerró.
Lo dice sin una gota de autocompasión, con la sequedad de quien constata un hecho viejo y sin remedio, y en esa sequedad reconozco, con un escalofrío, el retrato exacto de la mujer en la que yo estaba a punto de convertirme: una viuda magnífica, temida y sola, reinando sobre un imperio de salones vacíos.
Me veo dentro de treinta años, tal como habría sido si Hart no se hubiera cruzado en el camino de mi trampa.
Se me encoge algo muy hondo, mitad gratitud, mitad vértigo.
—A usted le llegó un idiota magnífico. —Clava en Hart un ojo negro y breve—. No se le ocurra desperdiciarlo.
—Es lo que pretendo, Su Gracia —contesta él, con una seriedad que no le he oído jamás—. Si ella me deja.
—Ella ha dicho «nos casaremos». Es un tiempo verbal muy superior al condicional.
—Recupera el bastón y el tono de dragona, pero le brilla algo nuevo y travieso en el fondo de los ojos de alfiler—.
Esto es lo que va a suceder, y no admito discusión.
El miércoles doy un baile pequeño. Ustedes abrirán la primera pieza, del brazo y en el centro exacto de mi salón, con mi bendición pintada en la cara para que no quepa duda.
Traerán a la hermana y a su coadjutor, porque quiero comprobar si el chico baila tan mal como dicen.
Cuando la duquesa de Storr amadrina a una pareja, esa pareja deja de ser un escándalo y se convierte en la historia de amor de la temporada en lo que se tarda en servir el ponche.
Los voy a volver una leyenda romántica, quieran o no.
Oyéndola dictar sentencia, entiendo que no hace esto por nosotros, o no solo. Lo hace por la muchacha altiva y sola que fue hace medio siglo y a la que nadie tuvo la decencia de amadrinar. A la que ahora, a través de mí, amadrina por fin con cuarenta años de retraso.
Hart se inclina en una reverencia sentada que le queda soberbia. Yo digo lo que se dice, que es mucho menos de lo que siento. Una criada trae por fin el té, que huele a bergamota y que ninguno de los tres toca.
—Hay otra cosa, Su Gracia.
Lo decidí en el carruaje, mientras Hart se empeñaba en llegar tarde por no llegar pronto, y no se lo he dicho a nadie. Noto cómo se pone en tensión a mi lado. Noto cómo la duquesa alza una ceja y espera.
—Queda un hombre. Se llama Rupert Pell.
—Conocí a su padre, que me debía veinte guineas desde el año noventa. Es una familia con poca memoria para las deudas y mucha para las ofensas.
Se lo cuento sin dramatismo, como se le pasan los documentos a un notario.
El chantaje, el baile, el pagaré de mil ochocientas libras que vence en San Juan, la finca de Wiltshire que Pell quiere ver en una subasta, la amenaza contra la hermana de Hart.
Que no se ha ido de Londres, aunque Hart se lo pidió delante de mí, porque un hombre así no abandona una partida: la reorganiza.
Lo que digo después lo llevo ensayado desde el carruaje, con Hart rígido como un poste a mi lado.
Pell juega. Ha perdido una fortuna a las cartas, le debe dos mil libras a lord Crandall, ha falsificado pagarés a nombre de una señora cuyo marido ignora lo que ocurre en su casa y exige siempre jugar con su propia baraja.
No puede resistirse a una mesa. Es la única debilidad que lo ata a esta ciudad cuando el resto se le cierra, y si el miércoles hubiera en el salón de Su Gracia una mesa de faro...
—Con baraja nueva, supongo —me interrumpe la duquesa, y me examina con una chispa que no estaba allí hace un minuto—.
Con testigos que importen. Con Pell sentado, convencido de que me desplumará.
—Tamborilea sobre la plata—. Le enviaré una invitación esta misma tarde, de mi puño y con mi sello.
Pell vendrá, porque ningún caballero sin recursos se pierde la ocasión de que lo vean en casa de Storr.
Se sentará a una mesa de faro. La banca la llevaré yo.
—¿Usted?
—Llevo cuarenta años sin tocar una carta por puro rencor a un difunto que me lo prohibió.
Ya es hora de reconciliarme con el vicio.
—Nos señala la puerta con el bastón, como un general que despacha a sus oficiales—.
Fuera de aquí los dos. Tengo ensayos que hacer.
Hace cuarenta años que no planeo una buena caída.
Hart ha sufrido en silencio todo el último minuto, con una mano sobre la cara, y se me ocurre que reprime la risa, el desmayo o las dos cosas.
Nos levantamos y le hacemos la reverencia que corresponde.
Ella ya no nos mira: ha cogido una campanilla de plata y tira de ella con la determinación de un conquistador que acaba de tomar una plaza, pidiendo papel, plumas y a un tal Bellamy, y el salón entero se llena de pasos.
Salimos con las piernas flojas, del brazo, bajo la mirada de acelga del mayordomo.
En lo alto de la escalera, él se detiene, se inclina hacia mí y murmura con una voz que le vibra entre la risa y el pánico:
—¿Qué demonios le has pedido?
—Una mesa.
—Te has presentado ante la mujer más temida de Londres, le has contado nuestra vida y has convertido su baile en una emboscada.
—Ella lo ha hecho. Yo solo he dejado la puerta abierta.
Estamos ya en la escalinata. Un criado nos ofrece el sombrero y el chal con la expresión de un cadáver bien conservado.
Salimos al sol de la plaza, a una tarde de junio absurda de hermosa, con los plátanos de un verde recién lavado y un barquillero que pregona su mercancía como si no hubiera pasado nada en el mundo.
Nos quedamos un momento quietos, respirando, con la sensación de dos náufragos a los que acaban de devolver el suelo.
Es entonces cuando oímos a nuestra espalda los pasos precipitados de otro lacayo que baja corriendo, sin aliento, con la peluca torcida.
—De parte de Su Gracia, señora. —Se cuadra, jadeando, y recita de memoria con un acento de funeral—. Dice que había olvidado una cosa: que la banca la llevará ella, y que no consiente que le tiemblen las manos a nadie.
Hart se queda un rato mirando la plaza, con el sombrero en la mano y una sonrisa pequeña de asombro que le arruga la comisura de los ojos de un modo que me da ganas de besarlo ahí mismo, delante del barquillero y de medio Londres.
—Tu duquesa va a desplumar a media Inglaterra.
—Que empiece por Pell —digo, y lo cojo del brazo.