La trampa de terciopelo XXXIII
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XXXIII

Hart

Me despierto con un dedo recorriéndome el hombro izquierdo y la sospecha, bastante razonable, de que me han cambiado de vida mientras dormía.

El dedo avanza despacio, con la concentración de un cartógrafo, siguiendo una línea estrecha y clara que me ha acompañado doce años sin que yo le prestara más atención que a una arruga del pañuelo.

Va del borde del hombro hacia la clavícula.

Se detiene. Retrocede. Vuelve a dibujar el mismo trazo con una dedicación que me estremece desde la nuca hasta la planta de los pies.

—Estás despierto —dice Sabine—. Se te ha cortado la respiración.

—Estoy durmiendo. Es un sueño con muy buena puntería.

—Mentiroso.

Abro un ojo. La luz de domingo entra por las cortinas a medio correr, de un amarillo tierno que no he visto en mi vida a esta hora, y le recorta el contorno contra la almohada.

Está tumbada de costado, apoyada en un codo, con el pelo suelto cayéndole por un hombro desnudo y la sábana subida de cualquier manera hasta la cintura.

Tiene los ojos grises muy abiertos. Tiene la cara de una mujer que lleva un buen rato mirándome y no piensa disculparse.

—Son las diez y cuarto —informa—. Hemos dormido dos veces después de arruinar nuestra tranquilidad con malas noticias, lo cual me parece un récord. Me falta un dato.

—Pregunta.

—¿Duele?

—Ya no.

—Hart.

—Duele cuando llueve —confieso.

Le cuento el resto sin que me lo pida, mirando el dosel, que es de un azul pálido, de esos que reservan las mujeres para lo que no enseñan.

Que el que me la hizo era el primo de Eleanor, y que a los dieciocho años yo creía que aquello era un asunto de honor y era, en realidad, un asunto de que me habían roto algo y quería romper otra cosa para igualar.

Lo cuento sin amargura. Es una historia vieja que ayer me bailaba en la garganta y hoy cabe en dos frases.

Sabine me escucha con el dedo quieto sobre la cicatriz. Cuando termino, se inclina y apoya los labios en ella, un solo beso, sin prisa, como quien sella una carta importante.

—Me gustaría conocer a ese Dacre —murmura contra mi piel—. Darle las gracias. Sin su puntería, tú no habrías aprendido a no creer en nada, y yo no te habría ganado la partida.

Debería decir algo ingenioso. Llevo doce temporadas con la réplica en la punta de la lengua y ahora no me sale ni un «gracias».

Me quedo quieto, con el cuerpo pesándome sobre el colchón como un lastre que por fin se suelta.

Huele a jazmín, a lana tibia, a ella. Abajo, lejos, la casa respira con ruidos de platos y de pasos que ya no son los de mi casa, y todo es tan sencillo que me da miedo moverme.

—Hago inventario —digo al cabo.

—Hazlo en voz alta. Me gustan tus inventarios.

—Un conde sin dinero, sin saludo y sin club.

Una deuda de mil ochocientas libras a un hombre que prepara la ejecución de mi finca.

Una hermana a punto de casarse con un coadjutor sin parroquia.

—La miro—. En la cama de la mujer más peligrosa de Londres, que me ha tuteado, me ha desnudado a conciencia y se ha negado a oír la palabra «gracias» durante diez horas seguidas.

—Resumen mediocre. Falta una partida: ya no tienes miedo.

Lo pienso. Tiene razón, y lo sé porque mientras lo pienso le da en la cara un rayo de sol que le ilumina la pestaña más larga y yo no siento ni el menor deseo de salir corriendo.

—Es verdad. No tengo ninguno.

—Entonces el inventario es excelente.

Nos besamos, claro. Un beso largo y perezoso de domingo, que no tiene objeto ninguno y por eso vale tanto. Sabe a sueño y a la sal diminuta de una sonrisa. Cuando se aparta me mira con las pupilas dilatadas y la respiración agitada, y dice con un hilo de voz:

—Hart. Necesito que quede constancia de una cosa.

—Dispara.

—No pienso casarme contigo.

El mundo se detiene tres segundos, que me bastan para repasar los hechos: que hace doce horas me ha dicho que me quiere; que hace diez me tuvo encima de ella a la luz de una vela como se tiene lo que se considera propio; que ahora está de costado con los ojos de un gato que acaba de soltar un ratón vivo para ver qué hace.

—No me lo has preguntado —digo.

—Tampoco te lo pregunto. Te informo.

—Qué honor. —Me incorporo sobre un codo, con una ceja alzada—. Una viuda con una fortuna de seis cifras y la salud de un roble me comunica, a las diez y cuarto de la mañana y en la cama, que no piensa casarse conmigo, cosa que yo no le había pedido todavía. Es muy cortés. Me ahorras el viaje.

—Es un principio. Si dejara que me lo pidieras, tendría que decir que sí, y yo no sé decir que sí a lo que no he decidido. Primero tengo que decidir que no.

—Qué lógica.

—Es la única que tengo. Durará hasta que me lo preguntes en condiciones, y no vale preguntarlo en una cama ni con medias de cinco chelines.

—Tienes una fijación con las medias.

—La tuya con los guantes es peor.

—Dejemos constancia, entonces. —Le llevo la mano a los labios—. Lady Merrow comunica al conde de Vaughan que no piensa casarse con él. El conde acusa recibo y toma nota de que ella todavía no le ha dicho que sí. Queda abierta la cuestión.

—Queda abierta. —Sonríe con la parte de la boca que no sabe mentir—. Tengo hambre.

—Es la parte de ser feliz de la que nadie te avisa. Da apetito.

Fossett aparece en la puerta con la bandeja cuarenta segundos después de que ella tire de la campanilla, lo cual es una proeza o un milagro, porque la cocina de esta casa queda a dos plantas.

Trae chocolate, tostadas, huevos, jamón, una cesta de panecillos y un racimo de uvas del invernadero de Merrow, todo servido con un aire tan impasible que la bandeja parece una declaración de neutralidad.

Evita mirar la cama. Evita incluso el techo, que es el único sitio razonable.

—Ha venido un muchacho de Marylebone con un hatillo para el señor conde, de parte de la señorita Vaughan —dice—.

Ha insistido en entregarlo en mano; no he consentido, y lo ha dejado en el vestíbulo.

Me ha encargado además un recado, de memoria.

—Carraspea—. «Que no estoy escandalizada.

Que estoy contenta. Que le he cosido a la levita de los domingos el botón que se caía y que no se olvide de recoger la capa gris, que está en su despacho haciendo de manta».

Pruitt y Posy han organizado mi rescate dominical con la eficacia de un estado mayor: un hatillo, un botón cosido, una capa de rehén y un recado de memoria que no dice una sola palabra de más y lo dice todo.

Pienso en la señora Pruitt atizador en mano, en mi hermana planchando un chaleco, en Tom corriendo por Marylebone con un lazo en la solapa, y me doy cuenta de que ese hatillo es la primera cosa que me llega sin una cuenta pegada.

Sabine suelta una carcajada tan espontánea y tan poco viuda que la tostada se le cae en el plato. Fossett, por una sola vez en la historia de esa casa, sonríe, y vuelve a ponerse serio con tal rapidez que parece un efecto óptico.

La señora Calloway llega a las once menos veinte, con un chal rojo, un sombrero de tres plumas y la expresión de un ejército que ha marchado toda la noche para dar una noticia.

Se detiene en seco al ver el panorama. Yo estoy en camisa, entre almohadones, con una taza de chocolate en una mano y un panecillo en la otra.

Sabine, a mi lado, lleva la sábana por las axilas y mermelada en el pulgar.

—Ah, aquí estáis —dice Bee—. Qué casualidad.

—No eres la primera que lo piensa —replica Sabine—. Siéntate.

—Cuento de pie. —Se quita los guantes de un tirón y señala la ventana—. Mira.

Estiro el cuello hacia el cristal y descubro, con una mezcla de horror y regocijo, que Merrow House es esta mañana el monumento más visitado de Mayfair.

Pasa un cabriolé, despacio. Pasa una berlina negra con una señora enlutada que levanta un impertinente.

Pasa un landó descubierto con tres damas de sombrero de paja y la mirada fija en la fachada, como si esperaran ver salir humo.

Un caballero a caballo se detiene en la acera de enfrente sin pretexto alguno y se pone a inspeccionar su montura.

Cuando termino de contar llevo siete carruajes, y todavía es temprano para lo que serán las doce.

—Es el efecto de la comunión de las ocho —explica Bee con ferocidad—. Edmund se puso anoche la levita de gala y llamó a todas las puertas de St. James’s. Lo que oí esta mañana en la iglesia no puedo repetirlo, porque detrás de mí había una señora que era la mujer de un obispo.

—Repítelo —ordena Sabine.

Bee lo repite. Hay dos versiones, resulta, y una tercera que las mezcla y es la que más gusta.

Según la primera, yo soy un cazafortunas sin vergüenza que ha logrado su presa.

Según la segunda, soy un pobre diablo al que una arpía ha domesticado con su dinero.

Ella, en las tres, es la araña: la araña de Mayfair, que teje, atrae y devora.

Una señora de Hanover Square ha jurado ante testigos que hace años la vio mirar a un conde «con ojos de tarántula».

—Qué poca imaginación —comenta Sabine, alzando la barbilla—. Las arañas, por lo menos, trabajan.

Yo no me río. Se me enciende una brasa en el estómago, un calor ancho y feo que conozco bien y que no tiene nada que ver con el deseo ni con el chocolate. Dejo la taza. Tengo en la garganta la rabia del que oye insultar a lo más suyo.

—Eso se acaba hoy.

—Hart...

—Yo me arruiné para limpiarte el nombre y el nombre te lo manchan igual, por el otro flanco, con el mismo barro.

—Me falla la voz—. Si quieren apedrearme a mí, me lo he ganado.

Pero no puedo defenderte con los puños. No puedo ir a la puerta de la iglesia a retar a una señora de Hanover Square, y es la única forma que sé de proteger a alguien.

Se queda callada. Su mano busca la mía sobre la sábana y no la aprieta: la envuelve, con una calma que me va apagando la brasa del estómago.

Durante doce temporadas viví de que me miraran.

Era mi oficio y mi moneda. Ahora la idea de que me miren de la mano de esta mujer me da más vértigo que cualquier acreedor, y a la vez una alegría sucia, de colegial, que no sé disimular.

—Qué bonito eres cuando te enfadas —dice por fin—. Pero te equivocas en una cosa. No necesito que me defiendas. Necesito que estés a mi lado mientras me defiendo yo.

—¿Cómo se hace eso?

—Nos dejamos ver. Del brazo, a plena luz del día, sin escondernos ni disculparnos. Si nos encerramos les damos la razón, y yo hace muchos años que dejé de dársela a esta ciudad.

Se sienta en la cama y se vuelve hacia Bee, y yo la contemplo hacerlo: la barbilla alta, el pelo revuelto, la sábana recogida sobre el pecho como el manto de una reina que acaba de perder un reino y ha decidido ir a buscar otro.

Es la mujer que me hizo caer en el invernadero y la que me ha levantado esta mañana, y no consigo que se reconcilien en mi cabeza, y no quiero.

—¿Dónde estaba Su Gracia?

—En misa, en la primera fila, con el bastón entre las rodillas. —Bee tarda un segundo en responder—. Cuando oyó lo de la araña se dio la vuelta y le clavó a la mujer del obispo una mirada que la hizo callar hasta el credo. No dijo nada. Pero no se la veía contenta.

—No se la ve nunca contenta, y eso es lo que me da esperanza. —Sabine se levanta y se echa un chal sobre los hombros con una resolución que me emociona—. Vamos a tomar el té con ella. Mañana.

Tira de la campanilla y Fossett aparece como si hubiera estado pegado a la puerta, que sin duda lo estaba.

—Fossett.

—Señora.

—Haz llegar a Su Gracia la duquesa viuda de Storr que lady Merrow y el conde de Vaughan solicitan el honor de tomar el té con ella cuando le sea cómodo. De viva voz, por favor.

Me atraganto con el panecillo. Presentarnos por propia voluntad ante la dragona que lleva cuarenta años decidiendo con un golpe de bastón quién entra en sociedad y quién queda desterrado es meter la cabeza en la boca del único animal de Londres capaz de cerrar la mandíbula sin mancharse el guante.

Se lo digo. Ella se encoge de hombros y me anuda la corbata, que no sé de dónde ha sacado, por puro afán de ocuparse las manos.

—Es la única persona de Londres capaz de decidir en una hora quién sobrevive a un escándalo —dice—. Se presentó en mi casa con su bastón cuando todo Londres me daba la espalda. No me parece casualidad.

Pasan tres cuartos de hora que me parecen tres minutos.

Bee se bebe el chocolate con una cara de satisfacción inmensa.

Sabine y yo desayunamos de pie junto a la ventana, medio vestidos, con las manos entrelazadas, mientras los carruajes siguen pasando cada vez más lentos.

Una dama de sombrero amarillo levanta el impertinente con tal descaro que Sabine, sin soltarme, le dedica una inclinación de cabeza tan cortés y tan regia que la señora deja caer el artilugio en el regazo y da una orden histérica al cochero.

—Cobro entrada mañana —murmura ella—. Dos peniques.

—Tres. Somos de las mejores familias.

Me río. Me río de verdad, con el cuerpo entero, como me reía de niño en una casa que ya no existe, delante de una ventana que daba a un jardín.

Me doy cuenta de que nadie, ni Bee ni Fossett ni los curiosos de la calle, va a poder quitarme esto, y de que esta mañana de domingo, con el costado de una mujer pegado al mío y un panecillo en la mano, es el momento exacto en que el Diablo de Vaughan muere de felicidad.

Fossett vuelve a las doce menos cuarto. Entra sin llamar, cosa que no ha hecho en toda la mañana, con la gravedad de un heraldo.

—Su Gracia la duquesa viuda de Storr les hace saber que mañana, lunes, a las cuatro en punto, tomará el té con ustedes en su casa. —Hace una pausa—. Dice, y cito, que ya era hora.

—¿Es todo? —pregunta Sabine.

—Añade que no lleguen tarde. —Fossett me mira por primera vez en la mañana con una neutralidad que es el homenaje más alto de que es capaz—. Que el señor conde sabrá por qué.

Siento que el pecho se me ensancha como una vela.

—Los Vaughan llegamos tarde a todo —murmuro.

—Pues mañana, a las cuatro en punto —dice Sabine, apretándome la mano—, vas a llegar el primero a algo en tu vida.