La trampa de terciopelo XXXII #2
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XXXII #2

—No porque no sea verdad, sino porque lo es tanto que quiero decírtela sin un penique de deuda a mi espalda y sin un papel de Pell en el cajón. Dicha hoy sería una palabra con intereses. Te la diré cuando no deba nada a nadie. Cuando sea mía de verdad.

Lo miro. Un hombre capaz de renunciar a cuatro mil libras y de negarse a pronunciar una palabra por pura decencia. Me sale una risa húmeda, medio llanto.

—Eres imposible.

—Soy un Vaughan. Llegamos tarde a todo.

—Pues llega tarde. —Le agarro las solapas empapadas con las dos manos y tiro de él hacia mí—. Pero llega.

Inclino la cabeza.

No media pulgada, esta vez. No esa limosna tibia que le di en el invernadero para que se creyera ganador. Le doy la pulgada entera, y todas las que vengan detrás.

Me besa como si llevara una existencia entera muriéndose de sed, y yo lo beso igual, con una avidez que me avergonzaría si me quedara vergüenza.

Es un beso sin máscaras y sin tablero. Sabe a lluvia, a brandy de Halloran y a algo más hondo que no sé nombrar.

Le hundo los dedos en el pelo mojado. Él me sostiene la nuca con una mano y, con el sombrero todavía en la otra, me aprieta contra sí por la cintura, y el abanico, en el suelo, es testigo mudo de que acabo de perder la guerra más importante de mi vida y me siento vencedora.

La puerta se entreabre con un chirrido de bisagra.

Asoma una cofia ladeada. Bee lo contempla todo de una sola ojeada: la alfombra, el abanico, el té derramado, nuestras bocas, y retira la cabeza sin decir palabra, con una sonrisa que no le había visto en once años de amistad y que merece un cuadro.

La puerta se cierra con un clic discreto.

Que se vaya. Que nos deje solos. Por una vez en la vida no necesito testigos.

—Sabine —susurra él contra mi boca.

—Cállate.

—Estás...

—Cállate, Vaughan, y ven.

Lo cojo de la mano. Tiene los dedos fríos y la palma ardiendo.

Lo conduzco por mi propia casa, a través del pasillo en penumbra, bajo los candelabros que Fossett ha dejado a medio apagar como quien cierra los ojos, hasta la escalera.

En el descansillo se da cuenta de que aún lleva el sombrero, lo mira y lo deja caer sobre una consola con tal resignación que me río de verdad, con una risa floja y feliz que no sabía que me quedaba.

—Es el único que tengo —advierte.

—Mañana te regalo diez. Cállate.

Mi dormitorio está caldeado desde la mañana: un fuego bajo de brasas anaranjadas y una sola vela sobre el tocador, con esa luz de miel que lo perdona todo. Él, que ha recorrido dormitorios de media Inglaterra, se detiene en el umbral como un chiquillo ante la puerta de una iglesia.

—Pasa —le digo.

—Estoy empapado.

—Ya lo veo.

—Voy a estropearte la alfombra.

—Voy a estropearte yo algo más que la alfombra. —Cierro la puerta con el talón—. Ven aquí.

Me acerco. Esta vez, créeme, me toca a mí. En la tarde dorada fuimos dos náufragos con prisa y yo me dejé arrastrar. Hoy quiero ir despacio, pagar cada pulgada, que el tiempo se me dilate en las yemas de los dedos.

Le quito la levita, que cae al suelo con un chapoteo, y empiezo por el chaleco azul.

Es de seda, empapado, de un color que le resalta los ojos de modo escandaloso.

Hay doce botones, y los deshago uno a uno con una lentitud calculada, sin apartar la mirada de su cara.

Al quinto, él ha dejado de sonreír. Al séptimo, respira por la boca.

Al noveno tiene los puños a los costados, y yo veo a un hombre haciendo un esfuerzo físico colosal para no mover un solo músculo.

—¿Te ayudo? —ofrece, ronco.

—Quita esas manos. —Le doy un golpecito en los nudillos—. Son manos de rentista. Han de aprender a esperar.

—Lo estoy haciendo.

—Lo estás haciendo fatal. Me encanta.

La prenda cae al suelo con un chasquido mojado.

Debajo la camisa se le pega a la piel como una segunda, transparente, y el calor del fuego me trae su olor, a jabón, a lluvia y a hombre.

Le deshago la corbata y abro el cuello de la camisa.

Paso las palmas por el pecho, despacio, siguiendo los latidos, y noto cómo se le contrae el vientre bajo la tela cuando mis dedos descienden. Tiene la piel de gallina. No de frío.

—Sabine —dice, y mi nombre suena como una plegaria dicha por un ateo.

—Dime.

—Si sigues mirándome así, voy a olvidar mis promesas de caballero.

—Eso espero.

Le saco la camisa por la cabeza. El fuego lo dibuja de oro y de sombra, hombros anchos, la línea del esternón, esas manos de espadachín colgando impacientes.

En el hombro izquierdo luce una cicatriz clara, estrecha como un trazo de pluma, que en la tarde dorada descubrí con los labios y a la que no he tenido tiempo de hacer justicia.

Me inclino. La beso despacio. Él deja escapar un aliento tembloroso y me hunde los dedos en el pelo, y las horquillas empiezan a ceder una a una, y mi cabellera se deshace sobre sus manos como una lluvia oscura.

—Esa ya la conoces —murmura.

—Me falta el resto del mapa.

Se ríe con la voz baja, contra mi sien. Le oigo el corazón en el hueco de la garganta. Entonces, con una delicadeza que me deshace, empieza a desatarme el vestido.

No hay prisa. Hay toda la prisa del mundo, y no la gastamos.

Cada lazo que cede es una frontera menos en un mapa que llevábamos meses fingiendo respetar; cada capa de tela que cae, un secreto que ya no hace falta guardar.

Sus labios en mi hombro desnudo, sus manos temblorosas en mi cintura, mi aliento a trompicones.

Debería darme vergüenza y no me da ninguna, porque él me mira como se mira lo que uno no ha creído merecer: con una gratitud reverente que me hace sentir, por primera vez en mi vida, que no estoy siendo exhibida ni tasada ni elegida, sino vista.

Caemos sobre las sábanas sin dejar de besarnos, riéndonos, enredados en tafetanes y en medias. Descubro que se me da fatal ir despacio. Descubro que a él también. Rodamos y él me deja arriba, con el pelo cayéndonos como un telón, mirando su cara desde una altura que nunca había ocupado.

—Hola —dice, con una sonrisa que no es la de moneda falsa. Es una torcida, de las que se le escapan.

—Hola, Vaughan.

—Estás preciosa.

—Estoy despeinada y llevo la mitad de las medias.

—Estás preciosa y despeinada, y con la mitad de las medias. —Sube las manos por mis costados con una reverencia lenta que me eriza cada pulgada de piel—. Dime qué quieres.

—Quiero que no te muevas.

—¿Nada?

—Nada. Que te estés quieto y me dejes elegir.

Por una vez en mi vida elijo, y no es una estrategia, y no hay un solo cálculo detrás.

Elijo bajar despacio y recibirlo despacio, con los ojos abiertos en los suyos, y notar cómo se le corta el aliento y cómo me aprieta las caderas como si se me fuera a escapar el mundo.

No me escapo. Me muevo con un ritmo que descubro sobre la marcha, de olas que suben y no rompen, de ternura que aprieta, y él me sigue sin pedir más y sin pedir menos, con los labios entreabiertos y el pelo pegado a la frente, mirándome como si yo fuera la única verdad que le ha sido concedida en la vida.

Un temblor me nace en la base de la espalda y recorre mi cuerpo entero como un relámpago de verano.

Me deshago, y él me sostiene, y me dice mi nombre entre dientes, una, dos, tres veces, hasta que dejo de oír nada.

Después, no sé cuánto después, me quedo tendida sobre su pecho con la mejilla pegada a su corazón.

El fuego ha menguado hasta ser una brasa.

Su mano me recorre la espalda, de arriba abajo, sin prisa, con la ternura obstinada de quien no confía en que la cosa pueda durar y quiere aprenderse el tacto antes de que acabe.

—No ha sido como la otra vez —dice en la oscuridad.

—No.

—La otra vez me despedí. Sin saberlo, pero me despedí.

—Esta vez es un principio.

—Esta vez es un principio —repite, y me besa el pelo.

Me duermo con la certeza tonta de que he llegado a una orilla donde no hay que defender nada.

Despierto de madrugada, sin ruido, con una convicción clavada en el estómago como una astilla.

La vela se ha consumido. Entra por la ventana una claridad lechosa.

Hart duerme boca arriba con un brazo bajo mi cabeza y la otra mano sobre mi cadera, como si su cuerpo hubiera decidido por su cuenta que no pensaba soltarme.

Tiene la boca entreabierta. Está tan guapo que me dan ganas de hacerle daño.

No quiero despertarlo. Pero no puedo callar esto. Le acaricio la mejilla con el pulgar hasta que abre un ojo.

—¿Mmm?

—Hart. Hay algo que no te he dicho.

Se incorpora de golpe, como un soldado.

—¿Qué?

—Pell no se ha rendido.

—Lo sé. Tiene el pagaré y me ha dado doce días...

—No es solo eso. —Le tomo la mano y se la aprieto—. Edmund se lo contó a Bee junto al carruaje, mientras tú volvías a pie. Hace una semana que Pell anda por Lincoln’s Inn preguntando por la escritura de Vaughan Court. Un hombre que va a rendirse no hace preguntas sobre hipotecas.