XXXII
Sabine
Llevo hora y media paseando por el gabinete con un abanico que no he abierto una sola vez, y te juro que es el único acto de contención del que me siento orgullosa esta noche.
Soy una cobarde con muy buenos modales, se lo dije a una duquesa ayer, y ahora lo demuestro.
Posy me aconsejó que fuera a White’s y que, si no podía entrar, me dejara ver esperando en la puerta.
Me puse la capa de repuesto, llegué hasta el vestíbulo y allí me quedé, con la mano en el picaporte, como un caballo que ha olido el fuego.
Mandé a Bee en mi carruaje con el encargo de mirar, escuchar y volver.
«Si es una tontería, me la cuento yo sola», dijo, encogiéndose de hombros. «Ya estoy acostumbrada».
Han pasado noventa minutos. Fossett me ha dejado un té sobre la mesa y no lo he probado.
Los pensamientos sensatos se me han acabado y quedan dos bandos: los que aseguran que no ha ocurrido nada y los que gritan que ha ocurrido algo terrible.
Los primeros me aburren. Los segundos, por lo menos, tienen fuego.
La puerta del gabinete se abre de un golpe que no consiente ni el anuncio de Fossett.
—¡Sabine!
Bee entra con la cofia torcida y un color de mejillas que no le había visto desde el día de su boda. Se apoya en el marco con una mano en el pecho, resollando como un fuelle.
—Querida —jadea—. Querida mía. Tu conde se ha subido a la tarima de los árbitros de White’s. En medio de la sala del libro, con todo Londres cenando a su alrededor. Ha confesado la apuesta en voz alta.
El abanico cruje entre mis dedos. No me había dado cuenta de cuánto lo apretaba.
—Bee...
—Ha dicho que la apuesta fue suya, que fue una villanía, que no tenía excusa.
—A Bee le tiembla la voz, a Bee, que no le tiembla por nada—.
Ha jurado ante todos que tú no supiste nada, que no consentiste nada, que no firmaste nada, y mi hermano ha dado fe de lo último con un descaro que lo mandará al infierno.
Se ha destrozado el apellido delante de trescientos testigos para dejar limpio el tuyo.
—Hay más —añade Bee, y por primera vez en once años me da miedo oírla—.
La bolsa. Cuatro mil libras. Le han dicho que ya las había ganado, por lo de «a donde le dé la gana», y él ha renunciado a cada penique.
Edmund ha rasgado la página del libro delante de todos.
«Anulada por desistimiento del apostante».
¿Sabes lo que son cuatro mil libras para un hombre que debe mil ochocientas el veinticuatro?
—Sé lo que son.
—Era su salvación. La única limpia. —Me mira con los ojos brillantes—. La ha rasgado.
Me falta el aire. Hay en mi pecho una cosa demasiado grande para la jaula de las costillas. Se me cae la taza que ni recuerdo haber cogido. La porcelana se estrella contra el suelo y el té se derrama sobre la alfombra sin que me importe un bledo.
En treinta años, ningún hombre ha hecho por mí una cosa que le costara más de lo que le rentaba. Mi padre me vendió a los diecinueve. Mi marido me lució como a una yegua cara. Este se ha lanzado a la hoguera solo para sacarme a mí de las llamas, sin público que lo aplauda y sin premio que cobrar.
No es el gesto de un cazador. Es justo lo contrario.
—¿Dónde está él?
—Venía detrás de mí —dice Bee—. Caminando. A pie. Ha dejado que me adelantara por cortesía y por miedo.
Como si la hubieran escuchado, los pasos de Fossett suenan en el pasillo, más rápidos de lo que consiente su dignidad.
—El conde de Vaughan, señora.
No espera mi permiso. Entra detrás del anuncio, como un hombre que ha echado a andar y ya no sabe cómo parar.
Viene distinto. Viene calado hasta los huesos, con el pelo pegado a la frente y un chaleco azul precioso que le chorrea sobre los zapatos.
Aprieta el sombrero entre las manos como un pretendiente humilde, que es justo lo que es ahora, con la levita remendada y el apellido hecho trizas.
Tiene los ojos de té cargado muy abiertos y una ligereza terrible en la cara, la del que ya no tiene nada que perder porque lo ha entregado todo por su propio pie.
Bee, que se había quedado en el umbral, ha desaparecido sin que yo la viera moverse. Con los años se ha vuelto de esas mujeres que atraviesan las paredes.
—No le robaré mucho tiempo, señora —dice él, junto a la puerta—. Vengo a decirle un par de cosas. Después me marcharé, si me lo pide.
Yo, que llevo días muriéndome por verlo cruzar ese umbral, hago lo único que sé hacer cuando algo me importa demasiado: enseñarle las garras.
—No se subió a esa tarima por mí. —La voz me sale ronca, de otra garganta—. No tenía el menor derecho a hacer semejante locura.
Parpadea. No esperaba esta recepción.
—Tenía todo el derecho del mundo.
—¡No! —Avanzo, y el té derramado no me detiene—. ¿Sabe lo que ha hecho? Se ha arruinado. Por mí. ¿Qué puñetas hago yo ahora con eso, Hart? —Se me quiebra la voz por la mitad—. Yo no sé recibir nada de nadie. A mí me enseñaron a comprar y a cobrar. Esto no.
—No hay nada que devolver. —Da un paso hacia mí, y no retrocedo, y veo que lo nota—. Esto no es una deuda, Sabine. Es lo contrario de una deuda.
—Márchese. —Es la mentira más gigantesca que he pronunciado en mi vida—. Márchese, Hart, ahora que aún puede. Antes de que le suplique que se quede y ya no le deje irse nunca.
No se mueve.
—No pienso irme. Puede echarme con los lacayos de la casa si le place. Por mi propio pie no me voy.
Me doy la vuelta de golpe. Me voy hacia el ventanal, el mismo ante el que le dije «es tarde» hace dos días, y me agarro al alféizar como si el suelo se estuviera desmoronando. A mi espalda no se oye nada. Ni un paso, ni una súplica. Solo su respiración profunda, que espera.
—¿Por qué no dice nada? —pregunto sin volverme.
—Porque lo dije todo la última vez y no sirvió de mucho. —Su voz suena demasiado cerca, aunque no le he oído avanzar—. Esta vez me toca esperar. Aprendí a golpes que a usted no se la convence: se la espera.
Me giro. No lo tengo a cuatro pasos, como imaginaba. Lo tengo a uno.
Le busco en la cara el cálculo, el farol, todo lo que llevo la vida entera detectando en los hombres. No encuentro nada. Hay un hombre calado que ha decidido perderlo todo ante mí y me mira con la paciencia de un mendigo y el aplomo de un rey.
—¿Por qué? —Me tiembla el cuerpo entero—. ¿Por qué se ha quemado por mí? La verdad, Hart. Sin adornos.
—Porque era lo único que me quedaba que fuera solo mío para dárselo. —Se encoge de hombros con una sencillez que me destroza—. Lo demás era suyo hacía tiempo.
Se me saltan las lágrimas. Las odio, porque llevo años sin llorar ante nadie y he ido a elegir a este hombre para empezar a hacerlo.
—Me llamó mentirosa. Delante de todo el mundo.
—Lo sé.
—Me partió en dos.
—Lo sé. —Ahora le tiembla a él la voz—. No ha habido un solo día desde entonces en que no me haya odiado por ello. Si me dice que me vaya de verdad, me iré y no volveré nunca. Pero no me iré creyendo que le da igual. Porque esta vez le he visto la cara.
Me tiembla la barbilla como a una niña. Odio que me vea así. Odio todavía más descubrir que me da lo mismo. Nos miramos sin parpadear, con un paso entre los dos y ninguno que se atreva a cruzarlo.
—Tengo miedo —digo, y es la primera vez en mi vida que lo pronuncio en voz alta—. No del dinero. No de Pell. De esto. De usted. De no saber cómo se recibe a un hombre que no viene a cobrarme nada.
—Aprenderemos los dos. —Sonríe, y se le rompe a medias el intento—. Se me da fatal, se lo aviso. Pero tenemos la vida entera para hacerlo mal juntos.
Nadie me había ofrecido jamás hacer algo mal en compañía. Me habían ofrecido títulos y joyas. Nunca la libertad de equivocarme al lado de alguien.
Con esa tontería suya dicha con la voz rota se me agotan las fuerzas para seguir defendiéndome. No me queda ni una respuesta afilada, solo la verdad, tan desnuda y temblorosa como la suya. Así que hago lo que juré sobre la tumba de mi libertad que no haría jamás por nadie.
Dejo caer el abanico sobre la alfombra. Ya no me queda nada tras lo que esconder la mano.
Comprendo, con el abanico a mis pies, que la mano no me temblaba por pavor a Pell, ni al qué dirán, ni a perder una fortuna que nunca me importó. Me temblaba por él. Siempre fue por él.
Cruzo yo el paso que él no se atreve a dar. Le tomo el rostro entre las manos, igual que me lo tomó él una tarde dorada en este mismo gabinete. Tiene las mejillas húmedas de lluvia y una sombra de barba raspándome las palmas. Cierra los ojos al contacto.
—Escúchame bien, Hart, porque no pienso repetirlo.
—Me sale una voz rota y libre a la vez, y el tuteo se me escapa como una paloma por una puerta abierta—.
No te quiero por lo que tienes, porque ya no tienes nada.
Te quiero porque eres el único hombre que me ha visto entera, con garras y con escarcha, y no ha salido corriendo.
Yo tampoco vengo a salvarte. Vengo a rendirme, y para mí eso cuesta mil veces más que salvar a nadie.
Abre los ojos.
Abre la boca. Le veo venir la nobleza ridícula de los hombres, el sermón sobre el dinero y mi fortuna, y le pongo dos dedos en los labios antes de que arranque.
—Lo del dinero lo arreglamos entre socios que se respetan. Tú pones el apellido y el hermoso desastre. Yo pongo la fortuna. No es un rescate, Hart: es un regalo. Llevo la vida entera siendo rica sin tener a nadie a quien regalarle nada.
Me coge la muñeca y aparta mis dedos con una lentitud que me estremece hasta las rodillas. Se queda con mi mano contra el pecho, donde el corazón le galopa al mismo compás que el mío.
—Tengo que decirte una cosa —murmura—. Me has tuteado.
—Te he tuteado.
—Tutéame otra vez. —Cierra los ojos—. Lo he echado de menos más que a mi apellido.
—Hay una palabra, Sabine, que te debo desde hace días. —Respira hondo—. La tengo aquí. —Se toca el pecho con mi mano—. No te la voy a decir esta noche.
El pulso se me desploma.
—¿Cómo?