XXXI #2
—Según la letra de esta apuesta, quien llevara a lady Merrow al altar, «o a donde le diera la gana», se llevaba la bolsa.
Cuatro mil libras. Es una cifra que me habría salvado la vida: sirve para pagar un pagaré dos veces y todavía sobra para un abrigo.
Algunos de ustedes piensan que la he ganado ya, por el segundo término de esa frase.
—Hay un siseo, más bajo, y la mirada de un tahúr que mide—.
No la he ganado. Aunque la hubiera ganado, no la cobro. Renuncio a ella. A cada penique.
—Milord. —Ashcombe se aclara la garganta, para que le oigan bien—.
El reglamento de este club es claro en lo que toca a las apuestas retiradas.
Cuando el apostante principal desiste de su envite, la apuesta queda anulada por desistimiento del apostante, y cada caballero recupera su puesta en la secretaría.
—Mueve la pluma con una floritura que me deja sin aire—. Voy a dar fe en este libro.
Gira el atril. Pasa las páginas con el pulgar y se detiene en una que reconozco, aunque nunca la he visto: la hoja con mi nombre, en tinta ya parda, junto a la columna de cifras.
Con dos dedos la sujeta y, con un solo tirón, la rasga de arriba abajo.
El sonido, como de seda cortada, se oye en toda la sala.
Después la dobla en cuatro y me la tiende como quien entrega un pañuelo.
—Queda anulada —dice—. Conserve el papel, milord. Es lo único que va a salir de esta sala sin precio.
Se desata un rumor en cascada: cuatro mil libras que vuelven a sus dueños.
Las mesas se vacían de risas y de sillas.
Alguien grita «¡Mi apuesta!» y otro «¡Más despacio, que se lleva usted la mía!
», y un caballero grueso, que no conozco, se pone a aplaudir con ambas manos, solo, y después lo dejan solo.
Entonces se me acerca un hombre de patillas pelirrojas con una copa en cada mano. Es Halloran. Ha vuelto a Londres hace dos días. Lo sé porque me lo dice en el acto, con la nariz ya colorada de brandy y los ojos brillantes.
—Vaughan. —Extiende una copa—. Hace un año me despidió la viuda de Merrow con una frase de nueve palabras que todavía me suena en la cabeza como una campana.
Usted ha sido despachado por ella delante de todo Londres, y encima ha dado las gracias.
Bienvenido al club. Brindo por usted, que es el único hombre humillado por la viuda que, aun así, ha salido con la espalda más recta.
—No me ha despachado —contesto, tomando la copa—. Todavía no.
—Ah. —Halloran lo piensa—. En ese caso, brindo por lo que le queda.
Bebo. El brandy me quema la garganta.
Cuando bajo la escalinata de mármol, con el sombrero en la mano y media aristocracia clavada en la espalda, descubro que no siento la vergüenza que tanto temía.
Siento el alivio físico del que lleva años cargando con una piedra enorme, la suelta en el barro y descubre que puede enderezarse.
He perdido el saludo de la mitad de Londres de un solo golpe; he ganado, a cambio, el derecho a mirarme por las mañanas en el espejo del vestíbulo sin hacer una mueca.
Las cuatro mil libras, en cambio, las he perdido también, pienso, con una carcajada en la garganta que me sorprende.
Cuatro mil libras que habrían bastado, con el ingenio de un buen contable, para saldar a Pell y a Crabbe.
Acabo de renunciar a la única salida limpia de mi vida con un papel doblado en cuatro y una copa de Halloran en el estómago.
No me arrepiento. Eso es lo que más me asusta.
Un ruido de zancadas, a mi espalda: Edmund Ashcombe baja los escalones de dos en dos, con el rostro congestionado y la pluma todavía en la mano.
Me adelanta sin una palabra y cruza la calzada hacia el carruaje que aguarda al otro lado de St. James’s Street.
Un carruaje negro, de caballos grises, con un escudo en la portezuela que conozco como el de mi propia casa, y que no me había atrevido a mirar: el de Merrow.
Se asoma una cofia. Es Bee, con su cara de sabueso, que ha estado ahí desde las siete, esperando.
Edmund apoya un codo en la ventanilla y le habla deprisa, agitando la pluma.
Bee escucha con los ojos muy abiertos, se lleva la mano al pecho, mira por encima del hombro de su hermano hacia donde estoy yo y, cuando los ojos se nos encuentran, ya no hay sorna en los suyos.
Hay algo bastante peor, o bastante mejor.
Golpea el techo con los nudillos para que el cochero arranque y, mientras el carruaje se pone en marcha, saca la cabeza.
—Ha sido una solemne estupidez, milord —grita por encima del traqueteo—. La mayor de la que he oído hablar en años. La clase de estupidez magnífica que a lo mejor, y solo a lo mejor, acabe salvándole la vida.
—¿Está...?
—¡Hecha un desastre! —El carruaje ya se mueve—. ¡Lleva días fingiendo que no, que en ella es la peor señal! ¡Yo, en su lugar, no perdería la tarde!
El carruaje gira la esquina de Piccadilly a un trote que ninguna viuda de buena crianza consentiría, y se lleva consigo el escudo de Merrow, a Bee y mi última excusa para no moverme. Edmund me mira desde la acera, jadeante, y se encoge de hombros con una sonrisa de cómplice.
—Hubiera querido llevarle esto yo mismo —dice, levantando la pluma—. Pero me ha parecido que lo mejor es que lo cuente mi hermana. Tiene más talento para la tragedia.
—Gracias, Ashcombe.
—Dele las gracias a ella. —Me estrecha la mano con una firmeza que no me esperaba—. Una cosa más, Vaughan: cuando se case, que será pronto, no le diga que lo hizo bien. Se lo tomará como una afrenta.
Echo a andar. La peor petición de mano de toda la historia de Inglaterra va a cruzar Mayfair con el sombrero en la mano, una hoja arrancada en el bolsillo y un chaleco azul de las bodas de los primos.
Empieza a llover, y me alegro. Llegaré calado, sin ideas, sin un solo argumento ensayado.
Doblo en Berkeley Square con una certeza tonta y ligera en el pecho: por primera vez en mi vida no sé qué voy a decir cuando me abran la puerta.
Fossett me abre antes de que llame. Lleva la cara de un hombre que ha oído demasiado esta semana.
—Milord —dice, apartándose—. La señora lo espera. La señora Calloway llegó hace unos minutos, a una velocidad poco decorosa, y la señora no ha dejado de pasear por el gabinete desde entonces.
—¿Armada?
—Con un abanico, milord. Si me permite el consejo, no lo mire.