XXXI
Hart
Me despierto con la mejilla pegada a un cuaderno de cuentas y el cuello hecho una ruina, que es lo habitual, y con una prenda sobre los hombros que no es mía, que no lo es en absoluto.
Tardo medio minuto en entender qué estoy tocando.
Es una capa de mujer, de lana gris y buen forro, con un olor que me atraviesa el sueño como una aguja: jazmín, y debajo de él, algo más tibio que solo se huele de muy cerca.
Hago un recuento de las personas que han entrado en esta casa desde que me desplomé sobre el escritorio.
La lista es muy corta y tiene un solo nombre.
La señora Pruitt aparece en la puerta con una bandeja de té, que es un lujo, y una cara de piedra, que es su estado natural.
—¿Quién ha estado aquí?
—Nadie, señor.
—Pruitt.
—Yo no he visto a nadie, señor. —Deja la bandeja con una serenidad de jueza—. Habrá venido el viento.
—El viento no gasta forro de seda.
—Pues será un viento muy fino.
Me quedo con la capa entre las manos. Pesa poco.
Se me ocurre que es lo más pesado que me han dejado en la vida, y que quien me lo ha dejado no está obligada a nada.
Ha cruzado Londres de noche, ha entrado en la casa más pobre de Marylebone, me ha visto con la tinta en la mejilla, la botella a los pies y el aliento del que ha dejado de pelear, y en lugar de despertarme se ha quitado la ropa de abrigo.
Una mujer que sabe con precisión cuánto vale cada gesto me ha regalado el más caro sin pedir recibo.
«Es tarde», me dijo. Pues ya ves, Sabine, qué mala hora para tener razón.
Me sirvo el té, que sabe a hoja quemada, y lo bebo como si fuera champán. Después subo a mi cuarto, me afeito en la cocina, con la mano temblona de quien ha dormido sobre un papel, y voy a buscar a Posy.
La encuentro en el comedor, que no es comedor sino la única habitación donde cabe una mesa con lumbre, repasando un dobladillo con un hilo de otro color. Lo disimula en cuanto me ve. Es un reflejo suyo. Un reflejo mío, en realidad, porque en esta casa nos hemos contagiado todos de ocultar.
—Gorrión. Quiero hablarte de Gil.
—Ya lo sé.
—No sabes lo que voy a decirte.
—Sé que me lo vas a decir hoy, porque llevas dos noches ensayando en el vestíbulo delante del espejo. Sé que empieza por «Caballeros». —Alza la barbilla con toda la dignidad de sus diecisiete años—. No me parece mal discurso. Pero me da en la nariz que Gil no va en el repertorio.
—Va ahora.
Me siento frente a ella y le cojo la mano por encima del mantel remendado. Tiene dedos de costurera, pinchados y finos. Pienso en cuántas noches los ha acercado a una vela corta para ahorrarme la cera y se me aprieta algo bajo el esternón.
—Yo dije unas cuantas estupideces cuando todavía creía que el dinero compraba la felicidad al peso.
Le pedí perdón a Gil el martes con la torpeza que me caracteriza y él me lo concedió con una condición que no repetiré en voz alta porque me deja en ridículo.
Pero lo que no te dije, Posy, es lo principal: que si lo quieres, es tuyo.
Sin dote, sin título y sin mi permiso, que no lo has necesitado nunca, pero que te doy, por si acaso, y con todas las de la ley.
—Hart...
—Si tengo que celebrar la boda con pan duro y agua del pozo, la celebraré, que es lo que va quedando en nuestra despensa.
Se me echa al cuello. Llora de una alegría tan limpia que me lava un poco la mía, que traía sucia.
Le acaricio la trenza, que huele a leche tibia y a jabón barato, y me sorprendo pensando que esta niña no necesitó nunca una fortuna: necesitó a Gil.
El amor honrado, mira por dónde, sale mucho más barato que la vanidad.
—¿Tú qué? —Se separa para mirarme, con la nariz roja y los ojos despiertos—. Si yo me caso con Gil y tú no te casas con la viuda por su dinero, ¿de qué vamos a vivir los dos?
—De poco y con la cabeza alta. De lo que dé la tierra, si me pongo a trabajarla yo mismo. Tengo dos manos que solo han sabido barajar naipes y firmar pagarés. Es hora de que aprendan un oficio honrado.
—¿La viuda?
—A la viuda esta noche le voy a regalar lo único que me queda, y no es una cosa que se pueda envolver.
—Ah. —Posy me estudia sin parpadear—. Entonces lo del chaleco no era una broma. Lo planché creyendo que sí.
—¿Qué chaleco?
—El de seda azul. El de las bodas de los primos. Está sobre tu cama desde ayer, con un lazo, para que no te lo olvides.
Tengo una hermana que me conoce mejor que yo mismo y no se avergüenza de ello. La beso en la frente y subo a ponérmelo.
La hora de la verdad, como suelen llamarla los moralistas, tiene en White’s un horario muy concreto.
Las siete de la tarde de un sábado: cenan los socios, la sala de juego aún no se ha incendiado de apuestas y la escalera de St. James’s Street es un desfile de levitas que suben con hambre y bajan con otras ganas.
No hay mejor momento para quemar un nombre. Hay más testigos y el trago sale caro.
Cruzo media ciudad a pie, media hora larga que no me pesa.
Llevo las manos vacías, salvo por el sombrero, y ni una sola idea de la forma en que se hace lo que voy a hacer.
En Piccadilly me detengo ante un escaparate de guantes, parecido al del jueves, y compruebo que el hombre del cristal ya no tiene la sonrisa de moneda falsa.
Tiene otra que no reconozco, rara y de poco brillo, de las que no se reparten a manos llenas porque no sobran.
Barlow, el portero, me abre la puerta con una inclinación que el jueves se ahorró.
—El señor Ashcombe lo espera en la sala del libro, milord. Ha mandado afilar la pluma.
—¿Hay muchos?
—Hasta la ventana, milord. —Baja la voz—. La noticia ha corrido.
La sala del libro es un salón de techo alto con las paredes forradas de cuero, un fuego que escupe, una docena de mesas ocupadas y un atril de caoba donde reposa, abierto, el libro de apuestas de White’s, grueso como un misal y con las esquinas gastadas por mil dedos nerviosos.
Detrás del atril, de pie, un hombre largo y rubicundo con la sonrisa de su hermana y la mitad de su veneno me hace una reverencia que parece de cortesía y es de otra cosa.
Edmund Ashcombe. Sé quién es y qué hizo, porque me lo contaron en un saloncito de Storr: que un día de principios de marzo, a petición de una mujer, dejó caer en esta misma sala una frase sobre la viuda de Merrow, y todo lo demás se encadenó solo.
—Milord —dice—. Tengo entendido que desea consultar el libro.
—Deseo abrirlo, señor Ashcombe. En voz alta.
—Que sea en voz alta, pues. —Sonríe sin enseñar los dientes—. Hay silencio por si le conviene.
Lo hay. Me doy cuenta al volverme. La sala ha enmudecido de golpe, como una iglesia cuando entra el obispo.
Las cartas han dejado de sonar. Sir Hugh Danforth, junto a la chimenea, sostiene una copa de oporto a medio camino de la boca y me mira con unos ojos que lo mismo pueden ser de horror que de felicidad.
Cerca de la ventana, un caballero de patillas pelirrojas se inclina hacia su vecino para no perderse ni una sílaba.
Me subo a la tarima donde se colocan los árbitros de las apuestas, que está a dos palmos del suelo y parece una cumbre.
Se me tuerce la voz al arrancar. No lo niego.
Un hombre no derriba doce años de máscaras bien cosidas sin que algo cruja por dentro, y lo oigo crujir.
Pienso en una mujer cruzando el salón de Storr con la barbilla alta y el cuchillo en la garganta.
Me digo que si ella pudo hacerlo por mí, yo puedo hacerlo por ella. Faltaría más.
—Caballeros. Corre por los clubes estos días un rumor acerca de mi persona, y he venido a confirmarlo para que no quede duda: es cierto que el conde de Vaughan se rebajó esta temporada a apostar, en este salón y sobre ese libro, por seducir a una dama a cambio de su fortuna.
—Las palabras salen más secas de lo que había ensayado, y mejor—.
Fue una villanía indigna de un caballero y de un cristiano.
Quiero que conste, de mi propia boca y ante todos ustedes, que la única inocente de este asunto es la dama, que no firmó nada, que no consintió nada y a la que debo una reparación que le haré en privado, y de rodillas si hace falta.
—Que conste —repite Edmund Ashcombe con la pluma levantada, sin que se le mueva un músculo de la cara—. Como quien presenció la apuesta desde la primera línea, doy fe de que la dama no firmó nada.
Es una frase verdadera de cabo a rabo. Los que saben leerla a lo lejos, por la comisura de su boca, creerán que ayuda. Los que no, se la tragarán igual. Es una pieza de arte.
—El culpable soy yo y solo yo —sigo—. Pueden retirarme el saludo cuando gusten. Lo entenderé de sobra.
Silencio de tumba abierta. Luego estalla el murmullo.
Siento las miradas caer sobre mí como una granizada: unas de escándalo, otras de burla disimulada y alguna, allá en un rincón, de un viejo tahúr de los que ya lo han visto todo, con un asomo incómodo de respeto.
Danforth se atraganta con el oporto y se pone a toser de un modo que habría ablandado a un verdugo.
Un baronet de mejillas encendidas, que reconozco porque me preguntó hace una semana, borracho, si era verdad que había dado calabazas a la viuda de hielo, murmura a su compañero algo que acaba en «a donde le dé la gana» y suelta una risita.
—Caballero —le digo.
No levanto la voz. Con el tono basta. La risita se le atasca en la garganta y baja la vista a su copa, y yo agradezco a Dios y a doce años de duelos mal pagados haber aprendido a quitar la risa a un hombre con una sola palabra.
—Hay otra cosa. —Dejo caer la mano sobre el libro—. La bolsa.
Un rumor distinto, más hondo, de los que producen los hombres cuando se les habla de dinero. Me vuelvo hacia Ashcombe.