XXX #2
A las once y cuarto me pongo la capa gris, la que no llama la atención de nadie, y bajo por la escalera de servicio con los pasos de una ladrona que no piensa robar nada.
Fossett, que debería estar en la cama, me abre la puerta lateral sin una pregunta y señala con la barbilla el coche de alquiler que ha hecho venir hasta la esquina.
—¿Cómo lo ha...?
—Soy mayordomo, señora. Sabemos qué cara tienen las señoras cuando van a hacer una tontería. —Hace una reverencia mínima—. Tenga cuidado.
Es la segunda frase del día que no se compra con dinero.
El coche me deja en Marylebone, en una calle ancha, mal alumbrada y tan decente en su penuria que da pena.
La casa de Vaughan es la mayor y la más deslucida: ladrillo que tuvo orgullo, persianas desiguales, media docena de ventanas negras de abandono.
Solo arde una luz en la planta baja, tan débil que cabe en un puño.
En medio de tanta ruina, como un diente de oro en una boca desdentada, brilla el aldabón de bronce, pulido hasta ofender y devolviendo el resplandor de la farola.
Lo miro un rato. Un hombre que lustra cada semana el aldabón de una casa que se le cae encima no se rinde por dentro, aunque se rinda por fuera. Llamo.
Abre un lacayo en mangas de camisa con un candelabro.
No tiene más de veinte años y su cara lo expresa todo: miedo, sueño y un estupor tan cándido que me dan ganas de disculparme.
Detrás, bajando la escalera con bata de lana y un atizador en la mano, viene una mujer de sesenta años, con el pelo blanco bajo la cofia, brazos de lavandera y ojos de sargento.
—Si viene a cobrar —dice sin saludar—, el señor no está.
—No vengo a cobrar.
—Entonces viene a otra cosa peor.
Le digo quién soy. Me dice la suya: señora Pruitt, cocinera y todo lo demás. El atizador baja un palmo y los ojos de sargento me evalúan como si mi nombre fuera una factura que no ha acabado de leer.
—La viuda —lo suelta igual que la duquesa, dos sílabas que encierran un tratado—.
Pues llega tarde, señora, aunque por un lado es buena hora.
El señor lleva dos noches sin acostarse, ensayando delante del espejo con una voz que no le conocía, y me ha gastado una vela entera.
Si hubiera venido ayer, le habría abierto con el atizador.
Pregunto por hoy. Ella me explica que ha visto cómo miraba el señor la calle desde el despacho a las nueve, igual que mira un perro la puerta cuando el amo tarda, y se aparta con un gesto brusco que es más hospitalidad que muchas reverencias.
—Pase y no haga ruido. Tom, apaga eso, que gastas la cera como si nos sobrara.
Entro en la casa de Hart Vaughan.
Hace frío, y no como una impresión: como un hábito de las paredes.
En mi gabinete hay fuego diario y sé lo que cuesta; esta casa ha hecho cuentas con el carbón durante años y ha decidido, con una dignidad que me encoge el pecho, privarse de él.
El vestíbulo es amplio y desnudo. En las paredes quedan rectángulos más claros donde antes colgaron retratos, tantos que parecen un cementerio de marcos.
La escalera ha perdido tres balaustres, remendados con cuerda.
El ala este, me explica Pruitt sin que se lo pregunte, está cerrada con llave y con una cómoda delante, «porque con la cómoda delante el aire no sube».
—No es una casa para una dama.
—Es la casa más honrada en la que he entrado en mi vida, señora Pruitt.
La cocinera me mira de arriba abajo, como si por fin hubiera encontrado en mi vocabulario una palabra que merezca la pena.
—Está en el despacho, al fondo. Sin lumbre, que el carbón lo guarda para la niña. Lleva horas sin moverse y no me atrevo a despertarlo por si se echa a llorar, que ya lo ha hecho dos veces esta semana.
Cruzo el vestíbulo con la vela que me ha puesto en la mano. La puerta del despacho está entornada. Empujo con dos dedos y la madera cede sin ruido.
Duerme.
Está sentado ante un escritorio más grande que la habitación, con los brazos cruzados sobre unos papeles y la cabeza encima, de lado.
No se ha quitado la levita. No lleva corbata.
Tiene el pelo revuelto y una pluma entre los dedos que ha manchado de tinta el puño.
Hay una botella vacía en el suelo, sin vaso.
Dejo la vela en la repisa. Me acerco sin respirar.
De cerca, el rostro que me ha mirado con desprecio, con deseo, con ternura y con lástima se ha vuelto el de un muchacho.
Las ojeras le comen medio pómulo. Tiene una mancha de tinta en la mejilla, justo donde se rascó en sueños, y siento un impulso tan violento de limpiársela que tengo que cerrar el puño.
No soy una mujer sentimental. Lo digo para que conste, porque lo que hago a continuación no tiene la menor lógica.
Me quito la capa gris y la extiendo sobre sus hombros.
Es de lana buena, con forro de seda; le cubre la espalda hasta el cinturón y cae por un lado.
Desde la puerta, Pruitt carraspea y ofrece una manta de la señorita Posy.
Prefiero que se tape con la que he traído yo.
Entonces sabrá que ha venido, observa ella.
Esa es la idea, contesto, y la cocinera asiente como quien aprueba un plan de campaña, deja un chal de lana áspera sobre la silla para el camino de vuelta y cierra hasta dejar una rendija.
Me quedo a solas con él. Me atrevo a lo que jamás me atreví: le aparto el pelo de la frente con las yemas de los dedos.
Es la caricia que me hizo él aquella tarde dorada, a la inversa, y noto cómo el recuerdo me sube desde el estómago y se instala detrás de los ojos.
Está caliente. Está vivo. Respira sobre mi muñeca.
—Tarde... —murmura sin despertar, con la boca pegada a la manga.
Se me para el corazón.
—Llego tarde...
Me inclino. No sé qué espero: que repita, que diga mi nombre, que se abra una puerta por la que pueda entrar sin pedir permiso. No ocurre nada. La frente se le arruga, se relaja, y el aliento vuelve a ser parejo. Tarde. Tan arraigada tiene la maldita palabra que hasta dormido la dice.
Quisiera hablarle. Decirle que lo vi alejarse y que la mano me temblaba, y que no era de rabia. Que las mil ochocientas libras son un mal chiste y que las arrojaría al Támesis con las dos manos sin parpadear. No digo nada. Hablaría contra su sueño y él lleva dos noches sin dormir.
Le rozo el pelo una última vez, cojo el chal de Pruitt y salgo.
En la escalera me detiene una vela.
Es Posy, de pie en el tercer escalón, con un camisón de franela y una trenza floja sobre el hombro. Tiene los ojos tan abiertos y despiertos, tan idénticos a los de su hermano, que por un momento creo que me mira él, con diez años menos y ninguna máscara.
— Lady Merrow —dice sin sorpresa.
—Señorita Vaughan. Yo... —Busco una frase decente para una situación que no la tiene: una viuda de treinta años, a medianoche, en casa ajena, con el chal de una cocinera sobre los hombros. No encuentro más que la verdad—. No estoy aquí.
—No la he visto —contesta ella, grave—. Aunque debo advertirle que va sin capa y la noche es fresca.
—La he dejado en un despacho.
—Una capa es una excelente razón para volver.
—Se rasca el tobillo con el otro pie, como una niña, y deja de parecerlo—.
Mi hermano no me cuenta nada, ¿sabe? No tiene costumbre.
Pero lleva dos noches practicando delante del espejo del vestíbulo con una voz que le oí el día que murió papá.
Empieza diciendo «Caballeros» y acaba con «podéis retirarme el saludo cuando gustéis».
No me hace falta el resto. Mañana, a las siete, va a subirse a una mesa de White’s y a cometer una barbaridad.
Tengo que apoyar la mano en la barandilla, que cede donde falta un balaustre.
—¿Qué clase de barbaridad?
—La que solo hace un hombre que ha decidido que lo que quiere vale más que lo que tiene.
—Alza la vela hasta que la luz me da en la cara y me estudia con una franqueza que no es de su edad—.
Yo iría, lady Merrow. Si no puede entrar, que la vean al menos esperando en la puerta.
A Hart no le sirve de nada que le digan que lo quieren. Lo que le sirve es verlo.