La trampa de terciopelo XXX
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Sabine

Hay visitas que se anuncian y visitas que se declaran, como las guerras. La de la duquesa viuda de Storr, a las once de la mañana de un viernes que yo había reservado para consumirme en paz, pertenece a la segunda clase.

Fossett no la anuncia. Fossett va detrás de ella, con la palidez de un hombre derrotado por una anciana de setenta años y un bastón, moviendo los labios sin sonido como un pez que reza.

—Su Gracia ha dicho, señora, que los anuncios son para el viento y que ella se anuncia sola.

—Gracias, Fossett. Trae otro servicio de té.

—Dos, ya que va —corrige la duquesa sin volver la cabeza—. La amiga de la señora no se irá, así que más vale que tenga con qué ocuparse la boca.

Bee, que se había desplomado en el diván con un bollo a medio camino, se levanta como si el mueble le quemara y suelta una reverencia tan torcida que medio bollo cae sobre la alfombra. Nadie lo recoge. Nadie se atreve.

La duquesa avanza por mi gabinete con el bastón de ébano marcando el compás de una marcha fúnebre.

Lleva su luto de hace cuarenta años, un negro tan viejo que ha pasado de la tristeza a la elegancia, y tasa las paredes color musgo, el fuego, el escritorio vacío de planes, con una mirada que no necesita lupa.

Se detiene frente a mí. No me he levantado.

Lo hice una vez y me cobró la insolencia con una amenaza; no pienso regalarle la cortesía.

—Está usted hecha una lástima, lady Merrow.

—Gracias, Su Gracia. Llevo toda la semana trabajando en ello.

—Siga sentada. Qué tontería, si no me ha dejado otra opción. —Ocupa el sillón de enfrente con la lentitud de quien reina sobre su propio cuerpo y apoya las manos en el puño de plata—. Estuve en mi baile. Supongo que recuerda que era mi baile.

—Fue un éxito.

—Fue un espectáculo, que no es lo mismo, aunque se pague igual.

Estuve a tres pasos de usted cuando el conde de Vaughan le dio la espalda.

Vi cómo abría el abanico, cómo alzaba la barbilla un dedo, justo un dedo, y sonreía como si le hubieran susurrado una galantería.

—Los ojos negros y pequeños se me clavan—.

Llevo cincuenta años mirando a mujeres hacer eso.

Pocas lo hacen bien. Usted lo hizo tan bien que me entraron ganas de abofetearla.

Bee emite un ruido de bollo atragantado. La duquesa gira hacia ella un cuarto de vuelta, no más, y Bee se queda muda.

Yo cojo la tetera para ocuparme las manos. La mía tiembla. La dejo. La duquesa mira la mano, mira la tetera y no dice nada, que es peor que si hablara.

—Podía haber intervenido —prosigue, reposada—. Un gesto mío y el conde habría tenido que escucharla, lo quisiera o no. Me quedé quieta. Quería ver qué hacía usted. Ahora me avergüenzo un poco, que a mi edad es una sensación tan novedosa que se la agradezco.

—Si ha venido a pedirme perdón, Su Gracia, no tengo costumbre de concederlo.

—He venido a algo peor.

Echa el cuerpo hacia delante. Cuando habla de nuevo ha cambiado de herramienta: abandona el usted como quien deja la espada de gala por la de campaña, y el tuteo me cae encima con peso de mazo.

—Tú, a quien llaman la viuda de hielo y que has cultivado el apodo como otras cultivan rosas, vas a contestarme una cosa ahora mismo. O bien eres una embustera o bien eres una cobarde. Elige, y entonces te diré qué hacer.

El fuego chisporrotea. Bee ha dejado de masticar. En la calle pasa un carro de lechero con su traqueteo y la voz de un chico que pregunta si hoy se quiere nata.

Podría ofenderme. Es lo que habría hecho la mujer que ocupaba este gabinete hace un mes. Pero llevo seis días sin comer en condiciones y sin dormir en ninguna, y un cansancio así le quita a una la vanidad.

—¿Qué ventaja tiene una cosa o la otra?

—Con las embusteras no hay nada que hacer: mienten por afición. A las cobardes se las puede enderezar. —Golpea el suelo con el bastón, un solo toque—. Elige.

—Cobarde.

La palabra me cuesta menos de lo que pensaba. Es como retirar un tapón que llevaba años apretado y ver que el agua, en lugar de derramarse, se queda quieta y por fin limpia.

—Embustera lo fui, con talento, pero me curé en un salón hace una semana.

Cobarde soy ahora. Le dije la verdad a un hombre cuando ya no podía creerla porque tardé demasiado en reunir el valor.

Pude hablar en el invernadero de los Hargreave y no hablé.

Pude hablar en este mismo gabinete, con su levita en el suelo...

—No termino. Bee ha agachado la cabeza para darme la intimidad que no me da la habitación—.

Me callé porque callar me parecía seguro.

Gané una guerra contra media Inglaterra de abogados y no fui capaz de decirle cuatro frases a un solo hombre. Soy una cobarde con muy buenos modales.

—Bien. Mejor.

—¿Mejor?

—Lo otro no tiene remedio. Ahora cuéntamelo desde el principio. No la versión de los salones, esa me la sé, la repites bien. La otra. La que no has contado ni a tu abanico.

Protesto que no veo el motivo y ella amenaza con llevarse el bastón y dejarme con mi cobardía y mi tetera.

Miro a Bee. Bee asiente despacio, con una cara que hace rato ha olvidado toda la sorna. Yo, que sería capaz de pelear dos años contra un obispo, me descubro hablando sin que nadie me fuerce, como se abre una compuerta tocada por dentro.

Le cuento lo que no le he contado a nadie de una sentada: que tenía diecinueve años cuando mi padre me sentó en su despacho, con un jerez en la mano que no me ofreció, y me explicó que lord Merrow había pedido mi mano.

No a mí, claro: a él. Que mi padre la entregaba a cambio de una finca en Kent y de una deuda cuya cifra jamás supe.

Que me enteré de mi precio en el mismo orden en que se lo explican a una yegua: primero el comprador, luego la fecha, luego el establo.

Que Merrow no fue cruel. Que fue puntual.

Que visitaba mi cuarto con la regularidad con que visitaba a su sastre, tomaba lo que le correspondía, daba las buenas noches y a mí me dejaba mirando el dosel con la certeza de haberme convertido en un mueble caro.

—Con él aprendí a callar —acabo—. Aprendí que lo que una siente es una moneda que no se gasta y se esconde bajo el colchón.

Cuando murió me quedé con todo y lo primero que hice fue seguir escondiéndolo.

Hasta de mí. Entonces apareció un hombre que me miraba de igual a igual y se me olvidó que escondía.

—Te quedaste aterrada.

—Aterrada —lo reconozco en voz alta; el suelo no se hunde—. Había alguien con derecho a hacerme daño y yo no estaba armada para eso. Me armé contra todos los hombres que querían mi dinero. Para uno que me quería a mí no tenía ni una pieza.

—Humm...

La duquesa observa un buen rato el fuego. En su perfil de pergamino aparece una línea que no había visto, la comisura hundida hacia abajo, como si algo que lleva cuarenta años tragando le hubiera dejado el surco.

—Enterré a un duque a los treinta años —dice sin vuelo ni queja—.

No me compraron: me casé porque me lo mandaron y porque al principio me gustaba su risa.

Murió de una pulmonía en tres semanas. A los treinta y uno había aprendido que una mujer sola tiene dos elecciones: ser un escándalo o ser una institución.

Escogí lo segundo, que es más limpio y trae mejores sillones.

—La mano se le aprieta sobre la plata—. Lo que perdí por escogerlo no te lo cuento hoy. Cada cosa a su tiempo.

—¿Qué hacemos, entonces?

—Nada. —Se pone en pie con una agilidad que desmiente los años y el bastón, y me deja a mí sentada como una colegiala—. No prometo nada. No he venido a ayudarte, sino a mirar. Me dijeron que quedaba en esta ciudad una mujer capaz de equivocarse con estilo y quería comprobarlo.

Se encamina a la puerta y, sin volverse, añade que lo he demostrado: me equivoco con estilo. Ya veremos si me sirve de algo.

—El miércoles doy un baile pequeño en mi casa.

Sin estruendo de orquesta, sin debutantes ni mamás: solo gente que ha cometido grandes errores y gente que ha tenido la inteligencia de no cometerlos, que son los más aburridos.

—Se detiene en el umbral y vuelve la cabeza sobre el hombro para clavarme por última vez los alfileres—. Trae a quien creas.

—¿A quien crea?

—El verbo tiene doble filo, lady Merrow. Me parece que lo sabes mejor que nadie.

Se va. El bastón se aleja por el pasillo y cuando Fossett cierra la puerta de la calle, se oye en toda la casa el suspiro de la servidumbre entera, desde la señora Hale hasta el último pinche.

Bee se deja caer sobre el diván como quien sale de un naufragio y declara que eso ha sido una ayuda.

Le recuerdo que la duquesa ha dicho, con todas las letras, que no prometía nada, y ella contesta que es su modo de prometerlo todo: una mujer así no gasta una mañana en visitar a una viuda caída por caridad.

Después me mira con el bollo en alto y pregunta por el pagaré.

Se lo cuento. Las mil ochocientas libras, menos de lo que gasto en lana por trimestre, y la respuesta de Vaughan: que yo me preguntaría cada mañana si se había quedado por mí o por mis fondos.

—No le falta razón.

—¡Bee!

—Querida, es lo más sensato que le he oído decir a un hombre, y he enviudado de uno. Se niega a que tu dinero lo rescate porque quiere llegar a ti con las manos vacías. Es una imbecilidad deliciosa. —Me pone el bollo en la mano—. Tú estás deseando que te la repitan.

No contesto. Paso el día como un animal enjaulado, abriendo y cerrando el abanico, hasta que Bee se marcha a casa de su hermano Edmund «porque aquí huele a alma en pena».

A las nueve me siento ante el espejo del tocador y me miro con la franqueza de aquella madrugada del baúl.

La mujer del espejo es de hielo, desde luego, pero agrietada, y las grietas dan otros reflejos.