La trampa de terciopelo XXIX
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XXIX

Hart

Doce días. Es lo que Pell nos ha dejado colgando en el aire, junto con el rencor, que es lo último que abandona a los hombres de su clase, y ni todas las viudas de Inglaterra pueden estirarlos.

El portazo todavía vibra en la madera. Después, nada. Solo ese temblor, que se extingue despacio entre los espejos, y cuatro pasos de alfombra entre una mujer que me da media espalda y un hombre que no sabe qué hacer con las manos.

Me las miro. Sostienen un sombrero que no recuerdo haber cogido y lo estrujo con un afán que a mi sastre, de poder verlo, le provocaría una apoplejía.

Pell se ha ido. El problema grande, el que tenía nombre, sello de oro en el meñique y sonrisa de reptil, se ha marchado por la puerta.

Queda el otro, el que no tiene remedio con alguaciles ni con amenazas, y me mira desde el otro lado del salón con unos ojos grises que hace once días se cerraban contra mi pecho.

El salón no es el gabinete, pero la casa entera sigue como la dejé.

Por la puerta entornada que da al gabinete se ven las paredes color musgo, el fuego bien alimentado, el diván de terciopelo donde la luz de otra tarde se derramó sobre su pelo suelto y sobre mi levita, tirada en la alfombra como un soldado muerto.

Sé en qué punto de la alfombra me quité el guante.

Me prohíbo mirar el diván. Mirarlo es cobrarme un anticipo que no me he ganado.

Sabine se recompone primero. Cómo no.

—Le agradezco la intervención, milord. —Deja el abanico sobre el escritorio con un cuidado desmedido, para no tener que mirarme mientras lo hace—. Aunque no la necesitaba. Lo tenía todo bajo control.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué hace usted todavía en mi casa?

Me ha dado la cara al fin. Es la cara de la mujer que despachó a Danforth con una sola réplica y a media docena de duques con un silencio, y no hay en ella una sola grieta que yo pueda ver.

Ha aprendido a esconder el dolor con un arte que a mí, con doce temporadas de máscara a cuestas, me daría envidia si no me destrozara.

—Me quedo porque la última vez que estuve en esta habitación hice lo que no debía y no he dejado de pagarlo desde entonces.

Doy un paso. Ella no se mueve.

—Fui a ver a Pell, señora. Sé lo del plazo y sé lo del cuchillo. Sé que usted cruzó el salón de Storr para decírmelo a la cara a sabiendas de que él la delataría igual.

—Qué oportuno.

No hay filo en su voz, y eso es lo peor. Con el filo se puede discutir. Esto es una puerta cerrada con llave por dentro.

—El noble caballero se arrepiente justo cuando descubre que la villana era menos mala de lo que le convenía suponer. ¿Debo deshacerme en lágrimas de gratitud, milord, porque con unos días de retraso se digne usted creerme?

—No. Debe usted tirarme algo a la cabeza, si le apetece. Yo lo recogeré.

—No tengo costumbre de lanzar objetos.

—Lo sé. Usted prefiere los argumentos, que dejan peor cuerpo.

Algo se mueve en la comisura de su boca. No es una sonrisa. Es el recuerdo de una, el sitio donde estuvo, y me aferro a él como a una tabla en medio del mar porque no tengo otra.

—No vengo a que me dé nada —sigo, y descubro que las frases ingeniosas que me han salvado de mil salones aquí no sirven ni para encender el fuego—.

Vengo a decirle lo que no le dije en el baile.

Empecé siendo tan miserable como Pell, solo que con mejores modales y peor conciencia.

Acepté una apuesta por una bolsa de dinero.

Me acerqué a usted como se acerca uno a una caja fuerte: con una ganzúa en cada bolsillo.

Si me hubiera usted contado entonces lo que hizo, la habría creído capaz de todo, y habría tenido razón.

—Dos tramposos en una misma habitación. —Ladea la cabeza, y por un segundo asoma la mujer más peligrosa de Londres, la que abre un abanico como quien desenvaina—. Qué romántico. ¿Qué hacemos ahora, entonces? ¿Nos damos la mano y fingimos que ninguno de los dos sangra?

—Los dos nos tendimos una trampa. La diferencia es que usted, al caer, tuvo el coraje de cruzar un salón entero para decírmelo, y yo, cuando caí, me escondí. No le pido que me perdone. No me lo he ganado.

Alzo la mano sin proponérmelo. Busco su hombro, ese hombro por donde asoma la piel pálida bajo el chal, el que besé en esta misma luz con una mentira en el bolsillo, y la dejo caer a medio camino. No tengo derecho. Es una de esas cosas que se saben con el cuerpo antes que con la cabeza.

Sabine recoge el abanico del escritorio. No lo abre. Lo aprieta contra el pecho, y yo conozco ese gesto: es el escudo tras el que esconde que le tiemblan los dedos.

—¿Por qué me cuenta esto hoy? —le falla un poco la voz—. Ya ha derrotado a Pell. No necesita nada de mí.

—Porque en el baile le dije que ya no podía creerla y era mentira. La creía, Sabine. —El nombre se me escapa y no lo recojo—. La creía con toda el alma. Me dio tanto pavor lo que esa verdad me obligaba a sentir que preferí llamarla embustera antes que rendirme.

Se le escapa un ruido corto, medio jadeo, y se lo aplasta con el dorso de la mano contra la boca.

Dura un parpadeo. Mientras dura, yo me creo capaz de cualquier cosa: de cruzar los cuatro pasos, de arrodillarme, de dejarle en la mano lo que me queda de apellido.

Luego endereza la espalda hueso a hueso y la ventana de esperanza se atranca.

—Hay algo que no me ha explicado —dice, y su voz es más firme—. Pell ha hablado de San Juan. ¿Qué ocurre en San Juan?

La pregunta me coge desprevenido. Es la primera vez que me dirige un asunto práctico en lugar de un reproche, y la agradezco como se agradece el primer sorbo de agua.

Se lo cuento con voz de contable que lee su propia sentencia.

Un pagaré de mil ochocientas libras que vence el veinticuatro de junio.

Un prestamista de Cheapside, un tal Crabbe, que se llevaba su parte y no preguntaba, y que resultó ser un simple parapeto: me costó tres noches y media botella de brandy descubrirlo.

Detrás, comprando mis deudas por un camino torcido desde hace meses, estaba Pell, que me puso la apuesta de la viuda en la mesa con el pagaré ya en el bolsillo, calculando que me quedaría sin salida.

Si el veinticuatro no pago, embargan mi casa y subastan la finca de Wiltshire con la hipoteca encima.

Sabine escucha con la barbilla alta. No parpadea.

—Mil ochocientas libras —repite.

—Sí.

—Es una cantidad ridícula, milord.

Lo dice con tal naturalidad que se me hiela la sangre. Para ella lo es, claro. Mil ochocientas libras son lo que gasta en lana y en guantes de un trimestre. Para mí son la diferencia entre mi hermana bajo techo y mi hermana en la calle.

Avanza un paso, y lo hace con la cadencia de quien toma una decisión de negocios.

Tiene los ojos secos, grises, enormes. Expone el trato con una tranquilidad que es la peor de las crueldades: cien mil libras en fondos y las lanas del norte; mañana por la mañana pone en manos de Crabbe lo que haga falta y Pell se queda con el papel mojado de una deuda que ya no existe. No es limosna. Que lo considere...

—No.

La palabra sale más seca de lo que pretendía. Sabine se detiene en mitad de la frase como si la hubiera golpeado.

—¿No?

—No puedo, Sabine. Es lo único que no puedo aceptar de usted, y la razón es que querría aceptarlo.

—Qué lógica más exquisita. —Hay un temblor de rabia en su voz y me agarro a él como a una buena señal—. Le ofrezco que no pierda su casa y me responde que no, precisamente porque se lo ofrezco yo. Es usted el hombre más orgulloso que he tenido la desgracia de...

—No es orgullo.

—Es orgullo con corbata.

—Es que no podría soportar que usted se preguntara cada mañana, al verme sentado a su mesa, si me quedé por usted o por sus fondos —lo suelto deprisa, antes de que se me acabe la poca valentía que traigo—.

La palabra de un hombre que se acercó a usted por dinero, y que ahora deja que ella le pague las deudas, vale lo que vale una moneda de hojalata.

Yo valgo más que eso. Ya me cuesta bastante demostrarlo.

El silencio vuelve a espesarse. Fuera, la llovizna tamborilea en el ventanal y a lo lejos se oye un carruaje y la voz de un cochero que maldice a un caballo.

Sabine ha girado la cabeza hacia el sonido con un aire de agradecimiento secreto.

Su perfil se recorta contra la luz plomiza: la nariz recta, la boca que sé de memoria a qué sabe, un mechón suelto sobre la nuca que me da ganas de apartar con los labios. No me muevo. Si respiro, rompo esto.

Se vuelve despacio. Me mira desde su altura de mujer que no baja la cabeza, y lo que veo en esos ojos es tan frágil que temo romperlo con la mirada.

Hay una pregunta ahí. No me la hace. Sé que me juego algo, que no soy capaz de contestar con sinceridad y con astucia a un tiempo, y elijo la sinceridad porque es la única moneda que me queda.

—Si me dice que me vaya, me iré —digo bajo—. Pero no me iré creyendo que le da igual. Se le ve en la mano.

Ella se mira la derecha, la que aprieta el abanico, como si perteneciera a otra persona, y la esconde tras la espalda.

—Es tarde, milord.

—Sabine...

—Se nos ha hecho tarde a los dos —lo repite con una firmeza que da vértigo, sin dureza, sin una gota de la ferocidad que le conozco—. Se lo suplico. Márchese.

Se ha vuelto hacia el ventanal. Busco en la palabra «tarde» una rendija, un permiso escondido, algún rastro de la mujer que me miraba hace un instante.

No lo hay. Veo una espalda recta contra la luz moribunda, una nuca que podría cruzar con tres pasos, y una puerta que se abre sola cuando Fossett la sostiene con la compostura de un hombre que ha oído todo y lo callará hasta su tumba.

Podría insistir. Conozco las mil artes con que se desmonta a una mujer que dice «no» con la boca; me dieron fama en esta ciudad y funcionarían diez minutos.

Ella no me lo perdonaría el resto de su vida.

Así que hago lo más difícil que he hecho nunca: la creo.

Hago una reverencia que no llega a ver, le digo bajo que sabe dónde encontrarme y echo a andar hacia la salida.

En el umbral me vuelvo una vez. Sigue de espaldas, pero la mano ha vuelto a salir de su escondite y reposa sobre el marco del ventanal.

La que hace un momento apretaba el abanico con tanto aplomo tiembla ahora sin varillas, sin nada que la disimule, y el abanico ha quedado olvidado a sus pies.

Ignoro si quiere que lo vea. Sé que no debo quedarme a comprobarlo.

Fossett me tiende el abrigo, que había dejado en el vestíbulo con la esperanza de no necesitarlo. Le doy las gracias con una inclinación y él me responde con otra, más honda de lo que mi rango actual merece.

—Cuide su abrigo, milord —dice en voz muy baja, tras abrirme la puerta de la calle—. Hoy llueve.

Es la frase más cálida que me ha dirigido un criado en un año.

Salgo a Mayfair con la lluvia fina pegándoseme al cuello y el pecho hecho jirones.

No tengo una sola esperanza a la que agarrarme.

Solo una idea terca que me prende bajo la llovizna, a mitad de la calle, entre un barrendero y un carruaje de librea verde: ella no podrá fiarse de mí mientras yo la necesite.

No importa lo que ella ofrezca ni cómo me rescate.

Una vez rescatado, siempre seré el hombre que fue rescatado.

Un hombre que cobra la mano de una viuda rica en cuanto la viuda le salda las deudas, tenga las razones que tenga.

Me quedo parado frente a un escaparate que vende guantes.

Los guantes me devuelven mi cara, mojada y ridícula, la de un tipo que lleva doce años barajando mentiras y que, por primera vez, ha descubierto un envite que no sabe cómo ganar.

Entonces lo veo. No es una solución: es una puerta, y está tan a la vista que me río en voz alta, a la vista de un lacayo con paraguas que cambia de acera.

Mientras sea un conde con deudas, soy una apuesta. Para dejar de ser una apuesta tengo que ser un hombre que ya ha pagado, y no con su dinero. Con lo único que tengo.

Camino a paso ligero hasta St. James’s Street, media hora larga bajo la lluvia, y subo los escalones de White’s con el sombrero estrujado en la mano. El portero me reconoce. Parpadea con la discreción de un hombre que se prepara para retirarme el saludo si se lo ordenan.

—Milord.

—¿Quién guarda el libro de apuestas, Barlow?

—El señor Ashcombe, milord. También lord Pell, desde luego, aunque lord Pell hace una semana que...

—Dígale al señor Ashcombe que el sábado, a las siete, cuando los socios cenan y la sala está más llena que la ópera en noche de estreno, le voy a pedir que abra el libro delante de todos.

—Me sacudo la lluvia del pelo con ambas manos—.

Que traiga una pluma con buena punta. Va a tener que tachar un nombre.