XXVIII #2
Yo, mientras tanto, me ocupo de no respirar demasiado hondo.
A mi lado, al alcance de un gesto, está el hombre que me llamó embustera en el salón de la duquesa, con la voz de un desconocido, y que ahora ofrece su apellido a la hoguera para que no me queme.
La manga de su levita roza la mía cuando se mueve para mirar a Pell, un roce de lana contra seda de nada, y esa nada me recorre el brazo hasta la nuca con la insolencia de un escalofrío.
Los ocho días que no lo he tocado se me caen encima juntos.
Me arden las yemas de los dedos dentro de los guantes.
Sería mucho más fácil enfrentarme a un regimiento.
—Sois tal para cual —lo escupe con el veneno del perdedor, pero se le escapa un rastro de otra cosa, de envidia—. Dos jugadores de ventaja arruinados por sentimentales. Dais asco.
—Quizá. —Hart lo mira de frente—. Pero somos dos y tú eres uno.
—Es cierto: sois dos. —Sonríe de golpe, con unos dientes que no le había visto—. Uno de los dos me debe mil ochocientas libras.
Hart se queda inmóvil junto a mí. Es una inmovilidad sin sorpresa, de quien ya sabía lo que venía.
—Mil ochocientas libras —dice Pell, saboreando cada sílaba—.
El día de San Juan. Con Crabbe de portavoz, claro, por pura discreción.
Cada deuda de la casa Vaughan, comprada y consolidada en un papelito muy bien firmado.
Es mío, mi querido amigo. El pagaré, el vencimiento y, si lo prefieres, el embargo.
Si tú te ofreces en sacrificio en el club, no pasará nada que no haya pasado antes: un título arruinado más.
Pero no podrás pagar con deshonra, Vaughan, y el veinticuatro de junio Vaughan House se vende en subasta y Vaughan Court detrás.
—Lo sé —dice Hart.
No se me escapa el matiz. Lo sabía. Antes de entrar, antes de plantarse a mi lado con una venda manchada de sangre, sabía que Pell lo tenía agarrado por el cuello, y ha entrado de todas formas.
Me clavo las uñas de la mano izquierda en la palma.
Es mucho peor de lo que había calculado y lo escucho con un orgullo horrible, tembloroso, impropio de una dama.
—Usted, lady Merrow, tiene dinero de sobra para rescatarlo.
Qué enternecedor. —Pell vuelve a mí con aire de gato—.
Me pregunto si el honor de un Vaughan permite que lo salve la bolsa de una viuda con la que acaba de romper en público.
Tenéis hasta San Juan para averiguarlo. Después ejecutaré.
Con lo que saque, que no será poco, saldaré mis cuentas y me iré de Londres tan tranquilo.
Entonces, por fin, me levanto.
Lo hago sin prisa. Le corto el paso con la voz baja que reservo para las amenazas que no necesitan gritarse.
—Una cosa más, lord Pell, y quédese bien con ella.
Lo que le he mencionado no es solo comprometedor.
Es la prueba, de su puño y letra, de pagarés falsificados a nombre de una dama y de más de una fortuna desplumada con la baraja preparada.
Eso ya no lo juzga un salón, sino un magistrado.
Hay varias copias, repartidas en manos que usted jamás sabría dónde buscar.
El día que el nombre de Posy Vaughan asome a sus labios, en cualquier rincón de esta ciudad, aunque sea en el susurro más cobarde, una de esas copias amanece esa misma semana sobre la mesa del juez.
La falsificación en este reino no se salda con un destierro elegante: se salda con un grillete y un barco rumbo a las antípodas, cuando no con la soga.
No le ofrezco un exilio, milord. Le ofrezco escoger entre el silencio y la horca.
Elija con cuidado, que la pregunta se hace una sola vez.
El reloj de la repisa deja caer tres segundos antes de que nadie se mueva.
—Desaparece de Londres, Pell —dice Hart, con una voz de piedra—. Una buena temporada. Aquí ya no te queda nada que rascar.
—Desapareceré. —Pell se cala el sombrero un poco más sobre las cejas—. El día de San Juan, con el dinero de uno de los dos. Que el cielo os conserve el afecto para entonces.
Abre la boca para soltar una última perla venenosa, pero hasta el veneno se le ha acabado.
Sale y cierra de un portazo que hace tintinear las lágrimas de cristal de la lámpara del techo.
En el pasillo se oyen sus pasos alejándose y el silencio grave y estupefacto de Fossett despidiéndolo sin una sola palabra.
Se va. Con él se marcha la amenaza que llevaba semanas asfixiándome día y noche.
Debería sentir alivio. Lo que me atraviesa es otra cosa, un pánico nuevo, de otra clase: la certeza de que me he quedado a solas, en mitad del salón, con el hombre al que le partí el corazón, a un palmo de distancia, sin ningún enemigo que interponer entre los dos.
El pulso me late en las muñecas, en la garganta, en el pliegue detrás de las rodillas.
Me aferro al abanico como se aferra una a la barandilla de un barco.
Hart no se mueve. Mira la puerta cerrada. Respira como alguien que acaba de subir una cuesta muy larga. La venda de su mano derecha ha vuelto a mancharse con la tensión de apretar el puño y una gota oscura cae sobre el parqué, redonda y silenciosa.
—Está sangrando, milord —digo. Es la primera frase que me sale. Es una frase de ama de llaves.
Baja la vista. La mira con la sorpresa de quien descubre una herida en un cuerpo ajeno.
—No es nada. Una copa. —Cierra el puño sobre la venda y alza los ojos hacia mí por primera vez desde que entró—. Tiene arreglo, lady Merrow. Lo otro es lo que he venido a solucionar.